Radio-Diablo
Podcast Volador
La Voladora Radio
Descargas
La Velocidad de Dios
El Cuervo en el Hombro
La Muerte Chiquita


Descarga YA
Nuestras versiones anteriores están visibles en el portafolio del Cuervo




   Pasar hambre | miércoles, diciembre 10, 2008
Pasar hambre, como pasar un tren por la vereda. Hambre como bagatela, como rock clásico, como apelación en un juzgado. Cuento las costillas que se dejan ver, las comidas que me omito, el aliento que comienza a oler a nada con una pisca de muerte. Cuento como si contaran las llamadas a misa, las variables en una ecuación venidera, los entretelones. Cuento los billetes que nadie perdió, los que no me encuentro al caminar de cabeza baja y derrota por hambre. Cuento los pozos envenenados en las guerras, las cosechas quemadas, la delicia de hacer pasar hambre a otros que no son. Contar a cuento, vibrar a bandera abatida. Financiar mi recaudo se hace imposible al pasar el hambre como arteria sexy por mi puerta. Y me cuentan que así es todo, imposible, los que pasan hambre como pasan el trago para pasar la noche u otra cosa que de juicio se ausente. Todo lo que hay que pasar para pasar un hambre como estadía.

Pasar hambre es una ciencia, la más precisa en todo caso. Pasa por la mente enfebrecida, pasa por las manos frías de escasez, arrebatadas de un quebranto tan mundano; pasa por la tele como novela de quinta, ínfima relación entre los astros y un plato vacío. Pasa como interferencia, como transferencia bancaria, como susto de fantasmas en pleno día. Pasa hambre y pasa todo, nada se mueve, nada lo evita. Pasa hambre y pasa el presidente en un carro alegórico con viandas de muerte. Pasa hambre y pasa la renta postergada como ventana que se tapia, las deudas como flores ataviadas, el calambre marchito en una pierna como recordatorio de imperios que se caen. Contar las horas como el llanto de gatos con hambre, como el coraje de un sepulturero con hambre, como el hambre del hambre misma que se hace visible en el rincón oscuro de un cine porno. Acaba el juego y pasa el hambre, árbitro de los que cuentan y los que no.

Pasar hambre, como pasar a ser omisión o cenicienta. Y de pronto todo es juicio de uno mismo, abrasión en la piel y la memoria, desgaste inoportuno del apetito como materia de estudio, fiebre en cada bachiller que muere en una novela de Sartre. Todo pasa a ser, si ser es posible; materialización, personificación, todo pasa a ser.

Astuto, el tacto se aleja. Y darse un tiro comienza a ser una forma de nutrirse la cabeza.

Nota: la foto que adorna esta queja se debe al talento inconmensurable de Jan Saudek, uno de mis fotógrafos favoritos.

Etiquetas: , ,

>>Leer Completo
   The Sugar Factory - Fred Frith y Evelyn Glennie | jueves, noviembre 06, 2008
No soy muy dado -y mis tres lectorxs darán cuenta de ello- a recomendar nada en este blog. Usualmente, la construcción de esa materia evanescente que es "el gusto" me parece uno de los espacios más íntimos que un ser humano, lo ejerza o no, puede tener. Decir "esto me gusta, esto no" es un acto de afirmación, tal vez uno de los más definitivos y uno de los más comunes; por lo que, inefablemente, tiende a lo autoreferencial. Por otro lado, la mayor parte de los blogs, revistas y demás parafernalia destinados a recomendar lo que sea tienen ese tufillo aberrante de "te lo recomiendo; si no te gusta, no sabes nada" que a mí, por lo demás, me jode bastante. Esa autocomplacencia es la mar de inadecuada: resulta patético mirar cómo hay una carencia de glosa, es decir de impronta, es decir de goce, cuando alguien te recomienda algo; por lo regular, un texto que recomienda "algo" (película, música, libro o posición del kamasutra) tiende a ser una miserable lista de atributos que van desde el muy socorrido "está buenísimo" (que dice poco menos que la mitad de nada), hasta el "es muy recomendable" (que es precisamente la otra mitad de nada). Si hay alguien que use el "es imperdible", que hasta yo he usado en un par de resensiones, hay que comenzar a sospechar: o quien recomienda no entendió lo que está recomendando (ya que algo que refuerza un conocimiento que ya poseíamos por lo regular es prescindible) o le parece honestamente "lindo". Y, como decía John Densmore de The Doors, lo último que un artista quisiera es que su arte se considere "lindo"; que equivale a que digan que es buenísimo, recomendable o cualquier otro adjetivo, como decía, sin glosa*.

Como quiera que sea, esta digresión no tendría sentido alguno si no fuera, ay de mí, a recomendar algo. Prefiero pensar que no lo recomiendo, sino que lo encomiendo para su disfrute a quien sea que se atreva a escucharlo, porque de escuchar se trata. Y se trata de escuchar porque se trata de un disco.

Hace ya varios meses, me di de tope (y gracias a las buenas artes de la maga, que de recomendar con glosa sabe y mucho) con el talento de Evelyn Glennie, percusionista escocesa no-oyente (si le llamas sorda te da una patada en los testículos, si los tienes) que ha trabajado con casi cada músico que se precie de serlo. Su lista de colaboraciones incluye a Björk, Bela Fleck, Sting y el inefable Fred Frith, quien es también materia de esta no-recomendación. Evelyn ha sido, en la historia de la música moderna, la primera percusionista en hacer una carrera solista sólida sin ser parte de grupo, orquesta o banda alguna; su grabación de la Sonata para dos pianos y percusión, de Béla Bártok, le hizo acreedora a un Grammy en 1988 (sí, no sólo los malos musicos ganan grammys, habría que saberlo), lo cual es muchísimo decir.

Y bueno; la cosa es que durante el año 2001, el director de cine alemán Thomas Riedelsheimer comenzó a filmar un documental sobre la vida y el talento de Evelyn, a propósito -entre otras cosas- del inicio de una colaboración entre ella y el ya citado Fred Frith quien, si no lo saben, es uno de los más afamados ejecutantes de guitarra experimental en Inglaterra, muy dedicado a la música concreta, al jazz y la música sinfónica (mal llamada "clásica contemporánea"). El resultado de esta colaboración han sido dos discos: "Touch the Sound", la banda sonora del documental de Riedelsheimer, y el disco que dejo en sus manos: "The Sugar Factory".

Glennie y Frith, encerrados en una fábrica de azúcar abandonada, dotan a este disco no sólo de un talento inefable como músicos -que a estas alturas nadie cuestionaría- sino de varios elementos cuya glosa, ahora sí, no seré yo quien la haga. Porque estamos frente a un producto auditivo, mucho más que musical, que interpela más a lo táctil, a lo sensorial; al significado profundo más que al inmediato. Y de eso no hay glosa posible si no se experimenta en oídos propios. No únicamente porque se trata de improvisaciones -que en música significa dejar que la música te interprete a ti, y no al revés- de dos músicos acostumbrados a ello, sino porque el resultado auditivo es casi accidental, casi irremediablemente ligado a "la circunstancia". El vacío de la fábrica de azúcar, cuya resonancia es casi total, no sólo no representa un problema, sino que se traduce en un ingrediente; así, la calidad y la textura de las improvisaciones de ambos músicos es envuelta por esa sensación de gran reverberación, de rebote infinito, que Glennie y Frith usan casi como un instrumento más. Es inimaginable que estas improvisaciones sonoras pudieran haber resultado así -táctiles, elocuentes- de haber sido grabadas en la asepsia de un estudio.

El peso que trae consigo esta textura del sonido da paso a una sensación curiosa, que no aspira a glosa sino a relato: el relato de ese momento en el que la música deja de serlo, en el que el sonido deja de ser armonía, línea melódica y/o ritmo, y se convierte en su significado puro. En sonido como relato, más que sonido como parte de un relato. Me da la sensación de que las piezas en este disco dejan, en un momento dado y por su propia cacofonía, de asumirse como improvisaciones musicales y se constituyen en experimentos sonoros, arte sonoro o como quieran ustedes llamarlo (y esto, en un mundo en el que el arte sonoro tiende a estar en manos de neófitos con muy buenas computadoras y muchísima "aura" en vez de talento, es digno de tomarse en cuenta). Piezas que vuelven a ser música cuando les place o, más bien, cuando los sonidos se encuentran en un tempo o en una secuencia común y se persiguen para volver a separarse después.

Estas líneas de improvisación nada tienen que ver con la seguridad de un Jam de rock o jazz: Frith es muy claro cuando afirma que "la narrativa que implica la improvisación es tu vida entera hasta ese punto". No se trata de caer en la nota, ni de conservar armonía o melodía alguna: los instrumentos se convierten, para Frith y Glennie, en cualquier cosa, vehículos del relato. La elocuencia cuenta más que el virtuosismo, aunque Glennie (en la voz, el papel, el árbol de campanas, el piano de juguete, el simtak, la marimba, el tambor metálico, el vibráfono, diversos objetos metálicos, platillos, gongs, y baterías) y Frith (en guitarra eléctrica, órgano, bajo, y otros tantos objetos metálicos), demuestran en cada track de este disco que el ser virtuoso también ayuda.

Finalmente, para el buen lector de internet y hasta para un buen observador (aunque no sea de internet) será claro en cualquier momento que este disco casi se los estoy regalando mientras dure (en México, hasta hace un par de meses, era inconseguible aún en versión "original", para los que erráticamente se sientan "agredidos" por la piratería). Disfrútenlo, pues.

* Para neófitos: la glosa son las notas que, en escritos medievales principalmente, se ponían al margen de los libros y que, con el paso del tiempo, se constituían en verdaderas reinterpretaciones (exégesis, si era la biblia lo que se anotaba) de las obras en cuestión. Por lo regular, estas notas implicaban impresiones, interpretaciones, lecturas e incluso correcciones que enriquecían el texto original. En música, se conoce como glosa a las anotaciones al calse que, como ideas de "variantes", anotaban los músicos en las partituras de otros o incluso en las propias. Esto luego se conoció como "variaciones" (por ejemplo, las "variaciones sobre un tema rococó", opus 33, de Tchaikovski). El término "variaciones" se utiliza igualmente ( pero no privativamente) si se trata de anotaciones a textos filosóficos.

Por cierto, hace unas semanas me aventé los subtítulos de la película de Riedelsheimer, "Touch the Sound", para RadiosComunitarias.Org. Si ustedes ya se hicieron con su copia (legal, ilegal, qué más da), pueden bajarse los subtítulos haciendo click aquí.

Etiquetas: ,

>>Leer Completo
   Deseo de muerte | martes, septiembre 30, 2008



Tal vez encuentres terrible y grotesco lo que voy a decir. Para hablar con la verdad, yo también lo encuentro así: injustificable. Pero en realidad deseaba que se muriera. Todo mi ser, cada parte de mi entendimiento, cada segundo de insomnio a las cuatro de la mañana deseaban que se muriera de una puta vez. No puedo decir que no me conmoviera; precisamente era esa conmoción, esa sensación de frágil entendimiento que me unía con él, lo que hacía que le deseara intensamente la muerte. Además, no era difícil desearle la muerte cuando lo único que el hombre lograba articular en palabras era precisamente su deseo de morir. Y a veces ese fragor de batalla que le surgía de la boca cuando llamaba a "Elena". Pero eso era más bien raro; todos asumíamos que Elena era una especie de alucinación, un recurso cinematográfico de su mente adolorida. Elena podía muy bien ser la muerte, personificada en un nombre al azar; "Elena, ¿porqué me dejas aquí?", decía. Luego tosía con infinito dolor, y repetía su cantinela: "mátenme ya; ¿por qué no me matan?".

Eso mismo nos preguntábamos los que lo escuchábamos a lo lejos.

Nos separaban de él más de 20 metros, o así. Estaba nuestra sala, destinada a los que habíamos corrido con la suerte de sólo fracturarnos un hueso, o dos, o diez. La otra, veinte metros más allá, pasillo de pormedio, albergaba a los menos afortunados: los que sabían que algo faltaba. La sala de lo que se extraña, la comencé a llamar. La sala de los amputados.

No parecía ser el resultado de una separación metódica, sino algo más bien arbitrario. Alguien -un doctor, una enfermera, uno de esos fracturados afortunados que solían pasear caminando su superioridad frente a mi cama- me dijo que la casualidad había dictado una bonanza de amputaciones y que todos habían llegado, con esa cadencia de bastardilla que tiene lo fortuito, a esa sala veinte metros más allá. Alguno incluso me dijo que había tenido suerte: por un error en la inclinación de la tierra yo había iniciado la separación la noche que había entrado al hospital. Suerte envidiable, la mía.

Deseo de muerte. Asumo que, de haber estado en la misma sala con él, habría encontrado alguna manera de ignorar los gritos. Pero a veinte metros, a las 2 de la mañana, agobiado por el dolor propio, escucharlo pedir la muerte era como la muerte misma. El grito desarticulado era tal vez el peor: largos ayes de una agonía parasitaria, evolutivamente injustificable. Los deshuesados nos movíamos lo poco que podíamos; frotábamos los cuellos desesperados contra la blancura artificial de nuestro lecho, intentando conciliar ya no el sueño, sino la idea. "Que lo maten de una puta vez" decía a cada tanto uno de nosotros, y los demás nos hacíamos los dormidos por no asentir o acordar. La memoria de Elena se mostraba en la forma de una enfermera que venía por nuestros orines. Y el alba despuntaba, avisándonos que una vez más no habíamos dormido sino lo posible. O lo imposible.

De día -ya que en el día sus gritos se devanecían por arte del horror propio de un hospital, por arte de esa cabalgata metálica de remedio y tortura- el médico gordo y beatífico que curaba mis propias heridas (y que por una extraña desavenencia entre su asco y su afecto me llamaba "hermanito" cada que me torturaba) me acortó la ignorancia.

Dormido, indigente, el hombre que gritaba había quedado bajo las ruedas de un automóvil, máquina obtusa que luego de estrellarse contra otra de su especie, había rebotado providencialmente y se había depositado sobre su cuerpo dormido. Al parecer, ni siquiera se habría enterado si la máquina le hubiera triturado la cabeza en vez de las piernas. Mala suerte, una de ellas había quedado "inutilizable". Lo que en la jerga de un médico implica cortarla, por no dejar cosas "inutilizables" a la vista del mundo, que es inutilizable de por sí. Y ahora, cuando le oía gritar en su desespero, mientras imaginaba a Elena no acudir, me cabía el pensamiento de lo inhumano: una evocación de lo que nunca debería ocurrirle a un ser humano; esa sapiencia del dolor que, sin importarme lo que Mann o Heidegger pudieran opinar, me sigue pareciendo aún hoy perfectamente prescindible. Un error en las matemáticas de nuestra experiencia.

En un grito, sabía lo que se iba. Sabía de lo que el hombre se libraba: todo pudor queda olvidado cuando algo falta, cuando te quitaron algo. Elena se desvanecía en lo que pudiera significar, porque era un amputado el que la evocaba. Un tajo, y la culpa se vuelve relativa. Había algo de culpa en todos los que nos postrábamos en ese piso del hospital: la culpa del que se encuentra en la línea de influencia de lo fortuito asesino.

Una noche, calló. Las cabezas se asomaban furtivas entre las sábanas, en una noche acostumbrada al grito insomne. Ominoso, ese silencio de amputaciones e ilíadas nos imprecaba con un horror más pesado, más angélico. Pesado. Angélico. Vacío. Los ojos de nuestras fracturas se encontraban, preguntándose sin palabras dónde habría quedado Elena, dónde la pierna amputada, dónde el mátenme ya, dónde el por qué me dejan aquí. No dormimos, supongo. Yo no lo hice, preguntándome cómo un horror de puro oído puede extrañarse así. Cómo eso, esa parodia de un mantra, puede extrañarse así. Preguntándome cómo puede vaciarse la noche de gritos.

Como si supiera -ella, que no podía saber nada- una enfermera de noche pasó veloz y de reojo nos dijo: "ya murió".

Deseo de muerte. En el silencio que no dejaba dormir, me sentí por primera vez orgulloso de desearle la muerte a alguien. Acto pío cuya impiedad sólo cabría en una mente atolondrada.

De mañana, mis ojos se encontraron con los de mi propia Elena. La abracé lo mejor que pude, agobiado por lo mío ausente. Por todo lo que me he cortado, lo que me han vuelto a poner. Complicado como un rompecabezas, inseguro en mi beso, supe que Elena había acudido después de todo.

Y de noche, en contadas ocasiones, le murmuro a la muerte; sabedor de que a veces, si uno insiste, se presenta.

Etiquetas:

>>Leer Completo
   Dos malas noticias | sábado, agosto 16, 2008
A propósito de escuchar, he escuchado a las personas que estaban muy indignadas porque tenía más de dos meses que no publicaba nada en este mamotreto. Más allá de lo poco creíble que me resulta que a alguien le guste lo que hago, digo, pienso y omito, les agradezco el tiempo que se toman para decirme que escriba. Resulta que uno no puede simplemente sentarse a escribir porque sí. Resulta también que, por regla general, uno escribe desde la necesidad propia, no desde la ajena.

Como sea, queridos tres lectores, les tengo una mala noticia: primero, que pueden mirar algo de lo que hago cuando no escribo (que es igual de intrascendente que cuando escribo), mirando las fotitos que hemos seleccionado el diablo y yo para ustedes.

Segundo: La siguiente semana (es decir, la que empieza mañana domingo) es la semana de estreno de la temporada 3 del Radio-Diablo. Tengan miedo; tengan mucho miedo.

Merci.

(Abajo hay una nueva publicación, por si no la ven)...
>>Leer Completo
   Escuchar y el deber ser de "escuchar" |
Tiendo a pensar que, en lo general, es una mala idea escuchar a las demás personas. Supongo que en todos los años que llevo como blogero nunca he dicho nada tan políticamente incorrecto y supongo también que por lo menos uno de mis tres lectores dejarán de leerme, visitarme y/o escribirme después de esta afirmación. Lo sostengo. Es una mala idea escuchar a los demás. En un mundo que hizo suyas una serie interminable de ideas falaces acerca de lo que significa, por ejemplo, la tolerancia, resulta casi infame decirle a alguien "no": No quiero, no me gusta, vete al carajo con tu idea, me importa un carajo lo que digas. A veces te acusarán de individualista, los menos avispados, y de traidor a la revolución los más imbéciles (es decir, los que además de ser poco avispados se creen inteligentes, comprometidos, etc.). No quiero significar que escuchar, como acto cuya deontología (subrayo: deontología, no significado) apunte a "poner atención a lo que otros dicen", haya dejado de ser siempre vital, siempre retador, siempre excitante para cualquiera que tenga más de dos dedos de frente.

Pero a últimas fechas (o no, perdón; en realidad, desde hace mucho tiempo, pero con un revival muy intenso a últimas fechas) he escuchado a más de una persona "de izquierda" decirle a otros "no sabes escuchar". Lo que significa, palabras más, palabras menos: "no haces lo que te digo", "te aburres cuando hablo", "¿por qué no me aplaudes?" o "¿cómo es posible que no te entusiasme la tan brillante idea que te acabo de zorrajar?". En tan vibrante estupidez (cuando la estupidez se indigna, es fluorescente), puede uno detectar el gérmen de la más eversiva de las intolerancias, de la más incoherente de las luchas; el germen de la imposición. Es curioso que el axioma de la "escucha" como virtud de izquierdas resurgiera -al menos en México, y hasta donde alcanzo a ver- a partir del meticuloso y vibrante esfuerzo de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y la consecuente Otra Campaña de los Zapatistas, que bajo la idea del "caminar preguntando" supuso una disciplina férrea por parte del zapatismo para NO tomar la palabra, para permitir que las palabras (y en consecuencia, las ideas) se encontraran en donde nadie podía preveer encuentros.

Sin embargo, lo que hoy impera en ciertas esferas de lucha social -incluso en varias de abajo y a la izquierda- es precisamente lo contrario. En el escenario de la izquierda mexicana, es casi retro pensar en no imponer. Me causa curiosidad -sí, una de esas curiosidades enfermas- ver cuál podría ser el destino final de todos esos baluartes de la "democracia" (es decir, luchadores sociales, líderes) que, empecinados en que su visión del mundo y las formas son tan, tan, pero tan universales que NO pueden constituir imposición alguna, se avocan últimamente a la imposición de sus banderas, liderazgos y modos.

Si hacemos caso al imperativo categórico del viejo y animoso Kant, y asumimos que el deber ser (es decir, la deontología como ciencia de la ética -no como erróneamente la concebía Jeremy Bentham, es decir, como la ciencia de la moral, ya que la subjetividad no puede tener su propia ciencia), asumimos, entonces, que el deber ser de la escucha es más una guía hacia la comprensión de nosotros mismos en lo que conocemos de los otros y un camino para descifrar el comportamiento ético como un razonamiento sine qua non de la condición humana (la de las formas de vida humana más o menos inteligentes, se entiende). Es decir, bajo la lupa kantiana, que si quieres que tu conducta pueda convertirse en norma general, debes preguntarte qué pasaría si todos comenzáramos a actuar igual. Dicho de otro modo, no creas que tu conducta es conveniente para todos sólo porque te conviene a ti. No seas imbécil, pues.

La razón hoy, en muchas izquierdas, es trístemente imbécil. Escuchar la razón se ha vuelto triste. Escuchar comienza a ser una flor que se marchita en el acto mismo de escuchar pero, más todavía, en el acto de que te escuchen.

Etiquetas:

>>Leer Completo
   Pedro, la huella y la memoria | sábado, junio 28, 2008
Es interesante, cuando no extraño y desconcertante, la forma en la que la mente trabaja cuando se trata de reencuentros, aunque sean furtivos. Me acostumbro muy fácilmente a la indiferencia, dicho sea de paso; a mi propia indiferencia, al vacío que llena de manera violenta la ocupación, la chamba, la responsabilidad, el compromiso político, las prerrogativas de la vida adulta, como dijera Sylvia Plath. ¿De dónde viene toda esa mierda? ¿Qué nos define como adultos, o como niños, o como protagonistas de nuestra propia historia? Me imagino que nunca lo que no hacemos, siempre lo que hacemos desde el estómago, desde lo que somos, desde lo que creemos ser. Somos definidos por nuestros actos viscerales.

Como sea, hace unos días me llegó el correo de un tal Pedro. Resulta que este Pedro no es cualquier Pedro, no es el de Pedro y el lobo, mucho menos el Pedro apostólico, sino Pedro Romero, entusiasta de uno de los fanzines que solíamos publicar hace algunos, muchos, años: el Yet Len Niis. Amigo entrañable, además, de Los Prostitutas, la peor banda de rock del mundo (por lo menos de aquellos lejanos años noventa del siglo pasado). Me resultó curioso lo lejano que hoy me siento de todo aquello -no, no deprimente ni desconcertante, sólo curioso-, lo desprovisto de significado que es todo y, al mismo tiempo, lo interesante que resulta mirarlo desde la distancia. Pienso en la deontología de lo placentero, si la hay: no puede ser placentero mirar hacia atrás, sino curioso. Uno mira las fotografías de su infancia con ese desapego que da el saber que eso que miramos (el niño flaco, el peinado ridículo, la ropa ochentosa) no somos nosotros, sino algún otro que vino a representarnos lo que fuimos. No puede ser placentero, decía, el conocimiento de uno mismo desde un tiempo que hoy nos define, que nos confronta con todos los otros tiempos, momentos, que nos han definido. Lo placentero, si hay algo que merezca esa definición, es hacer las cosas. Hacerlas hoy. Redefinirlas para nosotros en lo poco de hoy que nos queda. Hoy es una noción que se muere a cada instante.

También fue siniestro. Pedro me preguntó por alguien que ya está muerto. Uno se imagina que las noticias de muerte (en este caso la de Johnny Mho, el bajista de Los Prostitutas) corren rápido y trascienden, inevitables, el velo del tiempo. No es así. Nuestra muerte se pierde de todas las maneras posibles y el mundo, como anticipara Nietzsche, planea indiferente hacia su propia muerte. Nuestra muerte no significa nada para nadie, apenas un obituario y un par de lágrimas en familia. La pregunta de Pedro me hizo pensar en R.D. Laing; esa idea que vuelve contínuamente a mi cabeza y que reza que si bien "el mundo" va a seguir después de nuestra muerte, podemos afirmar que "nuestro mundo" morirá con nosotros. Nuestro Mundo es un concepto nebuloso: la propia afirmación a través de lo que supimos construir, dejar, anticipar sobre nosotros. Qué cagada.

Prefiero morir sin mundo, silencioso.

Bien, la cosa es que Pedro me hizo recordar un par de omisiones (ominosas, huelga decirlo), un par de huecos virtuales que hace mucho que están, pero ya no.

Así pues, se ha repuesto esta parte de la memoria:

La página web del Yet Len Niis.
La página web de Los Prostitutas.
La página web LunaCalavera.

Sales. No dejemos huella. Dylan Thomas estaba equivocado: hay que hundirse suavemente en la gran noche.

Etiquetas: ,

>>Leer Completo


This page is powered by Blogger. Isn't yours?       

Licencia de Creative Commons Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons | Algunos derechos reservados | México

visitas únicas.










> Pasar hambre
> The Sugar Factory - Fred Frith y Evelyn Glennie
> Deseo de muerte
> Dos malas noticias
> Escuchar y el deber ser de "escuchar"
> Pedro, la huella y la memoria
> a.r.t.a.u.d.
> ¿Quieres un disco gratis? ¿Uno bueno?
> Avance y retroceso
> La Muerte Chiquita

activismo_
aliteraciones_
anal-isis_
blues_
cine_
eva_
joe's ñeros band_
literatura_
música_
narrativa_
personalia_
poemas_
radio-diablo_
recensiones_
teatro_
the cramps_
traducciones_
videos_
webonadas_



07/01/2003 - 08/01/2003 / 08/01/2003 - 09/01/2003 / 11/01/2003 - 12/01/2003 / 12/01/2003 - 01/01/2004 / 01/01/2004 - 02/01/2004 / 03/01/2004 - 04/01/2004 / 04/01/2004 - 05/01/2004 / 05/01/2004 - 06/01/2004 / 06/01/2004 - 07/01/2004 / 08/01/2004 - 09/01/2004 / 09/01/2004 - 10/01/2004 / 10/01/2004 - 11/01/2004 / 11/01/2004 - 12/01/2004 / 12/01/2004 - 01/01/2005 / 01/01/2005 - 02/01/2005 / 02/01/2005 - 03/01/2005 / 03/01/2005 - 04/01/2005 / 04/01/2005 - 05/01/2005 / 05/01/2005 - 06/01/2005 / 06/01/2005 - 07/01/2005 / 07/01/2005 - 08/01/2005 / 08/01/2005 - 09/01/2005 / 09/01/2005 - 10/01/2005 / 10/01/2005 - 11/01/2005 / 11/01/2005 - 12/01/2005 / 12/01/2005 - 01/01/2006 / 01/01/2006 - 02/01/2006 / 02/01/2006 - 03/01/2006 / 03/01/2006 - 04/01/2006 / 04/01/2006 - 05/01/2006 / 05/01/2006 - 06/01/2006 / 06/01/2006 - 07/01/2006 / 07/01/2006 - 08/01/2006 / 08/01/2006 - 09/01/2006 / 09/01/2006 - 10/01/2006 / 10/01/2006 - 11/01/2006 / 11/01/2006 - 12/01/2006 / 12/01/2006 - 01/01/2007 / 01/01/2007 - 02/01/2007 / 02/01/2007 - 03/01/2007 / 03/01/2007 - 04/01/2007 / 04/01/2007 - 05/01/2007 / 05/01/2007 - 06/01/2007 / 06/01/2007 - 07/01/2007 / 07/01/2007 - 08/01/2007 / 08/01/2007 - 09/01/2007 / 09/01/2007 - 10/01/2007 / 10/01/2007 - 11/01/2007 / 11/01/2007 - 12/01/2007 / 12/01/2007 - 01/01/2008 / 01/01/2008 - 02/01/2008 / 02/01/2008 - 03/01/2008 / 03/01/2008 - 04/01/2008 / 04/01/2008 - 05/01/2008 / 05/01/2008 - 06/01/2008 / 06/01/2008 - 07/01/2008 / 08/01/2008 - 09/01/2008 / 09/01/2008 - 10/01/2008 / 11/01/2008 - 12/01/2008 / 12/01/2008 - 01/01/2009 /



Click derecho al botón de arriba. Guárdalo e inclúyelo en tu web, dirigido a http://danielivan.com.

O copia el siguiente código e inclúyelo en tu sitio:
.
Pronto tendremos más botones muy majos.








My Amazon.com Wish List

La Voladora Radio

Blogs México

Unión de Bloggers Hispanos



Agrégame a tus favoritos de Technorati





NO seas un esclavo toda tu vida, bájate FIREFOX y comienza a usar software libre:





Copyright Info: Los contenidos de este sitio están publicados bajo una Licencia de Creative Commons (atribución - no comercial - sin derivados), EXCEPTO el trabajo gráfico y de diseño del sitio: © 2008-2010 por Daniel Iván.