Vertical, by Daniel Iván

Venimos a hablar de flores

Venimos a hablar de flores. ¿Cómo demorarse en algo así? ¿Cómo no correr a hablar de flores, cuando todo lo demás habla de exabruptos? Obviando, claro está, a ese Bertold Brecht que nos diría que casi da pena hablar de plantas, árboles, enredaderas, yerbajos o de cualquier otra argucia vegetal en tiempos aciagos como estos… venimos a hablar de flores. De cómo soñarlas equivale hoy a tentar a la muerte, a ir brincando tempestades, a ofender a las instituciones, y de cómo tal vez siempre ha sido así: la flor es objeto de envidia para quienes sólo conocen el argumento de las balas, la ciencia infame de la metralla a la que llaman historia o nación o estado o democracia. Venimos a hablarles de gente que siembra flores, oficio mucho más digno que el de los que siembran palabras para justificar su silencio, como si hiciera falta lo uno o lo otro. Venimos a contarles que en este país se odia a muerte a quien va regando flores, ya sea por los altares o por las banquetas o en los cabellos de las chicas de secundaria. De Atenco a Ayotzinapa, a quien vive de flores en este país se le reserva la muerte o la cárcel o la ausencia o todo al mismo tiempo; y el mensaje es claro: hay una guerra contra la flor, contra el color, contra la forma que cambia las mareas, contra cualquier geometría que arranque una sonrisa. Se dirá usted a sí mismo: “¡qué raro!”; pero no lo es. No hay nada que se eleve más alto que una flor; apenas tal vez el cuello de la persona a la que amamos. Venimos a hablar de flores, de tallos invencibles, de pétalos que se rebelan contra la finitud y el blanco y negro; Tagore lo puso la mar de claro, y habría que dejarlo hasta allí: La tierra es insultada y ofrece sus flores como respuesta

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