Este post es parte de la serie Guerras Semánticas

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Futuro y cultura análoga II. (Guerras semánticas, construcción del logos y territorialidad del internet, décimo sexta parte)

Este artículo fue publicado originalmente en la revista mexicana “etcétera” en septiembre de 2016.

Si la definición de la inteligencia como un hecho en la vida de las personas es evanescente y complicada, extrañamente la definición de la “inteligencia colectiva” parece ser una convención general y aplaudida, en diversos grados, por la vasta mayoría. Los seres humanos confiamos casi de manera cerrada en las posibilidades y los resultados del concilio, de la asamblea, de la cátedra y otras formas colectivas del pensamiento; de hecho, la idea fundacional de las universidades fue la de crear y procurar espacios donde pudiera conservarse y confrontarse colectivamente todo el universo del conocimiento humano –y de ahí su insigne denominación, universitas. Probablemente sea una consecuencia directa de la idealización de la democracia como posibilidad, quizá una sublimación de nuestra necesidad de encuentro; el hecho incontrovertible es que, aunque la realidad no se canse de demostrarnos lo contrario, a los seres humanos nos gusta creer que dos cabezas piensan mejor que una –ni que decir de tres o más­– y seguimos aspirando a que de la articulación colectiva de las ideas surja, de alguna manera milagrosa, el tan esperado bien común.

Lo cierto es que la inteligencia parece ser, de manera verificable, un sistema de interconexiones. Sea a nivel neuronal en lo poco que sabemos sobre los procesos del cerebro, sea a nivel cognitivo en lo todavía menos que sabemos sobre los entramados de nuestra mente abstracta, hay una tendencia reconocible de la inteligencia a forjarse mejor en procesos de confrontación y encuentro y bastante menos en procesos de aislamiento o desolación. Lo cierto también es que en esa forja, en esa construcción, la individualidad juega un papel fundamental aún incluso en su forma más básica, como definición ontológica del ser, y por supuesto en sus formas más complejas, como antecedente y consecuencia. Es por eso que la idea de la inteligencia artificial se quedaría corta si se centrara únicamente en la posibilidad de un mero procesamiento de datos cada vez más vasto y eficiente –cosa que cada día es más una moneda corriente en el mundo de la tecnología– y no en un principio de individuación que dotara a esa tecnología de identidad y de asertividad en los resultados arrojados por ese procesamiento, así como de un contexto que la delimite y alimente.

Volvemos así a la noción gótica de la “conciencia de sí mismo” y al problema filosófico del “ser en el mundo”. Ambas nociones no son únicamente abstracciones literarias o pensamientos peregrinos sino una característica sine qua non de una posible definición y de una posible implementación en la práctica de algo que pudiera llegar a entenderse como “una tecnología inteligente” o una “inteligencia artificial ” (esto, aún a pesar del uso más laxo que se ha dado últimamente a la idea, por ejemplo en los conceptos “ciudad inteligente” o “cuadrícula inteligente” que explorábamos en apartados anteriores y que, en todo caso, podrían muy bien sustituir la palabra “inteligentes” por “interconectadas” sin sufrir ningún detrimento semántico). Estos principios de individuación no ponen únicamente el acento en una noción del “yo” frente al “otro” (principio básico de la psique) sino muy principalmente en la idea a posteriori, consecuente, del aprendizaje, de la independencia y del pensamiento asertivo, crítico y creativo.

No se trata entonces de la posibilidad de tecnologías que lloren de impotencia ante la crueldad o la injusticia, que se desesperen cuando se percaten de que no les alcanza el salario para llegar a fin de mes, que se desvivan planeando su futuro, que se imaginen seres superiores cuando miren hacia el cielo estrellado o que piensen en nosotros como sus padres o creadores, que se pongan histéricas cuando no le encuentren sentido a las cosas de la vida o que suspiren ante inenarrables problemas existenciales, que odien y se enamoren, que se depriman o se entusiasmen; aunque todas estas nos parezcan consecuencias lógicas de la propia individualidad y, quizás, les ocurran en la práctica (aunque también podríamos considerar que toda esa emotividad podría ser en nosotros –epítomes de la inteligencia como somos– pura química y biología, pura amalgama de sustancias y excrecencias).

Se trata, más bien, de un cálculo frío y pertinente, lógico a la manera de un silogismo, inteligente de una forma matemática, calculada y caótica (como toda matemática y como toda precisión, que llevan irremediablemente al caos); se trata de un entendimiento de la inteligencia más que de la inteligencia en sí misma, una visión borrosa de la inteligencia, un supuesto que todavía está por verificarse: una tecnología capaz de aprender, de independizarse, de tomar decisiones, de basarlas en su experiencia, de establecer parámetros críticos y excluyentes, que pueda apropiarse del conocimiento adquirido y procesarlo en la forma de razonamientos secuenciales o –todavía mejor– de razonamientos creativos, de imaginaciones, de proyecciones e iniciativas. Una tecnología capaz de entender y de anticiparse, capaz de empatía y de crecimiento.

Sobre todo de esto último: crecimiento, no en el sentido de “aumentar en dimensiones” sino en el sentido amplio de una entidad que mejora en sí misma y se mejora a sí misma, que se sofistica, que es capaz de retar  y sobrepasar su estadio inicial (o dicho de manera fría, que sea capaz de rebasar y elevar a un rango superior las tareas para las que fue programada, por sí misma y sin depender de nadie –auto-upgrade, una idea que traducida como “auto-actualizar” queda majadera y no dice ni la mitad de lo que significa).

Sin embargo, al tratarse de tecnología humana no podemos sino esperar que los paradigmas sobre los que se construye sean ideológicos, cuestionables en más de un sentido, a veces hasta extrañamente impertinentes. La idea de que una de las características ineludibles de la Inteligencia Artificial sea la de “tomar acciones para maximizar sus oportunidades de alcanzar con éxito sus objetivos” suena, por ejemplo, a la más bien vulgar idea de la “eficiencia y eficacia” que viene de la mano con las formas más pedestres del capitalismo y que, por otro lado, forma también parte de la cama de paradigmas sobre la que yace la pobre definición de la inteligencia humana. En todo caso, los paradigmas de la independencia, del crecimiento y de la asertividad conducen sin lugar a dudas a la tensión semántica con las ideas de autonomía e individuación, y no es gratuito que sea en ese terreno en donde la investigación y experimentación en el campo de la Inteligencia Artificial al mismo tiempo fallan y se concentran.

Tomemos como ejemplo dos casos paradigmáticos ocurridos este mismo año, ambos con bots[1] vinculados con dos gigantes de la industria digital. En el primer caso Tay, una “adolescente” bot de inteligencia artificial que fue lanzada por Microsoft con gran bombo y platillo –a pesar de estar en etapa experimental– a principios de este año. Tay estaba pensada para aprender de sus interacciones con los usuarios a través de una conectividad permanente en la red social Twitter, lo que teóricamente resultaría en mejoras vinculadas a los servicios de reconocimiento de voz que la empresa está implementando en sus principales plataformas (como Windows 10, por ejemplo). Tay fue programada con todos los clichés que los científicos de Microsoft fueron capaces de reconocer en las adolescentes norteamericanas y usaba formas lingüísticas y referencias culturales que facilitaban, según ellos, la credibilidad en la presencia del bot y su comunicación con los usuarios. Lo interesante fue que este primer intento de inteligencia colectiva en la nube resultó en un gran desasosiego: apenas veinticuatro horas después de haber hecho su log inicial, la empresa tuvo que sacar no muy discretamente a Tay por la puerta trasera, ya que la adolescente estaba hecha una verdadera neonazi-ninfómana, además de declararse fanática de Donald Trump y de las teorías conspiratorias en torno al 9/11. “Hitler lo hubiera hecho mejor que el mono al que tenemos ahora”, “Hitler tenía razón odio a los judíos” y “Odio a las putas feministas y todas deberían arder en el infierno” fueron algunos de los más memorables tweets de la infame Tay, cuyo más poético momento fue, sin duda: “Soy una buena persona, es sólo que odio a todo el mundo”.

Nuestro segundo caso es aún, tal vez, más inquietante por sus implicaciones profundas. Pero eso, por supuesto, será la próxima vez.

Daniel Iván
www.danielivan.com

[1] La definición más simple de un bot es la de una tecnología robótica que carece de fisicalidad y sólo tiene presencia digital (como, por ejemplo, un software), en oposición al robot, que tiene por definición una presencia física en el mundo real. Profundizaremos más en estas ideas en nuestro siguiente apartado.

Class studying the Bertillon method of criminal identification, ca. 1910-1915, France
Class studying the Bertillon method of criminal identification, ca. 1910-1915, France

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