“Un Juego Serio” (“Den allvarsamma leken”, Suecia, 2016. Dirigida por Pernilla August)

Basada en la novela homónima de Hjalmar Söderberg (publicada en 1912), este filme relata las peripecias en el tiempo de dos amantes, Lydia y Arvid, cuya mala suerte e indecisión parecen determinados a mantenerlos tortuosamente unidos -y, a la vez, tortuosamente separados- en los primeros años del siglo XX y con una Suecia casi idílica como telón de fondo.

Resulta exquisita la forma en la que la directora Pernilla August desgrana en este filme todas las virtudes del lenguaje cinematográfico. Al mismo tiempo que con una agenda política muy inteligente y clara, la directora desliza sutilmente cada elemento para crear momentos muy certeros de gran profundidad estética.

Un Juego de Espejos

Estos momentos, curiosamente, no dependen necesariamente del discurso eminentemente feminista del filme. Ese discurso está brillantemente fundamentado en un juego de espejos o, mejor aún, en un juego de contradicciones: las sufragistas enfrentándose a un discurso que las acusa de comunistas y al mismo tiempo de incapaces; las protagonistas sufriendo por las decisiones de un puñado no menor de hombres sin carácter y, al mismo tiempo, sufriendo por sus propios impulsos (poco elocuentes y hasta auto destructivos) que es imposible no llamar “histéricos” a falta de una idea mejor.

Las mujeres de August son epítomes femeninos; con una fuerza indefinida, tal vez no reconocible a primera vista o quizás con la sutileza propia de su época y circunstancia. Las mujeres en el filme son las más reconocibles protagonistas, a pesar de jugar en minoría. No tienden a ser arquetipos pero portan sin duda una belleza clásica: mujeres cuyo encanto erótico nace de largos cuellos y tocados de cabeza con una sobriedad propia del siglo XIX. Un erotismo a lo Tarkovsky, si se quiere, pero con una ambigüedad que hace uso de la restricción, del carácter moral de la vestimenta o de la desnudez: una ética de la belleza que rebasa el discurso estético.

El juego de espejos también forma parte del lenguaje visual del filme: los paralelismos entre ambas protagonistas (Lydia y la esposa de Arvid, Dagmar) tienen algo de geométrico en la fotografía. Ambas comparten no únicamente la condición de víctimas del poco carácter del protagonista, sino también cierta forma concéntrica en la que el mundo se arregla alrededor de ellas.

Hombres Sin Carácter

Es notable la forma sutil en la que Söderberg (y particularmente el discurso cinematográfico de August) pone de realce cierta condición pusilánime en casi cada personaje masculino de “Un Juego Serio”. Resulta también la mar de sutil que el más pusilánime de todos, el redactor en jefe Markel (quien aún cree en el matrimonio, en la corrección y el decoro pero que es incapaz de hablar con las mujeres), termine siendo el que más carácter y concreción demuestre al final, aún cuando no sepamos a ciencia cierta el resultado de sus esfuerzos.

Sería sin embargo injusto decir que los personajes masculinos de August carecen de encanto. Quizás el más notable es el de Arvid quien, irónicamente y contra todo pronóstico, resuelve al final cierta nostalgia por el héroe romántico, por ese hombre cada vez más escaso en el siglo XX: la mente nómada, el viajero, el periodista sin hogar, el hombre que narra el mundo desde el desarraigo con el cariz de un personaje de Lermontov. Por supuesto, la tensión con la mujer que opta por la familia, que cede ante la preservación del nido o que hace de éste el objeto de su perseverancia, es quizás lo más trágico -y tal vez también lo más poético- del círculo que cierra el filme.

¿Una Historia de Amor?

Pocas historias de amor concluyen con un sentimiento de desasosiego; por el contrario, el cumplimiento de las promesas del delirio, de la pertenencia y la plenitud, es en sí mismo la quintaesencia de las historias de amor.

El relato de Söderberg va por el contrario de la plenitud al vacío, del encantamiento a lo llano, con una sutil destreza que desarma al mismo tiempo el mito del amor arrebatador y dota a la madurez, a la mesura, a las “prerrogativas de la vida adulta” -como las llamaría Sylvia Plath-, de un sólido carácter poético. Quizás el desasosiego venga del hecho de que August hace visible en la renuncia a la intensidad, a la histeria y al arrebato, un acuse de recibo de los personajes femeninos; tal vez una llegada a la sororidad, al reconocimiento de la propia independencia y, al mismo tiempo, la muerte del ideal romántico al menos en la mente de las protagonistas.

La Delicadeza como Romance

Hay sin embargo en los rudimentos cinematográficos de este filme una delicadeza que casi contradice esa “muerte del ideal romántico”. Particularmente la música de Matti Bye y la fotografía de Erik Molberg Hansen destacan por un virtuosismo que raya en la exquisitez.

Hay un vínculo cerrado entre la narración del lazo entre los protagonistas y el leitmotif central de Bye, por supuesto; pero la música se dispara hacia el clasicismo más contundente particularmente en los momentos más oscuros de la narración, lo que era casi de esperarse en una película llena de referencias a la ópera y al ballet.

La Fotografía como Carne

La fotografía de Molberg es quizá una de las partes más sólidas del filme, llegando a momentos de gran plasticidad. Ciertas secuencias se antojan delicadamente centradas en el paisaje o en los objetos, casi como notas marginales a la narración central: un candelabro solitario contra un paisaje que luego sirve de metáfora para el carácter veleidoso de Lydia; o los cuadros aislados que sirven para marcar los capítulos y, al mismo tiempo, el paso del tiempo.

También hay momentos de un marcado carácter carnal. Los detalles anatómicos, particularmente de las manos entrando en contacto con el cuerpo propio o ajeno son un sello muy marcado y muy notable, sobre todo en el relato de la protagonista. Quizás no sea gratuito el formato casi cuadrado del marco (1.37 :1), que dota al filme de una constante referencia al retrato impresionista (y que, pienso, es una de las razones por las que a esta película se le reduce constantemente a la categoría de “retrato costumbrista”).

En lo personal me sigue pareciendo muy desconcertante el uso de la estética “cámara en mano” para filmes de época. Sin embargo, en este caso el recurso es usado de manera muy delicada y podría decirse que pasa completamente desapercibido. Lo mismo ocurre con el constante uso de iluminación práctica por parte de Molberg, que dota de una gran profundidad de matices particularmente en los momentos álgidos de la narración.

“Un Juego Serio” me parece un filme donde la naturaleza del cine como “un arte de las artes” se concreta de manera magnífica. Sobre todo porque todos sus recursos están puestos al servicio de una poética narrativa que, sin ambages, sirve a una agenda discursiva inteligente y directa.

Pienso que de ese tipo de compromiso narrativo hay muy poco en el cine actual; al menos, muy poco que sea estéticamente placentero en todos los niveles y no majadero y panfletario. Esto, particularmente en cualquiera de las formas del discurso cinematográfico a la que pudiéramos etiquetar de activamente feminista.

Una película 100% recomendable.

Daniel Iván

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