Worker at carbon black plant, Sunray, Texas, 1942. By John Vachon. Library of Congress Collection.

Subjetividad, o el fantasma en la máquina

Este artículo es parte de la serie Guerras Semánticas

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Guerras semánticas, construcción del logos y territorialidad del internet (vigésima tercera parte)

Este artículo fue publicado originalmente en la revista mexicana “etcétera” en junio del 2017.

El paradigma del sujeto, distante y diferenciado del objeto, es una de las características axiomáticas del principio de individuación. Dicho en otras palabras, la subjetividad en principio es una característica sine qua non de la persona, la individualidad o el personae, como se le caracterizaba en la antigüedad clásica para dar a entender que su naturaleza no se limitaba al mundo físico sino que era, per se, una idea; lo que implica que es tan personae –individual y subjetivo– un ser humano existente, un ser humano imaginado, un animal en las fábulas de Esopo o un tenedor parlante en una película de Disney.

La subjetividad como parte del principio de individuación es además no únicamente una referencia experiencial (ya que todos los seres vivos experimentan la vida, el ser, la muerte y la nada desde un muy particular, irrepetible e intransferible punto de vista) sino que se propone primordialmente como una referencia discursiva: lo que nuestra narrativa devuelve al mundo en la forma del discurso propio es no sólo eminentemente subjetivo sino que es la subjetividad en sí.

Si nos queremos limitar ontológicamente, podríamos afirmar sencillamente que la subjetividad es la palabra en nuestra mente, la palabra devuelta por nuestra mente al mundo; pero sabemos que nuestra mente no devuelve únicamente palabras al mundo, sino también imágenes, garabatos en una servilleta o en un cuadro del Louvre, sonidos organizados o desorganizados en grandes sinfonías o canciones populares, números y ecuaciones y medidas y geometrías y un sinfín de otros artilugios que constituyen inaprensiblemente el discurso.

Lo que es cierto es que el personae lo es únicamente si cuenta con un discurso propio. Este silogismo, por supuesto, da siempre lugar a que la autoafirmación pedestre afirme que “hay pocos individuos y demasiada masa”, “demasiados borregos y pocos líderes”, “demasiada escolástica y poca vanguardia”, y toda otra gama de resúmenes axiomáticos dignos de un inspirado “estado” de Facebook. No se preocupe el amable lector, usualmente a los simplones la gravedad los pone en su lugar.

Discurrir suele no ser únicamente materia de las palabras sino de la vida misma. Las palabras en discurso son en realidad el resultado de la interacción entre las ideas y el tiempo; es decir, la tensión entre la abstracción y la muerte, entre la imaginación sin límites y la certeza de la finitud. Quizás una de las formas más enternecedoras de nuestros afanes de trascendencia sea la de intentar comunicarnos y hacernos entender, la de imaginarnos que nuestras ideas nos definen y hablan por nosotros.

La comprensión entre dos o más personas es una de las pocas formas que tenemos de vencer a la muerte.

Quizás sea por eso que solemos identificar al personae con esa otra característica: la de su propia finitud. La antigüedad clásica, otra vez, definió para nosotros que es de esa finitud (de las propias limitaciones y del propio agotamiento y de la propia certeza de la muerte) de donde brotan todos los recursos narrativos, de donde brota toda tragedia y toda comicidad y toda poesía, toda opacidad o todo brillo. La heroicidad o la vileza no son sino relatos de algo que se afirma o se niega frente a la vicisitud o la peripecia, y es por eso que cualquier mitología, teología o universo ficcional que no dote a sus personajes de esa cualidad de finitud es increíblemente aburrida.

Como también lo son las personas que en su propio relato parecen incapaces de fallar.

No olvidemos, por supuesto, que el discurso no existe únicamente en el drama o en la emoción, sino también en el dato y el análisis, también en la conclusión y en la premisa, y que narrativamente no necesita de grandes episodios sino que le basta con ir de un punto de inicio a un punto final, que será en todo caso el punto de inicio de una nueva narrativa.

A ese proceso solemos llamarlo “aprendizaje”, y es otro de los paradigmas centrales de la mente humana: tanto por la propia experiencia como por el conocimiento acumulado y disponible de la especie, los seres humanos forjamos nuestro discurso a partir del universo conocido, anhelando el universo por conocer, intentando su comprensión y su dominio. Por cuestionables que sean todos estos principios en su conjunto o cada uno por cuenta propia, lo cierto es que no existe ningún grupo humano que escape a este paradigma, ni mente humana que no termine por sucumbir a él[1].

Acumulamos datos y los datos son casi siempre la suma de un universo de subjetividades, de una historia del sesgo y la autoafirmación a la que llamamos el pensamiento humano. Y por mucho que el siglo XX y la industria de la comunicación y la academia se hayan empecinado en vendernos la idea, la suma de muchas subjetividades no da nunca como resultado una objetividad. Casi como cuando una montaña de arena no da un vaso de jugo de naranja.

Sin embargo, el siglo XX nos regaló una tendencia a considerar la frialdad y el desapasionamiento como cualidades, quizás en un principio como herencia del cientificismo del siglo XIX y también como consecuencia del hecho de que en sus linderos se verificaron (ya en la práctica, ya en el imaginario) todos los horrores y toda la indiferencia posibles. Lo cierto es que durante las últimas décadas del siglo pasado el paradigma del sujeto diferenciado del objeto quedó en entredicho, cuestionado no únicamente por la brutal realidad de la esclavitud, la trata o el asesinato en masa, sino también porque el objeto comenzó a ser de alguna manera imprescindible, ya no como bien que se posee sino como forma de vida.

El objeto tecnológico es ahora, per se, un principio de individuación.

No se confunda el amable lector; la afirmación anterior no es necesariamente un disparate si se toma en cuenta que hoy el mapa tecnológico incluye no únicamente un proceso de consumo (posesión de bienes tecnológicos y la lógica de mercado intrínseca a su adquisición, renovación y desarrollo) sino un proceso cultural que comienza lentamente a trascender a la persona como usuario y comienza a inmiscuirse con la persona como tal, en todas las facetas de su vida y su pensamiento, en su realidad y en su imaginario, en su cotidianidad pero también en sus posibilidades no exploradas. No es difícil afirmar que hoy la tecnología es el instrumento cultural por excelencia, en tanto es muy difícil imaginar alguno de los flujos, narrativas, significados o interacciones humanas a las que llamamos “la cultura” que no pasen, existan, se verifiquen o sean contenidas por el hecho tecnológico.

El objeto tecnológico convertido en el contenedor de la cultura es quizás el principal salto paradigmático que definirá al siglo XXI. Máquinas capaces de aprender y por tanto capaces de emitir juicios y capaces de una narrativa propia están a la vuelta de la esquina, como veremos en nuestro próximo apartado, y comenzarán a exigirnos que cuestionemos su naturaleza objetual.

No hablamos de aquí a 50 años. Hablamos de aquí a unos cuantos, pocos.

Un fantasma recorre la máquina y la máquina, aunque usted no lo crea, ya no comienza ni termina; ya no tiene principio y tampoco tiene fin.

Daniel Iván
www.danielivan.com


[1] Por supuesto, es imposible no recordar la idea de “desaprender” y las múltiples críticas que a la idea del aprendizaje (sobre todo del aprendizaje sistemático e institucionalizado) se han hecho desde los más distantes rincones de la filosofía, la pedagogía o la psicología. En este contexto, sin embargo, uso la palabra para referirme más a un proceso (y, quizás más aún, a un paradigma cultural) que a una metodología.

Worker at carbon black plant, Sunray, Texas, 1942. By John Vachon. Library of Congress Collection.
Worker at carbon black plant, Sunray, Texas, 1942. By John Vachon. Library of Congress Collection.

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