Este post es parte de la serie Guerras Semánticas

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Futuro y cultura análoga II. (Guerras semánticas, construcción del logos y territorialidad del internet, décimo quinta parte)

Este artículo fue publicado originalmente en la revista mexicana “etcétera” en agosto de 2016.

Definir lo que esperamos de la inteligencia es, como cabría esperar, materia ideológica pura. De hecho, desde un punto de vista filosófico, la ideología es la enunciación de las expectativas del ser frente a la inteligencia y sus consecuencias, frente a la lectura inteligente del mundo, y la transformación de esas expectativas en una deontología o, lo que es lo mismo, en un “deber ser” para el futuro y en una escala de valores para el presente. Esta lectura inteligente es un proceso que esperamos ocurra a priori porque de por si somos inteligentes, de la misma manera en la que esperamos que de las nubes cargadas caiga agua porque de por si están mojadas. Es decir que, contra toda evidencia empírica, la inteligencia define nuestra naturaleza humana y la delimita como una realidad factual. “Pienso, luego existo” ha sido, por simplón que parezca, el axioma fundacional de la razón humana. Por lo menos desde la antigüedad clásica, la idea de “civilización humana” (o la idea general y relativamente más moderna de “cultura humana” que, como sea, es más amigable y no bordea los casi siempre asesinos afanes “civilizatorios”) se basa en la premisa de que las personas humanas somos inteligentes o susceptibles de serlo por derecho propio. En el “terreno propicio” de la cultura, la inteligencia humana define para sí sus anhelos, las aspiraciones propias y las que proyecta en los otros, las posibilidades y los vericuetos, las dificultades y los enemigos; y a eso, a esa delineación del anhelo, a esa concreción del anhelo en palabras y sistema, lo llamamos ideología como podríamos llamarlo hoyo negro.

Hay un error común a quienes caracterizan a la ideología como materia estrictamente política: el de pensar que el ser ideológico es propio únicamente de los afanes de dominación y preeminencia, del “orden establecido” o del “orden por establecerse”. En realidad, no hay momento en el que el pensamiento no este cruzado por el conocimiento y por los datos que de él derivan, no hay momento en el que en el hacer humano no se conjuguen el pensamiento y la axiología, el deseo y la ética, el ser y la nada, la experiencia y lo habido; lo cual no quiere decir que cada vez que nos preparamos el desayuno o cada vez que encendemos el auto nos enfrentemos con graves dilemas éticos sobre los cuales haya que reflexionar ávidamente –aunque, claro, éste sea un axioma con el que los impulsores del veganismo o los impulsores del ciclismo radical no estarán de acuerdo. Ya se ve, la ideología es susceptible de abarcarlo todo.

La inteligencia acude a su propia referencialidad, es decir a las ideas, de manera automática y al mismo tiempo de manera educada, por instinto y por entrenamiento, y nos conduce en todo lo que nos ocurre porque esa es su función y porque para eso, pensamos confortablemente, somos seres inteligentes. Pero, sobre todo, acude como parte de un sofisticado sistema que intenta por todos los medios poner al ser en una relación consciente consigo mismo y con su entorno, una relación entre la noción de la propia existencia y la de la existencia de otros; una relación ávida de experiencia, de noción, de habilidad, de supervivencia, de sofisticación, de exigencia. Es decir, ávida de aprender.

Resulta en todo momento la mar de complicado tratar de definir la inteligencia por lo que es, tanto como tratar de delimitarla en lo que no es. Las conclusiones son siempre evanescentes y no es aventurado decir que la inteligencia evade toda definición. La inteligencia es una nube: se escapa al intentar asirla, se trasforma al intentar dibujarla, es caprichosa en sus geometrías y, algunas veces, se parece a algo que hemos visto antes pero al segundo siguiente adopta formas que escapan a nuestro conocimiento o expectativas. A veces se desborda y vuelve todo fértil y bello; a veces se desborda y lo inunda todo y lo convierte en una tragedia; a veces se evapora, no deja rastro, se niega a sí misma.

La inteligencia se pelea al enfrentarse consigo misma tanto como las tormentas son peleas entre nubes. El mes pasado Robert Epstein[1] desató su propia tormenta al publicar un ensayo (que contó con una bobalicona respuesta viral por parte de multitud de internautas “enterados”) cuyo título “El Cerebro Vacío”[2], ya anunciaba en gran medida la calidad de la propuesta y de la respuesta. En el ensayo, Epstein afirmaba categóricamente que la mente humana no actúa como una computadora, que es incapaz de ninguna de las formas de evocación, procesamiento y almacenamiento de la que son capaces verificablemente las computadoras, carece de software y hardware y que por todo ello la imagen de la mente como una computadora es una mierda y todos los que la usan unos estúpidos. Querido lector, queda claro que simplifico; pero en resumen, Epstein uso más o menos esa clase de ideas virulentas y desató un inusitado entusiasmo en la digitalia por parte de numerosos partidarios y no menos numerosos detractores. Queda claro también que muchos de esos detractores ya se ocuparon de recordarle a Epstein las muchas pruebas documentales que la neurociencia tiene de rastros de datos en las neuronas, la evidencia verificable de cargas de datos en el ADN y la necesaria aclaración de que los principios de la idea de “computación” (almacenamiento y procesamiento de datos) no están limitados semánticamente a las máquinas de Turing sino a cualquier sistema (orgánico o inorgánico) capaz de realizarlos y de convertir sus resultados en otros datos utilizables.

Por supuesto, Epstein también avanzó algunas ideas interesantes –o que a mí me resultaron interesantes–, particularmente en relación con la necesidad humana de definir metafóricamente los azares de la mente; es decir, la inmanente necesidad de los seres humanos por la utilización de imágenes referenciales que nos ayuden a definir lo inasible: todos aquellos aspectos de la existencia que escapan a la certeza del dato inmediato, de la idea automática, de la tangibilidad[3]  referencial. Fue inevitable también acordarse del paradigmático aforismo de Robert A. Heinlein: “Nadie ha visto nunca un electrón. Ni tampoco un pensamiento”[4]. Hay quienes asumen la inteligencia como una inherente necesidad de pruebas, los hay que la conciben como una inherente necesidad de complejidad, los hay por el contrario que la definen como una inherente necesidad de simpleza y concreción. Los hay quienes la ven por encima del caos en la forma de dios, los hay quienes la ven por debajo del caos y como la única respuesta posible frente a él.

Como sea, la historia humana puede definirse como la concreción del pensamiento; y la transformación de la naturaleza, trágica o no, como el pensamiento tangible, como el extremo del pensamiento, como la consecuencia de la mente. Allen Ginsberg lo llamaba Moloch, y lo caracterizaba como una de las formas del mal. El renacimiento y muchas otras formas y momentos del iluminismo nos lo han vendido como la luz al final del túnel, como la más elevada muestra de la naturaleza misma y como la única esperanza de la vida.

Yo, me entretengo llamándola “una nube”. Me consuela no ser el único: uno de los fundamentos de la actual definición de la Inteligencia Artificial, como veremos a continuación, se entretiene en llamarla igual.

Daniel Iván
www.danielivan.com


[1] Robert Epstein es un veterano psicólogo experimental en el American Institute for Behavioral Research and Technology en California. Ha escrito 15 libros y fue editor en jefe de la revista Psychology Today.

[2] “The Empty Brain”. Cita en: https://aeon.co/essays/your-brain-does-not-process-information-and-it-is-not-a-computer

[3] Uso aquí un neologismo arbitrario que me parece bestial que no exista para una idea fundamental: calidad o cualidad del ser tangible (y para el caso, también intangible).

[4] “Nobody has ever seen an electron. Nor a thought. You can’t see a thought, you can’t measure, weigh, nor taste it but thoughts are the most real things in the Galaxy.” (Nadie ha visto nunca un electrón. Ni tampoco un pensamiento. No puedes ver un pensamiento, no puedes medirlo, pesarlo, ni saborearlo –pero los pensamientos son las  cosas más reales en la Galaxia). Robert A. Heinlein – Citizen of the Galaxy.

Atomic Bomb Test, Bikini Island, 1946. San Diego Air and Space Museum Archive.
Atomic Bomb Test, Bikini Island, 1946. San Diego Air and Space Museum Archive.

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