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La fragilidad de todo

Es curioso cómo funcionan las cosas cuando se asiste a una cita médica con una enfermedad terminal: un ejército de doctores (entre el especialista, el especialista junior y los estudiantes) te contemplan mientras relatas una lista mental de cambios y nuevas cuitas, pormenores de la muerte, relatos de tormentas.

Con buena suerte, maniobran tu cuerpo con torpeza para cerciorarse de que no estás tan mal como tú crees ni tan mal como ellos te ven ni tan mal como cabría esperar. Cuando la suerte es mala sólo te escuchan parsimoniosamente, sabiendo y dejándote saber que no hay nada qué hacer.

Los estudiantes te piden permiso para ocuparse de ilustrar sus libros de texto con tus huesos; faltaba más, es lo último en lo se puede ser útil. Cada temblor les confirma la página 215, párrafo segundo; cada horror les recuerda la fragilidad de todo, como a mí, cada día. Aunque hay que decir que siempre agradezco la curiosidad con la que me observan; es tan distinta a la lástima que el mundo me prodiga.

Los doctores te deslizan un par de frases que te dejan ver que, efectivamente, te sigues muriendo; pero bueno, eso tú ya lo sabías. No hay buenas nuevas, pero tampoco las hay malas. Nada es nuevo. Algo como una quietud ominosa. Una calma chicha.

Sales como entras, una especie de Lázaro a la inversa: resucitado con toda amabilidad con el anuncio de que ya estás muerto.

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