Este post es parte de la serie Guerras Semánticas

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Futuro y cultura análoga II. (Guerras semánticas, construcción del logos y territorialidad del internet, décimo cuarta parte)

Este artículo fue publicado originalmente en la revista mexicana “etcétera” en julio de 2016.

La Sensibilidad Maquinal, idea que en sí misma puede sonar contradictoria en un primer estadio, es en realidad una de las fuentes de inspiración para el desarrollo tecnológico más contundentes y constantes por lo menos desde el inicio de la segunda mitad del siglo XX; sobre todo del desarrollo tecnológico no fundamentado en la explotación de energía ligada a los hidrocarburos –aunque incluso allí ha tenido una influencia definitiva, como veremos más adelante.

Llevamos un tiempo considerable conviviendo con sensores en las más pedestres de sus formas. Desde los que prenden la luz al  detectar movimiento, los que nos abren las puertas en aeropuertos y mercadillos, los que avisan al tendero que alguien ha entrado a su local con un sonido molesto y violento o los que disparan las alarmas de los autos al detectar la cercanía de los humanos u otros seres indeseables, los sensores forman una parte bastante cotidiana y hasta anodina de nuestra vida. Hoy por hoy estamos acostumbrados a cierto nivel de “reacción” de las cosas y a que ciertos objetos tecnológicos nos hagan una “devolución” –en información y acciones o, como se llama en realidad, en interacción. Por supuesto, también estamos acostumbrados a presenciar el fallo en esa interacción: la alarma que se dispara sin motivo aparente, la puerta automática que nos ignora o la luz que se prende sola alimentando la cuestionable creencia en espíritus chocarreros o en alienígenas invisibles –o en una combinación de ambos, que también hay quien cree en ello.

Sin embargo, y a pesar de su tendencia inefable al error, la sofisticación del sensor como componente de dispositivos viene de la mano de un rango de funciones “añadidas” a su inherente capacidad de “detectar” un cambio en el ambiente o en las condiciones específicas de su contenedor. Una de las funciones añadidas que más ha sofisticado la relación de los sensores con la esfera de la información es la de emitir y recibir datos de manera remota para compartirlos con otros sensores y con bases de datos a través de la internet. Estos sensores, conocidos como RFID, utilizan este protocolo (el Radio-Frequency Identification, o Identificación de Radio Frecuencia, del que deriva su nombre) no sólo para discriminar y categorizar señales enviadas y recibidas sino para decodificar y procesar la información contenida en esas señales. Y la segunda función añadida, determinante para la supremacía del sensor en un contexto interconectado, es su capacidad para organizar dicha información agregándole etiquetas ontológicas claras, específicas, inequívocas por lo menos en su primera capa semántica.

Probablemente el amable lector recuerde la importancia que revestía la idea del “tag” o “etiqueta” cuando hablábamos del desarrollo de la web semántica. Esta unidad semántica mínima es hoy por hoy el corazón y el motor de cualquier buscador de internet que se precie de serlo pero es, además, un sofisticado sistema de categorización de interacciones humanas en la esfera digital, que nos permite unificar –aunque aún de manera muy pedestre– criterios de exclusión e inclusión en el inabarcable mapa de significados y relaciones que es la internet –y ya que estamos, que es la comunicación humana. Por supuesto, este sistema de categorización de interacciones va mucho más allá de la idea del “trend topic” (que viene siendo tan bobalicona como lo ha sido siempre la idea del rating en el mundo de la comunicación) y, en realidad, representa un campo ignoto todavía para el desarrollo de aplicaciones de estricto contenido semántico en la digitalia –aunque vale decir que en la actualidad la mayor parte de los servicios ligados a campos semánticos (principalmente los buscadores internos de las redes sociales, las bases de datos académicas, los buscadores imperantes –es decir, los que dominan el mercado, ya sabe usted cuáles son–, los servicios de interacción con imágenes, etcétera) lo están aprovechando a más y mejor. Cabe también decir que, si nos atuviéramos a la idea de que la información en la internet puede de hecho separarse en capas contenedoras de “materia informativa”, la capa del “tag” está muy por encima en la jerarquía y existe actualmente casi por sí sola, aislada y autosuficiente, como una de las más puras formas de la inteligencia colectiva, aun cuando muchos usuarios se dan todavía el lujo de ignorarla.

Ahora bien, como decíamos en un apartado anterior, la intervención de las máquinas en la esfera del tag nos lleva a una relación la mar de compleja e inédita en la historia de la humanidad. De hecho, actualmente los sensores RFID son también llamados “etiquetas RFID” (o RFID Tags) dada su capacidad de estar vinculados estrictamente a su contenedor, ya sea un objeto, un animal o un ser humano; es decir, dada su capacidad de representar unívocamente a su contenedor y, como decíamos anteriormente, dotarlo de una identidad intrínseca e inequívoca en la digitalia. Este “ser digital” evoluciona con su contenedor al emitir información y al ser capaz de organizarla ontológicamente, estableciendo a posteriori la posibilidad de una organización más detallada, capaz de prospección, de retrospección y, eventualmente, de introspección. Es decir, capaz de narrativa; de una narrativa compleja que se constituya en la representación de la historia, la realidad, la presencia de los seres –el ser en el mundo. (Me escucho aquí a mí mismo argumentándole a quien quiera escucharlo: “¿en serio no te das cuenta de por qué son tan excitantes hoy por hoy los asuntos semánticos?”).

Resulta interesante recordar que, hasta el momento, toda esta interacción de datos generados e interpretados sigue teniendo una intrínseca relación con la mente humana, con todas sus falencias y maravillas, y sigue dependiendo de una acción volitiva estrictamente humana para sus repercusiones y aplicaciones. No es sorprendente que una de las principales discusiones tecnológicas a nivel mundial sea la de buscar ideas comerciales, gubernamentales, académicas y demás para la IoT y la posible IoE (Internet of Things e Internet of Everything, –Internet de las cosas e Internet de Todo,  como las caracterizábamos en el apartado anterior). El paradigma de la automatización basada en la identidad verificable de los objetos y los seres vivos es sin duda el siguiente gran cambio en el desarrollo tecnológico y el siguiente gran cambio en nuestra propia relación con la realidad. Al ser un cambio paradigmático es también un cambio de significados y es allí donde la tensión semántica con la idea de una “sensibilidad maquinal” comienza a ser urgente de ser cuestionada. No hace mucho tiempo, un año apenas, una legislación en Nueva Zelanda se ocupaba ociosamente de reconocer a los animales como “seres sensibles”, con gran regocijo de quienes militan a los animales como causa[1], que estallaron en aplausos y en trend topics. Por supuesto, desde mucho tiempo antes la mayor parte de los seres humanos sabemos intuitiva, lógica, experimental y empíricamente que los animales están dotados de sensibilidad, ergo de pensamiento, ergo de lenguaje, ergo de inteligencia, ergo de una conciencia de sí mismos. Ya sea que nos ocupemos en “degradar” a los seres humanos a animales o de “sublimar” a los animales a seres superiores o a criaturas de origen divino, esta certeza nos obliga a relacionarnos de una manera distinta con ellos, a dotarlos de significado, de presencia, de derechos, de leyes y discursos, de una esfera semántica mucho más compleja que aquella que los clasificaba como simples bestias inferiores a nosotros.

Nuestro tiempo nos enfrenta con un problema mucho más complejo, dicho sea de paso. La sensibilidad maquinal acusa para nosotros no sólo el problema del ser de la máquina, de su ontología, sino también el problema del humano como creador, el ardid gótico del hombre (y la mujer, faltaba más) como dios y como Prometeo que reta el equilibrio de la naturaleza al dotar de ser a lo que no lo tenía antes.

Lo que por supuesto nos lleva al problema más práctico, pero no menos gótico, de la Inteligencia Artificial.

Daniel Iván
www.danielivan.com

[1] Cita en: http://www.independent.co.uk/news/world/australasia/animals-are-now-legally-recognised-as-sentient-beings-in-new-zealand-10256006.html

Illustration from “Poems”, by Oswood and Stillman; Designed by D. Huntingdon. Engraved by W. G. Armstrong. Carey & Hart Publishers, 1850.
Illustration from “Poems”, by Oswood and Stillman; Designed by D. Huntingdon. Engraved by W. G. Armstrong. Carey & Hart Publishers, 1850.

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