El miedo es circular y luminoso, y pocas veces se justifica. Es la carne en un relato, la sangre que redime o que clama por venganza. Tiene la forma de una nube, geometría anticipada del paso de dios por estas tierras.

Sucumbir al miedo es rendirse al horror de un ramo de flores, a la caricia del fuego, a la consunción que anuncian las tardes usualmente: encerrarse como Próspero en la celda marcada por las sombras, con la precisión milimétrica de quien se prepara elegantemente a renunciar.

Define sus contornos en un disfraz azul. Se diría de él que se parece tanto a la tristeza que en ocasiones se llora al tenerlo, en ocasiones se llora por su ausencia. Se riñe por no tenerlo; se riñe como si reñir se pareciera a tenerlo.

Hay quien lo define como hueso o columna vertebral, como escama y banquete. Como alquimia o veredicto. Hay quien le atribuye el filo de la espada y la concreción de las murallas, la altura de la muerte y la muerte de un impulso.

El miedo es una palabra luminosa como todas. Aduce a la verdad y al tremor de la verdad, al sacudimiento del polvo y al mismo polvo acumulado. Se derrite al erguir el cuello, como cualquier palabra que dice apenas la mitad de lo que dice.

Afina para sí todos los instrumentos, el miedo. Cirujano de sí mismo, no deja lugar para elucubraciones: lo sabe todo y lo concluye todo; afilado receptor de todo lo que llega como mensaje, como mantel manchado, como signo inequívoco.

El tiempo es propicio a su discurso, y lo gasta escribiendo variaciones de sus propios chistes. No brota de él oración ni articulación convulsa que no refiera la forma de un minuto, la breve acumulación de un enjambre que estalla como una bomba en el instante mismo en el que se le llama instante.

No le interesa ver, brincar la cuerda ni tomar una copa: al miedo le sobran los sentidos, le traicionan. Vibra como una cuerda sin testigos y sin testigos se apodera de una rima, de una parada de autobús. Flaquea al convertirse en resultado, como también le pasa a dios.

Una sombra le vale tanto como el árbol que la provoque. Burócrata de la paciencia, vendedor a domicilio de la paz, al miedo le gusta referirse al sinsabor en medio de la fiesta y a la bomba atómica en medio de un bautizo, trayendo la ruina a linchamientos, albores, fornicaciones y homilías que de otra forma habrían sido perfectos.

Y entonces, en un segundo, su ira se resuelve: odia las sonrisas tanto como los cometas. Arremete contra los clubes de lectura y las cofradías de oración: acaso ambas guaridas de la misma ausencia de palabras, de la misma ensoñación por el pecado y de más de un sacerdote confundido.

Con miedo se enciende el auto y la llama del progreso. Con miedo se desnudan las monjas y con miedo se pagan las cuentas; moneda corriente del mundo y de sus cosas, con miedo se compran también los monóculos, las botellas de whisky y los manuales del censor.

Al miedo le vienen bien la síncopa y la forma. Cualquier forma, diría uno, aunque es más correcto decir que la forma de un cualquiera. No quiere ni personalidad ni definiciones: le acomoda más la fiebre que cualquier forma de la posguerra.

Puede entonces todo; por definición es intangible e ingobernable al gobernarlo todo. Por definición es indefinible al definir en su marisma a la totalidad de lo que existe. Miedo afanoso, miedo atento al detalle, miedo artesanal, el miedo ya se ocupa de sí mismo.

Ama su propio ir y venir. Es meticuloso como la formación casual de las estrellas, y tiene para sí reservada esa misma configuración de mapa: visible sólo con un astrolabio, la dirección del miedo derriba la idea febril del accidente y de la belleza y de lo puro y lo posible

Como también le pasa a dios.

Anotaciones de un hombre ciego 02 por Daniel Iván

Anotaciones de un hombre ciego 02 por Daniel Iván

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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