Dichoso el alacrán madre, que devora a sus hijos. Dichosa la araña. Dichosa la serpiente, que muda de camisa . Dichosa el agua que se bebe a sí misma. ¿Cuándo acabarán de devorarme estas imágenes? ¿Cuándo acabaré de caer en esos ojos desiertos?
Octavio Paz / Mariposa de obsidiana.

Para Clementine.
También para el Lobo
In Memoriam.

Obsérvala, me dice el niño, dejando escapar burbujas de saliva entre sus labios; pero aún después de argumentar tan fehacientemente acerca de pasión y desventura, se pregunta: ¿sufre la araña? Es posible. Queda esa duda; esa en especial. Y ese pensamiento convierte el universo del insecto en algo apasionante, en un juego sin fin de especulaciones. Por eso no nos movemos; por ello permanecemos inmóviles ante el espectáculo maravilloso de esa araña cagando su hogar. Es sólo el principio. Después vivirá ahí; realizará sobre esa delicada casa las más intrincadas danzas y las más furiosas cacerías. Atrapará en su red las más indefensas criaturas, y se acercará babeante y burlona y se las tragará de un solo bocado. Pum, sólo silencio. Es sólo el principio de toda una vida. Y vuelvo a pensar: ¿sufre la araña? Empiezo a creer que todo es inútil.

Surge una nueva cuestión, me dice el niño burbujeante. Sí, es una cuestión muy difícil. Es una especie de laberinto filosófico. La araña, ¿vive? Oye, oye, no te metas en broncas. ¿Vive, o sólo existe?; y si no vive, ¿entonces qué? Definitivamente vive; y si vive, tiene que existir. No, no; sólo existe algo que tiene plena conciencia de su propia existencia. ¿Qué? Que sólo existe algo que tiene plena conciencia de su existencia. No hablas en serio; ¿cómo quieres que esta pendeja araña tenga plena conciencia de…? Por lo tanto, no existe.

Pinche escuincle categórico.

Ya se me durmió el trasero. Apoyo mi mano en el pasto; ésta se tropieza con la maldita pala y me hago una pequeña herida en la palma. Sangra. Mi trasero no tiene plena conciencia de su existencia, pero me duele; está ahí. La pala no tiene el menor asomo de conciencia, sin embargo ya me dio en la madre; está ahí. Claro, son sólo objetos cerrados, muertos; pero forman parte de una historia, de un momento. Como el estandarte del cura Hidalgo, más o menos. Nadie negaría la existencia de la cruz de Cristo o del águila de Prometeo o de las balas de un fusil. Existen; intervienen.

Esta estúpida pala, por ejemplo. Es la culpable de que este niño genio y yo estemos aquí sentados, contemplando como locos los intrincados arabescos de esta araña que construye su trampa.

Sería bonito pensar que sufre, me dice este nimio Mozart de la filología. Sonrío: ha tenido un pequeño rasgo de imaginería infantil. ¿Porqué lo sería? No lo sé. Ese es otro rasgo infantiloide… Para ella es algo importante, ¿no?; es su casa y, por así decirlo, su oficina; aquí logra su sustento. Pinche mano, me arde. Este lugar, es decir su telaraña, constituye todo su mundo. ¿Y porqué habría de sufrir? Porque su telaraña, es decir la materia prima de su mundo, sale de dentro de su cuerpo, sale de su intimidad; es un material incomparable, y debe ser doloroso.

Carajo, pinche mano.

Pero tiene razón. Después de todo, siempre será doloroso construir mundos. Siempre implica dolor, cansancio, sacrificio. Vuelvo a sonreír; el pequeño genio a caído en su propia trampa. Se está contradiciendo. Ha reconocido que la araña tiene un mundo; hasta le ha reconocido una intimidad. Por lo tanto, está a punto de declarar a la araña como existente.

Y se presenta aquí la última cuestión, dice el niño. ¿Cuál es? Observa: la araña se desplaza cuidadosamente de un lado a otro, va dando forma a un algo, a una especie de esquema. Yo desplazo la mirada de la araña al niño; la contempla azorado: su boca abierta, extrañamente sin burbujas, como un niño cualquiera. Es fascinante, me dice. ¿Qué? Mira, mira; parece como si midiera, como si todo fuera un plan; como si tuviera estilo. ¡En la madre! ¿Qué? No exageres, cuate; esta triste araña no ha tenido jamás cursos de iniciación artística. Sin embargo, está haciendo arte; construye un mundo, ¿recuerdas?… por lo tanto, hace arte. ¿Conjura mundos? Claro, primero los conjura y luego los construye. Sí, cómo no. Es verdad; está construyendo una telaraña del más puro estilo arácnido.

No soy muy dado a caer en las trampas del amor, pero este condenado me hace reír; en verdad, es un niño hermoso.

Es como papá.

Siento un vacío en el estómago.

Él construía también; construía mundos, construía nidos… me construyó a mí.

Ya no sonrío; todo está claro nuevamente. Recuerdo quién es este niño y recuerdo porqué estoy aquí.

Me punza la mano.

Pinche pala. Pinche mundo. Pinche existencia.

Sí, mi padre era un gran constructor; tenía estilo, ¿sabes? Sí, supongo. Era… aceptaba muy bien el dolor; tú sabes, la materia prima. Sí. Le tiemblan un poco los labios; asoma una pequeña burbuja. Estaba orgulloso de mí. Lo sé; yo también lo estoy… vamos, tu padre nos espera.

Recojo la pala del piso con mi mano herida. Tomo con la otra la pequeña del niño. No, no es un genio; apenas alcanza a ser un niño cualquiera. Su padre estaba orgulloso de él. Ahora lo recuerdo. Soy el que abre el telón en este terrible teatro de la muerte. Definitivamente la araña construye un mundo, tiene intimidad, tiene estilo; hace arte. Es un hecho que existe.

Caminamos lentamente, muy juntos; en silencio. La mano me duele, sangra; pero no importa. Ahora todo lo que importa es este pequeño que pretende ser un genio. Sé que al llegar a nuestro destino soltará algunas lágrimas. ¿Rasgo infantil? No. Simplemente existe. Acepta el dolor. Conjura y construye un mundo. Este momento y esta historia. Me gustaría ser su padre, qué cojones.

Juntos, él y yo, caminamos rumbo a la caja fúnebre que guarda los restos de esa araña que engendró a este pequeño y solitario filósofo en ciernes.

¿Sufre la araña?

Ya no más, me dice el niño.

1997

Publicado originalmente en el número 13 del fanzine Yet Len Niis.
Publicado en la compilación “Antología de la Mierda: 7 escritores jóvenes que nadie quiere”, Ediciones El Girasol, México, 2000.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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