Un perro en la azotea

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Esa crueldad imbécil de tener perros en la azotea es incomprensible, para el perro y para cualquiera. Si usted mira a un perro en una azotea, ladrando circular su desespero, puede estar seguro de que en esa casa habitan por lo menos un imbécil y, tal vez, dos o tres en perfecta estupidez secuencial.  Un perro en la azotea sólo puede acudir a la diatriba: por eso se les nota, por hablar siempre a gritos, por no tolerar el privilegio de otros, vivos en paisajes menos verticales. Los perros en la azotea odian todo y a todos: odian la impronta de las nubes, mirarlo todo para abajo, la estrecha frontera de sus días, el angustioso límite que los hace monotemáticos. Esa crueldad de quien tiene perros en la azotea es incomprensible.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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