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No sé cómo describir el sonido que produce este artefacto. El único adjetivo que se me ocurre (qué lástima que haya tan pocos adjetivos para caracterizar los sonidos en la casuística auditiva) es “seco”. Seco, como los martinis y como los británicos. Seco, como es seco el sonido del sacerdote azotando a un monaguillo. Debo reconocer que los primeros dos minutos fueron hasta desagradables. Pero pasado ese momento de distante rechazo, el Kalimba (que es el nombre del instrumento que nos ocupa), ofrece distintas e interesantes posibilidades. Ya escucharán, seguramente. Éste en especial llegó a mis manos -hace apenas unos días- gracias a las buenas artes de Dolores, que de encontrar pequeños accidentes en ferias de artesanías es, digamos, una maestra. Como sea, el Kalimba (o piano de dedo africano), suena seco, amargo, a metal que se corroe. Suena, me acaba de dictar el diablo, a astillero. Y un astillero de seco, nada.

@flickr.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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