No soy muy dado -y mis tres lectorxs darán cuenta de ello- a recomendar nada en este blog. Usualmente, la construcción de esa materia evanescente que es “el gusto” me parece uno de los espacios más íntimos que un ser humano, lo ejerza o no, puede tener. Decir “esto me gusta, esto no” es un acto de afirmación, tal vez uno de los más definitivos y uno de los más comunes; por lo que, inefablemente, tiende a lo autoreferencial. Por otro lado, la mayor parte de los blogs, revistas y demás parafernalia destinados a recomendar lo que sea tienen ese tufillo aberrante de “te lo recomiendo; si no te gusta, no sabes nada” que a mí, por lo demás, me jode bastante. Esa autocomplacencia es la mar de inadecuada: resulta patético mirar cómo hay una carencia de glosa, es decir de impronta, es decir de goce, cuando alguien te recomienda algo; por lo regular, un texto que recomienda “algo” (película, música, libro o posición del kamasutra) tiende a ser una miserable lista de atributos que van desde el muy socorrido “está buenísimo” (que dice poco menos que la mitad de nada), hasta el “es muy recomendable” (que es precisamente la otra mitad de nada). Si hay alguien que use el “es imperdible”, que hasta yo he usado en un par de recensiones, hay que comenzar a sospechar: o quien recomienda no entendió lo que está recomendando (ya que algo que refuerza un conocimiento que ya poseíamos por lo regular es prescindible) o le parece honestamente “lindo”. Y, como decía John Densmore de The Doors, lo último que un artista quisiera es que su arte se considere “lindo”; que equivale a que digan que es buenísimo, recomendable o cualquier otro adjetivo, como decía, sin glosa*.

Como quiera que sea, esta digresión no tendría sentido alguno si no fuera, ay de mí, a recomendar algo. Prefiero pensar que no lo recomiendo, sino que lo encomiendo para su disfrute a quien sea que se atreva a escucharlo, porque de escuchar se trata. Y se trata de escuchar porque se trata de un disco.

Hace ya varios meses, me di de tope (y gracias a las buenas artes de la maga, que de recomendar con glosa sabe y mucho) con el talento de Evelyn Glennie, percusionista escocesa no-oyente (si le llamas sorda te da una patada en los testículos, si los tienes) que ha trabajado con casi cada músico que se precie de serlo. Su lista de colaboraciones incluye a Björk, Bela Fleck, Sting y el inefable Fred Frith, quien es también materia de esta no-recomendación. Evelyn ha sido, en la historia de la música moderna, la primera percusionista en hacer una carrera solista sólida sin ser parte de grupo, orquesta o banda alguna; su grabación de la Sonata para dos pianos y percusión, de Béla Bártok, le hizo acreedora a un Grammy en 1988 (sí, no sólo los malos musicos ganan grammys, habría que saberlo), lo cual es muchísimo decir.

Y bueno; la cosa es que durante el año 2001, el director de cine alemán Thomas Riedelsheimer comenzó a filmar un documental sobre la vida y el talento de Evelyn, a propósito -entre otras cosas- del inicio de una colaboración entre ella y el ya citado Fred Frith quien, si no lo saben, es uno de los más afamados ejecutantes de guitarra experimental en Inglaterra, muy dedicado a la música concreta, al jazz y la música sinfónica (mal llamada “clásica contemporánea”). El resultado de esta colaboración han sido dos discos: “Touch the Sound”, la banda sonora del documental de Riedelsheimer, y el disco que dejo en sus manos: “The Sugar Factory”.

Glennie y Frith, encerrados en una fábrica de azúcar abandonada, dotan a este disco no sólo de un talento inefable como músicos -que a estas alturas nadie cuestionaría- sino de varios elementos cuya glosa, ahora sí, no seré yo quien la haga. Porque estamos frente a un producto auditivo, mucho más que musical, que interpela más a lo táctil, a lo sensorial; al significado profundo más que al inmediato. Y de eso no hay glosa posible si no se experimenta en oídos propios. No únicamente porque se trata de improvisaciones -que en música significa dejar que la música te interprete a ti, y no al revés- de dos músicos acostumbrados a ello, sino porque el resultado auditivo es casi accidental, casi irremediablemente ligado a “la circunstancia”. El vacío de la fábrica de azúcar, cuya resonancia es casi total, no sólo no representa un problema, sino que se traduce en un ingrediente; así, la calidad y la textura de las improvisaciones de ambos músicos es envuelta por esa sensación de gran reverberación, de rebote infinito, que Glennie y Frith usan casi como un instrumento más. Es inimaginable que estas improvisaciones sonoras pudieran haber resultado así -táctiles, elocuentes- de haber sido grabadas en la asepsia de un estudio.

El peso que trae consigo esta textura del sonido da paso a una sensación curiosa, que no aspira a glosa sino a relato: el relato de ese momento en el que la música deja de serlo, en el que el sonido deja de ser armonía, línea melódica y/o ritmo, y se convierte en su significado puro. En sonido como relato, más que sonido como parte de un relato. Me da la sensación de que las piezas en este disco dejan, en un momento dado y por su propia cacofonía, de asumirse como improvisaciones musicales y se constituyen en experimentos sonoros, arte sonoro o como quieran ustedes llamarlo (y esto, en un mundo en el que el arte sonoro tiende a estar en manos de neófitos con muy buenas computadoras y muchísima “aura” en vez de talento, es digno de tomarse en cuenta). Piezas que vuelven a ser música cuando les place o, más bien, cuando los sonidos se encuentran en un tempo o en una secuencia común y se persiguen para volver a separarse después.

Estas líneas de improvisación nada tienen que ver con la seguridad de un Jam de rock o jazz: Frith es muy claro cuando afirma que “la narrativa que implica la improvisación es tu vida entera hasta ese punto”. No se trata de caer en la nota, ni de conservar armonía o melodía alguna: los instrumentos se convierten, para Frith y Glennie, en cualquier cosa, vehículos del relato. La elocuencia cuenta más que el virtuosismo, aunque Glennie (en la voz, el papel, el árbol de campanas, el piano de juguete, el simtak, la marimba, el tambor metálico, el vibráfono, diversos objetos metálicos, platillos, gongs, y baterías) y Frith (en guitarra eléctrica, órgano, bajo, y otros tantos objetos metálicos), demuestran en cada track de este disco que el ser virtuoso también ayuda.

Finalmente, para el buen lector de internet y hasta para un buen observador (aunque no sea de internet) será claro en cualquier momento que este disco casi se los estoy regalando mientras dure (en México, hasta hace un par de meses, era inconseguible aún en versión “original”, para los que erráticamente se sientan “agredidos” por la piratería). Disfrútenlo, pues.

* Para neófitos: la glosa son las notas que, en escritos medievales principalmente, se ponían al margen de los libros y que, con el paso del tiempo, se constituían en verdaderas reinterpretaciones (exégesis, si era la biblia lo que se anotaba) de las obras en cuestión. Por lo regular, estas notas implicaban impresiones, interpretaciones, lecturas e incluso correcciones que enriquecían el texto original. En música, se conoce como glosa a las anotaciones al calse que, como ideas de “variantes”, anotaban los músicos en las partituras de otros o incluso en las propias. Esto luego se conoció como “variaciones” (por ejemplo, las “variaciones sobre un tema rococó”, opus 33, de Tchaikovski). El término “variaciones” se utiliza igualmente ( pero no privativamente) si se trata de anotaciones a textos filosóficos.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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