¿Qué es un cadáver, cómo demuestra su valía, cómo despierta de su insomnio? Los huesos bajo nuestra piel no conocen de justificación, no conocen de escalas en el viaje ni de la amorfa invocación de un reloj o de un juicio. Nuestro cuerpo no es nuestro, y los teóricos de la amalgama tenían razón: somos débiles y fallas sin destino. Nuestro cuerpo es de cualquiera, menos nuestro: de dios, del ejército, del estado, de la carpa de un circo. Fibras desnudándose en una herida, asintiendo ante la hemorragia, lucrando con las mínimas posibilidades de supervivencia de esta vida sin armadura.

Vida digo y suena al mito de perséfone. Vida digo y apenas invoco la respuesta de una golondrina perdida en la tarde que miran los ojos de una vieja sin olvido. Vida digo como si dijera hartazgo, butifarra, lucha libre, mariachi. Provoco en mi voz una revuelta de palabras: me detengo a admirar la nota al pie de mi olor, de mi cuerpo. Huelo a muerto, a fundamentalismo, a esposa de carnicero.

Afino el oído y escucho el arte de la caída. La cuerda floja y el paseo por sus linderos. Se derriban como piezas de un ajedrez de cintas y manos diciendo adiós. No soy dueño de ningún rincón de este cuerpo, y lo odio a muerte y a doncella. Lo odio como noche de hospital, como inyección en la ingle, como calva de obispo.

Frío y la piel hirviendo. Una cita en un libro que escribe la muerte. Un fardo en la espalda de lo que justifica al mundo. Un olvido. Olvídame. Olvídame. Olvídenme como me olvidaron.

Me abrigo en la indefensión como un tejedor de números.

Odio cada centímetro de mí, y me otorgo a la muerte.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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