¿Cómo debe sonar, verse, saber una banda de rock? ¿Qué define esa delgada línea entre lo que en mi adolescencia se llama un “poser” (alguien que sólo copia las actitudes sin la esencia, so to speak) y un auténtico artista de rock? ¿Alguna vez han existido artistas de rock? ¿El rock se encuentra en el subterráneo local (no importan, querido lector o lectora, las latitudes en las que te encuentres; el subterráneo está siempre ahí, en esa pocilga a la que llamas “el bar”, en el patio de esa casa particular que ciertos viernes o sábados se transforma en sala de conciertos) o en el mainstream de festivales tan malos como frugales y atendidos como el “vive latino” o el “quilmes rock”? ¿Son tres notas más rock que una escala completa? ¿Si no conoces de blues entonces no sabrás nunca tocar rock? ¿Es más artista un artista de rock progresivo que uno de punk? ¿Fue Jim Morrison más rock que, digamos, Kurt Cobain? ¿O visceversa?
Para nunca tener que verme obligado a contestar estas preguntas a todas luces estúpidas y a todas luces trágicamente pertinentes (en una época en la que el rock está visiblemente navegando en uno de sus más bajos comunes denominadores), el diablo y yo (que ya mero que hacemos cierto programa que mucho nos reclaman) les regalamos una selección de videos de lo que según nosotros es hoy por hoy el retrato más acabado de lo que llamamos rock cuando lo llamamos:
Black Rebel Motorcicle Club – Berlin
Primal Scream – Movin’ on up
The Black Crowes – Remedy
The Cramps – Bikini girls with machine guns
Horrorpops – Misstake
Y así hasta el infinito (esto que aquí ven es apenas una redada tímida en el bajo mundo del rock; no alcanza ni siquiera para postular sospechosos conocidos). Que Jaguares y Caifanes y Fito Páez y Maná y la reputa madre que los parió nunca fueron rock es asunto sanjado. Hacemos votos porque en el futuro no muy lejano el Diablo nos dote de más rock y de menos mierda.
Hemos dicho.

Salvaje. Como un tímpano. Como la saliva de un recién nacido. Salvaje como dios, como la media luna. Como las antípodas y los anticuerpos. Como las colecciones de corcholatas. Salvaje como las bombachitas de una monja. Como las ruedas de una bicicleta, como su circunferencia. Salvaje como la llamada a comer de mi abuela. Como la ternura. Como la apertura de una carta. Como las rayas de esas máquinas que miden los temblores. Salvaje como la palabra “telúrico”. Como las rayitas sobre el pavimento. Como el sonido de las galletas saladas cuando caen de pronto en medio de una fiesta. Salvaje como la simetría, como la geometría, como la antipatía. Salvaje como una visita a media noche. Como una visita a medio día. Como una vista a las seis de la mañana. Salvaje como lo esencial. Como las fibras sintéticas. Como los teléfonos inalámbricos. Salvaje como el metro de la ciudad de méxico, como el subte en buenos aires, como la tristeza de rimbaud. Salvaje como diez centímetros de goma de mascar. Como un disco viejo de los stones. Como una buena banda de blues. Como una raya de más en la textura de un tigre. Salvaje como el capitalismo, como el neoliberalismo, como el comunismo, como el catolicismo, como el socialismo, como el sincretismo, como el anatocismo y como el control remoto de la televisión. Salvaje como la cortina de hierro, como la muralla china y como el material aislante. Salvaje como the cramps*, como the monsters, como the-the. Salvaje como una palabra dicha al oído, como una caída en blando, como una teta al aire en un día domingo en la alameda. Salvaje como esas visitas a las que les cuesta irse. Como un dedo metido en el culo. Como una pestaña que cae y no cumple ningún deseo. Salvaje como una silla con ruedas. Como un ejecutivo de cuenta. Como una partitura de violoncello.
No es difícil caer enamorado de un hombre. Basta que sepa mirar a la luna de frente y que amenice la llegada de la muerte con un paso de baile suicida. Basta que sepa prometerte la decadencia y el descaro. Que apage las velas con los dedos y que te bese en la boca con cierto olor a chartreuse.



