No tengo noticias de nuestros tiempos. La historia nuestra es un borrador de horizontes, una radiografía de tibia rota, una ausencia de nubes y de augurios y de adolescentes en plan de mano abierta. Frágil destino el de nuestros tiempos: desgracia intacta la de haber nacido contemporáneo de tantas cerraduras. Nuestros tiempos afinan para desconcertar, se atavían para la hora amarga, destinan presupuestos para la clausura de tristezas. Quienes tienen tiempo no tienen cabida en nuestros tiempos; la prisa es tanta como la brisa, como la triza, como la ausencia de caligrafía. Salen sombras de toda oscuridad en nuestros tiempos: la desgracia alcanzó su revolución industrial, su virtud de rapidez, su ansiedad de ser virtual y cadavérica, su medalla al mérito de los políglotas.
Nuestros tiempos son tiempos de volar; un batir de alas derrota toda posibilidad de conjurar las ansias de no estar aquí, ni ahora. Un ave que se pierde conjura para nosotros las ansias de parir odiseas, de tejer penélopes, de arrebatar puntos y comas.
No tengo noticias sobre nuestros tiempos.
Aquí no pasa nada. Allá va el tren. Allá la luz de otros tiempos.
A esa luz me acojo, como edipo al lecho de su madre.





Salvaje. Como un tímpano. Como la saliva de un recién nacido. Salvaje como dios, como la media luna. Como las antípodas y los anticuerpos. Como las colecciones de corcholatas. Salvaje como las bombachitas de una monja. Como las ruedas de una bicicleta, como su circunferencia. Salvaje como la llamada a comer de mi abuela. Como la ternura. Como la apertura de una carta. Como las rayas de esas máquinas que miden los temblores. Salvaje como la palabra “telúrico”. Como las rayitas sobre el pavimento. Como el sonido de las galletas saladas cuando caen de pronto en medio de una fiesta. Salvaje como la simetría, como la geometría, como la antipatía. Salvaje como una visita a media noche. Como una visita a medio día. Como una vista a las seis de la mañana. Salvaje como lo esencial. Como las fibras sintéticas. Como los teléfonos inalámbricos. Salvaje como el metro de la ciudad de méxico, como el subte en buenos aires, como la tristeza de rimbaud. Salvaje como diez centímetros de goma de mascar. Como un disco viejo de los stones. Como una buena banda de blues. Como una raya de más en la textura de un tigre. Salvaje como el capitalismo, como el neoliberalismo, como el comunismo, como el catolicismo, como el socialismo, como el sincretismo, como el anatocismo y como el control remoto de la televisión. Salvaje como la cortina de hierro, como la muralla china y como el material aislante. Salvaje como the cramps*, como the monsters, como the-the. Salvaje como una palabra dicha al oído, como una caída en blando, como una teta al aire en un día domingo en la alameda. Salvaje como esas visitas a las que les cuesta irse. Como un dedo metido en el culo. Como una pestaña que cae y no cumple ningún deseo. Salvaje como una silla con ruedas. Como un ejecutivo de cuenta. Como una partitura de violoncello.
Vivir con la convicción de un asesino. Asumir la querella, la delectación de un paraguas, asumir la sumisión a nadie, el amor calibrado de una máquina. Siento la voz de dios que recorre mis venas, con la calidez del vómito o la simplicidad del final de una fiesta: se apagan las luces, se queda flotando el olor del vino, de las risas, de los amores, de las conversaciones patéticas, de los besos de una pareja de adolescentes, del sueño de un reloj. Asimétrica, la vida se asume en lo que tiene de muerte, como las hojas que caen de un árbol con la certeza de su quebranto.
No, yo no amo. Los sentimientos viles me apabullan, como me apabullaba a mis quince la idea de morir virgen. No amo en ti ni la mirada ni el gesto ni la sepultura ni la posibilidad de la noche. Me es completamente indiferente tu destino tu desatino tu explicación tu menstruación tu delicadeza tu sabiduría. Nada me conmueven tus decires ni tus decencias ni tu caída libre ni tu voz de armónica de blues. Levanto los hombros ante tu piel de muerta ante tu gato ante tu delirio ante tu impronta ante tu degüello ante tus sonidos ante tus amarres ante el ancla de tu barco.
Aquí, en silencio, me quedo.



