Posts Tagged: poemas


2
Dic 09

Nuestros Tiempos

Click para ver en grande

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No tengo noticias de nuestros tiempos. La historia nuestra es un borrador de horizontes, una radiografía de tibia rota, una ausencia de nubes y de augurios y de adolescentes en plan de mano abierta. Frágil destino el de nuestros tiempos: desgracia intacta la de haber nacido contemporáneo de tantas cerraduras. Nuestros tiempos afinan para desconcertar, se atavían para la hora amarga, destinan presupuestos para la clausura de tristezas. Quienes tienen tiempo no tienen cabida en nuestros tiempos; la prisa es tanta como la brisa, como la triza, como la ausencia de caligrafía. Salen sombras de toda oscuridad en nuestros tiempos: la desgracia alcanzó su revolución industrial, su virtud de rapidez, su ansiedad de ser virtual y cadavérica, su medalla al mérito de los políglotas.

Nuestros tiempos son tiempos de volar; un batir de alas derrota toda posibilidad de conjurar las ansias de no estar aquí, ni ahora. Un ave que se pierde conjura para nosotros las ansias de parir odiseas, de tejer penélopes, de arrebatar puntos y comas.

No tengo noticias sobre nuestros tiempos.

Aquí no pasa nada. Allá va el tren. Allá la luz de otros tiempos.

A esa luz me acojo, como edipo al lecho de su madre.


4
Oct 09

Stella

Para Stella Cross*, ahora que la encontré y me la quedo.

No era predestinada ni por equívoco. No era tersura ni agua de lluvia ni la estructura distante de una avenida. No era salida fácil ni caricia al paso, ni madre ni padre ni obnubilación ni poderío.  Su rostro cruzado de tiempo; su distracción de anciana, como quien recuenta las horas en relojes de torres y manecillas sombrías. Se cruzaba aire en las manos, vibrante y sin procedencia, con gestos de dedos largos, con urgencia indemostrable. Se apoyaba casualmente en albedríos; barco hundido de puro presagio, esfinge de calle comida a besos. No se trastocaba en ella ruta alguna, salvo la que invocando la barbarie la dejara sola y sin estrellas de por medio. No tenía palabras, salvo el virtual silencio de sus años. Acacia y linyera, dejaba que su voz dijera para ti un atavío de manos, una distracción de astrolabio.

Podía invocarla como a un edificio de mareas. Podía desdeñarle un lance de azucenas desde la caída de mis párpados o desde la otra orilla de una línea. Podía llorarla en un almohadón de colisiones, al punto de inundar su pecho ingobernable. Podía arrancarle carcajadas y hasta un asomo de coherencia, cuando el abrazo torpe de mi mano la movía hacia la noche.

Podía infringir la nube; de sus manos surgía el dominio de todo lo que vuela.

Podía invocarla, como a una madre de tormentas.

Un velo en mis ojos, Stella. Un error de espíritus.


Stella Cross y yo en el Hospital Borda

Stella Cross y yo en el Hospital Borda

* Stella Cross (¿?-2006), fue locutora de LT22, Radio La Colifata. Amiga entrañable, consejera implacable, cuidadora lejana de la bestia que suelo ser. Nos conocimos físicamente durante la primera visita que hice a Buenos Aires, en el año 2000, en el Hospital Borda, aunque ya antes nos comunicábamos de distintas maneras. Mantuvimos correspondencia y contacto virtual hasta poco antes de su muerte. Solía vivir en la indigencia y, hasta donde entiendo, murió allí. Su memoria me es tan cara como definitoria. Hace un mes visité su tumba en Buenos Aires para presentarle mis respetos -gracias a la buena onda de su hijo Eduardo Codina-; ahora, se los presento aquí. Gracias, Stella, por todo. La tuya es la clase de memoria que, al menos a mí, me interesa conservar para el mundo.


14
Mar 09

Ayer

Triste, como una pestaña postiza.
Triste, como el sistema de transporte público.
Triste, como una puta virando en una esquina.
Triste, como cuando se vuelca una azucarera.
Triste; triste y porfiado y adecuado y fuera de lugar.
Triste, como la dueña de un café internet.
Triste, como una chuleta de cerdo en una biblioteca.
Triste, como una tanda de vodevil.
Triste, como una adolescente a la que nunca le han dicho “te amo” y que, sin embargo, cuando se lo dicen piensa “nunca lo suficiente”; sus dedos acarician cartas de amor y navegación, cartas de tarot, cartas de reclutamiento, cartas de años. Libros de horas.
Triste, como un libro autopublicado.
Triste, como una estación de radio comercial.
Triste, como el realismo mágico.
Triste; triste y derrotado y omitido y sin sexo anal.
Triste, como un oído tapado.
Triste como un capitán de barco del sultán, flotando en los ríos de sangre de Sinop; velas arrancadas a la furia de una noche de noviembre de 1853. Las tropas desembarcan con la brusquedad de una ciruela.
Triste, como una vuelta de tuerca.
Triste, como un partido de fútbol.
Triste como una criada a la que nunca le dijeron “eres el amor de mi vida” o “te ganaste la lotería turca”.
Triste, como la escena del rock nacional.
Triste como una fiesta sin marihuana; las risas se ausentan en ojos rojos, en personas, en hoyos negros. Las puertas cierran el paso. La salida se esfuma. Estamos atrapados como niñas de internado.
Triste, como una novia plantada.
Triste, como una enfermera en un asilo de ancianos.
Triste, como un calentador de agua.
Triste, como un menú de restaurante árabe.
Triste, como una silla de escritorio a la que se le salen las ruedas.
Triste; triste y silencioso y desviado y sin signo ni concierto.
Triste, como una casa de empeño.

Triste, como una hora tarde.
Ayer, triste.


10
Ene 08

Salvaje

Salvaje. Como un tímpano. Como la saliva de un recién nacido. Salvaje como dios, como la media luna. Como las antípodas y los anticuerpos. Como las colecciones de corcholatas. Salvaje como las bombachitas de una monja. Como las ruedas de una bicicleta, como su circunferencia. Salvaje como la llamada a comer de mi abuela. Como la ternura. Como la apertura de una carta. Como las rayas de esas máquinas que miden los temblores. Salvaje como la palabra “telúrico”. Como las rayitas sobre el pavimento. Como el sonido de las galletas saladas cuando caen de pronto en medio de una fiesta. Salvaje como la simetría, como la geometría, como la antipatía. Salvaje como una visita a media noche. Como una visita a medio día. Como una vista a las seis de la mañana. Salvaje como lo esencial. Como las fibras sintéticas. Como los teléfonos inalámbricos. Salvaje como el metro de la ciudad de méxico, como el subte en buenos aires, como la tristeza de rimbaud. Salvaje como diez centímetros de goma de mascar. Como un disco viejo de los stones. Como una buena banda de blues. Como una raya de más en la textura de un tigre. Salvaje como el capitalismo, como el neoliberalismo, como el comunismo, como el catolicismo, como el socialismo, como el sincretismo, como el anatocismo y como el control remoto de la televisión. Salvaje como la cortina de hierro, como la muralla china y como el material aislante. Salvaje como the cramps*, como the monsters, como the-the. Salvaje como una palabra dicha al oído, como una caída en blando, como una teta al aire en un día domingo en la alameda. Salvaje como esas visitas a las que les cuesta irse. Como un dedo metido en el culo. Como una pestaña que cae y no cumple ningún deseo. Salvaje como una silla con ruedas. Como un ejecutivo de cuenta. Como una partitura de violoncello.

Salvaje como la estadía en este mundo. Como salir de él.

*Hell yeah! I REALLY like The Cramps!

The Cramps en vivo tocando “The way I Walk”, en el Hospital Psiquiátrico de Napa.


28
Sep 07

Blues del Estupro

Vivir con la convicción de un asesino. Asumir la querella, la delectación de un paraguas, asumir la sumisión a nadie, el amor calibrado de una máquina. Siento la voz de dios que recorre mis venas, con la calidez del vómito o la simplicidad del final de una fiesta: se apagan las luces, se queda flotando el olor del vino, de las risas, de los amores, de las conversaciones patéticas, de los besos de una pareja de adolescentes, del sueño de un reloj. Asimétrica, la vida se asume en lo que tiene de muerte, como las hojas que caen de un árbol con la certeza de su quebranto.

Mis dedos como las huellas de un niño en la alfombra del living: rebeldes, ofensivas, perpetuando algo como un eco de flores y presagios. Perpetuando todas las sumisiones, perpetuando su sombra en la sombra de los días por venir. Mis manos como el atavío de una tormenta cuyas oleadas circundan mi naufragio.

La espiral de esta vejez que envuelve mis ojos, mis rodillas, mi verga y la precisión matemática de mi incumbencia. Parto de mí hacia el desespero de las palabras, hacia la imprecisión de los relojes, hacia la latitud insular en la que vivo. Me fabrican la insolencia, la diatriba, la repetición inocente de un disco viejo.

Allí está la sombra que me alumbra, allí el sol que me consume.

Satisfago en mí esta fiesta de estupro.


20
Sep 07

Blues de nada

Nunca amamos a nadie: amamos, sólo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos.
Fernando Pessoa

No, yo no amo. Los sentimientos viles me apabullan, como me apabullaba a mis quince la idea de morir virgen. No amo en ti ni la mirada ni el gesto ni la sepultura ni la posibilidad de la noche. Me es completamente indiferente tu destino tu desatino tu explicación tu menstruación tu delicadeza tu sabiduría. Nada me conmueven tus decires ni tus decencias ni tu caída libre ni tu voz de armónica de blues. Levanto los hombros ante tu piel de muerta ante tu gato ante tu delirio ante tu impronta ante tu degüello ante tus sonidos ante tus amarres ante el ancla de tu barco.

No, yo no amo. No te amo. Me amo en ti, como un depredador se ama en lo que roba, en la carne que desgarra, en el gritito indefenso de lo que mata. No me vuelvo loco de ti; estoy loco en ti, como lo he estado de muerto y sepultura, de hospital y sábanas blancas, de pasada y envoltura. Estoy loco en ti como sólo se puede estar loco de uno mismo, de la vida misma, de la muerte misma. No pretendo nada de ti que no esté dispuesto a arrebatarte, no pretendo nada de ti que no esté dispuesto a arrancarte en la muerte.

Ya no acierto a pedirte importancia, o desvelo, o palabras, o amor, o distancia, o una parada en la carretera de la muerte. Ni siquiera aspiro a ser un nombre en una bitácora, una entrada en la relación de la conquista de tus años. Ya no busco, ya no encuentro, porque en la pérdida que me eres me ignoro, me soslayo, me aniquilo. No aspiro a que sepas porqué me vives, ni a que quieras vivirme, ni a que me consideres, ni a que te importe la sombra, o el paraguas abierto, o la humedad de las paredes. No aspiro a ser ni la sombra de un motivo, ni el pretexto de tu estancia, ni el nombre al que acudes para evitar una cita a tomar un café. Ya no acierto a pedirte nada.

Yo no amo, me muero. Me muero en ti, como todo lo que he matado. Hagamos como que creemos. Supongamos un nombre para todo en nosotros, démosle nombre a cada gotera, a cada orgasmo, a cada fornicación, a cada elemento de la furia, a cada frase de geografía angélica. Finjamos que no conocemos la consecuencia o la mano firme.

Hagamos de cuenta que no sabemos que no puedes evitar matarme: estando, o sin estar.

Finjamos que no vivo en ti.


14
Ago 07

Blues del no me encuentro

no aparecer ni como una nota al pie. no aparecer ni como referencia de algo turbio, ni como afectación de experimento que salió mal, ni como el crucifijo perdido de una anciana en una esquina. no aparecer ni como accidente de mal gusto, ni como codirector de alguna orquesta, ni como alacrán o como trípode filarmónico. no aparecer ni como lista de muertos, ni como encargo, ni como amigo vergonzoso o encabezado de nota roja. no aparecer ni de broma ni de entramado ni de artificio ni de rebote. no aparecer como no aparecen las putas en las fotos, como no aparecen los sacerdotes rebeldes en las bendiciones del domingo, como no aparece el hermano idiota en la boda de la tía. no aparecer como quien no se lo merece, como quien no se lo ha ganado a punta de arte sublime o de gesto a tiempo o de amor consumado o de ojos de mascota o de alquimia y artificio. no aparecer como no aparecen las llaves cuando tienes prisa, como no aparece un balcón en un día soleado, como no aparece la virtud en la casa del armero. no aparecer ni en pintura, ni en tristeza, ni en abanico, ni en la horca, ni como referencia de suicidio, ni en la lista de arrestados. no aparecer como no aparece lo que mira nuestra espalda, como no aparece el moñito en la nuca, como no aparece la toalla íntima cuando se usa, como no aparecen los muertos de la guerra. no aparecer como no aparece magdalena en la última cena, como no aparece hitler en los monumentos, como no aparece el dinero robado de un banco. no aparecer como clínica de abortos, como chica gorda en un concurso de belleza.

no aparecer, como yo. como todos aparecen, menos yo.

no aparecer, como una nube después de que llueve.


20
Jun 07

Para que siempre

Aquí, en silencio, me quedo.
Bajo un pie con ademanes de niño.
Me apeo de mi miedo, de
mi delirio de ti.
No deslizo sino la estela
El boleto que queda en
viaje pendiente.
El rastro en la pendiente
de la savia que se incuba.

Aquí, silente, me pregunto
¿Por qué nadie me mata?
¿Por qué nadie me mete
una bala por la espalda?
¿Por qué no un cuchillo
que refleje la noche?
¿Por qué no una baja
de la lista de electores?
¿Por qué no?
¿Por que nadie me odia
tanto como eso?

Aquí, callado, espero.
Para apearme en ti.
Para encontrar.
Para que tú lo hagas.
Para que sí.
Para que siempre.


3
Jun 07

Blues de una rosa marchita sin embargo

De pronto, nada. Ella silente en un espacio de brevedad sin solución. La memoria perdida de los que recuerdan para siempre. Su luz intacta en los labios muertos, en la caravana de sus años, en su voz silente como caléndula. De pronto, la brevedad del oscuro subrepticio en un teatro demente. El apagón previo a una película absurda. Sin mirada su mirada, sin aliento el aliento de su fuerza, sin fuerza la razón de su arrebato. Nunca más una madre coraje, nunca más la mujer que servía copas rancias en un bar al que acudía Antón Chekhov. De pronto, la acidez de lo inesperado, de lo inexperto, de la muerte neófita de un truco de circo. La cuerda floja de la estadía en este mundo, de su absurdo arrebatado, de un afán asesino que no se entiende ni a sí mismo. El estallido de una vena, la bomba de tiempo del tiempo que siempre llega. Una navaja que baja de algún lado sin embargo y asesta su golpe asesino. Un rifle que apunta desde un cielo sin embargo y descarga su ruido asesino. Una guerra oxidante en un territorio sin embargo que fabrica su deterioro asesino. Muerte, muerte, muerte, muerte en todos lados, muerte como un baile de máscaras, muerte absoluta y absolutista, muerte de cojones, muerte de fibritas de tela que se van desatando dejando un hoyo como casual, como sin bordes, como sin embargo. Una muerte de diosa, de estío, de maestra, de creyente, de cruzada, y sin embargo una muerte que nadie se merece, como nadie se merece un ventarrón del norte el día de su cumpleaños. Como nadie se merece creer en un dios con armadura. Dios imbécil, iletrado, facilón dios que todo mata como si morir se mereciera. Dios carnicero infernal de 7 metros de cuchillo y muerte. Dios con taras para la justicia. Dios que mata y mata y mata, madres y perros y caníbales e ideas y numeralias. Dios que mata con estilo, con arte, con carisma, con liviandad. Dios funesto, esbirro dios de cuatro patas y apetitos de mascota. Dios idiota de carrera trunca, dios sin licencia, dios sin vida, sin muerte, sin corazón o esternón o clítoris o esperanza alguna. Dios implacable, mierda dios que no acierta ni a reírse de su corto alcance. Y de pronto, nada. Ella se marchita de pronto, sin embargo, sin ambages, sin retraso, sin derrota. Como víctima pero como una dama afortunada. Una muerte de diosa, de la muerte misma, de acento implacable. Fulminante y sin duda. Deja una estela de horrores, un hálito de ayes que evoca su ritmo fibroso, su paso y su vértigo, su ausencia de juicio para los demás en su juiciosa presencia de rosa. Su presencia de verano, de palabra franca, de muchas mujeres en vilo. Su presencia, como la presencia de un rayo al final de una tormenta.

Se nos ha cortado una rosa. Y ella se marchita, sin embargo.

Ayer, sábado 2 de junio del 2007, falleció la abuela de mi hija. Intempestiva, absurdamente. Una prueba más de que dios no existe, y que si existe es un asesino imbécil.


19
Mar 07

Clepsidra

para ti. a un año.

Te encontré en el viaje
antes de que la muerte
intentara su lenguaje.
Vacilante en la luna
atrapada sin reflejo
en una pausa imposible.
Intactos, ambos, y sin relato,
pero con tus ojos
hablando cada historia.
Con tus manos flacas
derribando en mi piel
cada tramo de mi tiempo
en el mundo.
Con tu muerte afianzada
a piel y dientes
en la marea difusa.
Con tu firmeza nómade
que atrapa sueños
y se atreve a parar
para no sólo seguir
siguendo.
Con tu desierto
anidado en mi cuello
y tu sombra infame
anidada en mi vida.
Me tomaste de la mano,
mi mano inútil,
y en el oído me dijiste
que cada rostro
en su voz se dilata.
Me dijiste que un suicida
hace más sombra ahorcado
entre más cerca
esté del sol.
Me dijiste que américa
y que el sur y que
la noche y su árbol
y que una vieja
que vive sola
tiene en sus hombros
la verdad indisoluble
de toda revuelta posible.
Que una mujer llena
de palomas en un lugar
que nadie conoce
puede ser el alma
y la clepsidra
de ese uno mismo
que uno mismo busca
con desespero.
Que cada voz
en silencio se nombra.
Que cada vida vale la pena
sólo porque tiende
a la muerte.
Que todo lo que sé
lo sé por ti.
Y me preguntaste
“¿no lo sientes?,
las calles están plenas.
Las voces son todas.
Las voces son ninguna.
El camino no es nada
sino la afirmación
del mundo sin arribo.
¿No lo sientes?
Las calles están plenas
de fantasmas.”