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23
Feb 10

TresSeisCinco 054 – Una posible definición de “fortuito”

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La definición de Comte de Lautréamont del “surrealismo” como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección es hoy uno de los lugares comunes más sobados -triste destino para Isidore Ducasse, huelga decirlo-; y, claro, el término surrealista* es una de las palabras más lumínicas para detectar a un artista pretencioso y bobalicón de otro más o menos serio. Básicamente, se usa la palabreja para definir cualquier estupidez; y si usted encuentra a un artista que define su obra como surrealista ya puede salir corriendo con gran espanto, que esa persona no es artista de nada sino lo que definiríamos en México con el irremplazable término de farol.

Como sea, y luego de pontificar estúpidamente como acabo de hacerlo, les aclaro a mis tres lectores: hoy me vino la mentada cita de Lautréamont a la cabeza, pero sobre todo por la palabra fortuito. No sólo en su sentido de “casual” o “imprevisto” ni en el más oscuro de “accidental”; sino en el más profundo, para mí: “al azar”. Me preocupa que Lautréamont, que explicó tantas cosas y tan claras en sus Cantos de Maldoror (tan claras que todavía hay adolescentes darkis que no las quieren ver ni entender, por puro berriche) no nos haya explicado a ciencia cierta qué implicación profunda tenía para él la palabra “fortuito” en relación con el encuentro de una máquina de coser y su paraguas en la mesa donde le hacían la autopsia. Queda claro que desde hace mucho, y casi como parte de una certeza academicista, la noción de azar se opone exclusivamente a la de “destino”, a la de “predestinamiento” y a la de “predestinación”. Si todo es azar, nada puede estar predestinado. Si todo está predestinado, nada puede ocurrir al azar. Ying y yang, puro maniqueísmo, y deje usted de pensar que a este mundo vino a trabajar y comprar.

Sin embargo, la noción de “destino” es más propia de la mente mágica, asociada como está a la superioridad improbable de un poder ante cuya magnificencia sólo nos toca rendirnos y, diría mi madre, “apechugar”. Resignarse, pues. Y en eso se parece muchísimo al azar, irónicamente. Más aún, el azar es todavía más propio de la mente mágica: un caos que lo es todo, un universo sin órden ni concierto, la licuadora metafísica.

Cuando Benoît Mandelbrot propuso la naturaleza fractálica del universo y, particularmente, de la estructura del universo, no sólo redefinía la concepción del espacio como evento geométrico; me parece que lo que redefinía mayormente era la naturaleza de lo que ocurre; porque el espacio, como cualquier otra cosa, tiene que ocurrir. Y lo que ocurre, desde esa perspectiva, lo hace como una repetición a diferentes escalas de lo mismo. Ya Federico Nietzsche planteaba el dilema de la existencia llevada a la repetición absurda en su Eterno Retorno. Mandelbrot podría proponer entonces una comprobación matemática de un retorno que no es ni siquiera tal, sino más bien la repetición de una geometría que sólo puede tender a lo pequeño, es decir, a la evocación en sí mismo de una realidad más grande.

Una redefinición de lo fortuito. Del azar. Del accidente que ocurre como repetición de otro, más grande, que ocurre en el mismo espacio porque, a su vez, el espacio está también ocurriendo.

Entonces este pavo, este baúl, ese trapo, ese árbol, ese patio y este mundo, no son surreales; y lo digo con todo respeto, don André Bretón. Son apenas fortuitos; en el sentido de lo fortuito que se repite, que se busca a sí mismo. Si usted fuera capaz de mirarlo de muy lejos, o de muy cerca, se daría cuenta de que son sólo la repetición de otro pavo, otro baúl, otro trapo, et.al. No tienen nada de raros en el espacio que ocupan; como tampoco lo tuvo nunca una máquina de coser cuyo paraguas le evitaba la pena de estar sola en la mesa de disección.

Y me atrevo a decir que, en su infinita maledicencia, Lautréamont se lo pudo haber imaginado.

@flickr.

TresSeisCinco.danielivan.com

* Aclaro mi virulencia: hace poco, alguien definió un par de mis fotografías (y particularmente la fotografía “La nube y la doncella“)  como “surrealistas”. Me cago en ese término usado para algo que no esté ligado temporal e históricamente con ese movimiento.


28
Jun 08

Pedro, la huella y la memoria

Es interesante, cuando no extraño y desconcertante, la forma en la que la mente trabaja cuando se trata de reencuentros, aunque sean furtivos. Me acostumbro muy fácilmente a la indiferencia, dicho sea de paso; a mi propia indiferencia, al vacío que llena de manera violenta la ocupación, la chamba, la responsabilidad, el compromiso político, las prerrogativas de la vida adulta, como dijera Sylvia Plath. ¿De dónde viene toda esa mierda? ¿Qué nos define como adultos, o como niños, o como protagonistas de nuestra propia historia? Me imagino que nunca lo que no hacemos, siempre lo que hacemos desde el estómago, desde lo que somos, desde lo que creemos ser. Somos definidos por nuestros actos viscerales.

Como sea, hace unos días me llegó el correo de un tal Pedro. Resulta que este Pedro no es cualquier Pedro, no es el de Pedro y el lobo, mucho menos el Pedro apostólico, sino Pedro Romero, entusiasta de uno de los fanzines que solíamos publicar hace algunos, muchos, años: el Yet Len Niis. Amigo entrañable, además, de Los Prostitutas, la peor banda de rock del mundo (por lo menos de aquellos lejanos años noventa del siglo pasado). Me resultó curioso lo lejano que hoy me siento de todo aquello -no, no deprimente ni desconcertante, sólo curioso-, lo desprovisto de significado que es todo y, al mismo tiempo, lo interesante que resulta mirarlo desde la distancia. Pienso en la deontología de lo placentero, si la hay: no puede ser placentero mirar hacia atrás, sino curioso. Uno mira las fotografías de su infancia con ese desapego que da el saber que eso que miramos (el niño flaco, el peinado ridículo, la ropa ochentosa) no somos nosotros, sino algún otro que vino a representarnos lo que fuimos. No puede ser placentero, decía, el conocimiento de uno mismo desde un tiempo que hoy nos define, que nos confronta con todos los otros tiempos, momentos, que nos han definido. Lo placentero, si hay algo que merezca esa definición, es hacer las cosas. Hacerlas hoy. Redefinirlas para nosotros en lo poco de hoy que nos queda. Hoy es una noción que se muere a cada instante.

También fue siniestro. Pedro me preguntó por alguien que ya está muerto. Uno se imagina que las noticias de muerte (en este caso la de Johnny Mho, el bajista de Los Prostitutas) corren rápido y trascienden, inevitables, el velo del tiempo. No es así. Nuestra muerte se pierde de todas las maneras posibles y el mundo, como anticipara Nietzsche, planea indiferente hacia su propia muerte. Nuestra muerte no significa nada para nadie, apenas un obituario y un par de lágrimas en familia. La pregunta de Pedro me hizo pensar en R.D. Laing; esa idea que vuelve contínuamente a mi cabeza y que reza que si bien “el mundo” va a seguir después de nuestra muerte, podemos afirmar que “nuestro mundo” morirá con nosotros. Nuestro Mundo es un concepto nebuloso: la propia afirmación a través de lo que supimos construir, dejar, anticipar sobre nosotros. Qué cagada.

Prefiero morir sin mundo, silencioso.

Bien, la cosa es que Pedro me hizo recordar un par de omisiones (ominosas, huelga decirlo), un par de huecos virtuales que hace mucho que están, pero ya no.

Así pues, se ha repuesto esta parte de la memoria:

La página web del Yet Len Niis.
La página web de Los Prostitutas.
La página web LunaCalavera.

Sales. No dejemos huella. Dylan Thomas estaba equivocado: hay que hundirse suavemente en la gran noche.