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	<title>::: Daniel Iván . COM ::: Violentas palabras de un lagartija nick &#187; fractura</title>
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	<description>poemas, recensiones, cuentos, video-arte, arte sonoro, ilustraciones y masturbaciones de todo tipo que salpican hacia los lados.</description>
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		<title>Deseo de muerte</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Sep 2008 17:30:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel</dc:creator>
				<category><![CDATA[narrativa]]></category>
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Tal vez encuentres terrible y grotesco lo que voy a decir. Para hablar con la verdad, yo también lo encuentro así: injustificable. Pero en realidad deseaba que se muriera. Todo mi ser, cada parte de mi entendimiento, cada segundo de insomnio a las cuatro de la mañana deseaban que se muriera de una puta vez. [...]]]></description>
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<p>Tal vez encuentres terrible y grotesco lo que voy a decir. Para hablar con la verdad, yo también lo encuentro así: injustificable. Pero en realidad deseaba que se muriera. Todo mi ser, cada parte de mi entendimiento, cada segundo de insomnio a las cuatro de la mañana deseaban que se muriera de una puta vez. No puedo decir que no me conmoviera; precisamente era esa conmoción, esa sensación de frágil entendimiento que me unía con él, lo que hacía que le deseara intensamente la muerte. Además, no era difícil desearle la muerte cuando lo único que el hombre lograba articular en palabras era precisamente su deseo de morir. Y a veces ese fragor de batalla que le surgía de la boca cuando llamaba a &#8220;Elena&#8221;. Pero eso era más bien raro; todos asumíamos que Elena era una especie de alucinación, un recurso cinematográfico de su mente adolorida. Elena podía muy bien ser la muerte, personificada en un nombre al azar; &#8220;Elena, ¿porqué me dejas aquí?&#8221;, decía. Luego tosía con infinito dolor, y repetía su cantinela: &#8220;mátenme ya; ¿por qué no me matan?&#8221;.</p>
<p>Eso mismo nos preguntábamos los que lo escuchábamos a lo lejos.</p>
<p>Nos separaban de él más de 20 metros, o así. Estaba nuestra sala, destinada a los que habíamos corrido con la suerte de sólo fracturarnos un hueso, o dos, o diez. La otra, veinte metros más allá, pasillo de pormedio, albergaba a los menos afortunados: los que sabían que algo faltaba. La sala de lo que se extraña, la comencé a llamar. La sala de los amputados.</p>
<p><span id="more-230"></span></p>
<p>No parecía ser el resultado de una separación metódica, sino algo más bien arbitrario. Alguien -un doctor, una enfermera, uno de esos fracturados afortunados que solían pasear caminando su superioridad frente a mi cama- me dijo que la casualidad había dictado una bonanza de amputaciones y que todos habían llegado, con esa cadencia de bastardilla que tiene lo fortuito, a esa sala veinte metros más allá. Alguno incluso me dijo que había tenido suerte: por un error en la inclinación de la tierra yo había iniciado la separación la noche que había entrado al hospital. Suerte envidiable, la mía.</p>
<p>Deseo de muerte. Asumo que, de haber estado en la misma sala con él, habría encontrado alguna manera de ignorar los gritos. Pero a veinte metros, a las 2 de la mañana, agobiado por el dolor propio, escucharlo pedir la muerte era como la muerte misma. El grito desarticulado era tal vez el peor: largos ayes de una agonía parasitaria, evolutivamente injustificable. Los deshuesados nos movíamos lo poco que podíamos; frotábamos los cuellos desesperados contra la blancura artificial de nuestro lecho, intentando conciliar ya no el sueño, sino la idea. &#8220;Que lo maten de una puta vez&#8221; decía a cada tanto uno de nosotros, y los demás nos hacíamos los dormidos por no asentir o acordar. La memoria de Elena se mostraba en la forma de una enfermera que venía por nuestros orines. Y el alba despuntaba, avisándonos que una vez más no habíamos dormido sino lo posible. O lo imposible.</p>
<p>De día -ya que en el día sus gritos se devanecían por arte del horror propio de un hospital, por arte de esa cabalgata metálica de remedio y tortura- el médico gordo y beatífico que curaba mis propias heridas (y que por una extraña desavenencia entre su asco y su afecto me llamaba &#8220;hermanito&#8221; cada que me torturaba) me acortó la ignorancia.</p>
<p>Dormido, indigente, el hombre que gritaba había quedado bajo las ruedas de un automóvil, máquina obtusa que luego de estrellarse contra otra de su especie, había rebotado providencialmente y se había depositado sobre su cuerpo dormido. Al parecer, ni siquiera se habría enterado si la máquina le hubiera triturado la cabeza en vez de las piernas. Mala suerte, una de ellas había quedado &#8220;inutilizable&#8221;. Lo que en la jerga de un médico implica cortarla, por no dejar cosas &#8220;inutilizables&#8221; a la vista del mundo, que es inutilizable de por sí. Y ahora, cuando le oía gritar en su desespero, mientras imaginaba a Elena no acudir, me cabía el pensamiento de lo inhumano: una evocación de lo que nunca debería ocurrirle a un ser humano; esa sapiencia del dolor que, sin importarme lo que Mann o Heidegger pudieran opinar, me sigue pareciendo aún hoy perfectamente prescindible. Un error en las matemáticas de nuestra experiencia.</p>
<p>En un grito, sabía lo que se iba. Sabía de lo que el hombre se libraba: todo pudor queda olvidado cuando algo falta, cuando te quitaron algo. Elena se desvanecía en lo que pudiera significar, porque era un amputado el que la evocaba. Un tajo, y la culpa se vuelve relativa. Había algo de culpa en todos los que nos postrábamos en ese piso del hospital: la culpa del que se encuentra en la línea de influencia de lo fortuito asesino.</p>
<p>Una noche, calló. Las cabezas se asomaban furtivas entre las sábanas, en una noche acostumbrada al grito insomne. Ominoso, ese silencio de amputaciones e ilíadas nos imprecaba con un horror más pesado, más angélico. Pesado. Angélico. Vacío. Los ojos de nuestras fracturas se encontraban, preguntándose sin palabras dónde habría quedado Elena, dónde la pierna amputada, dónde el mátenme ya, dónde el por qué me dejan aquí. No dormimos, supongo. Yo no lo hice, preguntándome cómo un horror de puro oído puede extrañarse así. Cómo eso, esa parodia de un mantra, puede extrañarse así. Preguntándome cómo puede vaciarse la noche de gritos.</p>
<p>Como si supiera -ella, que no podía saber nada- una enfermera de noche pasó veloz y de reojo nos dijo: &#8220;ya murió&#8221;.</p>
<p>Deseo de muerte. En el silencio que no dejaba dormir, me sentí por primera vez orgulloso de desearle la muerte a alguien. Acto pío cuya impiedad sólo cabría en una mente atolondrada.</p>
<p>De mañana, mis ojos se encontraron con los de mi propia Elena. La abracé lo mejor que pude, agobiado por lo mío ausente. Por todo lo que me he cortado, lo que me han vuelto a poner. Complicado como un rompecabezas, inseguro en mi beso, supe que Elena había acudido después de todo.</p>
<p>Y de noche, en contadas ocasiones, le murmuro a la muerte; sabedor de que a veces, si uno insiste, se presenta.</p>
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		<title>Rómpete una pierna</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jul 2007 23:02:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel</dc:creator>
				<category><![CDATA[aliteraciones]]></category>
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		<description><![CDATA[¿Cómo coño estoy haciendo para poder escribir desde un hospital público? ¿A quién le estoy robando la conexión inalámbrica? Sea quien sea, mil gracias. Una más de las cientos de personas a las que ahora tengo que agradecer*.
Romperse una pierna. Recuerdo, y quienes alguna vez hayan estado vinculados con el teatro lo recordarán conmigo, que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Cómo coño estoy haciendo para poder escribir desde un hospital público? ¿A quién le estoy robando la conexión inalámbrica? Sea quien sea, mil gracias. Una más de las cientos de personas a las que ahora tengo que agradecer*.</p>
<p><img src="http://newsimg.bbc.co.uk/media/images/41024000/jpg/_41024541_operahouse_203.jpg" align="right" hspace="10" vspace="10">Romperse una pierna. Recuerdo, y quienes alguna vez hayan estado vinculados con el teatro lo recordarán conmigo, que una de las fórmulas para desear suerte a un actor o actriz a punto de salir a escena es esa. Ese deseo que yo hoy no le desearía a nadie (bueno, tal vez a más de un par de políticos mierdosos).</p>
<p>Me explico: es de pésima suerte decirle a un actor o actriz, antes de salir a escena: &#8220;buena suerte&#8221; o &#8220;que te vaya bien&#8221;. Si lo haces, el actor te va a odiar por el resto de su carrera y, los más supersticiosos, podrían llegar a suspender la función. Así de grave. Las leyendas refieren grandes fracasos en los montajes, asesinatos, muertes subrepticias, incendios, accidentes, olvidos de parlamentos y hasta una inundación (la del Royal Opera House en Covent Garden, Londres) para justificar esta superstición.</p>
<p>Así que el gremio teatral se volvió infinitamente descortés, por cortesía. De hecho, uno de los más populares conceptos adolescentes en inglés &#8220;<span style="font-style:italic;">cruel to be kind</span>&#8220;, <span style="font-style:italic;">soy cruel por cortesía</span>, es un concepto ligado al teatro desde hace varios siglos. Para no tener que desearte suerte, pero para dejarte saber que te desean lo mejor, los actores desarrollaron un código de frases que, al oído poco avesado, le podrían parecer hasta infames: &#8220;ojalá te mueras&#8221;, &#8220;muérete&#8221;, &#8220;que te olvides todo&#8221;, &#8220;que se te caigan las diablas (las diablas son las luces rojas que penden sobre la escena)&#8221;, &#8220;enrédate en las piernas (las piernas son juegos de telas que sirven para crear planos en la escena)&#8221; y el más popular de todos: <span style="font-weight:bold;">rómpete una pierna</span>.</p>
<p>Bueno, creo que a partir de hoy (y a esta decisión apuntaba toda la disquisición chacharera que acabo de hacer), nunca volveré a desearle a nadie que se rompa una pierna. No por una generosidad basada en la experiencia sino, simplemente, porque es la experiencia más inútil, dolorosa y aburrida que uno puede tener. No da ni para masturbarse, al menos no en los primeros días. Ya informaré.</p>
<p>Como decía, yo sólo se lo desearía a un par de políticos. Esa clase de persona se lo merecería sin duda.</p>
<p>* <span style="font-style:italic;">Gracias, gracias: Solchi, Vero, Pasto, Señora que me recogió, Nash, compas de la ambulancia de protección civil, compas del hospital general de Amecameca, Aleida, Laura, Clemencia, Claudi, Juergen, madre, padre, hermana y hermano, David, Miguel (aún sin tu sangre, carnal, la intención es lo que cuenta), Chofis, a los chavos de urgencias del Rubén Leñero, a los chicos que gritaban por las curaciones en esa noche demencial en urgencias (ojalá ya estén mejor), a la banda de la Oficina de AMARC México,a la banda de la Voladora, a todos los que han llamado y mandado mensajes (ya no lo intenten, porque anoche me robaron mi celular&#8230; sí, en el hospital), gracias a mi hija, Eva, que mandó una cartita de su puño y letra&#8230; si olvido a alguien, es que esto aún no acaba, ni remotamente.</p>
<p>Joder, soy un fardo. Lamento provocar tantas molestias, pero aprecio en todo el hecho de tener a mi alrededor a tanta gente que me quiere. De veras. Y esto sólo se puede decir en inglés: <span style="font-style:italic;">It&#8217;s the must humbling experience I ever had</span>. De veras, no hay equivalente en español, que yo sepa.</span></p>
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		<title>Ítaca y una fractura</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Jul 2007 22:06:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Daniel</dc:creator>
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El martes pasado rompí mi pierna en un accidente la mar de absurdo. Mi bicicleta, bautizada por la banda como &#8220;la sombra-luz&#8221; (por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Escribo esto desde el hospital Rubén Leñero, cama 16 del 3er piso, servicios de&#8230; mmmh. Olvidé el nombre. Ya. Ortopedia: sustantivo. Área de la medicina que se ocupa de los problemas del Orto.</p>
<p>El martes pasado rompí mi pierna en un accidente la mar de absurdo. Mi bicicleta, bautizada por la banda como &#8220;la sombra-luz&#8221; (por la famosa motocicleta del SubComandante Marcos), tuvo la brillante idea de derraparse conmigo arriba. Vi cómo se acercaba el piso de una forma inusualmente rápida, mi cara se estampó contra el piso, mi brazo izquierdo&#8230; y debajo de todo esto, mi pierna izquierda. Al principio, sólo tuve la extraña certeza de que algo no estaba bien. Una mujer muy amable acudió en mi auxilio; su primera declaración fue:</p>
<p>- No se mueva, joven, porque sonó muy feo.</p>
<p>Me encantó que fuera el sonido lo que definiera la preocupación de mi benefactora.</p>
<p>Hospital local, mucho dolor, preguntas absurdas todo el tiempo (nunca dije tantas veces mi nombre a tantos desconocidos en tan poco tiempo), sala de urgencias del Rubén Leñero, la definición misma de lo sórdido a mi alrededor. Todos muy amables, pero con esa frugal indiferencia por la miseria humana que, me imagino, debe ser una característica sine qua non si uno quiere vivir de eso.</p>
<p>Y bueno, ahora aquí, en una cama, la 16 del 3er piso, Ortopedia.</p>
<p>Fractura de Meseta Tibial tipo IV de Shalkter. Qué mierda significa eso, sólo los doctores lo saben. Lo que sé con certeza es que van a operarme. Tornillos, placas, dinero. No es buena idea, nunca, caerse y romperse un hueso.</p>
<p>Es como huir de Ítaca, escuchando el canto de las sirenas, y saber que a la vuelta de la esquina te espera el naufragio.</p>
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