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16
Ago 08

Escuchar y el deber ser de “escuchar”

Tiendo a pensar que, en lo general, es una mala idea escuchar a las demás personas. Supongo que en todos los años que llevo como blogero nunca he dicho nada tan políticamente incorrecto y supongo también que por lo menos uno de mis tres lectores dejarán de leerme, visitarme y/o escribirme después de esta afirmación. Lo sostengo. Es una mala idea escuchar a los demás. En un mundo que hizo suyas una serie interminable de ideas falaces acerca de lo que significa, por ejemplo, la tolerancia, resulta casi infame decirle a alguien “no”: No quiero, no me gusta, vete al carajo con tu idea, me importa un carajo lo que digas. A veces te acusarán de individualista, los menos avispados, y de traidor a la revolución los más imbéciles (es decir, los que además de ser poco avispados se creen inteligentes, comprometidos, etc.). No quiero significar que escuchar, como acto cuya deontología (subrayo: deontología, no significado) apunte a “poner atención a lo que otros dicen”, haya dejado de ser siempre vital, siempre retador, siempre excitante para cualquiera que tenga más de dos dedos de frente.

Pero a últimas fechas (o no, perdón; en realidad, desde hace mucho tiempo, pero con un revival muy intenso a últimas fechas) he escuchado a más de una persona “de izquierda” decirle a otros “no sabes escuchar“. Lo que significa, palabras más, palabras menos: “no haces lo que te digo”, “te aburres cuando hablo”, “¿por qué no me aplaudes?” o “¿cómo es posible que no te entusiasme la tan brillante idea que te acabo de zorrajar?”. En tan vibrante estupidez (cuando la estupidez se indigna, es fluorescente), puede uno detectar el gérmen de la más eversiva de las intolerancias, de la más incoherente de las luchas; el germen de la imposición. Es curioso que el axioma de la “escucha” como virtud de izquierdas resurgiera -al menos en México, y hasta donde alcanzo a ver- a partir del meticuloso y vibrante esfuerzo de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y la consecuente Otra Campaña de los Zapatistas, que bajo la idea del “caminar preguntando” supuso una disciplina férrea por parte del zapatismo para NO tomar la palabra, para permitir que las palabras (y en consecuencia, las ideas) se encontraran en donde nadie podía preveer encuentros.

Sin embargo, lo que hoy impera en ciertas esferas de lucha social -incluso en varias de abajo y a la izquierda- es precisamente lo contrario. En el escenario de la izquierda mexicana, es casi retro pensar en no imponer. Me causa curiosidad -sí, una de esas curiosidades enfermas- ver cuál podría ser el destino final de todos esos baluartes de la “democracia” (es decir, luchadores sociales, líderes) que, empecinados en que su visión del mundo y las formas son tan, tan, pero tan universales que NO pueden constituir imposición alguna, se avocan últimamente a la imposición de sus banderas, liderazgos y modos.

Si hacemos caso al imperativo categórico del viejo y animoso Kant, y asumimos que el deber ser (es decir, la deontología como ciencia de la ética -no como erróneamente la concebía Jeremy Bentham, es decir, como la ciencia de la moral, ya que la subjetividad no puede tener su propia ciencia), asumimos, entonces, que el deber ser de la escucha es más una guía hacia la comprensión de nosotros mismos en lo que conocemos de los otros y un camino para descifrar el comportamiento ético como un razonamiento sine qua non de la condición humana (la de las formas de vida humana más o menos inteligentes, se entiende). Es decir, bajo la lupa kantiana, que si quieres que tu conducta pueda convertirse en norma general, debes preguntarte qué pasaría si todos comenzáramos a actuar igual. Dicho de otro modo, no creas que tu conducta es conveniente para todos sólo porque te conviene a ti. No seas imbécil, pues.

La razón hoy, en muchas izquierdas, es trístemente imbécil. Escuchar la razón se ha vuelto triste. Escuchar comienza a ser una flor que se marchita en el acto mismo de escuchar pero, más todavía, en el acto de que te escuchen.


28
Feb 08

Caminando en círculos

Podríamos decir que no nos sabe el café y que la caminada está diseñada para cansarnos. Asumo que las distancias entre nuestros cuerpos cuando caminamos (ella adelante o atrás o, en el mejor de los casos, adelantándose o atrasándose, según) están basadas en la órbita de mi bastón, chueco y jodido y notoriamente más rápido que yo. Siento cómo vibra cada imperfección del piso bajo mi pie izquierdo, mientras el derecho vaga sin rumbo, muy seguro de sí mismo, asumiendo que le puede arrancar un camino al viejo sancris. Mi pie derecho es un hacha enamorada de un árbol caído.

De pronto y cada cierto tiempo, las paredes nos gritan ¡qué viva la revolución!

De pronto y cada cierto tiempo, ella voltea y me pregunta ¿estás bien?

De pronto y cada cierto tiempo, una niña nos asalta para intentar vendernos lo imposible.

Notoriamente opuesto al bardo, mi cuerpo se empecina en seguirla y mi memoria le cuenta lo que sé de nada, de apenas unos rincones y su historia más bien reciente; cuando caían cadáveres de hombres, cuando se hacían esqueletos de mujeres, cuando venían los meros comandantes a decir que tal o cual cosa y que si iban o venían. Ella me escucha entre fascinada y vidente, con esa cualidad suya que tiene de ver con los ojos lo que escucha con las orejas; y la adivino escuchando, más que viendo, todo lo que le cuenta mi memoria. Luego se estira y se compra un muñeco de lazo, una falda de rojo y un anillo de cobre que perderá en dos días.

Tenemos que pararnos de pronto y cada cierto tiempo: yo me quedo viendo al cielo con desconsuelo y ella no termina de sentirse bien. El cuerpo nos cobra nuestros descuidos: el amorío de una bicicleta y la memoria de un año de viaje.

Se nota notoriamente que nada le da lo mismo, que todo le da igual, que nada de eso se contradice y que es por eso que aprende a seguirme el paso.

Se nota notoriamente que a ella le parece que todo aquí acaba siendo un taco. Que las salsas para turistas no pican, que Chiapas se sigue cayendo a pedazos como las ciento cincuenta veces que vine antes y que cuando se viene la noche hay que ir a dormir en un cuarto de hotel que nada le pide a una sala de tortura. Las luces de un bar no alcanzan para ligarse a nadie y nos vamos deseando otros cuerpos en nuestra cama, pero sabiéndonos más que suficientes, vastos.

Se nota notoriamente que los ojos se le enturbian cuando está harta de mí, aunque me insista en que nunca le pasa. Entonces los pies a mí se me hacen ojos, se me enturbian, se me entregan al dolor. Se me derraman en lágrimas y puedo finalmente caminar como los ríos mandan.

Y le lloro diciéndole que no puedo seguirle el paso. Escudada en mi altar de sombra, en un destino de café de grano, mi lentitud se siente niña, niña en sus brazos. Como esos niños mugrosos a los que se arrastra en medio del berrinche y el desconsuelo y que flotan como ángeles en medio de su cansancio rebelde. Ya no quiero caminar. Caminar es un trabajo de ángeles con dos piernas.

Ella me pide que duerma en el hueco de su cadera.

Y lo arregla todo diciéndome que siempre caminamos en círculos. Que somos inmensos, en la multitud de pasos que damos juntos.


19
Dic 06

THE zapata incident


THE zapata incident, foto original de radio-diablo.

O también: EL incidente zapata.

Estaba yo caminando, más o menos coherente, dentro de la terminal de autobuses del norte, en Cd. de México. Esperaba a alguien que finalmente nunca llegó para hacer un viaje que finalmente nunca se hizo -ese tipo de cosas me pasan cada vez con más frecuencia. Y en una oscura tienda de la terminal encontré este encendedor.

Para aquellos que no estén familiarizados con el sujeto que adorna el encendedor, se trata de Emiliano Zapata Salazar, el más conocido de los héroes de la revolución mexicana de 1910, y cuya influencia se extiende hasta nuestros días y de manera global gracias al movimiento zapatista, que retoma sus ideales de tierra y libertad, democracia y justicia, encabezado actualmente por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.


20
Abr 06

La Otra Campaña en Amecameca

La Oxtra Campaña llega a Amecameca. Todo el mundo invitado. Más info en la web de La Voladora Radio.