¿Cómo relato mi naufragio en estas costas, cómo se desliza la palabra fracaso con afán de sutileza? ¿Cómo acudo a mi hambre de ti, cómo la articulo? ¿Como frase acabada, como duda, como casuística, como enjambre? Presumo de tener mis tropas listas en la frontera; presumo del cálculo de un ejército invasor, de su anhelo de rapiña, de su inacabada pericia para la muerte, de su sentido lejano del deber y del contrapunto y de la sombra. Me aventuro en preguntas porque la matemática no es ni remotamente exacta en mi caso: mis números adolecen de precisión y de viento, de ritmo y de desespero. Nada acude a lo que nombran mis ecuaciones; me alimentan un desaliento de barco hundido y una forma torpe de decir las cosas: la gracia de un buque de guerra para pedir amor al prójimo.
La verdad acude a la distancia; una mirada de insecto, un vivir desde abajo, una complacencia en los rincones. Mi torpeza se parece a la torpeza de un gato que no cabe en la cornisa de una ventana: el mundo es grande, pero su equilibrio tiende a lo precario. Mi torpeza invade primeras planas de periódico, gana premios y doctorados, se le cita a juicio, se le obliga a explicarse.
Habrá luego un memorial de torpezas, me digo; un relato del naufragio. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo no temer la pérdida de una interrupción como la tuya? ¿Cómo no temer el soslayo de tu oído? ¿Cómo no acudir a una tormenta de explicaciones, cómo no resumirlas en un silencio perplejo, de aparador, de faro de luz?
Soy un Robinson a la orilla de lo que tú resguardas. Todo se conjura en mi contra.
Salvo el abrazo de tu vista distante.





Mi influencia es mínima, falible, desertora. Acude a deshoras, hace listas de compras, mueve de soslayo las cortinas. Mi influencia es como la de una ventana de rascacielos; uno nunca la mira dos veces, a menos de que algo tras la ventana intervenga de improviso: la desnudez que no depende de ella, la violencia de una pelea entre enemigos, una llamada de queja que obliga a saturar el cuadro, una mujer que agita su falda para deshacerse de las migas. No reta a la muerte ni destina su tiempo a la vida. Tampoco se entrega a la seguridad de estar en el mundo, ni fabrica su presencia. Es talco en la sábana, carmín en un pañuelo, polvo acumulado en una esquina, grano de arena en la suela de un zapato que ya no se usa. Un tacón roto.
Notoriamente opuesto al bardo, mi cuerpo se empecina en seguirla y mi memoria le cuenta lo que sé de nada, de apenas unos rincones y su historia más bien reciente; cuando caían cadáveres de hombres, cuando se hacían esqueletos de mujeres, cuando venían los meros comandantes a decir que tal o cual cosa y que si iban o venían. Ella me escucha entre fascinada y vidente, con esa cualidad suya que tiene de ver con los ojos lo que escucha con las orejas; y la adivino escuchando, más que viendo, todo lo que le cuenta mi memoria. Luego se estira y se compra un muñeco de lazo, una falda de rojo y un anillo de cobre que perderá en dos días.
Drástica, pasea su espalda desnuda para obtener una huella. Flores que le nacen a una paloma para recordar la magia. La magia de un año, o la magia de los años por venir. El esfuerzo es duradero y filoso como una distancia. Sus dientes se cierran sobre una pulsera de cuero (la pulsera que guarda la incógnita de una noche michoacana) y sus ojos me buscan en una evocación del dolor que ambos conocemos. No el de la aguja ni el del empeño ni el del sonido de la máquina a pedal. No el de la timidez o el reproche, ni el del esqueleto que somos por las noches. No; el dolor que evoca es el de no tenernos; el de ir en soledad a la muerte, cuando se sabe que hay en el mundo un lugar para yacer en paz. Su espalda se arquea magnífica como es, y desentona con el deseo brotando de sus tetas o con las ganas que tenemos de faltarle al respeto al artista que la marca. Su espalda se arquea, se tensa y se expande, se delimita en una frontera propia: el mapa de un viaje que ella misma dibujó en una mesa, en una tarde. Su cuerpo es ahora la tarde que espera el brote, el retoño, la noche que somos al estar juntos.
Salvaje. Como un tímpano. Como la saliva de un recién nacido. Salvaje como dios, como la media luna. Como las antípodas y los anticuerpos. Como las colecciones de corcholatas. Salvaje como las bombachitas de una monja. Como las ruedas de una bicicleta, como su circunferencia. Salvaje como la llamada a comer de mi abuela. Como la ternura. Como la apertura de una carta. Como las rayas de esas máquinas que miden los temblores. Salvaje como la palabra “telúrico”. Como las rayitas sobre el pavimento. Como el sonido de las galletas saladas cuando caen de pronto en medio de una fiesta. Salvaje como la simetría, como la geometría, como la antipatía. Salvaje como una visita a media noche. Como una visita a medio día. Como una vista a las seis de la mañana. Salvaje como lo esencial. Como las fibras sintéticas. Como los teléfonos inalámbricos. Salvaje como el metro de la ciudad de méxico, como el subte en buenos aires, como la tristeza de rimbaud. Salvaje como diez centímetros de goma de mascar. Como un disco viejo de los stones. Como una buena banda de blues. Como una raya de más en la textura de un tigre. Salvaje como el capitalismo, como el neoliberalismo, como el comunismo, como el catolicismo, como el socialismo, como el sincretismo, como el anatocismo y como el control remoto de la televisión. Salvaje como la cortina de hierro, como la muralla china y como el material aislante. Salvaje como the cramps*, como the monsters, como the-the. Salvaje como una palabra dicha al oído, como una caída en blando, como una teta al aire en un día domingo en la alameda. Salvaje como esas visitas a las que les cuesta irse. Como un dedo metido en el culo. Como una pestaña que cae y no cumple ningún deseo. Salvaje como una silla con ruedas. Como un ejecutivo de cuenta. Como una partitura de violoncello.
Me dejó el equipaje en la mano y se entró nomás como se entran las cosas que dan fundamento y que llenan páginas y páginas de la crónica que entendemos como nuestra vida. Se entró con el paso turbio de los que no esperan llegar a ninguna parte, con las manos ocupadas en alisar el cabello rubio en aquel entonces y con los sentidos puestos en buscar acomodo, un rinconcito para sentarse y descansar. Se la veía cansada y con la carretera marcada en esa pequeña, invisible arruga arriba de sus labios, que parece más un rasguño de gato que una marca de días. Se llegó con un gato nomás y con los oídos abiertos de su obsesión por escuchar: escucha sonidos improbables y piezas para piano y gato; escucha el llamado de la muerte y el movimiento del pesado mecanismo que en la cabeza le revuelve los pensamientos. Se tornó desnuda y se entornó las comisuras de los labios para dejarme saber su cuerpo de costado y sus nalgas como abismos. Se alivió el impulso en mi boca y me llevó a la cama de su desmemoria y a los sudores de lo que se oculta en su entrepierna.



