Posts Tagged: aliteración


3
Nov 09

Una vista distante

Click para ver en grande

Click para ver en grande

¿Cómo relato mi naufragio en estas costas, cómo se desliza la palabra fracaso con afán de sutileza? ¿Cómo acudo a mi hambre de ti, cómo la articulo? ¿Como frase acabada, como duda, como casuística, como enjambre? Presumo de tener mis tropas listas en la frontera; presumo del cálculo de un ejército invasor, de su anhelo de rapiña, de su inacabada pericia para la muerte, de su sentido lejano del deber y del contrapunto y de la sombra. Me aventuro en preguntas porque la matemática no es ni remotamente exacta en mi caso: mis números adolecen de precisión y de viento, de ritmo y de desespero. Nada acude a lo que nombran mis ecuaciones; me alimentan un desaliento de barco hundido y una forma torpe de decir las cosas: la gracia de un buque de guerra para pedir amor al prójimo.

La verdad acude a la distancia; una mirada de insecto, un vivir desde abajo, una complacencia en los rincones. Mi torpeza se parece a la torpeza de un gato que no cabe en la cornisa de una ventana: el mundo es grande, pero su equilibrio tiende a lo precario. Mi torpeza invade primeras planas de periódico, gana premios y doctorados, se le cita a juicio, se le obliga a explicarse.

Habrá luego un memorial de torpezas, me digo; un relato del naufragio. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo no temer la pérdida de una interrupción como la tuya? ¿Cómo no temer el soslayo de tu oído? ¿Cómo no acudir a una tormenta de explicaciones, cómo no resumirlas en un silencio perplejo, de aparador, de faro de luz?

Soy un Robinson a la orilla de lo que tú resguardas. Todo se conjura en mi contra.

Salvo el abrazo de tu vista distante.


4
Oct 09

Stella

Para Stella Cross*, ahora que la encontré y me la quedo.

No era predestinada ni por equívoco. No era tersura ni agua de lluvia ni la estructura distante de una avenida. No era salida fácil ni caricia al paso, ni madre ni padre ni obnubilación ni poderío.  Su rostro cruzado de tiempo; su distracción de anciana, como quien recuenta las horas en relojes de torres y manecillas sombrías. Se cruzaba aire en las manos, vibrante y sin procedencia, con gestos de dedos largos, con urgencia indemostrable. Se apoyaba casualmente en albedríos; barco hundido de puro presagio, esfinge de calle comida a besos. No se trastocaba en ella ruta alguna, salvo la que invocando la barbarie la dejara sola y sin estrellas de por medio. No tenía palabras, salvo el virtual silencio de sus años. Acacia y linyera, dejaba que su voz dijera para ti un atavío de manos, una distracción de astrolabio.

Podía invocarla como a un edificio de mareas. Podía desdeñarle un lance de azucenas desde la caída de mis párpados o desde la otra orilla de una línea. Podía llorarla en un almohadón de colisiones, al punto de inundar su pecho ingobernable. Podía arrancarle carcajadas y hasta un asomo de coherencia, cuando el abrazo torpe de mi mano la movía hacia la noche.

Podía infringir la nube; de sus manos surgía el dominio de todo lo que vuela.

Podía invocarla, como a una madre de tormentas.

Un velo en mis ojos, Stella. Un error de espíritus.


Stella Cross y yo en el Hospital Borda

Stella Cross y yo en el Hospital Borda

* Stella Cross (¿?-2006), fue locutora de LT22, Radio La Colifata. Amiga entrañable, consejera implacable, cuidadora lejana de la bestia que suelo ser. Nos conocimos físicamente durante la primera visita que hice a Buenos Aires, en el año 2000, en el Hospital Borda, aunque ya antes nos comunicábamos de distintas maneras. Mantuvimos correspondencia y contacto virtual hasta poco antes de su muerte. Solía vivir en la indigencia y, hasta donde entiendo, murió allí. Su memoria me es tan cara como definitoria. Hace un mes visité su tumba en Buenos Aires para presentarle mis respetos -gracias a la buena onda de su hijo Eduardo Codina-; ahora, se los presento aquí. Gracias, Stella, por todo. La tuya es la clase de memoria que, al menos a mí, me interesa conservar para el mundo.


17
Jun 09

Privado

Se me ha privado de la orilla de un acantilado, se me priva de la sombra de un puerto. En privado, se me acusa de ahuyentar el frío con afán de camisola, de ahuyentar las moscas con dedicación de helipuerto, de ahuyentar el miedo y las piedras de los ríos con sólo agitar la mano con denuedo e inconsecuencia.

Me entrega a mi enemigo un insoslayable impulso de tremor, de anatomista. Distingo, al salir al clamor de la calle, el desconcierto de las taparroscas, la animosa comparsa de las teclas de computadora, la chillona esperanza de las tuercas de una bicicleta con pan. Adivino en mí a cada paso lo que ignoro.

Se me ha privado del amor, se me priva de la sustancia; tengo un conocimiento vertiginoso. A la par de un ritual de costilla, se me anuncia un ritual de paradigma y extremaunción. Se me ha vivido para responder oraciones de muerte, se me priva de un albor de naciones.

Nada queda de un litoral de rodillas. Nada de la circunvolución inacabada de un partido de fútbol. Nada de los óleos ni de los cauces ni de los puertos. Quebrada en su llanto, una marea de latas de conserva se lleva en su manto la exigua luz de un sótano a hurtadillas.

¿Libre? Nadie. Oferta de aluvión el tejido de estas sábanas, la ternura de estas noches, el tacto inocuo de una botella de genio y 3 deseos; validada a cambio de sexo y plusvalía. Todo tiene hoy plusvalía: incluso el rechinar de una puerta, cuando sus goznes tienden a ser exquisitos, perfectos o color malva. Todo tiene hoy plusvalía: incluso la caída de la bolsa cuando tiene cadencia de sonata, incluso las crisis financieras cuando caen de una nube, incluso el pedal de una bicicleta con pan.

Privado, oscuro, público y distante. No queda nadie en libertad.


17
Abr 09

Ir

Tengo que partir en virtud de mis errores. No hay acierto que me defina, ni pausa que no me busque como a un padre o a un cuchillo. Todo lo que mato en mí florece de pasado, de puertas abiertas, de un sin fín de postraciones. No acierto ninguna; la virtud de mi yerro es que es universal como un paraguas. Me equivoco incluso cuando acierto, me harto en la carencia, me evoco en la ignorancia, me amo cuando aprendo a odiarme, me bajo del camión sin llegar a puerto, llego cuando vuelvo sobre mis pasos. Mi humanidad me ahoga. No tengo virtud, ni memoria, ni desgarre.

Mis manos, aristas de niebla, se vacían de caricias, de tacto, de premura, de subir y bajar del metro como una adolescente loca. Acude a la distancia el horror de una banqueta: no hablo de mí, hablo de todos los que no soy.

Mis ojos, aristas de niebla, fracasan en su intento de abarcar, de cerrar, de arribar, de marchar como la ubre de un burócrata. Acude horizontal mi fracaso de palabra, la triste verdad de mis huesos rotos: no hablo de mí, hablo de todos.

Sigo siendo un error en la vida de cualquiera.


18
Feb 09

Anuncio

Vivo de humor de muerte. De a capella, de violoncello, de pizzicato. La esencia se derriba como nube de fibra óptica, como lluvia antagonista. Yo no pido a Dios; pido a Tiempo, a Diablo, a Máquina, acaso. Quien sea que mire mi ritmo arribará a la conclusión de que no se de baile, ni de arribo, ni de gentileza. La voz se me hace rizo, la piel se me evapora, el oído se me ciega. El cabello me piensa, la rodilla me presta voz y silencios. La mente me encoge; no en mí, sino en la presencia de la idea. Pido a Dios que se vaya, si vino alguna vez.

Aviso de mi muerte con la antelación de una monja que toma los votos por no casarse con un hombre que desprecia. Aviso de mi antes para que nadie me recrimine ningún después imaginario, anticipado, de prefigura. Líquido y ligero, aviso de mí mismo la deserción, la fragata, la cantidad de mares. Soy inefable, como la serpiente.

En virtud de todo esto, me anuncio. Salto como un niño.


22
Ene 09

La ecuación de ciertos días

Mi influencia es mínima, falible, desertora. Acude a deshoras, hace listas de compras, mueve de soslayo las cortinas. Mi influencia es como la de una ventana de rascacielos; uno nunca la mira dos veces, a menos de que algo tras la ventana intervenga de improviso: la desnudez que no depende de ella, la violencia de una pelea entre enemigos, una llamada de queja que obliga a saturar el cuadro, una mujer que agita su falda para deshacerse de las migas. No reta a la muerte ni destina su tiempo a la vida. Tampoco se entrega a la seguridad de estar en el mundo, ni fabrica su presencia. Es talco en la sábana, carmín en un pañuelo, polvo acumulado en una esquina, grano de arena en la suela de un zapato que ya no se usa. Un tacón roto.

Numeral, mi influencia descarga su furor matemático en lo que asume como carencia. Imagino a veces que su cabeza mira al sur, asumiendo un compromiso con la rosa de los vientos. Imagino a veces que su impulso derriba al aire en fricciones, que recorre la tierra en cálculo, que suma y resta días nublados y ropa sucia. Vibra en ecuaciones que derivan en su compresión de rostros, principios, escamas, peinados, herrajes, calendarios en escritorios de secretarias, puertas que faltan y teléfonos que sobran.

Influyen los trenes, se dice, que acaban por pasar de lejos y sin criterio ni convicción.

Influyen las aeromozas, los diques, las raíces, los barcos de guerra y los cupones de descuento, que acaban por decir en sus palabras y en sus destinos más sobre mí que la historia o que el sistema de limpia o que el drenaje municipal o que la memoria de mi madre o que la destreza astronómica de un mozo de cuadra.

Influyen los tornillos, se dice, que siempre terminan dando vueltas, que toman para si la firmeza, que contienen universos.

Quiebro de nervios el día roto de antemano, vacío de significado el sonido amargo de teclas, conexiones, crisis financieras. Asumo con desidia que la historia tiende a prescindir de mí. Cuento pétalos como una hoja de afeitar enamorada. Cavilo, me presento; influyo. Destino mi energía a inventar cuentas de correo electrónico. Mi ternura dota de caricias a los pasamanos de una escalera eléctrica. Amo una astilla en la madera. Influyo.

Mi influencia es mínima, como la de los muslos de una contadora.


28
Feb 08

Caminando en círculos

Podríamos decir que no nos sabe el café y que la caminada está diseñada para cansarnos. Asumo que las distancias entre nuestros cuerpos cuando caminamos (ella adelante o atrás o, en el mejor de los casos, adelantándose o atrasándose, según) están basadas en la órbita de mi bastón, chueco y jodido y notoriamente más rápido que yo. Siento cómo vibra cada imperfección del piso bajo mi pie izquierdo, mientras el derecho vaga sin rumbo, muy seguro de sí mismo, asumiendo que le puede arrancar un camino al viejo sancris. Mi pie derecho es un hacha enamorada de un árbol caído.

De pronto y cada cierto tiempo, las paredes nos gritan ¡qué viva la revolución!

De pronto y cada cierto tiempo, ella voltea y me pregunta ¿estás bien?

De pronto y cada cierto tiempo, una niña nos asalta para intentar vendernos lo imposible.

Notoriamente opuesto al bardo, mi cuerpo se empecina en seguirla y mi memoria le cuenta lo que sé de nada, de apenas unos rincones y su historia más bien reciente; cuando caían cadáveres de hombres, cuando se hacían esqueletos de mujeres, cuando venían los meros comandantes a decir que tal o cual cosa y que si iban o venían. Ella me escucha entre fascinada y vidente, con esa cualidad suya que tiene de ver con los ojos lo que escucha con las orejas; y la adivino escuchando, más que viendo, todo lo que le cuenta mi memoria. Luego se estira y se compra un muñeco de lazo, una falda de rojo y un anillo de cobre que perderá en dos días.

Tenemos que pararnos de pronto y cada cierto tiempo: yo me quedo viendo al cielo con desconsuelo y ella no termina de sentirse bien. El cuerpo nos cobra nuestros descuidos: el amorío de una bicicleta y la memoria de un año de viaje.

Se nota notoriamente que nada le da lo mismo, que todo le da igual, que nada de eso se contradice y que es por eso que aprende a seguirme el paso.

Se nota notoriamente que a ella le parece que todo aquí acaba siendo un taco. Que las salsas para turistas no pican, que Chiapas se sigue cayendo a pedazos como las ciento cincuenta veces que vine antes y que cuando se viene la noche hay que ir a dormir en un cuarto de hotel que nada le pide a una sala de tortura. Las luces de un bar no alcanzan para ligarse a nadie y nos vamos deseando otros cuerpos en nuestra cama, pero sabiéndonos más que suficientes, vastos.

Se nota notoriamente que los ojos se le enturbian cuando está harta de mí, aunque me insista en que nunca le pasa. Entonces los pies a mí se me hacen ojos, se me enturbian, se me entregan al dolor. Se me derraman en lágrimas y puedo finalmente caminar como los ríos mandan.

Y le lloro diciéndole que no puedo seguirle el paso. Escudada en mi altar de sombra, en un destino de café de grano, mi lentitud se siente niña, niña en sus brazos. Como esos niños mugrosos a los que se arrastra en medio del berrinche y el desconsuelo y que flotan como ángeles en medio de su cansancio rebelde. Ya no quiero caminar. Caminar es un trabajo de ángeles con dos piernas.

Ella me pide que duerma en el hueco de su cadera.

Y lo arregla todo diciéndome que siempre caminamos en círculos. Que somos inmensos, en la multitud de pasos que damos juntos.


18
Feb 08

Enferma para siempre

Drástica, pasea su espalda desnuda para obtener una huella. Flores que le nacen a una paloma para recordar la magia. La magia de un año, o la magia de los años por venir. El esfuerzo es duradero y filoso como una distancia. Sus dientes se cierran sobre una pulsera de cuero (la pulsera que guarda la incógnita de una noche michoacana) y sus ojos me buscan en una evocación del dolor que ambos conocemos. No el de la aguja ni el del empeño ni el del sonido de la máquina a pedal. No el de la timidez o el reproche, ni el del esqueleto que somos por las noches. No; el dolor que evoca es el de no tenernos; el de ir en soledad a la muerte, cuando se sabe que hay en el mundo un lugar para yacer en paz. Su espalda se arquea magnífica como es, y desentona con el deseo brotando de sus tetas o con las ganas que tenemos de faltarle al respeto al artista que la marca. Su espalda se arquea, se tensa y se expande, se delimita en una frontera propia: el mapa de un viaje que ella misma dibujó en una mesa, en una tarde. Su cuerpo es ahora la tarde que espera el brote, el retoño, la noche que somos al estar juntos.

Tinta corre como una lluvia de estrellas. Abarca su alta espalda y la alta cerviz de su linaje. Avanza como un dibujo de nubes. Se queda como un graffitti que alguien borra para siempre; luenga y fibrosa como la musculatura de un ciempiés. Su tensión es la tensión de una maga: el conjuro se hace cicatriz y delicadeza; fiebre y sábana. Arco tensado para dejar ir la flecha que somos.

Por las noches, recorro su espalda con mis dedos impregnados de remedio. No aspiro sino a verla curada,

y enferma para siempre.


10
Ene 08

Salvaje

Salvaje. Como un tímpano. Como la saliva de un recién nacido. Salvaje como dios, como la media luna. Como las antípodas y los anticuerpos. Como las colecciones de corcholatas. Salvaje como las bombachitas de una monja. Como las ruedas de una bicicleta, como su circunferencia. Salvaje como la llamada a comer de mi abuela. Como la ternura. Como la apertura de una carta. Como las rayas de esas máquinas que miden los temblores. Salvaje como la palabra “telúrico”. Como las rayitas sobre el pavimento. Como el sonido de las galletas saladas cuando caen de pronto en medio de una fiesta. Salvaje como la simetría, como la geometría, como la antipatía. Salvaje como una visita a media noche. Como una visita a medio día. Como una vista a las seis de la mañana. Salvaje como lo esencial. Como las fibras sintéticas. Como los teléfonos inalámbricos. Salvaje como el metro de la ciudad de méxico, como el subte en buenos aires, como la tristeza de rimbaud. Salvaje como diez centímetros de goma de mascar. Como un disco viejo de los stones. Como una buena banda de blues. Como una raya de más en la textura de un tigre. Salvaje como el capitalismo, como el neoliberalismo, como el comunismo, como el catolicismo, como el socialismo, como el sincretismo, como el anatocismo y como el control remoto de la televisión. Salvaje como la cortina de hierro, como la muralla china y como el material aislante. Salvaje como the cramps*, como the monsters, como the-the. Salvaje como una palabra dicha al oído, como una caída en blando, como una teta al aire en un día domingo en la alameda. Salvaje como esas visitas a las que les cuesta irse. Como un dedo metido en el culo. Como una pestaña que cae y no cumple ningún deseo. Salvaje como una silla con ruedas. Como un ejecutivo de cuenta. Como una partitura de violoncello.

Salvaje como la estadía en este mundo. Como salir de él.

*Hell yeah! I REALLY like The Cramps!

The Cramps en vivo tocando “The way I Walk”, en el Hospital Psiquiátrico de Napa.


13
Oct 07

la concurrencia de un gato y una cadera en una ventana

la concurrencia de un gato y una cadera en una ventanadecía la definición académica (y ni tanto, más bien la definición propia) del surrealismo que éste era: “el encuentro fortuito entre una máquina de coser y un paragüas sobre una mesa de disección”. Bueno, esta es la concurrencia fortuita de un gato, una cortina, un vidrio roto y una radiografía de cadera sobre una ventana.

Abrí de tajo la puerta y me encontré con la mirada suya, muy pagana, mirada de inconsciencia y de libación fortuita. Me encontré sin una palabra en la boca, sin un dejo de invitación a pasar (de largo, de frente o a lo barrido). No me animé a mover el cuerpo en esa gestualidad de los que dicen “éntrale, ya que estás aquí”. Tal vez porque no había ningún espacio recurrente al que entrar, tal vez por majadería adolescente, tal vez porque hace rato que los ojos que me miraban habían entrado de lleno en la tierra baldía de lo que soy.

Me dejó el equipaje en la mano y se entró nomás como se entran las cosas que dan fundamento y que llenan páginas y páginas de la crónica que entendemos como nuestra vida. Se entró con el paso turbio de los que no esperan llegar a ninguna parte, con las manos ocupadas en alisar el cabello rubio en aquel entonces y con los sentidos puestos en buscar acomodo, un rinconcito para sentarse y descansar. Se la veía cansada y con la carretera marcada en esa pequeña, invisible arruga arriba de sus labios, que parece más un rasguño de gato que una marca de días. Se llegó con un gato nomás y con los oídos abiertos de su obsesión por escuchar: escucha sonidos improbables y piezas para piano y gato; escucha el llamado de la muerte y el movimiento del pesado mecanismo que en la cabeza le revuelve los pensamientos. Se tornó desnuda y se entornó las comisuras de los labios para dejarme saber su cuerpo de costado y sus nalgas como abismos. Se alivió el impulso en mi boca y me llevó a la cama de su desmemoria y a los sudores de lo que se oculta en su entrepierna.

Me dejó ver que se podía ir cualquier día pero que se quedaba conmigo: arrinconó sus fotos para soñar con ellas y nadie supo de ella sino la sombra, la nostalgia y la música desde aquel día.

Y yo sé que ahora ni siquiera la significo al verla. Me quedé sólo, entero, con ella en los brazos vacíos.