Cuánto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.

Pablo Neruda.

Para Alex Silva, porque ayer me recordó
que aún los hay de cuarenta varos
y porque aún cree en el puto amor,
lo cual no deja de parecerme simpático.

— ¿Vamos a joder o no?

Bueno, pienso yo; tengo que hacer algo, tengo que tomar partido en esta constante feria de decisiones. ¿Qué carajo se supone que haga? Debería saber con precisión si es un día propicio, pero siempre pierdo la cuenta. El hermano de ella, el Panzón Retorcido, nos mira sonriente y decididamente feo, mientras juguetea con el pequeño crucifijo que cuelga de su cuello ausente. Los gordos nunca tienen cuello y cristo era un chico muy sexy.

La tomo de la mano y la arrastro por calles y calles hasta llegar a un hotel de a cuarenta varos el colchonazo. Es increíble que aún haya este tipo de tugurios. Hace mucho, en uno de estos, descubrí que las cucarachas me provocaban erecciones. Fue gran cosa, de verdad, porque cada día hay menos cosas que me las provoquen.

Panzón Retorcido nos sigue, a algunos metros, jugueteando torpemente con cristo. Una vez en el hotel, mira con cierta suspicacia —¿será capaz este fiambre de alguna medida de suspicacia?— cómo pago la aún increíble cantidad, atacado por las miradas socarronas del patrón. Luego sube tras nosotros mientras mis cuarenta morlacos quedan bailando en la caja registradora del hostelero que, mientras escucha nuestros pasos alejarse, imagina orgías y sonríe.

Entramos al cuarto. Humedad, pasos lejanos del ejército cucarachesco que promete excitación decorosa, ausencia de luz por un viejo cable que cuelga inútil y sin foco alguno, la cama que huele a tabaco y sangre y café —una mancha en el centro justo, grande y de color incierto—, las paredes como gigantes inabarcables. Sonrío. De acuerdo, la erección está ahí, pero nada garantiza que lo pase bien, ni siquiera eso. Tengo que cerciorarme.

Atraigo el cuerpo de ella hacia mí. Subo la falda negra hasta la cintura, hurgo entre las bragas apretadísimas e introduzco un par de dedos. Mmmmmh.… humedad suficiente, sí, pero el color no es comprobable. Mierda. Ella no me deja imaginar alguna solución al problema del COLOR, rayos, y pronto, no sé cómo, yacemos en perfecta cópula, arriba, abajo, a un ritmo inmejorable. Pasa algo de tiempo. Tal vez demasiado.

— ¿Algún problema? —dice ella, con su jadeante tono de mujer medianamente excitada.

— Necesito ver…

Panzón Retorcido se pone de pie y avanza hasta el baño, enciende la luz —lejana, brumosa, demasiado indirecta— y regresa a su asiento, dispuesto a continuar su silenciosa observación.

No quiero parecer demasiado ansioso, así que aún me muevo unos minutos, como si no supiera que todo es inútil. Finalmente ella me aleja y me pide que vaya a ver de una buena vez. Creo que, seas rápido o lento o lo que sea, como hombre siempre terminarás estorbándole a la mujer. Es una elevada cuestión sentimental.

Camino lentamente hasta el haz de luz, y observo. Ahí está, mi pequeña verga curvada, con su erección —por ahí, a lo lejos, una cucaracha me observa—; pero, ay, no está el color. No hay color.

— No hay manera, chica —digo finalmente, sentándome vencido a los pies de la cama.

Ella se mueve incómoda, tocándome la espalda con los majaderos dedos de sus pies.

— Nunca vas a cambiar —dice, y su voz suena como hueca, como desencantada.

El amor es un ángel abatido por el odio de los hombres.

Escucho el leve chasquido, y el filo que juega dócilmente con mis cabellos, con mi cuello y el largo túmulo de mi espalda. No otra vez. No otra vez.

— Toma.

La miro. Ella me muestra la larga hoja de la navaja —brillo danzarín, promesa—, y me señala con un leve movimiento de cabeza a su hermano, Panzón Retorcido. Me estremezco pensando en lo difícil que será todo, más cuando el feo tipo no tiene cuello.

No otra vez. No debe suceder de nuevo. Debo recordar los días propicios.

Es increíble lo que uno está dispuesto a hacer por un orgasmo y por ponerle color a cosas que no se supone que lo tengan.

Avanzo hacia Panzón Retorcido, y alargo el pico, buscando su cuello inexistente. Él juega con cristo.

Chico sexy. Y cuánta sangre.

Publicado originalmente en el número 8 del fanzine Yet Len Niis.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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