Juventud en Éxtasis, Carlos Cuahutémoc Sánchez, editorial que no es ético nombrar, México

Finalmente lo hice. Agarré el condenado libro transforma-vidas y lo leí de una sentada, en, aproximadamente, seis horas de lectura continua (nótese que soy un desocupado). Habían llegado a mí algunos comentarios extraños que aseguraban que el libro estaba causando verdaderas transformaciones —desde simples cambios de opinión hasta increíbles cambios psicosomáticos y mutaciones—, e incluso tuve información impresionante, de segunda mano, acerca de una chica que abandonó a su novio —pobre tonto lujurioso— después de leer el cuento éste, diciendo, textualmente: “ahora sé que soy una pecadora”. ¡Uf! El asunto requería realmente atención; más aún cuando yo y todos en este fanzine de quinto patio nos consideramos voceros y oráculos, como les iba diciendo, de las minorías inmorales. Y puedo decir que me llevé inenarrable sorpresa; el libro Juventud en Éxtasis es una verdadera y terrible maravilla.

Verdadera, porque está llena de verdades, verdades del señor Carlos Cuahutémoc Sánchez, empresario de éxito que encontró su mina de oro en las moralinas agabachadas. Verdadera, porque después de leer el asunto uno se siente tentado a pensar que todo lo demás es puro cuento: estadísticas extraoficiales, hechos concretos que nos atacan cotidianamente a nosotros, los lúbricos jóvenes mexicanos, y, primordialmente, lo que vemos a diario en esos adultos infectos que, se dice, nos anteceden en todo y que parecen desmoronarse en sus verdades, como las de este señor, inamovibles, monolíticas, gargantuescas.

Terrible, claro, porque en verdad este libro puede cambiar vidas; este libro busca urgentemente cambiarlas, con un hambre voraz y violenta. Y su arma principal para hacerlo es, además de sus impecables artilugios narrativos y su trama llena de sorpresas a la Corín Tellado, su brutal e intachable elocuencia, su sabiduría infinita disfrazada de un personaje increíble, el Annibal Lecter de los moralistas, el psicópata de las verdades, el —casualmente— también doctor Asaf Marín. Terrible, porque despertando la lujuria con sus inesperadamente maestras descripciones de actos sexuales y de cuerpos sexuales —a mí, para ser honestos, se me paró varias veces mientras leía, cosa que no me pasaba sino con José Agustín o Bukowsky o Miller o Almudena Grandes (sufro de impotencia literaria)— es como ataca la lujuria, en un verdadero alarde de tácticas contrarevolucionarias. Pero aún me queda una duda; ¿en verdad ataca la lujuria, o es que sólo ataca las prácticas sexuales extra, pre y sobrematrimoniales? En un principio pareciera que es esto último, pero no lo creo así. Porque, a pesar de plantear una supuesta aprobación del acto sexual como acto de placer no limitado a la reproducción, el filosofastro majadero éste propone que la única lujuria válida es la que se da en el lecho nupcial, y ahí, sorprendentemente, cualquier arrebato es no sólo válido sino cuasi santo. Mentira número 1. Y todos aquellos que se atrevan, temerarios, a dejarse llevar por sus escozores intrapiernosos fuera del matrimonio, corren con la peor de las suertes, les da toda clase de enfermedades venéreas —o enfermedades de Venus, el amor—, se trauman y toda su vida será un amasijo deplorable de culpas y mierda. Mentira número 2.

No entraré en detalles somníferos respecto a qué dice este cuate o cuales son sus propuestas; son las de siempre, amigos míos, las de siempre. No os améis a menos que casados estéis; no os masturbéis si acaso el pito perder no queréis. Cosas así; aburridas y constantes. Tal vez sea más interesante descubrir qué es lo que NO dice el señor Éxtasis en su libro; porque éste está lleno de verdades… partidas a la mitad.

Bueno, no dice que el índice de mujeres casadas que contraen el Sida ha aumentado hasta alanzar el número uno, dejando atrás a los homosexuales —de los que tampoco habla— y a los jóvenes solteros. No habla acerca del incesto, el punto medular de las familias disfuncionales en las postrimerías del siglo XX —y el juego semi erótico que hace con la figura de la hija del narrador (presumiblemente su propia hija) en el prólogo y en el epílogo podría prestarse a elucubraciones sabrosonas. Habla mal de todos los anticonceptivos, tildándolos de inseguros —¡bú!—, pero jamás habla de la vasectomía, el único que ha probado con creces su infalibilidad. Habla del Sida, como ya dije, pero jamás habla de cómo prevenirlo; su única propuesta al respecto es, ¡sorpresa!, el matrimonio, que se presenta casi como una vacuna, como un antídoto; y esto es muy inusual en un libro que presume de tener un carácter estrictamente didáctico. Se dice, muy sospechosamente, que el sexo NO es una necesidad VITAL; quien lo dice, el tal Asaf Marín, arguye que, si no tienes sexo, no te enfermarás ni morirás. Cierto, no sucederá nada de eso; tal vez sólo te hagas violador o voyeur. Se agrega que existen personas célibes que llevan una vida perfectamente normal. Ahí comienza el problema: todos hemos visto —yo personalmente lo he visto— a sacerdotes que, rompiendo el silbato, celibato, quiero decir, tienen hijos y mujer o se van de putas y, ahora sí, viven perfectamente normalitos. Este señor, que habla tanto y tan bien de normalidad, pone una situación completamente extraordinaria y que casi raya en lo místico como absolutamente normal, mintiendo gacho. Y agrega que el impulso sexual es una reacción física a los estímulos del medio: o sea que un hombre en una isla desierta no sufre erecciones; y las relaciones zoofílicas en el campo son provocadas por el erotismo majadero e impúdico de las cabras, los caballos y los cerdos. ¡Válgame! Se habla en contra del aborto —tal vez el único punto en el que estoy personalmente de acuerdo con el tío— pero egoístamente se omite hablar de la legalización de éste, se omite hablar de los cientos de mujeres que por nuestros rumbos mueren a causa de abortos mal practicados o practicados sin las medidas mínimas de higiene. Se dice hasta el cansancio que el aborto es un crimen, y yo estoy personalmente de acuerdo; pero no se habla de que legislar contra el aborto lo es también… nunca se dice que legislar la moralidad es un crimen contra la libertad. Oh, pero olvidaba que la libertad, para Sánchez-Éxtasis —como le decimos sus cuates— es un crimen. Para él, sólo hay libertad en el terreno carcelario de las convenciones sociales. ¿Extrema derecha disfrazada de superación personal? ¡Oh!, no me atrevería a asegurarlo.

Aquí vienen dos consideraciones calientes, en especial si nuestra distinguida lectora es una dama con tendencias libertarias: después de varios siglos de Sor Juana —tres desde su muerte; hace apenas algunos añejos fue el jubileo— este señor sigue creyendo que se puede ser, como dijo la poeta sublime, para pretendida, Thais, y en la posesión, Lucrecia. Es increíble y mítico que su personaje femenino central, Dhamar, una ninfeta catoliloca de lo más alienada por los preceptos del macabramente bueno doc Marín, sufra un orgasmo hiperlechoso inmediatamente después de ser desflorada, en la también mítica, y bíblica, luna de miel; y lo es también la pericia sexual que demuestra este personaje durante su tórrido primer encuentro amoroso, pericia adquirida por una espera santificante (y según él estimulante) y por la lectura de un pasaje sospechosamente porno extraído del Cantar De Los Cantares —siempre lo he dicho, la biblia es el libro más completo de todos. Por otro lado, otro personaje femenino, premeditadamente no central (pero de importancia vital), de nombre Joana, con su nalga fácil y su lubricidad pequeño burguesa, es calificada de ramera asquerosa a la menor provocación, por sus juegos manipuladores, pero nunca se habla de la soledad intrínseca a su condición de fornicadora de todos, ni se menciona remotamente su verdad —porque como ser humano alguna debe tener—, viéndose reducida a una mujer vacía que, precisamente por puta, no merece la atención de este escritor salvador de (buenas) conciencias y cambiador de vidas. Pero, eso sí, Dios aparece a cada rato, con su salvación oblicua… ¿Y no fue Jesús de Veracruz aquel que defendió a la adúltera y aquel que se dejó consentir por la prostituta redimida? Pues parece que no: para la Joana sucia no hubo salvación ni amor. Y, extrañamente, para el tal Efrén, el protagonista, macho burlador de mujeres, sí los hubo, ambos. Mujer mala se condena, hombre malo se redime. ¿Seguimos en los tiempos de Don Juan?

Así es, mis queridos colegas. Los mitos siguen siendo verdades y las verdades siguen siendo mitos: los hombres somos unos calientes de primera y las mujeres siguen teniendo la dignidad entre las piernas. Ya no hay himen que valga pero sigue habiendo un himen gigantesco en las conciencias femeninas que se rompe gentil y honrosamente, eso sí, con el matrimonio. Qué asco. La masturbación es un mal masculino y las mujeres, ¡milagro!, no saben ni qué es eso. Es como para vomitarse, me cae.

No compren el libro. No gasten su lana en imprecaciones de adulto ni hagan a Sánchez más rico de lo que ya es. Pero pídanlo prestado, que se reirán a carcajadas, como yo lo hice, por seis largas horas. Y si les cambia la vida, no se preocupen; nosotros no intentaremos cambiarlos, como el señor Sánchez-Éxtasis. Que cada quien se enfríe como mejor le parezca. Pero, eso sí, desde aquí nos estaremos riendo de ustedes; y tal vez lo hagamos tejiéndonos una dulce chambrita, a vuestra salud.

1996

Publicada originalmente en el número

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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