II

Mis construcciones, Ayax; escúchame, presta un poco de tu sabiduría, aún cuando ya sea demasiado tarde: mis construcciones, mis abismos que cayeron del cielo, mis incontables horrores, nacieron para el poder. ¿Has oído hablar del poder? Te voy a contar: tendría yo cinco años, cinco de esos infinitos años que van marcando mis edades, cuando oí hablar a papá de poder. Venía corriendo hacia mí, con una soga colgando en su mano, una soga lo suficientemente grande como para abarcar mi espalda infinita. La ira adornaba su mirada. Escúchame Ayax, esto es muy importante: la ira adornaba su semblante herido. No habían pasado ni dos minutos; yo le había visto hablar con mamá plácidamente, fumando uno de esos cigarrillos que él mismo hacía y que apestaban toda la casa, esa casa que era el mundo. De pronto se puso de pie, tomó la infinita soga y caminó hacia mí. Sí, Ayax, yo corrí; sabía lo que iba a ocurrir. Tuve miedo, como lo he tenido toda la vida. ¿Sabes lo que es el miedo? Te voy a contar: tendría cinco años, cinco de esos infinitos años que van marcando mis edades, cuando oí hablar a papá de miedo. Yo corría, Ayax, buscando un refugio que nunca habría de encontrar. ¿Sabes porqué, Ayax? Porque una vez oí hablar a papá de territorios. Yo estaba en su territorio y no había un sólo rincón, una sola sombra en la que yo pudiera esconderme. Mi miedo, Ayax; escúchame, presta un poco de tu inocencia aún cuando ya no hay tiempo: mi miedo, mi atracción por todo tipo de escapatoria, no existía en función del castigo.

O tal vez sí: era parecido a lo que sentía al posar mi vista en el lecho de papá y mamá cuando ellos hacían el amor. Algunos predicadores me han dicho que todos nacemos por un acto de amor. Ayax, dime tú: ¿qué pasaría si yo fuera el único ser que no ha nacido por culpa de eso? ¿Sería eso malo para mí o para mi historia?

Ayax… papá me alcanzó. Y soltó aquella soga vestida de su furia sobre mi espalda. Y era como si esa inmunda caricia aumentara en mí el placer de la venganza: la venganza como un deseo mayor, un deseo ardiente y superior. La venganza como un dulce futuro… futuro, pero que ya me llenaba los labios y me hacía sonreír.

El miedo, Ayax, siempre terminaba transformado en placer. ¿Sabes, Ayax, lo que es el placer? Te voy a contar: tendría yo cinco años, cinco de esos infinitos años que van marcando mis edades, cuando vi a papá gritar su placer. Rasgaba la piel de mamá; hacía que su sangre bañara las sábanas blanquísimas y perfumadas. Papá gozaba viendo correr la sangre de sus semejantes por el horizonte amorfo de las sábanas. El mundo para él era una inmensa cama. Pero gozaba más aún viendo correr mi sangre extraña por las calles. Cada vez que mi sangre teñía mis venas (Ayax, estas lágrimas son mis venas y este dolor es mi sangre), descubría que mi miedo existía de una manera distinta: no derivaba en lágrimas ni en odio; derivaba en placer y en un infinito mar de indiferencia. Sí, Ayax, deliciosa indiferencia.

Créeme, comprendo a papá, amigo Ayax; comprendo su odio y su rencor desmedido. Yo no soy consubstancial a mi padre ni a su hermana, mi madre. Ni siquiera formo parte de su descendencia.

Papá y mamá me dieron a luz, ambos. El parto duró dos milenios (¿recuerdas, Ayax, la pérdida del paraíso?); el dolor duró dos milenios más, atormentando el pecho de mi madre y el vientre de mi padre. He aquí la causa de su resentimiento.

Mi sangre y yo nacimos para eso: para ser azotados, castigados, mutilados, bajo la premisa de purificación; yo vivo con mi piel al viento y cuando viene el golpe tan sólo asoma un grito, uno pequeño y tímido, pues de nada sirve gritar cuando vas a ser atormentado toda la vida. Pero si ahora me ves sonreír, Ayax, es por una dichosa certidumbre que hoy me ataca: no soy eterno.

Yo vivo junto a mis padres. Ellos pisan mi orgullo y escupen su pasado en mi futuro. Sin embargo, Ayax, ¿qué será de ellos cuando yo me hunda en la tierra? ¿He de vivir mi muerte siempre con la angustia de existir bajo sus pies, o sobre sus cabezas, pero eternamente ajeno a sus miradas?

¿Quién, Ayax, quién velará por ellos?

¿Quién les dirá que, aunque muerto, aún estoy aquí?

Ayax, escúchame, aún cuando ya es tan tarde:

¿Quién custodiará a los custodios?

XIV

¿Quién no quiere ser látigo
cuando se trata de azotar?
¿Quién no quiere ser juez
cuando se trata de juzgar?
¿Quién no quiere ser verdugo
cuando se trata de ejecutar?
¿Quién no quiere ser celda
cuando se trata de capturar?
¿Quién no quiere ser Pilatos
cuando se trata de lavarse las manos?

¿Quién se agota
cuando se trata de azotar a Cristo?

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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