¿Guerra? ¿Quién grita guerra? ¿El que sabe más, el más auténtico, el que llegó primero, el que envejece estúpidamente en su identidad, el que imposta la voz o la actitud o el peinado, o el que por derecho de antigüedad reclama la modita como suya?

La reciente, vergonzante guerra entre Emos y Punks en México, que para poca fortuna de la inteligencia ha llegado con bombo y platillo a los medios de comunicación (y cómo no, si en pocas horas se trasladó de Querétaro a la Glorieta de los Insurgentes, en Ciudad de México, e involucra ya, como peste que se esparce a la velocidad de la idiotez, a los darkis, los metaleros y otros) demuestra tantas cosas y tan tristes que es inevitable confrontarla, lamentarla, mirarla sin soslayo posible. Lo que dice de los jóvenes y no tan jóvenes en este país es no sólo triste sino que se traslada a los terrenos de lo patético. Lo que dice de la atención que los medios le prestan a las tribus urbanas (o suburbanas o barriales o lo que sean), que sólo son visibles cuando se matan entre ellas y que por lo demás sólo sirven para hacer de ellas escarnio y ridículo, es simplemente apabullante. Y lo que dice de la descomposición del tejido social, de la frustración y de la violencia, todas articuladas desde el estado mexicano, es simplemente alarmante.

La estupidez se impone, sin duda, cuando todo alrededor es sinsentido, dejadez, mierda en su más puro estado, como a últimas fechas nos ocurre en México. ¡Cuánta carga inútil, cuánto desencanto! No me extraña que personas a las que yo considero (o consideraba, más bien) inteligentes se expresen de manera tan vehemente y vulgarmente intolerante contra cualesquiera tribu urbana que no comulgue con la suya o que le parezca usurpadora, farsante, prescindible. Como si no hubiera nada más en qué pensar, se declaran pública y fehacientemente anti-emo, anti-reggeatón, anti-electrónico, anti-superficial, anti-punk, anti-darki o anti-materia. Y no cabe duda de que en este vacío se cumple a la perfección la premisa Kunderiana (de Milán Kundera, pues, en La Inmortalidad) de que para la insípida afirmación de nuestras identidades sólo contamos con dos salidas: o sumamos y nos disolvemos en una marea de “cosas que soy”, o restamos y nos encontramos con la realidad de nuestro propio cero absoluto. Como quiera que sea, en esta estúpida, ignorante, fascista afirmación de nuestra individualidad, que lleva a un grupo de “punks” -que no es posible que lo sean, lo juro- a moler a palos a un Emo en Querétaro y que lleva a un grupo de Emos a moler a palos a unos punks en Ciudad de México, no puede verse sino la afirmación del vacío terrible en el que el estado quiere convertirnos. Y el redituable circo que esto conlleva en las pantallas de televisión (¿alguien alguna vez vio un Emo antes en la televisión mexicana? ¿Y a un punk?).

Afirmar a gritos el propio Yo: atrás quedaron los largos debates acerca de la otredad, iniciados por un poeta (Rimbaud) y continuados por los humanistas posmo y el ejército de los políticamente correctos. Atrás quedó la diversidad como experiencia humana enriquecedora, atrás los “getogethers”, atrás los espacios comunes que los jóvenes de casi cada época hemos tenido que construir a pesar de casi todo. E irremediablemente lejos quedaron los días en los que nos quedaba claro a hippies, punks, emos, darkis, eskatos, esquizofrénicos (yo pertenezco a esa tribu) y demás que el enemigo estaba en otra parte, claramente delimitado por su odio hacia nosotros.

Sí; eso quedó atrás. ¿Por qué no se nos había ocurrido antes odiarnos entre nosotros, carajo, si eso era precisamente lo que hacía falta?

Retomo este texto que llegó hoy a mi correo, enviado por Dante Salomo, tatuador y principal artífice de las acciones contra la discriminación de las personas tatuadas, perforadas y con modificaciones corporales:

Últimamente se ha dado una ola de intolerancia entre jóvenes. Por un lado se mandan correos electrónicos contra la gente que escucha la música de reggetón. Por otro lado se han dado un par de linchamientos masivos contra jóvenes que se denominan Emos.Es un absurdo que años atrás los jóvenes se unieran para luchar contra la represión de los gobiernos, de la policía y de los adultos por no respetar las diferentes formas de vestir, peinar, hablar, reunirse, pensar, etc. y que ahora una vez que se han ganado algunos espacios para la diversidad de pensamientos, música, gustos, preferencias, etc los jóvenes en lugar de seguir juntos contra otras formas de represión, por mas espacios en radio, por mas fondos de apoyo a eventos culturales etc, ahora se dividen y se convierten en intolerantes ante otras formas diversas de ser joven, de pensar, vestir, escuchar música, reunirse etc.

Solo al sistema le interesa dividirnos y meternos una sola forma de pensar.

El chopo es un excelente ejemplo de lo que es el respeto a la otredad. Los jóvenes de diferentes grupos de identidad (punk, rock, ska, hip-hop, emos, cholos, darks, hippis, pandros, de la diversidad sexual, etc) le ganaron un espacio a la ciudad, al gobierno donde se hacen conciertos gratuitos, se venden cosas alternativas, se desarrolla el trueque como otra forma de intercambio donde no solo existe el dinero, donde las decisiones se toman entre los mismos jóvenes.

La división, la intolerancia, la xenofobia, la violencia entre nosotros, nos perjudica a nosotros en primer lugar.

No a la intolerancia.

Respeto a la diversidad.

Mejor dicho no podía estar. Pero yo tengo este vicio de intentar mirar la estupidez en el ojo ajeno para no tener que ver la mía, que muy vista la tengo. Y me causa un grave desasosiego comprobar lo desgastado, lo increíblemente desgastado y postergado que está el discurso y peor, la acción, en pos de la diversidad. Y, como corolario de cualquier posibilidad de inteligencia, lo inveterada que aún se encuentra la idea de la autenticidad: el punk viejo que dice que los punks de hoy no lo son; el rocker que dice que el metal no es música; el imbécil que sólo ve inteligencia en la muerte de la inteligencia. Y esto es particularmente absurdo en las tribus urbanas que, al final, somos sin duda una de las últimas reservas de diversidad en un mundo que se sigue negando obstinadamente esa oportunidad.

Así que tengo que decirlo: odia, odia todo lo que quieras, intensa y definitivamente, si quieres quedar como un estúpido en la historia del mundo.

[Post-scriptum: Observaba que hace un par de entradas hablaba sobre mi disgusto por el rock que considero malo. Lo sostengo. La opinión sigue siendo un derecho y tiende (aunque no siempre) a denotar cierto nivel de inteligencia (y no lo digo por mí, joder, sino en general). Lo que convierte la inteligencia en estupidez (como lo escribía arriba) es la afirmación de la propia individualidad en la negación de otro. Lo estúpido es que nuestros gustos musicales, nuestra moda y nuestro modo, sean la expresión de una individualidad tan pobre que hasta nos de motivos para luchar a muerte por ello.

¿Quieres madrear a alguien? Escoge a un político (la mejor manera de madrearlos es hablarles con argumentos e inteligencia, dos artilugios de los que ellos siempre carecen).]

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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