A veces me imagino el acto de morir justamente como esto. Como un instante único, definitivo, de violencia. Pero sólo un instante (todo se resuelve en un instante, todo en un levantar de hombros, todo en un dejo de desprecio, en las cejas que se enarcan, como si fuéramos la receta de todo infierno posible). Una variación en la caída del estío. La respuesta simple (mi pregunta es simple: ¿cómo no odiarme a mí mismo? ¿Cómo no odiarme con la convicción de un náufrago?). Alteración del frío y de la misma violencia cotidiana. Un total abandono, un caos de un segundo. El cuerpo aterido de miedo y un instante de dolor que se derrite. No me trago el cuento de ver “toda-mi-vida-en-un-segundo”; eso es pura mierda. No me interesa mi vida. ¿Para qué querría alguien su vida repetida en un segundo? Como una descompostura de electrodoméstico, como una depuración del disco duro, como un atragantarse con un pan insípido. No quiero mi vida. No; violencia. Una última negación de lo cotidiano. Una negación de la vida, como cuando uno entrecierra los ojos en un auto a toda velocidad y mira pasar la vida reducida a líneas sin forma que se despiden rabiosamente. La vida como una carretera que te lleva al vacío.

La perfección de la muerte.

Acepto un instante así. Con la convicción de un chofer suicida.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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