Pearl Jam, Vitalogy, compañía bastante grande, 1996

Hace cuatro años, en 1992, en el festival de Roskilde, el “front man” de Pearl Jam, Eddie Vedder, se encontró de pronto en la cuerda floja, luchando para mantener un precario balance entre la normalidad y la insania. Terminado el concierto, Vedder oscilaba de un lado a otro, la batalla en su pequeña y abotagada cabeza estaba fuera de control, la válvula de seguridad, en la que todos los involucrados confiaban de una u otra manera, había fallado y él estaba listo para la sobredosis, el manicomio, o para reventar como un sobrecalentado motor en cualquier momento. Muchos de los espectadores y parte del staff de la banda juraban dramáticamente que acababan de ver el último show de Pearl Jam, y el hecho de que las fechas ulteriores, que tendrían lugar en Londres a la semana siguiente, fueran suspendidas de inmediato, sólo añadió más leña al fuego del gozo detractor o la desilusión fanática.
Lo que el alarmado mundo creador de mártires presenció, en realidad, fue el cierre del primer capítulo de la vida de la mermelada de Perla. Había sido alcanzada una cúspide, una bastante loca, aunque sus censores se diviertan diciendo que la banda ésta se revuelca en la chabacana locuacidad de la freses. La banda estaba física y mentalmente exhausta; tenían que parar, releer sus testamentos y revisar su situación. La solución era obvia. El grupo tenía que dejar la galería pornográfica de la vida pública o, a la larga, simplemente ya no habría grupo. Si querían continuar, tenían que permitir que corriera el aire y se asentara el polvo. Parecía que el mito estaba rebasando a la banda, en especial a Mr. Vedder, pero creo que en el caso del tío éste no hay mito qué perseguir. Vedder no ha intentado crear un mito a su alrededor; se ha burlado de todos, de los que lo alaban y de los que lo repudian, al permanecer férreamente intimista, obstinadamente alejado. Es un escéptico y esa tal vez es su gran broma. Pero, obviamente, también a sido su gran tragedia, y en Roskilde parecía haberle llegado la factura.

Eventualmente la banda comenzó a funcionar nuevamente; el álbum Vs. y la consabida gira los pusieron de nuevo en las marquesinas como acto principal y blanco perfecto para el encomio de las absurdas juventudes grunge y la invectiva patética de los dogmáticos punk-a-rollers frustrados. Esta vez parecía que las cosas no podían salirse de control, parecía que el balance estaba de vuelta; pero una segunda mirada te dejaba la incómoda sensación de que el tal Eddie Verde tenía el condenado mundo sobre los hombros, de que él soportaba la tensión de esa atención masiva que disfrutan las rock stars, de que él no estaba hecho para eso y de que era muy fácil que el pobre infeliz se desmoronara y saliera huyendo por la facilona y muy requerida puerta de emergencia de los artistas: los químicos y el alcohol. Algunos exaltados., por otro lado, aseguran que Vedder es uno de los pocos que han salido en esta última mitad de la década a afrontar la realidad con entereza y curado de espanto; que ha estado en el filo del precipicio y que aún así quiere más; que se ha dado un cachondo agarrón con la locura y que ha vuelto a contárnoslo.

Pero el pasmoso y regurgitante segundo retorno de Pearl Jam, Vitalogy, de 1994, no deja lugar a dudas; Eddie Vedder no sirve para mesías. Tal vez Pearl Jam, como unidad, con toda esa publicidad y clubes de fans, pueda suplir a otros mesías de a mentirillas que se han ido rompiendo, léase los yutús y demás; y también les llegará el tiempo de romperse. Pero Vedder, con su regreso como letrista, como artista gráfico y como músico, sólo ha venido a subrayar lo que venía diciéndose a gritos durante largo tiempo: This is not for you. Ese aletargado aislamiento que ya había sido puesto de manifiesto en Jeremy o Release en el álbum Ten, y en Indifference o Animal en Vs., ahora es recalcitrante y acentuado en el ya no tan nuevo Vitalogy. Podría decirse que Vedder se repite, pero él da la impresión de ser uno de esos artistas que son capaces de renovar su lenguaje sosteniendo tercamente sus temáticas, uno de esos obsesivos creadores que no precisan cambiar para continuar vigentes, porque su tema es el espíritu humano y sus retruécanos, y eso es anticuadamente actual; uno de esos tipos que no dicen lo que se espera que digan sino únicamente lo que tienen qué decir.

Vedder parece mucho más sano en Vitalogy, sus letras son cada vez más simples y cada vez más llenas de imágenes; y, también, cada vez más íntimas. Vedder comienza a dejar caer su incierta imagen de Pearl Jimorrison y se acerca ahora a la deliciosa sencillez de un Lou Reed o una Victoria Williams. La buena salud de Eddie Vedder —ese sobreviviente del infierno, como diría Arturo Huízar de sí mismo— le permite deambular con Mike Watt (el ex-Firehose) tocando la lira en unos rocanroles jazzeros sabrosísimos, echar la paloma con los Doors o discutir con Henry Rollins —¿habrá alguien con quién no discuta el mamado poeta?— las prerrogativas para mantenerse alejado de las delicias de la fama. Y toda esta salud se la debe al simple pero nada fácil hecho de estar hundido hasta el cuello en su enfermedad; la conoce perfectamente y puede, de vez en cuando, reírse de ella y de él mismo. Vitalogy, como representación de Eddie Verde, es el cúmulo de estertores de un hombre que sabe que está a punto de morirse… de risa; una risa patibularia.
No me extrañaría que Eddie Vedder terminara como el malogrado Kurt Cobain. Pero, si se me permite decirlo, lo que en el Nirvana-mártir fue un estridente epitafio para una leyenda rock que se agotaba, en Vedder sería un simple y silencioso auto de fe. Claro, siendo él mismo el inquisidor.

Ojalá Pearl Jam, el grupo, pueda estar a la altura, y sobrevivir a eso. Si no, su vocalista sobrevivirá a la banda, como tantos otros lo han hecho antes, desde Murphy a los Bauhaus, Curtis a Joy Division, Zappa a los Mothers o Morrison a los Doors. La banda puede presumir de tener a un gran idiota en sus filas, pero también puede destruirlo. Esperemos a que regresen para hacer un diagnóstico; está por aparecer nuevo material, y cuando esto se publique tal vez ya esté en nuestro país. Pero dos años sin disco no son un buen pronóstico… o tal vez sean el mejor.

NOTA AL PRESENTE ARTÍCULO: Los datos acerca del festival de Roskilde han sido tomados, en parte, de un artículo de Professor Stone, colaborador de Rolling Stone.

1996

Publicado originalmente en el número del fanzine Yet Len Niis.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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