Memorizar, terminar, aclarar. Velo que se descorre fastuoso, fuego fatuo para los que ignoran que llevan años ardiendo en la caldera. Imaginación de un carnicero que reposa inerte sobre el patio repleto de cadáveres. Visiones de un hombre sin visiones, ceguera temporal. La diosa suicida de los mayas que se acerca a ti y acaricia tu pelo con su mano manchada por la sangre de otros astros, por el oleaje de otros mares, por la corona de reyes vencidos, vendidos, humillados. Terminal de autobuses del norte, siete de la mañana, despertando en el frío mármol, en la fría sala de espera. Un niño meó tu maleta mientras dormías, pero no importa porque tú no llevas equipaje. Debe ser la maleta de otra persona que la dejó junto a ti pensando que era tuya.

Tomas la maleta entre tus manos, la abres, miras. Terminar, aclarar, memorizar. Toma nota, muchacho, que esto se pone interesante, y no es una broma. Dinero que se escurre entre tus dedos, un arma, drogas, cocaína tal vez, un polvo blanco y una tira de pastillas. Velamen de la noche, circuncisión de borrachos perdidos en la sombra de un retrete. Un niño te mira y mira tus manos y mira tu maleta: dinero, drogas, un arma. Un momento; no es tu maleta. El niño corre hasta su madre, pero eso no interesa, no teniendo entre tus manos aquella cosa. El telón que se descorre, la gente que comienza a irse estando aún aquí; desearías irte con ellos, pero parece que la maleta con su peso te detiene. Oscuridad de las pieles, ojos vigilantes que oscuros te vigilan. El policía en la esquina le sonríe al niño y le dice “¿qué pasa pequeño?”, y parecería que el infierno te persigue, lo parecería si fueras capaz de verlo, pero no es así. Infierno, sombra perdida entre sombras, siempre sorpresivo, siempre ajeno, siempre infernal e inesperado. El poli avanza hacia ti, qué demonios, no volteas, no te das cuenta, el arma te llama con su clamor de negrura y pólvora. La droga baila en tus ojos con su promesa de dinero, éxtasis, poder, ¿mil varos, tal vez?, podría incluso ser más, no es posible contar tantos billetes, podría incluso ser la respuesta que estabas buscando. ¿Para qué ibas a viajar, a dónde ibas? Tal vez podrías recordarlo, podrías si te dieras tiempo, si aquel accidente fabricado en la última llamarada del averno no te estuviera robando toda lógica y toda esperanza. La viuda de Thomas refresca su cara en una pileta llena de mierda. Miras finalmente al poli, avanza hacia ti, ¿qué podrá querer? Que se vaya a la mierda. Tomas —¿Thomas?— el arma entre tus manos y la observas, tal vez incluso esté cargada, tal vez incluso probablemente es posible cabe la posibilidad. El policía grita en el lenguaje lejano de las mascotas: ladridos de un perro que escolta la vida apacible de los demás. ¿Los demás? Estás aún en el mundo, oh amigo. Alzas la vista buscando los gritos del poli; la gente grita también y huye de ti, mirándote con terror.

“¡Tírala, tírala al piso!” No se puede más que tirar al piso; sólo si estuvieras parado en el techo de algún lado, podrías tirar las cosas al techo; pero incluso ese techo en el que estás parado es piso en relación con tus pies y con lo que tiras. En fin. Miras al poli y tal vez no entiendes. Entendimiento de muertos con muertos, comunicación interrumpida, como dijo Led Zeppelin; interrumpida porque nadie escucha, nadie ha escuchado jamás. Ibas a ir al norte, para buscar trabajo, ¿recuerdas? ¿Recuerdas los sueños y las esperanzas fallidas? Era Tijuana y luego el mundo. Thomas te ofreció trabajo, pero ya se murió y ahora tendrás que rogarle a su viuda. Es la viuda de Thomas y luego el mundo. Mundo encerrado en una nación que estaba lista para despreciarte. Ellos siempre lo están. Maldito grasiento casi negro mexicano asqueroso ladrón asesino. Perseguido por un gobernante que ni siquiera te conoce. Democracia viva. Oh sí.

“¡Al piso al piso al piso!” Poli está nervioso y te apunta con su arma. Quiere tu droga, quiere tu sangre. Pero hay que obedecer, porque él tiene un arma, y tú… tú tienes otra. Arriba abajo, arriba abajo. El grito ensordecedor del miedo en tus oídos. Lo identificas de inmediato: es el ruido de los gritos de tu madre, de los gritos de tu padre, desempleados y feos y fracasados, tus hermanos pandilleros en Santa Marta encerrados por crímenes nimios pero definitivos. Tu hermana la gorda con sus dos hijos y su sífilis matrimonial. Miras los billetes y te ríes de su promesa. ¿Quién pudo haber dejado semejante cosa junto a ti? ¿Con qué objeto? Tal vez esté agazapado en algún lugar de la sala de espera, un rincón anónimo, y espere el resultado final de su broma macabra. Tal vez se esté riendo de ti, pensando en los años que te esperan en la cárcel. Tú, el mejor de la familia, la promesa de la familia, el que iba a ir a los ángeles para ser un mojado vividor tirador de droga o algo por el estilo. Ya no hay trabajo, ni aquí ni en ningún lado. Los mexicanos somos los desempleados del chingado mundo. Nuestra patria es una casa de citas, el burdel. Muy bien; pero tú prometiste y creíste en la promesa, y estabas listo para irte, no llevabas nada porque esperabas llegar y construirlo todo, de un tajo, sembrar semillas en alguna parte y ver crecer el árbol magnífico y muy sobado de la esperanza. Reconstruir el mundo, el tuyo. Y el poli te apunta con su arma y tú te preguntas qué rayos ocurre.

No ocurre nada.

Así que bajas el arma lentamente. Sientes la maleta que hierve entre tus dedos, todavía enterrados en el mar de billetes y polvos de magia pacheca. Sientes que podrías ser tú el que ganara esta vez, que podría ser esta la oportunidad para la que has vivido toda la vida. Unos se ganan la lotería y otros se van a la luna y tú te encuentras con que has dormido sobre las minas del rey Salomón. Qué joder; eso no es tuyo, y alguien está burlándose de ti, ¿no? Eso es lo que tú crees, y es muy posible. Estas cosas sólo me pasan a mí soy un jodido valeverga imbécil debí irme de inmediato con la feria ¿cómo se dio cuenta el infeliz éste? —piensa tu mente en un segundo, mientras mira al policía. Oportunidades que tocan en la desvencijada puerta de nuestros sueños y que nos encuentran tan profundamente dormidos que no tienen otra opción que convertirse en sueños. De niño soñaste que encontrabas una bolsa llena de diamantes, que esa bolsa era inagotable y que le construías a todos tus toscos seres queridos mil casas de diamantes; soñaste que encontrabas un globo terráqueo de plástico que te permitía jugar con las naciones como si jugaras una suerte de ajedrez omnipotente, y construías un mundo maravilloso o lo destruías de un golpe, según tu estado de ánimo; soñaste que eras presidente de un país lejano donde se daban los dólares en árboles sembrados en larguísimos e inagotables viñedos. Soñaste la tierra de Jauja y la cornucopia. Jamás hubieras imaginado esto; en eso consiste tu error.

El arma parece no querer llegar al piso, pero finalmente lo hace. La diosa maya del suicidio te toca con la punta de sus alas, ángel magnífico que todo lo reinventa, que todo lo hace pasión y muerte. El niño grita, en alguna parte, y su grito es como una ventana que se rompe, como un vidrio que estalla, como una guerra en un callejón oscuro, como la promesa de la violencia —que tú desconocías, que tú nunca prometiste—, como un avión que se estrella, como una bomba de extremismo y afanes libertarios. ¿Cómo libera la muerte? ¿Negando, huyendo, fracasando? El niño grita, el grito escapa de su boca hasta llegar a tus oídos, y te espanta; llega hasta ti con la cámara lenta del espasmo final, y ese espasmo recorre tu cuerpo aterido hasta llegar a tu mano. Manos de hombre que trabaja, que ha trabajado toda la vida, que estudió en una escuela de a trescientos varos el mes; algo estudiaste, ¿recuerdas? No, no recuerdas; es inútil. Eres nuevo y tus manos ya no son tuyas. Eres nuevo y tu vida ya no constituye una esperanza, para nadie. El niño grita, en alguna parte, y su grito es como el rayo que hiende la noche, como la espalda que cae a tierra luego de un golpe traidor y artero, como los cabellos de Andy Warhol o los rebozos de Lola la grande, como las bolsas de supermercado que tu madre llevaba a casa llenas de papel periódico para que los vecinos creyeran que aún tenían para comer. Comer periódico para embarrarse los intestinos con la muerte del mundo. El niño grita, y es como un arma que se dispara.

Que se dispara en tu mano.

La bala da en la frente del niño, derribándolo con su impulso de ardor y plomo fundido.

Y el poli te dispara y la gente grita. El tiempo es leve cuando es una bala que atraviesa tu pecho y despedaza tu corazón. Escuchas cómo cae el cuerpo del niño, como el cráneo se dobla, cómo la sangre brota y da contra el piso. Ese piso donde dormiste, ese donde amaste por última vez.

Porque eso es amor. Claro.

Tu cuerpo se estrella contra la pared, detrás de ti. El dinero se esparce por el piso, y el polvo y las pastillas estallan en un festín de palidez y negrura. Tu cuerpo te traiciona, ya no hay colores. ¿Quién eres, quién has sido? ¿Dónde está el amor último, el que en el sueño te prometieron? Nunca soñaste que te disparaban en una estación, ¿o sí? Nunca creíste en tus sueños, ¿eh?

¿Quién querías ser?… Qué más da.

El niño al que mataste, el niño al que mató el arma, el niño al que mató la broma de ese que se ríe entre las sombras (¿Dios? ¿Mick Jagger?), tal vez —posibilidad de un mundo mágicamente lleno de posibilidades—, sólo tal vez, fue el mismo que te orinó la maleta.

Pero tú no llevabas maletas.

Inédito.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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