Se mueve indecisa en horas de fiebre. Quienes le piden que actúe con belleza brutal no le marcan camino, sino apenas un sendero de piedra, de avance dificultoso, de pick-up danzando a vaivén, de terraplén y terracería, de antro mal iluminado. No pide nadie que sea honesta o que se deshaga en sinceridades. A veces ella lo piensa y lo cree y lo elucubra, hasta le da forma de graffitti subrepticio y de ofensa gritada en plena calle, pero no es así. No le importa a nadie (no me importa a mí, por lo menos, y deduzco entonces que no le importa a nadie). No le saca arrugas a ninguna frente ni le causa escozor alguno a ninguna entrepierna. Nadie se masturba pensando en ella. Nadie cuestiona su origen germano, sus antepasados guerreros, su herencia de gitanos. Nadie.

Cuando le preguntas qué vieron sus ojos ateridos en Europa, ella responde: todo y nada. Lo de siempre.

Cuando le preguntas qué espera de ti, casi siempre responde con la cara sumida en el sonrojo y mirando de lado: nada. Y a veces no le crees, pero a veces sí.

Y te sientes nada, y te asumes nada, y en la nada te envuelve el regocijo.

Es como si fuera. Como si su evocación no pudiera pensarse sino en pasado (¿y qué evocación no se piensa en pasado?), y por tanto no pudiera sino aspirar al rebote estúpido de los lugares comunes, que corren de boca en boca y de cama en cama y mueren cuando alguien los descubre. Como si fuera Stephen Dédalus pero drogado y marcando el paso en una calle de zona roja. Como si fuera una artista adolescente que se hubiera atragantado de gomas de borrar. Es como si fuera. Las grandes naciones frecuentan las grandes equivocaciones y ella se revuelve como nación grande, como patria ficticia, como si de su coño salieran ejércitos a contemplarla.

Y mi hartazgo de mí, el odio que me tengo, me pregunta: ¿cómo no amar eso? ¿Cómo no volcarse en eso? ¿Cómo ignorar ese cuerpo grande y voluptuoso y maravillosamente fuerte? ¿Cómo no hacer de esta levedad amor? ¿Cómo no extrañarla cada vez que se va? ¿Cómo no desear la muerte con ella, en su magnífica indiferencia? ¿Cómo no llamarla puta mala y amarla por responder con una sonrisa? ¿Cómo no amar el olor de metal de su vulva? ¿Cómo no aceptar la complejidad de los besos y de la sangre que se vuelca? ¿Cómo no amar el hecho de que la sangre le sale gustosa casi cada vez que se la meto? ¿Cómo no amar que me envuelva con sus nalgas y le de la cara a su ventana, por donde miramos juntos pasar personas raras y gritos de preventa? Mi hartazgo de mí me dice, cada que en silencio me lo dice, que ella no se salva cada vez que me quedo a dormir en su cama. Que ella pierde algo; lo mismo que yo gano.

Ella se revuelve como una nación entera. Soy de ahí. Ahí nací. Quisiera morir en ella. Dejarla pasar sin preguntar. Atávica. Como a una mala costumbre.

Dejarla pasar, como un campesino enamorado de una tormenta.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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