Cuando hablamos de anarquismo, hablamos de abolición del Estado. Para algunas personas esto significa simplemente la abolición del sistema de Estado -el gobierno político-, para algunos significa eso con el añadido de la desaparición de las llamadas “clases altas” y el sistema ideológico del capitalismo. Independientemente de a cuál de estos dos conceptos nos refiramos, las revueltas en Londres no tuvieron absolutamente nada que ver con el anarquismo.

Como anarquista, creo que el Estado es una de las principales causas del mal porque una de las principales bases para su sustento es la proliferación de la agresión. La agresión justifica para el Estado la existencia de todas sus estructuras de control, desde los ejércitos y las policías hasta los sistemas de justicia carcelaria o de control hacendario impositivo; sus sistemas de educación para el “trabajo” dependiente y para la “competencia económica” y sus sistemas de represión y control de daños.

Como lo establece claramente Benjamin Tucker:

“La agresión es simplemente otro nombre del gobierno. Agresión, invasión, gobierno, son términos intercambiables. La esencia del gobierno es el control, o la pulsión por el control (…) Los anarquistas, cuya misión en el mundo es la abolición de la agresión y de los males que de ella se derivan, entienden que, para ser comprendidos, deben dar definiciones claras y precisas de los términos que se ven obligados a usar, en especial para las palabras “Estado” y “gobierno”.”

Las personas en Londres, disfrazadas bajo la apariencia estereotipada de los falsos anarquistas, hicieron todo lo contrario a abolir la agresión; y lo hicieron desde su condición de depauperamiento, lo que los convierte en las principales víctimas de la manipulación violenta del Estado. Actuaron como actúa el Estado y agredieron a personas que no los habían agredido (ni directa ni, en la gran mayoría de los casos, indirectamente).

La rebelión necesaria, la sublevación, se justifica cuando tiene motivaciones claras y cuando cuida a los más desprotegidos. Se entiende que fue la agresión y la brutalidad policíaca la que desató la ira; no sólo en el caso de Mark Duggan sino en una larga cadena de abusos cometidos por la policía del Reino Unido contra sus jóvenes y sus desprotegidos. Lo que no se entiende es porqué, si el agravio lo había cometido el Estado, no se quemaron edificios de la policía o la sede de Scotland Yard. No se entiende tampoco porqué, si se trataba de una insurrección popular, no se procuró la solidaridad comunitaria ni se intentaron métodos que en vez de alejar a las personas que podían haber apoyado la rebelión las hicieran solidarias y participativas.

En cambio, estas personas eligieron la salida fácil, perezosa, irreflexiva, cobarde y barata de atacar a personas que no habían hecho nada malo con el fin de llegar al caos (no a la anarquía) con el pretexto autoimpuesto de “desestabilizar al stablishment”. Se entiende también que esta acción irreflexiva tuvo necesariamente que estar articulada desde el Estado, en tanto es el Estado quien, ante este tipo de violencia, obtiene todos los beneficios: justifica su represión, justifica su pulsión por mayores niveles de control e, incluso, consigue levantar voces que se manifiestan por la reducción de libertades ciudadanas. Por supuesto, las víctimas definitorias de un estallido de esa naturaleza son aquellos que fueron manipulados para protagonizarlo: lo que reciben a cambio es cárcel, reducción de beneficios sociales, más pobreza, más marginación.

El Estado tiene como función agredir a los inocentes; nadie que se llame a sí mismo anarquista puede hacer lo mismo.

El anarquismo es, en primera instancia, un anhelo no agresivo. Su Ethos yace en dos principios fundamentales: el principio de solidaridad mutua y el principio de no-agresión.

Como, nuevamente, lo establece con claridad Benjamin Tucker:

“La idea de que la anarquía puede ser instaurada por la fuerza es tan falaz como la idea de que puede ser conservada por la fuerza. La fuerza no puede mantener la anarquía, ni puede traerla. De hecho, una de las consecuencias inevitables del uso de la fuerza es posponer la anarquía. El único uso para la fuerza en el anarquismo es cuando resulta ser la única forma de preservarnos de la extinción, cuando sólo con su uso nos garantizamos un plazo más largo de vida para tratar de construir la anarquía por los únicos métodos que la pueden traer: la solidaridad y la no agresión. Pero el uso de la fuerza siempre tendrá un costo muy alto y representará un riesgo terrible. Su uso sólo se justifica, entonces, cuando cualquier otro riesgo es mayor: es decir, cuando no usarla represente la muerte”.

La única anarquía posible está basada en un deseo general de los hombres y las mujeres por ser libres y por serlo en comunidad.

Porque la anarquía sea.

Foto: anónima. Texto: Daniel Iván (con ayuda de Mr. Tucker, se entiende).

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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