1—Un Cadáver

¿Alguna vez has visto una mosca muerta? No me refiero, ya te imaginarás, a una mosca aplastada en la pared o asesinada por los efluvios de un bote de insecticida. Me refiero al cadáver de una mosca que haya encontrado la muerte por causas naturales —uf—, que haya muerto de vieja, o de enfermedad, o de frío. Estamos acostumbrados a ver a las moscas hechas pedazos por nosotros o nuestros congéneres, y es rarísimo encontrarse con una mosca fría en cuya muerte no haya intervenido la mano del hombre.

Ayer vi una mosca que cayó muerta frente a mí. Así nada más; iba volando y de pronto, pum, muerta en el piso. Supongo que por puras ganas de morirse. Nunca había visto nada semejante.

2—Una Noticia (pequeña divergencia lingüística)

Ayer leí una noticia, una noticia sobre ti. Decía: “la policía reportó que la jovencita, presumiblemente, se dio un escopetazo en la boca. No dejó ningún recado póstumo”. Me pregunto si, quien escribió la nota, estaba esperando que tú regresaras de la muerte sólo para escribir un papelito suicida. La suposición resulta majadera, ofensiva; pero, si piensas hacerlo, pasa por aquí, por favor. Podríamos jugar a las fornicaciones póstumas, también. Las postreras decidiste omitirlas, y mi soledad es ahora la ausencia mortuoria de tu cuerpo. Póstuma, por supuesto.

3—La Gran Mosca

El físico Alexander Vervgen exploró el África septentrional, tratando de fundamentar su teoría de que, en esa parte del mundo, se había hallado el paraíso terrenal, el lugar del origen de todas las cosas. Deambuló durante tres años, hasta que el desespero lo obligó a considerar fracasada su misión. Y al regresar, en algún punto inhóspito del monte Kurub, en una cueva oculta por altas y gruesas enramadas, encontró la gran mosca. Grandes ojos de arabescos inimaginables, alas que se movían con la lentitud de los siglos, vellos del grueso del brazo de un hombre sobre el lomo viscoso y fétido. Vervgen miró asombrado cómo del vientre abierto y sangrante de la mosca brotaban, ruidosas e interminables, un ejército de pequeñas moscas, normales moscas de retrete, que a través de aberturas en las paredes de la caverna se iban perdiendo en su camino hacia todos los rincones de la tierra. Vervgen lanzó la hipótesis, en el discutido libro que resultó de este increíble hallazgo, de que era factible que, oculta también en algún lugar de África o del mundo, debía existir la gran madre humana, una gigantesca madre con la barriga llagada, puerta fatal por donde salían sus hijos, nosotros, los demenciales hombres (el tal libro fue duramente criticado por todos los estudiosos, que consideraron que su hipótesis era simplemente inadmisible. Todas las personas alrededor del mundo —las que se enteraron— dijeron: ¿entonces para qué sirve el sexo?, ¿y los embarazos?; grupos radicales de extrema derecha aria dijeron que no era posible que de una misma madre hubieran salido ellos y las razas inferiores, y dijeron: en ese caso, nuestra madre debe ser superior; la iglesia lanzó un comunicado excomulgando al físico, y diciendo que Cristo no podía haber nacido de un vientre tan transitado). Vervgen se suicidó poco tiempo después de que su libro apareciera en el mercado.

¿Qué fue lo que hizo que Alexander Vervgen pusiera esa arma en su boca y disparara? ¿Decepción, fastidio, miedo al ridículo?

Tal vez lo hizo porque había encontrado el tan anhelado origen de la vida. El fundamento de todas las cosas.

Después de eso, ¿qué podía importar la muerte?

4—Reconstruyendo (fenomenología de un segundo intento)

Tal vez lo último sea reconocer los rescoldos sentimentales que invaden el piso, mi piso, nuestro piso; clasificarlos, medirlos, darles nombre e intentar reconstruir con ellos un poco de lo que has destruido. Tal vez aún sea posible bailar —esa alegría elemental—; bailar con cadáveres, bailar con pedazos de periódico, bailar con ruinas.

Has hecho de mí ruina, antiquísima ruina que no habla de hombres sino de cadáveres. Cadáveres que tal vez antes hayan sido hombres; humanidad que ya no importa, que ya no cuenta. Miro el cuadro, pequeño cementerio que te retrata, y me digo, a veces riendo, a veces nadando en lágrimas, a veces sólo medianamente vivo: ¡cuánta muerte!, ¡cuánta muerte en esos tus ojos que ayer me miraban y prometían, cuánta en esos tus labios que ayer me besaban y me nombraban!

Ayeres he invocado. Es todo lo que queda, si es que aún queda algo. La página amarillenta del viejo amor puede cerrarse con el tenue soplo de la muerte. Cerrados estamos, oh dulce mía, oh amarga mía; y apenas queda historia suficiente para un acto último. Un nuevo, segundo y último intento.

Miro la pequeña mosca muerta en un frasco. La guardé ayer, luego de verla morir. Presentía que era la madre de todas las cosas, presentía que me susurraría cosas con su muerte, como ahora lo hace, cosas que sin muerte no pueden, no deben, ser dichas ni comprendidas ni escuchadas; susurra cosas con su muerte, así como tú lo haces, como lo hiciste. ¿Y qué dice? Algo oscuro, algo sabido de antemano, algo que siempre había supuesto y esperado.

Algo en lo que se equivoca.

Dice que el amor último es violento y recíproco. Dice que aún quedan notas rojas qué llenar, que aún quedan balas en la escopeta. Dice que debo dejar notas postreras si no quiero que me las pidan póstumas. Dice que el cementerio es el terreno fértil para los amores en ruinas.

Pero no es cierto. Yo sé a dónde va mi muerte. Sé a dónde fue la tuya.

Y qué lejos estamos. Qué lejanos hemos estado siempre…

…Y sin embargo lo intento.

Publicado originalmente en el número 4 del fanzine Yet Len Niis.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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