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Warning: this post contains frontal and total nudity, sexually explicit images and other images that can offend the viewer’s sensibility.

Documents don’t save anyone. They fight to underline a misunderstanding: the idea of “the existance”, of “the being”, of the concurrance and the happening of things, events, beings. As fragile as they are, documents assume themselves as the prove of whatever existed, has been, has happened, has concurred; which are –on their relationship with the meaning– thoughts leading to nothingness, devastating on how little they explain, on the void they babble. Documents are always late and, in a hurry, they dress rags such as impartiality or forcefulness or surprise or relevance. “Documentary value” is, for the sphere of reasoning, the semantic construction wearing the emperor’s new clothes.

Documentation is, in any case, the first and most essential affirmative action: reveals the existence minimum, brings up the delimitation on the “being in the world”. It is stronger the more it saves the confusing matter of judgment: the document should be, above all, immoral. Its axiological preeminence, if any, wields a single argument: the permanence in time; that is, in every possible way, the only argument against which the controversy tends to die.

Document fades away, with the quiet beauty reserved to the absurd, when it begins to document what never was.

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Advertencia: Este post contiene desnudos frontales y totales, imágenes sexualmente explícitas y otras imágenes que pueden ofender la sensibilidad del lector.

El documento no salva a nadie, o pelea en todo caso por subrayar un equívoco: la idea de “lo que existe”, de “lo que es”, de la ocurrencia o concurrencia de las cosas, los eventos y los seres. Frágil como es, el documento se asume como prueba de lo existente, lo habido, lo ocurrido o concurrrido; que son –en su relación con el significado– razonamientos que vuelven hacia la nada, desoladores en lo poco que explican, en el vacío que balbucean. Los documentos siempre llegan a destiempo y, apurados, fabrican para sí harapos de imparcialidad, contundencia, sorpresa o pertinencia; el “valor documental” es, para la esfera del razonamiento, la construcción semántica vistiendo el traje nuevo del emperador.

La documentación es, en todo caso, la primera y más esencial acción afirmativa: delata la mínima existencia, la delimita en su “ser en el mundo”, la trae a colación. Es más contundente en tanto más se ahorre la materia confusa del juicio: el documento debería ser, ante todo, inmoral. Su preeminencia axiológica, si la tiene, esgrime un sólo argumento: el de la permanencia en el tiempo que es, de todas las formas posibles, el único argumento frente al que la controversia tiende a morir.

El documento se desvanece, con esa belleza reservada al absurdo, cuando empieza a documentar lo que nunca fue.

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Larry Clark (1943), filmmaker and photographer, is constantly sailing the uncomfortable waters of the illicit or if you prefer, of the unusual. What comes to his images (drug use, underage or “illegal” sex, weapons and general degradation of the suburban subject) is portrayed in action, as a vital act; with the vital energy putted in the act of “die “, if the viewer likes beatifying ideas.

His book “Tulsa” (1971) is a utterly denied touchstone of documentary photography. Immersed in what was photographed –and not in pompous names like verite— Clark documents the comings and goings of those who, during his youth, shared his drug addiction.

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Larry Clark (1943), cineasta y fotógrafo, navega siempre por las aguas incómodas de lo ilícito o, si se prefiere, de lo inusitado. Lo que acude a sus imágenes (consumo de drogas, sexo entre menores o “ilegal”, armas y degradación general del sujeto suburbial) se retrata en acción, en el acto vital; con la energía derivada de la vida puesta en el acto de “morir”, si es alguien de afanes beatificantes quien lo mira.

Su libro “Tulsa” (1971) es una negadísima piedra de toque de la fotografía documental. Inmerso en lo que fotografía –y sin apellidos pomposos como “verité”–, Clark documenta los ires y venires de quienes, durante su juventud, compartieron su adicción a las drogas.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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