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   a.r.t.a.u.d. | jueves, junio 05, 2008
Derrotado, estaba vivo. Acuñado en sí
como una moneda de barro. Acuñado en sí
tendiendo al mismo río, a la misma orilla
frigio como gorro y revuelta, salivando
bajo fondo de la palabra y el estruendo
casi vivo en fulgores. Artillero de tablas
en un barco que nació hundido, en el fondo
estable de un mar de inquina y no decir.
Rabia en espera, decidido, febril disparo
fanático en tiempo de fe retráctil, disparo
del lado del momo, del flato, de tripa
arte nuevo desde el culo, abrigando un sin
sentido de los huesos, voz y calavera
hollín del incendio. Arma sin calibre
vista doble de un ciego, sus manos abrazaban
abrasaban de luna la ausencia de estas nubes.
Tiene un nombre en mí, un hombre en nadie
un barco, una vagina, una guerra por decir
y una paz que no se nombra. Biógrafo
del infierno, cineasta de Dios y olvido.
Amante del protector de dientes y la sábana
la convulsión de la sala de terapia y el foco
que se eleva y parpadea. Despótico, camina de lado
donde no hay espacio, y se queja, y se abre. Vence.
Claro vencedor, se derrota. Derrotado
estaba vivo.


Ayer me puse a pensar en Artaud. Lo hago cada tanto: pensar en alguien como él es como pensar en una oscuridad y evocarla con la mente para materializarla en ese espacio vacío que queda siempre entre nuestras manos y nuestro corazón (¿cómo?, ¿nunca habían notado que hay un espacio siempre vacío entre nuestras manos y nuestro corazón?). Pensar en Artaud es para nada práctico; es inútil, vacío y por eso entrañable. Me imagino que los creyentes de cualquier religión sufren un proceso parecido; con la salvedad de que pensar en Artaud corre un riesgo ínfimo de llevarnos de la mano, como idea, a la imbecilidad. Aunque los he visto, que conste. Como sea, pienso en Antonin Artaud y me lo imagino siempre como el Marat del "Napoleón" de Abel Gance. Jean-Paul Marat, el loco, el asesino, el revolucionario, el radical, el del pueblo, el cristo que masacra. Artaud, lo mismo. Uno el eco del otro; ambos muriendo de una puñalada en la bañera, sin revolución, despojados del todo. Y Artaud, un puente entre él mismo y el otro. Artaud, siempre un puente, siempre fibroso. Artaud, mirando al cielo, con la toalla en la cabeza. Artaud, el Momo, vivo.

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   Avance y retroceso | jueves, abril 17, 2008
Su cuerpo nunca está quieto, aún en la quietud de los albores: se destaca el devenir de una curva, la línea recta de una pregunta sin sentido, el vibrante devenir de su cabello como de medusa. En cada estadio del día hay movimiento, en cada movimiento una virtud o un enamoramiento.

Puede resolverse en un beso frente a la pantalla de un computador, o como una cornisa y un salto al vacío. Puede largarte un discurso enfebrecido y luego caer en tus brazos como la imagen exhausta del Ché. Abrirse como un libro de viaje o como una colección de sellos postales. Resolver una ecuación cualquiera siempre y cuando una de las incógnitas sea un sonido, un ritmo o una mujer abierta de piernas. Deslizarse en su propio cuerpo como un historiador en una tienda de antigüedades.

Ella puede, en virtudes, marcar tu rostro de defectos: la suave claridad de su guerra contra una memoria corta, contra la hipótesis de un cuerpo grande, contra la fiebre de un día domingo.

Su menstruo cae como una sala de urgencias desolada. Y duele.

Yo, lo miro caer.

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   vacío de vos | miércoles, febrero 13, 2008
cruel como una hortiga sin territorio
fácil como el ceño fruncido del ché
sin motivo como un grito o
como una conjugación en gerundio
inmóvil como una ráfaga de aire
oculto como un obispo cuando peca
barrenado como una calle cuando
la quieren avenida y zanja y estornudo
imbécil como yo mismo y como otros
ácido como los cantos en la iglesia
sin excusa como el sol a la sombra
tétrico como una monja o un vino malo
aciago como una acera alta
virulento como un niño cuando duerme
escaso como la inteligencia
fúnebre como un aniversario de bodas
cruel de nuevo y a intervalos
triste como un casorio a regañadientes
vacío como un concierto de filones de oro
vacío como un abalorio tras carnaval
vacío como el vestidor de una nudista
vacío como el congreso y como el cielo
vacío de repente y de improviso
vacío y fúnebre y dejado

de vos.

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   Blues del Estupro | viernes, septiembre 28, 2007
Vivir con la convicción de un asesino. Asumir la querella, la delectación de un paraguas, asumir la sumisión a nadie, el amor calibrado de una máquina. Siento la voz de dios que recorre mis venas, con la calidez del vómito o la simplicidad del final de una fiesta: se apagan las luces, se queda flotando el olor del vino, de las risas, de los amores, de las conversaciones patéticas, de los besos de una pareja de adolescentes, del sueño de un reloj. Asimétrica, la vida se asume en lo que tiene de muerte, como las hojas que caen de un árbol con la certeza de su quebranto.

Mis dedos como las huellas de un niño en la alfombra del living: rebeldes, ofensivas, perpetuando algo como un eco de flores y presagios. Perpetuando todas las sumisiones, perpetuando su sombra en la sombra de los días por venir. Mis manos como el atavío de una tormenta cuyas oleadas circundan mi naufragio.

La espiral de esta vejez que envuelve mis ojos, mis rodillas, mi verga y la precisión matemática de mi incumbencia. Parto de mí hacia el desespero de las palabras, hacia la imprecisión de los relojes, hacia la latitud insular en la que vivo. Me fabrican la insolencia, la diatriba, la repetición inocente de un disco viejo.

Allí está la sombra que me alumbra, allí el sol que me consume.

Satisfago en mí esta fiesta de estupro.

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   Blues de nada | jueves, septiembre 20, 2007
Nunca amamos a nadie: amamos, sólo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos.
Fernando Pessoa

No, yo no amo. Los sentimientos viles me apabullan, como me apabullaba a mis quince la idea de morir virgen. No amo en ti ni la mirada ni el gesto ni la sepultura ni la posibilidad de la noche. Me es completamente indiferente tu destino tu desatino tu explicación tu menstruación tu delicadeza tu sabiduría. Nada me conmueven tus decires ni tus decencias ni tu caída libre ni tu voz de armónica de blues. Levanto los hombros ante tu piel de muerta ante tu gato ante tu delirio ante tu impronta ante tu degüello ante tus sonidos ante tus amarres ante el ancla de tu barco.

No, yo no amo. No te amo. Me amo en ti, como un depredador se ama en lo que roba, en la carne que desgarra, en el gritito indefenso de lo que mata. No me vuelvo loco de ti; estoy loco en ti, como lo he estado de muerto y sepultura, de hospital y sábanas blancas, de pasada y envoltura. Estoy loco en ti como sólo se puede estar loco de uno mismo, de la vida misma, de la muerte misma. No pretendo nada de ti que no esté dispuesto a arrebatarte, no pretendo nada de ti que no esté dispuesto a arrancarte en la muerte.

Ya no acierto a pedirte importancia, o desvelo, o palabras, o amor, o distancia, o una parada en la carretera de la muerte. Ni siquiera aspiro a ser un nombre en una bitácora, una entrada en la relación de la conquista de tus años. Ya no busco, ya no encuentro, porque en la pérdida que me eres me ignoro, me soslayo, me aniquilo. No aspiro a que sepas porqué me vives, ni a que quieras vivirme, ni a que me consideres, ni a que te importe la sombra, o el paraguas abierto, o la humedad de las paredes. No aspiro a ser ni la sombra de un motivo, ni el pretexto de tu estancia, ni el nombre al que acudes para evitar una cita a tomar un café. Ya no acierto a pedirte nada.

Yo no amo, me muero. Me muero en ti, como todo lo que he matado. Hagamos como que creemos. Supongamos un nombre para todo en nosotros, démosle nombre a cada gotera, a cada orgasmo, a cada fornicación, a cada elemento de la furia, a cada frase de geografía angélica. Finjamos que no conocemos la consecuencia o la mano firme.

Hagamos de cuenta que no sabemos que no puedes evitar matarme: estando, o sin estar.

Finjamos que no vivo en ti.

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   Blues del no me encuentro | martes, agosto 14, 2007
no aparecer ni como una nota al pie. no aparecer ni como referencia de algo turbio, ni como afectación de experimento que salió mal, ni como el crucifijo perdido de una anciana en una esquina. no aparecer ni como accidente de mal gusto, ni como codirector de alguna orquesta, ni como alacrán o como trípode filarmónico. no aparecer ni como lista de muertos, ni como encargo, ni como amigo vergonzoso o encabezado de nota roja. no aparecer ni de broma ni de entramado ni de artificio ni de rebote. no aparecer como no aparecen las putas en las fotos, como no aparecen los sacerdotes rebeldes en las bendiciones del domingo, como no aparece el hermano idiota en la boda de la tía. no aparecer como quien no se lo merece, como quien no se lo ha ganado a punta de arte sublime o de gesto a tiempo o de amor consumado o de ojos de mascota o de alquimia y artificio. no aparecer como no aparecen las llaves cuando tienes prisa, como no aparece un balcón en un día soleado, como no aparece la virtud en la casa del armero. no aparecer ni en pintura, ni en tristeza, ni en abanico, ni en la horca, ni como referencia de suicidio, ni en la lista de arrestados. no aparecer como no aparece lo que mira nuestra espalda, como no aparece el moñito en la nuca, como no aparece la toalla íntima cuando se usa, como no aparecen los muertos de la guerra. no aparecer como no aparece magdalena en la última cena, como no aparece hitler en los monumentos, como no aparece el dinero robado de un banco. no aparecer como clínica de abortos, como chica gorda en un concurso de belleza.

no aparecer, como yo. como todos aparecen, menos yo.

no aparecer, como una nube después de que llueve.

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   Blues de una rosa marchita sin embargo | domingo, junio 03, 2007
De pronto, nada. Ella silente en un espacio de brevedad sin solución. La memoria perdida de los que recuerdan para siempre. Su luz intacta en los labios muertos, en la caravana de sus años, en su voz silente como caléndula. De pronto, la brevedad del oscuro subrepticio en un teatro demente. El apagón previo a una película absurda. Sin mirada su mirada, sin aliento el aliento de su fuerza, sin fuerza la razón de su arrebato. Nunca más una madre coraje, nunca más la mujer que servía copas rancias en un bar al que acudía Antón Chekhov. De pronto, la acidez de lo inesperado, de lo inexperto, de la muerte neófita de un truco de circo. La cuerda floja de la estadía en este mundo, de su absurdo arrebatado, de un afán asesino que no se entiende ni a sí mismo. El estallido de una vena, la bomba de tiempo del tiempo que siempre llega. Una navaja que baja de algún lado sin embargo y asesta su golpe asesino. Un rifle que apunta desde un cielo sin embargo y descarga su ruido asesino. Una guerra oxidante en un territorio sin embargo que fabrica su deterioro asesino. Muerte, muerte, muerte, muerte en todos lados, muerte como un baile de máscaras, muerte absoluta y absolutista, muerte de cojones, muerte de fibritas de tela que se van desatando dejando un hoyo como casual, como sin bordes, como sin embargo. Una muerte de diosa, de estío, de maestra, de creyente, de cruzada, y sin embargo una muerte que nadie se merece, como nadie se merece un ventarrón del norte el día de su cumpleaños. Como nadie se merece creer en un dios con armadura. Dios imbécil, iletrado, facilón dios que todo mata como si morir se mereciera. Dios carnicero infernal de 7 metros de cuchillo y muerte. Dios con taras para la justicia. Dios que mata y mata y mata, madres y perros y caníbales e ideas y numeralias. Dios que mata con estilo, con arte, con carisma, con liviandad. Dios funesto, esbirro dios de cuatro patas y apetitos de mascota. Dios idiota de carrera trunca, dios sin licencia, dios sin vida, sin muerte, sin corazón o esternón o clítoris o esperanza alguna. Dios implacable, mierda dios que no acierta ni a reírse de su corto alcance. Y de pronto, nada. Ella se marchita de pronto, sin embargo, sin ambages, sin retraso, sin derrota. Como víctima pero como una dama afortunada. Una muerte de diosa, de la muerte misma, de acento implacable. Fulminante y sin duda. Deja una estela de horrores, un hálito de ayes que evoca su ritmo fibroso, su paso y su vértigo, su ausencia de juicio para los demás en su juiciosa presencia de rosa. Su presencia de verano, de palabra franca, de muchas mujeres en vilo. Su presencia, como la presencia de un rayo al final de una tormenta.

Se nos ha cortado una rosa. Y ella se marchita, sin embargo.

Ayer, sábado 2 de junio del 2007, falleció la abuela de mi hija. Intempestiva, absurdamente. Una prueba más de que dios no existe, y que si existe es un asesino imbécil.

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   Clepsidra | lunes, marzo 19, 2007

para ti. a un año.



Te encontré en el viaje
antes de que la muerte
intentara su lenguaje.
Vacilante en la luna
atrapada sin reflejo
en una pausa imposible.
Intactos, ambos, y sin relato,
pero con tus ojos
hablando cada historia.
Con tus manos flacas
derribando en mi piel
cada tramo de mi tiempo
en el mundo.
Con tu muerte afianzada
a piel y dientes
en la marea difusa.
Con tu firmeza nómade
que atrapa sueños
y se atreve a parar
para no sólo seguir
siguendo.
Con tu desierto
anidado en mi cuello
y tu sombra infame
anidada en mi vida.
Me tomaste de la mano,
mi mano inútil,
y en el oído me dijiste
que cada rostro
en su voz se dilata.
Me dijiste que un suicida
hace más sombra ahorcado
entre más cerca
esté del sol.
Me dijiste que américa
y que el sur y que
la noche y su árbol
y que una vieja
que vive sola
tiene en sus hombros
la verdad indisoluble
de toda revuelta posible.
Que una mujer llena
de palomas en un lugar
que nadie conoce
puede ser el alma
y la clepsidra
de ese uno mismo
que uno mismo busca
con desespero.
Que cada voz
en silencio se nombra.
Que cada vida vale la pena
sólo porque tiende
a la muerte.
Que todo lo que sé
lo sé por ti.
Y me preguntaste
"¿no lo sientes?,
las calles están plenas.
Las voces son todas.
Las voces son ninguna.
El camino no es nada
sino la afirmación
del mundo sin arribo.
¿No lo sientes?
Las calles están plenas
de fantasmas."

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   Estancia en el mundo | martes, febrero 27, 2007
No asisto en modo alguno a los
rituales del sol poniente.
Descarto mecanismos que
me obliguen a intuir el paso
del tiempo sin quebranto.

Al derrotar a dios en su sonrisa
caminé en círculos sobre
la tragedia de mi triunfo
y no objeté ni ofrecí argumentos
para postergar o partir al vuelo.

Quebranto en mí la imaginería
de toda eternidad posible:
camino cual un cristo idiota en
el agua indeleble que me bautiza
en cada naufragio.

Cierto día y cada día que pasa
construí a la sombra fría
de la muerte el espinazo
la columna central de mi amorío
con el diablo.

Amor sin cimientos y sin ruinas
se erige como el campanario
imposible en medio de un mar
de lava, del mar de sangre
del resto de los días.

No hay huella posible de mi paso
Ningún camino lleva a mí
Descargo al mundo de la culpa
de no encontrar el rastro
de mi estancia en el mundo.

Soy el que vuelve sobre sus pasos
sin encontrar paso alguno
no horado ningún tiempo
ninguna época me recuerda
ni como hijo ni como estigma.

Nunca he sido lo que aquí vive.
Más bien han sido yo los que
en el resto de la vida viven
y me viven y mueren indiferentes
a mi fría descortesía.

De frente ante mi estancia en el mundo
digo que no odio lo que soy
odio ser, en todo caso, este
vacío

que no es ni la broma ni la muerte.

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   las otras latitudes | lunes, mayo 29, 2006
amo la línea de piedra de tus ojos, la manera esquiva
en que tu cabello parece escaso y se rebela
la inexorable marca de tu trasero que sólo veo yo
y que ven todos en su carencia de acecho y de salida
la forma deslizante de tu pecho triste, de tu ropa
febril y de cuello de tortuga, la forma en que no
la forma en que sí y se anuncia el sigilo de la fiesta
la tracción de tu cuerpo en la distancia y el sigilo
de tus ojos que me miran sin mirarme y me ignoran
y me encienden de mate e impaciencia y esa mancha
decorando los dientes y la inteligencia de tu voz
el conmovedor dolor que parece argentino
latino en su inarticulado embrujo, en su coraza
de lance entre caballeros.
amo verte y dejar de verte, y saberte inasible
y paulina y favoreciendo a otros en tu lecho
perderte de antemano, amo, y degenerar en el extraño
que no extrañas, en el hombre que no hombras
(hombruno como no acierto a ser, como no me hombro)
en la sombra que no sombrea en tu memoria.
amo que no soy nadie para vos, amo que me matas.
y no amo nada más que eso, como si ignorara de ti
las otras latitudes que me alejan.

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   estría | domingo, febrero 19, 2006
ellos dirán
ven a leer a la muerta
ven a mirar las pequeñas luces
que se insinúan en sus pupilas.

fragorosa
como una tormenta
de luces en la historia
y remota y sangrienta e indomable.

dirán que se abre
como un mapa para ir
a donde nada es igual a nada
a donde el frío es el calor de dios.

se aplaza la estría
en cada nuevo nacimiento
yo vendo sueños
y me los pagas con fuego.

siempre fuiste tú
pasabas las páginas con paciencia
esperando que la guerra
brindará en mí su último albedrío.

dirán que en mí
no se habló suficiente
de cada paso que en su vergüenza
el diablo omite de sus días.

en el clamor de esto
soy la venganza de cada uno
soy salvaje y cristiano y piadoso
en todo lo que mis dedos tocan.

no me escuches
no des crédito al naufragio

no me mires
que tus ojos vuelvan a su silencio.

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   certeza | lunes, marzo 14, 2005
y si eres tú la que se desliza
perfecta y pretérita y descalza
con ese afán de recuerdo
y realidad.

si eres tú, como la muerte
de mi miedo, como la muerte
de mi azár, como la muerte
de mi muerte.

si eres tú, como la respuesta
a una pregunta básica, única,
a un llamado de guerra y sonrisa
y cama y estilete.

si eres tú, deseo que seas,
única, sin división, como antes
cuando no eras sino mi refugio
cuando eras.

si eres tú, voy a fumar
lucky strike hasta morir.

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   | domingo, septiembre 19, 2004
Sin Ley

¿quién es este dios que me oprime?
la entelequia trágica de mí mismo
y mi cabello albortado ante el frío
que insomne me recorre desde hoy.

mi arrebato es antiguo al ser tan nuevo
mi sangre se oculta en lo que dice
y esta muerte se me da como regalo
al no ser litigio ni ofrenda ni remiendo.

¡alguien que tome mi cuello y lo marchite!
¡alguien que denuncie este vacío!
¡alguien que se agite, semáforo, pistola,
pasión, cama, torre de babel o perro en celo!

¡alguien que silencie este infierno,
por dios, por piedad o por encargo!
¡alguien que me detenga en este impulso,
alguien que me alguien o me aniquile!

Nada de mí es hoy silencio o paso firme:
se ahoga en mí todo el encanto
como si canto y terremoto fueran
los mismo lugares en los que lugar he sido.

Abro la boca, derribo todo.
Cuando pasas, guardo silencio.

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