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   Deseo de muerte | martes, septiembre 30, 2008



Tal vez encuentres terrible y grotesco lo que voy a decir. Para hablar con la verdad, yo también lo encuentro así: injustificable. Pero en realidad deseaba que se muriera. Todo mi ser, cada parte de mi entendimiento, cada segundo de insomnio a las cuatro de la mañana deseaban que se muriera de una puta vez. No puedo decir que no me conmoviera; precisamente era esa conmoción, esa sensación de frágil entendimiento que me unía con él, lo que hacía que le deseara intensamente la muerte. Además, no era difícil desearle la muerte cuando lo único que el hombre lograba articular en palabras era precisamente su deseo de morir. Y a veces ese fragor de batalla que le surgía de la boca cuando llamaba a "Elena". Pero eso era más bien raro; todos asumíamos que Elena era una especie de alucinación, un recurso cinematográfico de su mente adolorida. Elena podía muy bien ser la muerte, personificada en un nombre al azar; "Elena, ¿porqué me dejas aquí?", decía. Luego tosía con infinito dolor, y repetía su cantinela: "mátenme ya; ¿por qué no me matan?".

Eso mismo nos preguntábamos los que lo escuchábamos a lo lejos.

Nos separaban de él más de 20 metros, o así. Estaba nuestra sala, destinada a los que habíamos corrido con la suerte de sólo fracturarnos un hueso, o dos, o diez. La otra, veinte metros más allá, pasillo de pormedio, albergaba a los menos afortunados: los que sabían que algo faltaba. La sala de lo que se extraña, la comencé a llamar. La sala de los amputados.

No parecía ser el resultado de una separación metódica, sino algo más bien arbitrario. Alguien -un doctor, una enfermera, uno de esos fracturados afortunados que solían pasear caminando su superioridad frente a mi cama- me dijo que la casualidad había dictado una bonanza de amputaciones y que todos habían llegado, con esa cadencia de bastardilla que tiene lo fortuito, a esa sala veinte metros más allá. Alguno incluso me dijo que había tenido suerte: por un error en la inclinación de la tierra yo había iniciado la separación la noche que había entrado al hospital. Suerte envidiable, la mía.

Deseo de muerte. Asumo que, de haber estado en la misma sala con él, habría encontrado alguna manera de ignorar los gritos. Pero a veinte metros, a las 2 de la mañana, agobiado por el dolor propio, escucharlo pedir la muerte era como la muerte misma. El grito desarticulado era tal vez el peor: largos ayes de una agonía parasitaria, evolutivamente injustificable. Los deshuesados nos movíamos lo poco que podíamos; frotábamos los cuellos desesperados contra la blancura artificial de nuestro lecho, intentando conciliar ya no el sueño, sino la idea. "Que lo maten de una puta vez" decía a cada tanto uno de nosotros, y los demás nos hacíamos los dormidos por no asentir o acordar. La memoria de Elena se mostraba en la forma de una enfermera que venía por nuestros orines. Y el alba despuntaba, avisándonos que una vez más no habíamos dormido sino lo posible. O lo imposible.

De día -ya que en el día sus gritos se devanecían por arte del horror propio de un hospital, por arte de esa cabalgata metálica de remedio y tortura- el médico gordo y beatífico que curaba mis propias heridas (y que por una extraña desavenencia entre su asco y su afecto me llamaba "hermanito" cada que me torturaba) me acortó la ignorancia.

Dormido, indigente, el hombre que gritaba había quedado bajo las ruedas de un automóvil, máquina obtusa que luego de estrellarse contra otra de su especie, había rebotado providencialmente y se había depositado sobre su cuerpo dormido. Al parecer, ni siquiera se habría enterado si la máquina le hubiera triturado la cabeza en vez de las piernas. Mala suerte, una de ellas había quedado "inutilizable". Lo que en la jerga de un médico implica cortarla, por no dejar cosas "inutilizables" a la vista del mundo, que es inutilizable de por sí. Y ahora, cuando le oía gritar en su desespero, mientras imaginaba a Elena no acudir, me cabía el pensamiento de lo inhumano: una evocación de lo que nunca debería ocurrirle a un ser humano; esa sapiencia del dolor que, sin importarme lo que Mann o Heidegger pudieran opinar, me sigue pareciendo aún hoy perfectamente prescindible. Un error en las matemáticas de nuestra experiencia.

En un grito, sabía lo que se iba. Sabía de lo que el hombre se libraba: todo pudor queda olvidado cuando algo falta, cuando te quitaron algo. Elena se desvanecía en lo que pudiera significar, porque era un amputado el que la evocaba. Un tajo, y la culpa se vuelve relativa. Había algo de culpa en todos los que nos postrábamos en ese piso del hospital: la culpa del que se encuentra en la línea de influencia de lo fortuito asesino.

Una noche, calló. Las cabezas se asomaban furtivas entre las sábanas, en una noche acostumbrada al grito insomne. Ominoso, ese silencio de amputaciones e ilíadas nos imprecaba con un horror más pesado, más angélico. Pesado. Angélico. Vacío. Los ojos de nuestras fracturas se encontraban, preguntándose sin palabras dónde habría quedado Elena, dónde la pierna amputada, dónde el mátenme ya, dónde el por qué me dejan aquí. No dormimos, supongo. Yo no lo hice, preguntándome cómo un horror de puro oído puede extrañarse así. Cómo eso, esa parodia de un mantra, puede extrañarse así. Preguntándome cómo puede vaciarse la noche de gritos.

Como si supiera -ella, que no podía saber nada- una enfermera de noche pasó veloz y de reojo nos dijo: "ya murió".

Deseo de muerte. En el silencio que no dejaba dormir, me sentí por primera vez orgulloso de desearle la muerte a alguien. Acto pío cuya impiedad sólo cabría en una mente atolondrada.

De mañana, mis ojos se encontraron con los de mi propia Elena. La abracé lo mejor que pude, agobiado por lo mío ausente. Por todo lo que me he cortado, lo que me han vuelto a poner. Complicado como un rompecabezas, inseguro en mi beso, supe que Elena había acudido después de todo.

Y de noche, en contadas ocasiones, le murmuro a la muerte; sabedor de que a veces, si uno insiste, se presenta.

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   Caminando en círculos | jueves, febrero 28, 2008
Podríamos decir que no nos sabe el café y que la caminada está diseñada para cansarnos. Asumo que las distancias entre nuestros cuerpos cuando caminamos (ella adelante o atrás o, en el mejor de los casos, adelantándose o atrasándose, según) están basadas en la órbita de mi bastón, chueco y jodido y notoriamente más rápido que yo. Siento cómo vibra cada imperfección del piso bajo mi pie izquierdo, mientras el derecho vaga sin rumbo, muy seguro de sí mismo, asumiendo que le puede arrancar un camino al viejo sancris. Mi pie derecho es un hacha enamorada de un árbol caído.

De pronto y cada cierto tiempo, las paredes nos gritan ¡qué viva la revolución!

De pronto y cada cierto tiempo, ella voltea y me pregunta ¿estás bien?

De pronto y cada cierto tiempo, una niña nos asalta para intentar vendernos lo imposible.

Notoriamente opuesto al bardo, mi cuerpo se empecina en seguirla y mi memoria le cuenta lo que sé de nada, de apenas unos rincones y su historia más bien reciente; cuando caían cadáveres de hombres, cuando se hacían esqueletos de mujeres, cuando venían los meros comandantes a decir que tal o cual cosa y que si iban o venían. Ella me escucha entre fascinada y vidente, con esa cualidad suya que tiene de ver con los ojos lo que escucha con las orejas; y la adivino escuchando, más que viendo, todo lo que le cuenta mi memoria. Luego se estira y se compra un muñeco de lazo, una falda de rojo y un anillo de cobre que perderá en dos días.

Tenemos que pararnos de pronto y cada cierto tiempo: yo me quedo viendo al cielo con desconsuelo y ella no termina de sentirse bien. El cuerpo nos cobra nuestros descuidos: el amorío de una bicicleta y la memoria de un año de viaje.

Se nota notoriamente que nada le da lo mismo, que todo le da igual, que nada de eso se contradice y que es por eso que aprende a seguirme el paso.

Se nota notoriamente que a ella le parece que todo aquí acaba siendo un taco. Que las salsas para turistas no pican, que Chiapas se sigue cayendo a pedazos como las ciento cincuenta veces que vine antes y que cuando se viene la noche hay que ir a dormir en un cuarto de hotel que nada le pide a una sala de tortura. Las luces de un bar no alcanzan para ligarse a nadie y nos vamos deseando otros cuerpos en nuestra cama, pero sabiéndonos más que suficientes, vastos.

Se nota notoriamente que los ojos se le enturbian cuando está harta de mí, aunque me insista en que nunca le pasa. Entonces los pies a mí se me hacen ojos, se me enturbian, se me entregan al dolor. Se me derraman en lágrimas y puedo finalmente caminar como los ríos mandan.

Y le lloro diciéndole que no puedo seguirle el paso. Escudada en mi altar de sombra, en un destino de café de grano, mi lentitud se siente niña, niña en sus brazos. Como esos niños mugrosos a los que se arrastra en medio del berrinche y el desconsuelo y que flotan como ángeles en medio de su cansancio rebelde. Ya no quiero caminar. Caminar es un trabajo de ángeles con dos piernas.

Ella me pide que duerma en el hueco de su cadera.

Y lo arregla todo diciéndome que siempre caminamos en círculos. Que somos inmensos, en la multitud de pasos que damos juntos.

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   Ítaca y una fractura | jueves, julio 05, 2007
Escribo esto desde el hospital Rubén Leñero, cama 16 del 3er piso, servicios de... mmmh. Olvidé el nombre. Ya. Ortopedia: sustantivo. Área de la medicina que se ocupa de los problemas del Orto.

El martes pasado rompí mi pierna en un accidente la mar de absurdo. Mi bicicleta, bautizada por la banda como "la sombra-luz" (por la famosa motocicleta del SubComandante Marcos), tuvo la brillante idea de derraparse conmigo arriba. Vi cómo se acercaba el piso de una forma inusualmente rápida, mi cara se estampó contra el piso, mi brazo izquierdo... y debajo de todo esto, mi pierna izquierda. Al principio, sólo tuve la extraña certeza de que algo no estaba bien. Una mujer muy amable acudió en mi auxilio; su primera declaración fue:

- No se mueva, joven, porque sonó muy feo.

Me encantó que fuera el sonido lo que definiera la preocupación de mi benefactora.

Hospital local, mucho dolor, preguntas absurdas todo el tiempo (nunca dije tantas veces mi nombre a tantos desconocidos en tan poco tiempo), sala de urgencias del Rubén Leñero, la definición misma de lo sórdido a mi alrededor. Todos muy amables, pero con esa frugal indiferencia por la miseria humana que, me imagino, debe ser una característica sine qua non si uno quiere vivir de eso.

Y bueno, ahora aquí, en una cama, la 16 del 3er piso, Ortopedia.

Fractura de Meseta Tibial tipo IV de Shalkter. Qué mierda significa eso, sólo los doctores lo saben. Lo que sé con certeza es que van a operarme. Tornillos, placas, dinero. No es buena idea, nunca, caerse y romperse un hueso.

Es como huir de Ítaca, escuchando el canto de las sirenas, y saber que a la vuelta de la esquina te espera el naufragio.

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   n'est pas un red light district | sábado, diciembre 23, 2006

los ojos se desvían. dios es un terrible hombre americano que viste una peluca roja y filma porno callejero. estoy cautivo y no lo estoy. me tiemblan las manos y el cable de la licuadora. los ejércitos avanzan victoriosos sobre sus propios cadáveres, sobre su propia ruina infinita. no hay esperanza ni libros de cocina. se calienta. se frota las tetas como influida por la propaganda de la temporada. navidad no llega a tiempo y no llega con pañales sucios del niño dios. se abraza a un fuego y a los discursos del gobernador. no pasa sino el estío. en el cono sur es verano ahora, y se joden con fruición las madres en desvíos paralelos. gracias a dios estamos horrorizados. gracias a dios estamos en guerra y en talento. no me digan, piensa, que la salida es dejar de hacerlo. no me digan, piensa, que la salida es la derrota o la jofaina de un vidriero. la escupidera de langston hughes. que yo sea esta mujer iluminada. que yo sea el recuento de sus poros, la sal de su sudor. que yo sea el advenimiento de otros siglos y la caída de otras horas. que nadie nade desnudo. que se borren la calle y la iluminación de fantasía. que se borren los cadalsos y los cuadros de edvard munch. esto grita más que un auto que se roban. esto grita más que cien fábricas de incienso. se quita la ropa interna y recuerda que su madre le habló de partes íntimas y de hervir la leche. que su perro ladraba a cada bicicleta y a cada hoja caída.

recuerda que cada vez que sus tetas se enfadan, cae nieve sobre ella.

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   La Biblia Gutemberg | sábado, diciembre 16, 2006
For he lives twice who can at once employ, The present well, and e’en the past enjoy.
Alexander Pope

Mi mano se desliza por el lomo de cuero del ejemplar. Palpita como si el horror interactuara con la vida; como si el horror pudiera cobrar vida en cualquier momento. Y me digo que han pasado demasiados años desde que vi este volumen por primera vez; demasiadas guerras, demasiados horrores que, de una u otra manera, me dicen que el volumen no ha estado en paz. Que ha hecho lo suyo de una u otra manera. Por lo menos, desde la última vez que me encontré con él.

Escucho sus pasos apresurados resonando en las paredes llenas de libros. De pronto me da la impresión de que esos pasos no tendrían que sonar de esa impúdica manera en un lugar como este, en una biblioteca ahíta de palabras, papel, memoria catalogada. Suenan como si estuvieran ocurriendo en un lugar vacío y no es un maldito cuarto lleno de libros. Pero tal vez, me explico, sea porque las palabras y el papel y la memoria no significan nada, sino vacío. El vacío aterrador de la humanidad que somos.

La miro virar hacia el pasillo donde me encuentro, el volumen transpirando en mis manos como si fuera un pene delirante.



Viste con su inocencia de siempre, con el desparpajo de una niña, como si acabara de levantarse. Siempre parece que acaba de levantarse, salvo cuando acaba de levantarse. Lo cierto es que nunca la he visto levantarse, porque nunca me he acostado con ella. El pene-libro se agita ante la idea, triste.

Al verme, sonríe.

- ¿Estás cien por ciento seguro que es el bueno? -me pregunta, mirando mi mano llena de libro con esa curiosidad enferma que demostró desde que le hablé de él.

- Muy seguro. No hace falta más que ver el encuadernado para saberlo.

Arroja sus manos sobre el libro pero antes de tocarlo se detiene, como recordando las historias que le he contado y, si éstas son ciertas, el material del cual está fabricado el forro del libro. Luego de un segundo de dudas, toma el volumen con la reverencia que su mente le dicta para el caso y le da la vuelta para mirar la portada.

- Increíble -musita; y no acierto a decir si lo dice conmovida, asqueada, horrorizada o excitada sexualmente.

- Sencillamente inverosímil.

- Lo sé. Como puedes ver, la piel parece tratada con algún tipo de proceso químico que le permite conservar cierta lozanía. casi como cualquier otra encuadernación en cuero, sólo que esta, dadas las particularidades del material, debería estar mucho más ajada.

Ella voltea a mis ojos y me escruta con atención.

- Déjate de mamadas y dime, ¿es realmente el mismo? ¿Cómo puedes saberlo? Podría haber cientos de ejemplares exactamente iguales a este, tal vez miles, y podrías no saberlo.

Me sonrío. Su carencia de rigor es realmente hilarante, particularmente porque es una persona brillante. A veces cuesta trabajo imaginarse a una persona brillante y no rigurosa. Como quiera que sea, alcanzo el libro y, sin quitarlo de sus manos (un poco por el horror palpitante que me da tocarlo, pero otro poco porque es un gesto muy de "maestro paciente"), le doy la vuelta.

- Es poco probable lo de "miles de ejemplares". Imagínate: si hubieran hecho miles de ejemplares, tendría que haber algún registro que diera cuenta del hecho; no podrían haberlo hecho sin que nadie notara nada. Además, casi por regla general, cuando se tiran miles de ejemplares se necesita tener algún tipo de control, particularmente en este tipo de libro hecho "ex-profeso". Sin duda, tendría alguna forma de control de tiraje y bibliográfico, además de algún tipo de registro de distribución. Y, como observarás, ni siquiera tiene colofón. Si asumimos como cierta la antigüedad de este libro, debemos recordar que en la época experimental de la imprenta nadie se imaginaba que el colofón sería necesario. Esa es una putada de la producción en masa. Además, está el hecho de que este libro está marcado -agrego, señalando en la cuarta de forros, casi con placer, la marca a la que me refiero.

Ella parpadea y deja caer, obscenamente, un dedo sobre la marca. Cuenta "uno, dos, tres" como una adolescente que contara a sus novios. Saborea el tacto de aquello en sus manos, y me pregunto si no será capaz de sentir el pulso que aquel libro despide, el ritmo de un corazón muerto hace siglos, el espanto de ser lo que es.

- Dios santo -balbucea, y se cala los lentes en la nariz con el dedo-. Esto es absolutamente inaudito. Tres lunares.

De pronto, su rostro palidece. Parece que en segundos todas mis referencias al libro, las cosas que le he contado, han cobrado la calidad de "real" en su cabeza. Se percata -pienso, como una adolescente que descubre que el sida existe frente a la visión de su sarcoma en el espejo-, de que las cosas que le he dicho que hace ese libro son ciertas y posibles para ella. Recuerdo con una sonrisa a medias que la primera vez que llegué (debería decir "regresé") a Europa y bajé del avión lo primero que pensé fue: bueno, esta mierda existe y no es nada del otro mundo. Como si algún día, en mi largo pasado y en un afán de Santo Tomás, hubiera decidido no creer en nada que no fuera pisado por mis pies. Y como si mi mente, de vez en vez, quisiera negar el profundo y antiguo conocimiento que tengo sobre Europa.

- Cabrón -escucho que murmura-. Cabrón, cabrón -. Su mano dubitativa se atreve a abrir el libro, cualquier página parece ser suficiente. Los ojos se desvían de un lado a otro, y sé que los va a reconocer, porque mi mente reconoce que ella sabe de eso mucho más que yo (aún cuando "eso" esté tan íntimamente ligado con mi persona). Y porque además, para cualquier ojo educado sería obvio.

Su rostro se ilumina en una mezcla de horror definitivo y de placer en duda.

- Cabrón, no mames, estos son caracteres Gutemberg.

Siento el brutal repique de las campanas de una iglesia cercana. Rompiendo el silencio de la biblioteca, amenazando con su absurdo llamado el momento perfecto que ella, yo y el libro hemos construido. Pero no ocurre. Sus oídos parecen ahora completamente ajenos e indiferentes a cualquier llamado de Dios. Mejor así. Los dedos de ella comienzan una caricia mas decidida sobre el volumen, le dan la vuelta, recuentan los lunares en la cuarta y luego, decididos, se dan el lujo de volver a la portada y de acariciar los pezones, el breve y asqueroso vello que aún queda en el pecho, se deslizan temerarios sobre el pedazo de estómago como si se dirigieran al ombligo ausente, o más abajo. La miro y pienso que sus ojos tienen algo de expectante, algo de lúbrico, y descubro en mi mente el recuerdo de esa misma sensación, la primera vez que estuve a solas con el libro terminado y pude corroborar con el tacto la brutal realidad de su manufactura: esa mezcla inaudita de un asco profundo, de una sensación de miedo absoluto, y su danzarina mezcla con un erotismo primitivo. Supongo que cuando fui capaz de sentir ese gozo subrepticio debí saber también que estaba perfectamente dispuesto a sucumbir a las promesas de ese libro. Y a su costo.

Estaba dispuesto casi a olvidar que mis manos tenían una relación íntima con ese libro. Con su material. Fui capaz, digamos, de verlo como la obra de otro.

- Me cago en la puta -larga ella, cuando termina de acariciar el libro con su reverencia lúbrica, si eso es posible-. Tienes razón; miles de ejemplares habrían significado una matanza de la que habría registro. Si hubiera más, claro, cada ejemplar sería único. Sería extraordinario, por ejemplo, si hubiera un ejemplar fabricado con el pecho de una mujer. Eso sí que sería cachondo.

Me distraigo mirando los brillos de su cabello contra la escasa luz que penetra por los altos ventanales de la biblioteca. Sus ojos comienzan a parecer demasiado brillantes, demasiado desubicados, demasiado llenos de preguntas. Me reconozco en esos ojos y reconozco los primeros efectos del libro en su mirada, en la tez que comienza a palidecer, como si la enfermedad comenzara a coquetear en sus mejillas.

- Bueno, recordemos que el único ejemplar, por lo menos el único ejemplar público, de la biblia Gutemberg, el de la biblioteca pública de Nueva York, demuestra que cada espécimen mostraba no sólo modificaciones menores en la tipia, sino grandes modificaciones en el diseño de...

- No, espera -acota ella-, está otro ejemplar en la colección de la biblioteca pública de Burgos.

- Sí, pero ese está hecho con los 290 tipos que Gutemberg mandó hacer posteriores a la primera impresión. Los caracteres unidos -le respondo, señalando con un dedo frío el interior del volumen.

- Cabrón, tienes razón -respinga ella, abriendo brevemente el libro y observando con ojos vidriosos otra página cualquiera-. Estaba a punto de decirte que este podría ser una edición de Fust y Schöffer -me muevo incómodo, como si me hubieran clavado una aguja en el pie; pero ella no lo nota-, o incluso posterior; pero este libro tiene que haber sido hecho con los caracteres originales, los del ejemplar de Nueva York de la otra biblia. No están unidos y son mucho mas rudimentarios.

Claro, pienso ante su mención de "la otra biblia"; imagínate que pudieras comprobar que el primer libro impreso en el mundo, por el padre mismo de la imprenta, no fue la estúpida biblia. Imagínate demostrar que la primera biblia impresa en el mundo -el primer libro, además- no fue la biblia de dios sino la biblia del diablo.

Pero luego me pregunto si vale la pena demostrar nada. Si vale la pena reescribir la historia y demostrar que ésta no es la historia de dios, sino la del caos. Como si alguien pudiera hoy no saberlo. Como si el hecho mismo de que este libro aparezca de vez en vez en mi vida (en la vida de cualquiera) para permitirme inducir al error a alguien (una estudiante pedorra en una biblioteca de Madrid, o un obrero en México, o un quien sea en el lugar que sea), como si esa persecución no fuera, decía, un prueba de que la historia no importa si no le permitimos afectar el presente, jugar con él, amenazarlo de alguna manera.

Entonces, recuerdo mi propia carga de amenaza.

- Y bueno, ¿qué piensas?

Largo la pregunta como si fuera casual, pero en mi mente se cierne la promesa, por llamarla de alguna forma, que tengo que cumplir. El voto que garantiza mi permanencia en el mundo. Inducir a error, le llama él, con una elegancia monacal que honestamente siempre me ha parecido fuera de lugar. Pero vale, pienso; inducir a error. Para él ni siquiera es necesario que el rito se complete. Ni siquiera le interesa tener un ejército de seres como yo, inductores del error. Le basta con una simple frase y me perdona la vida. Le basta con que se complete la seducción, el error, la idea de que es posible. Le basta con esa mirada perdida que veo en ella ahora, con ese sudor en la frente, con ese momento culminante al que ella está a punto de llegar, cuando toda noción de bien y de rectitud se desvanecen ante la promesa de que ese libro, esa biblia del diablo, ese libro impreso por el mismísimo Gutemberg -que tal vez, además, sea el primer libro impreso en el mundo-, te puede hacer capaz de infringir todo orden natural, toda ley de dios. Con eso basta. Con que esa persona, en nombre de la humanidad toda, reconozca que el orden divino es una carga y que, ante la posibilidad, la humanidad es capaz de aceptar otro orden sustituto.

- Pienso -dice ella, muy bajo, con voz de niña, de niña seducida-, que lo voy a usar.

Y sí, con eso basta. Lo siento en todo el cuerpo. En todo el antiguo, el antiquísimo cuerpo que soy. Ese cuerpo que inventó la imprenta, que la perdió por deudas (esos hijos de puta de Fust y Schöffer), pero que ganó su pretensión de inmortalidad gracias a un libro que parecía una broma y que le pidieron encuadernar con la piel del pecho de un desgraciado al que nunca le vio el rostro. Este yo que soy, este cuerpo viejo y con apariencia de joven, que pretende olvidar que nació en Europa y que Europa existe. Ese cuerpo que sabe que esa biblia del diablo es realmente el primer libro que se imprimió en el mundo.

Pero tanto da. Tengo tiempo. A veces quisiera no haber dejado atrás hace tanto mi oficio de impresor. A veces quisiera no haber aceptado este pacto que me hace un inductor al error.

Pero tengo tiempo. Tiempo para seguir siendo la bestia que soy.

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   Utilizado | viernes, diciembre 08, 2006
Y bueno, recuperé la alquimia en poco menos que un parpadeo. Me dejé llevar de la mano de una síncopa (que no son cinco gordas borrachas haciendo eses por el camino), me dejé marcar el ritmo por una canción reciclada de los stones. Se me apareció jesús el cristo y me ofreció una botella de medicina (similar) con la fecha de caducidad vencida hace 30 siglos. La recibí por no dejar. Uno hace ese tipo de cosas cuando va vestido a medias de impudicia y levedad.

Pero recuperé la alquimia. Como un regaño de Rimbaud el salvaje. Me asomé de nuevo a un par de tetas (nada del otro mundo, apenas las tetas de la prima de un amigo, que de casualidad tuvo que manejar para llevarme a mí y a los cofrades a un antro de mala muerte para tocar una música de peor muerte). Pero le chupé la cara, el cuello, le saqué a pasear las tetas y me asomé a ellas como en tono de herejía. También se las chupé, claro está, porque uno no saca a pasear a un par de tetas para no llenarlas de saliva y de brillos de noche fría. Me encanta el invierno, porque las tetas se ponen duras y altivas y no tiene uno que hacer el más mínimo esfuerzo para conseguirlo. Basta con sacarlas y ellas solas se conmueven.

Luego, ella me chupó la verga, pero eso es otra historia. También intentó meterme un dedo en el culo, pero la posición no ayudaba y, además, esa es también otra historia. La historia que es esta es la de su lengua enredada en mi boca, la de nuestros cuerpos temblando de frío y de olor a madera en el asiento de su auto (me encanta la noción de que en este lance yo no puse nada sino cuerpo; nada era mío, y pienso ahora que tal vez ni siquiera mi cuerpo). La historia bajó de la idea del cielo a la idea del asiento delantero de un auto viejo. Incómodo como un ataúd pero efectivo para mirarnos a los ojos y mandar a la chingada la decencia. Ella a veces se asomaba a mirar si no venía la poli, afligida por sus tetas, pero luego regresaba a lo suyo íntima, despreocupada, criminal. Yo pensaba "en esta ciudad no hay polis". Pero luego pensé que, en su desatino, podrían incluso materializarse ahí para joder esta historia de tetas, sólo porque sí, sólo porque les gusta joderlo todo.

Al final, me enfrenté al frío y me despedí de ella y de su auto (últimamente ando en la onda de ser estrictamente agradecido). Y entonces ella, aún con rastros de mi saliva en la cara y de otras sustancias más subrepticias me hizo la pregunta más hermosa que nadie me ha hecho después de hechos semejantes:

"Eh... ¿cómo te llamas?"

No podía estallar en el frío de las dos y media de la mañana en carcajadas (podía alterar el orden de la noche, las masturbaciones de las adolescentes, los crímenes que se estuvieran cometiendo). Pero lo hubiera hecho de buena gana.

Me llamo Fibra Óptica.

Y me siento divinamente utilizado.

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   la camarera fantasma | viernes, diciembre 01, 2006

17 horas de amalgama. apostólica variante de la vocación suicida. la camarera fantasma dispone de apenas segundos para cambiar de oficio, para pasar de puta artera a vientre estival. se dispone en velocidad y artificio. en su mente suenan los juegos artificiales de la infancia, la muñeca que imitaba a una negra de la era postindustrial, la caravana del mundo que no prevee su caída.

hagamos la cuenta, piensa, y no es que no valga la pena estar bien muerta.

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   Go fuck yourself with your atomb bomb | jueves, noviembre 30, 2006
Go fuck yourself with your atom bomb...
Allen Ginsberg/America

No se mueve, como si su inmovilidad fuera la línea sangrienta que subraya la sinrazón. Pienso luego que sinrazón es un término que suena demasiado cantarín si lo uso para referirime a la nímia cosa a la que pretendo referirme: salgo del palacio de bellas artes luego de haber visto una exposición anódina de un tipo que piensa que es tan talentoso que tiene el elevado deber de dejárselo saber al mundo. Salen conmigo a la noche frugal de la ciudad de México un ejército de modelos vistiendo ropa para modelos que fueron a exhibir su sensibilidad en la expo de marras (y bueno, yo estoy allí por mero accidente, más por un afán de amor que por un afán de espíritu sensible... y me pregunto si no serán lo mismo). Y de pronto, como salidos de la nada de su mente, dos grupos de muchachos se aposentan en la explanada de mármol, ataviados ofensivamente con las playeras de sus respectivos equipos de fútbol. Si no fueran las diez de la noche en este lado del mundo sería hasta gracioso; pero cobijados en la penumbra les cae encima un carácter siniestro que anticipa su estupidez. Ambos grupos comienzan a imprecarse por la improbable razón de que unos le van a las chivas y otros a las águilas. Me imagino que en el zoológico de nuestra historia esa no es más que otra guerra de consecuencia incuestionable. De pronto, con su afán subrepticio, comienza la violencia. Se gritan cosas sobre sus madres, sobre sus hijos, sobre toda progenie habida y venidera. Se retan tocándose las entrepiernas como si se retaran a coger sin contemplaciones. Los golpes, la sangre, hacen retroceder a los sensibles y se toman la molestia vulgar de empujarse de regreso al palacio, déjando un álito de perfume caro y miedo ramplón. En el espacio que se abre, veo que un grupo de quince o así está pateando en el piso a un crío que no pasa de los dieciséis; me pregunto si la relación numérica es una metáfora o un desatinado símbolo consecuencia de su cercanía con el estúpido palacio. Lo brutalizan con saña, le quitan los zapatos, le roban una pequeña bolsa de tela que cuelga de su cintura, aspirando en su odio a que en la bolsa vayan envueltos todos sus recuerdos, las monedas que le llevarían a casa, la foto de su novia de la secundaria y un poema borroneado que habla de su equipo de fútbol. En el otro extremo de la escena, los modelos se atiborran contra la puerta y voltean sin querer voltear, se quejan de la inseguridad de la ciudad, se alarman inmóviles. Los quince dejan al chico y corren; miro que pasan frente a un carro de la policía que, impasible, parece obstinado en evitar que los dos policías gordos que se encuentran dentro de él se bajen y hagan algo. Y entonces, en la quietud, el cuerpo tendido del niño comienza a cantar largas notas de silencio e inmovilidad.

No se mueve. Nada en él se mueve. Ni siquiera el color amarillo de su pecho, que tan caro le ha cobrado hoy su devoción.

Tres o cuatro almas sensibles se acercan y le miran sin tocarlo. Se horrorizan ante su estático dolor. Se corre la voz en palacio: el chico ha muerto. Alcanza para que una chica rubia de bellísimos ojos azules se siente derrotada en los escalones y se queje inarticulada y llorosamente de la inmovilidad de todos, de la indiferencia, de las carencias estructurales del país, de su propio horror, de la llegada del hombre a la luna. Su cabello lacio se arremolina en su cara como en homenaje a su beatitud. La chica invoca a dios y pienso sí, dios es esto, este chico tirado en la calle, hipotéticamente muerto, con una playera de su equipo de fútbol favorito.

Dios responde. El chico comienza a moverse y estira un brazo frente a su cara, como protegiéndose aún del horror. Algunos de su grupo regresan y comienzan a levantarlo. Nadie grita anunciando el milagro. El chico se abraza a sus amigos y comienza un intento infructuoso para mover las piernas. Los minutos pasan y logra articular un paso, luego otro, y se va caminando como un mártir del fútbol rumbo al partido, que es mañana, supongo.

Y me pregunto dónde está la gracia. Me pregunto en qué consiste el milagro. ¿En la chica rubia y su plegaria, en el viento del norte que agitaba sus cabellos, en el impasible espanto de lxs modelxs, en sus nalgas perfectas y sus sonrisas sin sexo oral, en la caída de dios sobre las porras deportivas, en que el chico podrá ir al clásico de clásicos?

A veces me imagino que, en su estupidez, la historia del mundo es como una bomba atómica explotando todo el tiempo. La vibra infalible de la muerte en cada uno de los que aspiramos a vivir.

Y hoy, más que nunca, odio el fútbol.

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   Asomo de cordura | lunes, octubre 09, 2006
- No lo entiendo -dice ella, mientras la liga en su pierna derecha se asoma bajo la falda, como insinuando que ella tampoco entiende.

- Lo que es cierto es que no puedo darte una "razón objetiva". Mierda, ni siquiera creo en eso de las "razones objetivas". Es un puto absolutismo jodido eso de las razones objetivas. Se tiene que asumir como un dogma de fé que existe, en algún lugar, una especie de biblia de las razones; un lugar de referencia que diga "estas son todas las pinches razones que compartimos todos los seres humanos y que somos capaces de aceptar. Todo lo demás es subjetivo".

- No te compliques, chale. Dime sólo porqué chingados te interesa tanto la política -sus piernas se abren ligeramente y la falda sube un centímetro más. Todo en sus muslos es liga, red, color negro. Y arriba, un asomo de braga que no es un asomo de cordura.

La cama rechina ante sus movimientos. Mueve el culo de pronto incómoda, como si de cierta forma mi negativa a responder "objetivamente" le produjera una sensación de decepción o de amargura. Se mira las rodillas enredadas y juguetea con un minúsculo moño negro que corona majaderamente su liga derecha.

- Mira -le digo, y mis dedos se dirigen al majadero moño negro y se enlazan con los suyos, adquiriendo un ritmo que pretende ser consuelo pero que aspira a llegar a masaje lúbrico-. Suponiendo que existieran las razones objetivas y asumiendo entonces que soy capaz de enunciar alguna de manera más o menos coherente, te diría que la única razón para interesarse en política es que es uno un pendejo al que le gusta vivir con la cara en la mierda.

- Amo cuando dices mierda.

Sus piernas entonces se abren como si dijeran que entienden todo, o que entender no importa, o que no importa por lo menos en este momento. Y pienso en que cuando me digo que hay que pensar en la construcción de un futuro, cuando pienso en la justicia, cuando pienso en que otro mundo es posible, también me digo que hay que pensar en ese calor que se insinúa en mis dedos, ahora convencidos en recorrer el camino hacia el asomo de bragas,

que no es un asomo de cordura.







Ilustraciones y sketches por stuntkid.

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   Sheena is a Punk Rocker | lunes, septiembre 18, 2006
Adrian se acerca a Joe vistiendo su chamarra de cuero. En este momento de la historia, las únicas personas que visten chamarras de cuero en Nueva York son los veteranos de guerra, los motoristas, algunos tipos que bailan con Adrian en el bar Anvil (un lugar de reunión gay de Manhattan) y Los Ramones.

Por cierto, pienso, los amigos de Adrian que bailan en el bar gay y que usan chamarras de cuero serán algunos años después conocidos como The Village People.

Así que las primeras palabras de Joe a Adrian son:

-¿Porqué traes chamarra de cuero? ¿Estás intentando parecerte a nosotros?- Joe es especialmente hostil con las personas a las que acaba de conocer; digamos, en esa predisposición malandrina de "no sé quién eres, pero asumo que podrías caerme mal".

Adrian no responde pero escucha en su mente la última y no tan lejana conversación que sostuvo con Andy Warhol: "¿No te importa ser el chico guapo, verdad Adrian?", le preguntó Andy con esa pequeña voz suya, que siempre le hacía parecer como una bailarina monstruosa a punto de romperse. "No, no me molesta", respondió Adrian, alejándose con la mano el flequillo de los ojos. "Alguien tiene que ser el chico guapo, de otra manera no habría chicos guapos en absoluto".

Joe baja la mano que sostiene su cerveza barata y le propone al chico -que le acaba de decir que está interesado en filmar películas y que le ha jalado el dolly a Lloyd M. Williams- que filme alguna vez un video para él y su banda, The Ramones. Adrian le asiente entusiasmado y ese puro gesto le conmueve de tal suerte que, rudo o no, Joe pasa semanas pensando en el pequeño chico gay que acaba de conocer.

Algunas semanas después -en las que Adrian no ha dejado de ir al CBGB para mirar embelezado a la banda que, hipotéticamente, va a filmar-, The Ramones reciben una notificación legal de que serán demandados por la Carbona Company (especializada en la manufactura de un mejurje para limpiar estaño) si sacan en la edición americana de su disco Leave Home la canción "Carbona Nor Glue". Encabronadísimo, Joe pasa algunas horas pensando en un tema que pueda sustituir a la rola amenazada y descubre, antes de subir a escena en el CBGB, a Adrian, con su chamarra de cuero, su fleco y sus profundos ojos gays, mirándole con devoción desde la primera fila.

Esa noche, The Ramones escriben uno de sus mayores hits, un perfecto himno a la libertad y al libertinaje: "Sheena is a Punk Rocker", que habla acerca de su guapísimo, gay y adolescente nuevo amigo, Adrian Salsgiver.

Un poco a manera de recompensa, ese mismo año Adrian hace de camara man en una tocada en el CBGB, filmando a The Ramones en una secuencia que sería tomada para el documental Ken Burn's Rock-and-Roll: The History of Rock and Roll in Five Episodes.

Adrian, entonces, decide que puede aprender a mirar el futuro. Tal vez sepa que es ya de por sí parte de una historia más grande que sus ojos, su belleza o su sonrisa. Adrian es una Punk Rocker.
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Adrian Salsgiver sigue siendo, hoy por hoy, uno de los principales promotores del legado de The Ramones en el mundo, además de un importantísimo activista gay y un genial director de cortometrajes. Es republicano, lo cual no es de extrañarse pensando en las peculiares preferencias políticas de la mayoría de los Ramones. Es además uno de los pocos punk rockers del mundo que afirma haber hablado con Dios. De esas conversaciones salió el script de su corto Rainbow's Child.

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   Anular a Dios | jueves, septiembre 14, 2006
-¿Y cómo anular a Dios? -me pregunta ella en un arrebato de insolencia. Asumo que dios está anulado en su falta de ternura, en su falta de orgasmos y de fines de semana. Asumo que dios se anula de envidia ante dos lesbianas dándose lengua en un 69 perfecto, asumo que se muere de pura impotencia cada que mi madre se sube a un camión a medio día. Asumo que dios tiembla de odio cuando te acaricio la mejilla, cuando te miro el trasero altivo en tus jeans baratos. Dios se infla de guerra y de muerte cuando mi hija comete el innombrable pecado de sonreír.

Y si dios no hace eso, entonces no podría concebirlo.

Dios es el mapa de un tesoro enterrado en nuestra entrepierna.

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   la revuelta | martes, julio 04, 2006
qué se extiende en mi tiempo, pregunta leticia a mi oído. qué se apremia en mi premura o se duele en mi dolencia. qué se anuncia en mi ventana tapiada. qué se pregunta en mi ausencia de signos de interrogación. qué se queja en mi derrumbe, se desquebraja en mi naufragio, se sabe a sarro en mis dientes sucios.

cómo no estar en contra. cómo no imaginarse con un arma en la calle. cómo no patear algunos traseros con la rabia de estos días grises. cómo no desear la amalgama del disturbio y la indecencia. cómo no desear la calle como una ironía de años en su ausencia. cómo no desear los tesoros de las niñas, las sombras de los santos, el pase de prensa de dios.

cómo no ser hoy de la calle... como siempre. laguidecemos en la equidad de nuestra injuria. languidecemos como enfermos de sueño, como comunistas terminales. languidecemos como la fibra de una silla vieja, como la materia gris de un cura.

qué se extiende en mi tiempo, pregunta leticia.

la revuelta, le digo. y le sonrío.

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terminal disease

encontré entre mis fotos viejas esta. un cartel de Nostalghia, de Andrei Tarkovski. La peli más influyente en mi vida.

Nostalghia

por supuesto, habla de un loco y un hombre que se vuelve loco con él. una mujer que no quiere volverse loca. y el fin del mundo. erland josephson es por mucho uno de los mejores actores en la historia de cine. hay que verla.

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   | domingo, mayo 22, 2005
la chica voltea y me dice que el vino es una mierda.

nunca tomaría la sangre de nadie entre los dientes, nunca masticaría para sí el infortunio de nadie, nunca llamaría sexo a eso tan raro entre sus piernas y nunca sacaría las manos por la ventana de un auto en movimiento.

la botella se resiste. no tenemos sacacorchos. un error mínimo y vital. mortal.

guerras nos estallan en la cara, como pequeñas explosiones de luz. que no nos venzan. que no nos vendan. que los tímidos resabios de nuestro amor se pierdan, que se incendie en nosotros el arrebato, que la duda se ahorque con un listón de niña, que nuestra desnudez sea ofensiva y tierna y falaz.

que se convierta en mi religión, que sus nalgas me pidan devoción, que sus tetas se amarren y se retuerzan y que les resulte divertido azorarse como vírgenes. como un equipo de fútbol de pequeños crucifijos. que nunca pase el tiempo sin que lo digamos... "ha pasado en tiempo".

me invoco en el recuerdo de sus ojos. me sorprendo acariciando su cabello apenas se aparece borrosa en mi memoria. me sorprendo necesitándola y me reprendo con destellos, con furias de niño, con artimañas de monje lujurioso. me saco el látigo y el látex y me inmolo en dos parpadeos: la luz y el misterio de no saber aún cuando lo sé de antemano. sangre corre. sangre se imagina en mí.

me imagino que no tengo ni dios, ni coartada, ni imagen de mí mismo. cuánta muerte, me digo.

y me gusta oler su pubis mientras duerme.

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   Crucifijo en la pared | domingo, enero 16, 2005
Se acerca a mí con la parsimonia de una niña, con la mirada lánguida de una muerta. Me dice que la derrota es mía como las horas que paso contemplando mi derrota. Sus manos son todo dedos y todo anillos de compromiso. Esta es una mala jugada, una perrada de no sé qué narrador omnisciente que me pretende como personaje. Esta es una habitación en el centro de cualquier lado, o mejor, en el centro de ninguno. Ojalá fuera la tuya, le digo a alguien en mi mente, y sus labios que chasquean me devuelven a mi mundo.

Observo sus manos, desnudas como el resto de su cuerpo. Las uñas son como largas comisuras de labios chorreando sangre o semen o exceso o velamen. Chorreando la vocación de noche de los vampiros. Hay algo en todo esto que me hace sentir como muerto, o como con ganas de estarlo, como con ese impulso que lo niega todo, que lo desdice todo, que cuestiona hasta el suicidio, hasta el hartazgo.

Suicida me rindo a su mirada. Sus ojos se asoman desde el fondo de una calavera que no es la suya; sus ojos me recuerdan que hace unos segundos le miré las tetas y me vino a la mente la idea de que eran estrábicas. Los pezones apuntando para lados distintos, como enloquecidos por el tedio de colgar en espera de un orgasmo que los sacuda. Y nada, me imagino, nada que llega. Los orgamos son como flores cortadas para un ramo que se muere.

Muérete de una puta vez, me digo. Ríndete al miedo.

No soporto ser todo lo feo que soy. Cuando me miro en su mirada quisiera no verme o verme sin saber que soy yo mismo lo que veo. Quisiera no tener esa compleja certeza del "yo mismo". Quisiera no retratar como retrato, en sus ojos o en los de cualquiera. Soy esa clase de monstruo que mira sus álbumes de fotos sólo para avergonzarse. Me avergüenzo de mis ojos de loco y de mi cabello mundano y de mis brazos largos y tediosos y de mi torso de niño y de mis piernas imposibles y de mi trasero inexistente y de mis labios de rumbera y de mi sonrisa que nunca se concreta.

Ella me cobija como a un niño. Ella es la única que sabe, o que intuye, lo frágil que es mi pensamiento. Ella sabe que me odio y me proteje al demostrarme que puede odiarme más.

Sus manos hacen que me dé cuenta de que la única imagen que tengo de mí mismo es la de un crucificado. La de una tortura inmensa. La de un dolor inconcebible.

¿Es esta la vocación de los cobardes?, le pregunto. Ella sólo retuerce su torso conta el mío, tetas bizcas contra mi corazón borroso, y hace ruidos que invocan la ternura.

Te amo, le digo. Desde el primer instante en que te ví.

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   velorio | sábado, noviembre 20, 2004
miro por una pequeña ventana. los ojos de mi hija o los del diablo. para el caso es lo mismo, o trágicamente lo mismo. la luz es tenue y tiene ese olor a manzana podrida que es tenue igual. miro y me pregunto, con la ingenuidad de un niño. no obtengo respuesta y, sin embargo, me siento invadido de respuestas.

- llegó la pizza -dice ella con la voz apagada de tequila, medio colgante, medio babeante. imagino una palabra colgando de sus labios. quiero vomitar. el baño es una bruma distante y se ríe de mí.

los ojos de mi hija parpadean con una intensidad siniestra. imagino el mundo como un estrobo infernal en sus pupilas; ya de por sí confuso, el mundo debe ser poco menos que de muerte con esa mirada intermitente.

zapatos de tacón y medias negras: no necesita nada más.

- pizza al hotel, tremendamente original.

la miro en su desnudez de clave morse. sé que la odio y que odio verla con los ojos de mi hija, o del diablo, para el caso es lo mismo. recuerdo entrar en el antro y subir esas escaleras difíciles, demasiado empinadas, demasiado hacia arriba. quiero bajar, quiero bajar. me abordan dos putas y me dicen que vaya a la mesa a recibir mi tarjeta de descuento. y tres pedazos de mierda. llega el mesero y sirve, con toda la iniciativa del buen ladrón, tres copas. 10 dólares. no toco la mía, ellas no tocan las suyas. me dice que la tarjeta de descuento me permitirá desvirgar tres niñas o lamerle el culo a la virgen maría, lo que prefiera. llega el mesero y sustituye las tres bebidas intactas por otras tres, distinto color, tan intactas como las otras, tan vírgenes como yo.

- los gringos están atacando a la resistencia iraquí.

televisión en los hoteles. soledad, demasiada soledad, demasiado de ese afán por mirarse a uno mismo en un vacío de colores. tres nuevas bebidas y ahora cuestan 20 dólares. debe ser que la tintura para alcanzar el nuevo color es mucho más cara, difícil de conseguir o que posee propiedades analgésicas o semánticas irrepetibles. nadie toca las bebidas; por mi parte, entendí pronto que no importaba la bebida sino importaban los dólares; joder, no hay problema. puedo morir sin dólares, pero tanto da. una de ellas me soba la entrepierna y me da un teléfono que finjo memorizar: puta mala, infiel, y el teléfono que me invita a su negocio personal, aquí te van a sacar tu dinero, pero si vienes conmigo te daré el mejor servicio, y me dice cosas estúpidas sobre su incipiente debilidad por mí.

- es increíble -me dice ella, sentada en la cama, la pierna cruzada que no alcanza a evitar que el vello púbico salte entre sus muslo gordos. echo un vistazo: un par de negros le hacen una doble penetración a una chica especialmente petite. no, no es increíble; es sólo una farsa, que no te exige creer. la pizza se enfría. todo se enfría a mi alrededor.

las bebidas son sustituidas, la mesa brinca ante el tamaño descomunal del mesero, que comienza a mirarme amenazante cuando mira que se acaban los dólares en mi cartera. aún así, se aventura y sustituye las tres bebidas intactas del color bendito por una cubeta con una botella y tres copas y 30 dólares de pormedio. siento que me están jodiendo, pero recuerdo que estoy de todos modos bien jodido. disfrútalo: la puta mala te soba la entrepierna y afuera nadie te espera.

ella termina un pedazo de pizza; se limpia la boca con la mano, en un gesto que no puedo evitar etiquetar como "francés". miro sus piernas que se abren sutilmente, muslos gordos que quieren ver el cielo. está cayendo la resistencia iraquí, pero eso era de esperarse. ¿Faluja? ¿Faluya? tanto da. preferiría quedar ciego ante esto como ante todo; no aceptar los ojos de mi hija, o los del diablo, para el caso es lo mismo.

-te amo -le digo.

y en esa frase me reconozco. y esa frase la digo porque sí.

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   | jueves, marzo 11, 2004
- ¿quieres morir conmigo? -le pregunto cada vez que la veo.
y ella responde con una sonrisa impávida, como de niña a la que el pervertido le enseña el horror y sólo le provoca indiferencia.
- ¿de cuántas muertes seré capaz? -me pregunto entonces. y ella me responde que de ninguna que le interese. me responde con el alzar de hombros de la niña, con la indiferencia de la mujer, con la maldad de la bruja, con el deseo de la puta.
porque, al final de esta historia, yo sabré que nada cambia si yo muero. y que todo cambia si ella me sonríe, un día, con deseo.

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   | viernes, agosto 01, 2003
estaba muriendo hoy. de puro aburrimiento.

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