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   Caminando en círculos | jueves, febrero 28, 2008
Podríamos decir que no nos sabe el café y que la caminada está diseñada para cansarnos. Asumo que las distancias entre nuestros cuerpos cuando caminamos (ella adelante o atrás o, en el mejor de los casos, adelantándose o atrasándose, según) están basadas en la órbita de mi bastón, chueco y jodido y notoriamente más rápido que yo. Siento cómo vibra cada imperfección del piso bajo mi pie izquierdo, mientras el derecho vaga sin rumbo, muy seguro de sí mismo, asumiendo que le puede arrancar un camino al viejo sancris. Mi pie derecho es un hacha enamorada de un árbol caído.

De pronto y cada cierto tiempo, las paredes nos gritan ¡qué viva la revolución!

De pronto y cada cierto tiempo, ella voltea y me pregunta ¿estás bien?

De pronto y cada cierto tiempo, una niña nos asalta para intentar vendernos lo imposible.

Notoriamente opuesto al bardo, mi cuerpo se empecina en seguirla y mi memoria le cuenta lo que sé de nada, de apenas unos rincones y su historia más bien reciente; cuando caían cadáveres de hombres, cuando se hacían esqueletos de mujeres, cuando venían los meros comandantes a decir que tal o cual cosa y que si iban o venían. Ella me escucha entre fascinada y vidente, con esa cualidad suya que tiene de ver con los ojos lo que escucha con las orejas; y la adivino escuchando, más que viendo, todo lo que le cuenta mi memoria. Luego se estira y se compra un muñeco de lazo, una falda de rojo y un anillo de cobre que perderá en dos días.

Tenemos que pararnos de pronto y cada cierto tiempo: yo me quedo viendo al cielo con desconsuelo y ella no termina de sentirse bien. El cuerpo nos cobra nuestros descuidos: el amorío de una bicicleta y la memoria de un año de viaje.

Se nota notoriamente que nada le da lo mismo, que todo le da igual, que nada de eso se contradice y que es por eso que aprende a seguirme el paso.

Se nota notoriamente que a ella le parece que todo aquí acaba siendo un taco. Que las salsas para turistas no pican, que Chiapas se sigue cayendo a pedazos como las ciento cincuenta veces que vine antes y que cuando se viene la noche hay que ir a dormir en un cuarto de hotel que nada le pide a una sala de tortura. Las luces de un bar no alcanzan para ligarse a nadie y nos vamos deseando otros cuerpos en nuestra cama, pero sabiéndonos más que suficientes, vastos.

Se nota notoriamente que los ojos se le enturbian cuando está harta de mí, aunque me insista en que nunca le pasa. Entonces los pies a mí se me hacen ojos, se me enturbian, se me entregan al dolor. Se me derraman en lágrimas y puedo finalmente caminar como los ríos mandan.

Y le lloro diciéndole que no puedo seguirle el paso. Escudada en mi altar de sombra, en un destino de café de grano, mi lentitud se siente niña, niña en sus brazos. Como esos niños mugrosos a los que se arrastra en medio del berrinche y el desconsuelo y que flotan como ángeles en medio de su cansancio rebelde. Ya no quiero caminar. Caminar es un trabajo de ángeles con dos piernas.

Ella me pide que duerma en el hueco de su cadera.

Y lo arregla todo diciéndome que siempre caminamos en círculos. Que somos inmensos, en la multitud de pasos que damos juntos.

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   Salvaje | miércoles, enero 09, 2008
Salvaje. Como un tímpano. Como la saliva de un recién nacido. Salvaje como dios, como la media luna. Como las antípodas y los anticuerpos. Como las colecciones de corcholatas. Salvaje como las bombachitas de una monja. Como las ruedas de una bicicleta, como su circunferencia. Salvaje como la llamada a comer de mi abuela. Como la ternura. Como la apertura de una carta. Como las rayas de esas máquinas que miden los temblores. Salvaje como la palabra "telúrico". Como las rayitas sobre el pavimento. Como el sonido de las galletas saladas cuando caen de pronto en medio de una fiesta. Salvaje como la simetría, como la geometría, como la antipatía. Salvaje como una visita a media noche. Como una visita a medio día. Como una vista a las seis de la mañana. Salvaje como lo esencial. Como las fibras sintéticas. Como los teléfonos inalámbricos. Salvaje como el metro de la ciudad de méxico, como el subte en buenos aires, como la tristeza de rimbaud. Salvaje como diez centímetros de goma de mascar. Como un disco viejo de los stones. Como una buena banda de blues. Como una raya de más en la textura de un tigre. Salvaje como el capitalismo, como el neoliberalismo, como el comunismo, como el catolicismo, como el socialismo, como el sincretismo, como el anatocismo y como el control remoto de la televisión. Salvaje como la cortina de hierro, como la muralla china y como el material aislante. Salvaje como the cramps*, como the monsters, como the-the. Salvaje como una palabra dicha al oído, como una caída en blando, como una teta al aire en un día domingo en la alameda. Salvaje como esas visitas a las que les cuesta irse. Como un dedo metido en el culo. Como una pestaña que cae y no cumple ningún deseo. Salvaje como una silla con ruedas. Como un ejecutivo de cuenta. Como una partitura de violoncello.

Salvaje como la estadía en este mundo. Como salir de él.

*Hell yeah! I REALLY like The Cramps!




The Cramps en vivo tocando "The way I Walk", en el Hospital Psiquiátrico de Napa.

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   la concurrencia de un gato y una cadera en una ventana | sábado, octubre 13, 2007
la concurrencia de un gato y una cadera en una ventanadecía la definición académica (y ni tanto, más bien la definición propia) del surrealismo que éste era: "el encuentro fortuito entre una máquina de coser y un paragüas sobre una mesa de disección". Bueno, esta es la concurrencia fortuita de un gato, una cortina, un vidrio roto y una radiografía de cadera sobre una ventana.

Abrí de tajo la puerta y me encontré con la mirada suya, muy pagana, mirada de inconsciencia y de libación fortuita. Me encontré sin una palabra en la boca, sin un dejo de invitación a pasar (de largo, de frente o a lo barrido). No me animé a mover el cuerpo en esa gestualidad de los que dicen "éntrale, ya que estás aquí". Tal vez porque no había ningún espacio recurrente al que entrar, tal vez por majadería adolescente, tal vez porque hace rato que los ojos que me miraban habían entrado de lleno en la tierra baldía de lo que soy.

Me dejó el equipaje en la mano y se entró nomás como se entran las cosas que dan fundamento y que llenan páginas y páginas de la crónica que entendemos como nuestra vida. Se entró con el paso turbio de los que no esperan llegar a ninguna parte, con las manos ocupadas en alisar el cabello rubio en aquel entonces y con los sentidos puestos en buscar acomodo, un rinconcito para sentarse y descansar. Se la veía cansada y con la carretera marcada en esa pequeña, invisible arruga arriba de sus labios, que parece más un rasguño de gato que una marca de días. Se llegó con un gato nomás y con los oídos abiertos de su obsesión por escuchar: escucha sonidos improbables y piezas para piano y gato; escucha el llamado de la muerte y el movimiento del pesado mecanismo que en la cabeza le revuelve los pensamientos. Se tornó desnuda y se entornó las comisuras de los labios para dejarme saber su cuerpo de costado y sus nalgas como abismos. Se alivió el impulso en mi boca y me llevó a la cama de su desmemoria y a los sudores de lo que se oculta en su entrepierna.

Me dejó ver que se podía ir cualquier día pero que se quedaba conmigo: arrinconó sus fotos para soñar con ellas y nadie supo de ella sino la sombra, la nostalgia y la música desde aquel día.

Y yo sé que ahora ni siquiera la significo al verla. Me quedé sólo, entero, con ella en los brazos vacíos.

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   Blues del Estupro | viernes, septiembre 28, 2007
Vivir con la convicción de un asesino. Asumir la querella, la delectación de un paraguas, asumir la sumisión a nadie, el amor calibrado de una máquina. Siento la voz de dios que recorre mis venas, con la calidez del vómito o la simplicidad del final de una fiesta: se apagan las luces, se queda flotando el olor del vino, de las risas, de los amores, de las conversaciones patéticas, de los besos de una pareja de adolescentes, del sueño de un reloj. Asimétrica, la vida se asume en lo que tiene de muerte, como las hojas que caen de un árbol con la certeza de su quebranto.

Mis dedos como las huellas de un niño en la alfombra del living: rebeldes, ofensivas, perpetuando algo como un eco de flores y presagios. Perpetuando todas las sumisiones, perpetuando su sombra en la sombra de los días por venir. Mis manos como el atavío de una tormenta cuyas oleadas circundan mi naufragio.

La espiral de esta vejez que envuelve mis ojos, mis rodillas, mi verga y la precisión matemática de mi incumbencia. Parto de mí hacia el desespero de las palabras, hacia la imprecisión de los relojes, hacia la latitud insular en la que vivo. Me fabrican la insolencia, la diatriba, la repetición inocente de un disco viejo.

Allí está la sombra que me alumbra, allí el sol que me consume.

Satisfago en mí esta fiesta de estupro.

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   Blues de nada | jueves, septiembre 20, 2007
Nunca amamos a nadie: amamos, sólo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos.
Fernando Pessoa

No, yo no amo. Los sentimientos viles me apabullan, como me apabullaba a mis quince la idea de morir virgen. No amo en ti ni la mirada ni el gesto ni la sepultura ni la posibilidad de la noche. Me es completamente indiferente tu destino tu desatino tu explicación tu menstruación tu delicadeza tu sabiduría. Nada me conmueven tus decires ni tus decencias ni tu caída libre ni tu voz de armónica de blues. Levanto los hombros ante tu piel de muerta ante tu gato ante tu delirio ante tu impronta ante tu degüello ante tus sonidos ante tus amarres ante el ancla de tu barco.

No, yo no amo. No te amo. Me amo en ti, como un depredador se ama en lo que roba, en la carne que desgarra, en el gritito indefenso de lo que mata. No me vuelvo loco de ti; estoy loco en ti, como lo he estado de muerto y sepultura, de hospital y sábanas blancas, de pasada y envoltura. Estoy loco en ti como sólo se puede estar loco de uno mismo, de la vida misma, de la muerte misma. No pretendo nada de ti que no esté dispuesto a arrebatarte, no pretendo nada de ti que no esté dispuesto a arrancarte en la muerte.

Ya no acierto a pedirte importancia, o desvelo, o palabras, o amor, o distancia, o una parada en la carretera de la muerte. Ni siquiera aspiro a ser un nombre en una bitácora, una entrada en la relación de la conquista de tus años. Ya no busco, ya no encuentro, porque en la pérdida que me eres me ignoro, me soslayo, me aniquilo. No aspiro a que sepas porqué me vives, ni a que quieras vivirme, ni a que me consideres, ni a que te importe la sombra, o el paraguas abierto, o la humedad de las paredes. No aspiro a ser ni la sombra de un motivo, ni el pretexto de tu estancia, ni el nombre al que acudes para evitar una cita a tomar un café. Ya no acierto a pedirte nada.

Yo no amo, me muero. Me muero en ti, como todo lo que he matado. Hagamos como que creemos. Supongamos un nombre para todo en nosotros, démosle nombre a cada gotera, a cada orgasmo, a cada fornicación, a cada elemento de la furia, a cada frase de geografía angélica. Finjamos que no conocemos la consecuencia o la mano firme.

Hagamos de cuenta que no sabemos que no puedes evitar matarme: estando, o sin estar.

Finjamos que no vivo en ti.

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   Tejedor de números | martes, julio 31, 2007
¿Qué es un cadáver, cómo demuestra su valía, cómo despierta de su insomnio? Los huesos bajo nuestra piel no conocen de justificación, no conocen de escalas en el viaje ni de la amorfa invocación de un reloj o de un juicio. Nuestro cuerpo no es nuestro, y los teóricos de la amalgama tenían razón: somos débiles y fallas sin destino. Nuestro cuerpo es de cualquiera, menos nuestro: de dios, del ejército, del estado, de la carpa de un circo. Fibras desnudándose en una herida, asintiendo ante la hemorragia, lucrando con las mínimas posibilidades de supervivencia de esta vida sin armadura.

Vida digo y suena al mito de perséfone. Vida digo y apenas invoco la respuesta de una golondrina perdida en la tarde que miran los ojos de una vieja sin olvido. Vida digo como si dijera hartazgo, butifarra, lucha libre, mariachi. Provoco en mi voz una revuelta de palabras: me detengo a admirar la nota al pie de mi olor, de mi cuerpo. Huelo a muerto, a fundamentalismo, a esposa de carnicero.

Afino el oído y escucho el arte de la caída. La cuerda floja y el paseo por sus linderos. Se derriban como piezas de un ajedrez de cintas y manos diciendo adiós. No soy dueño de ningún rincón de este cuerpo, y lo odio a muerte y a doncella. Lo odio como noche de hospital, como inyección en la ingle, como calva de obispo.

Frío y la piel hirviendo. Una cita en un libro que escribe la muerte. Un fardo en la espalda de lo que justifica al mundo. Un olvido. Olvídame. Olvídame. Olvídenme como me olvidaron.

Me abrigo en la indefensión como un tejedor de números.

Odio cada centímetro de mí, y me otorgo a la muerte.

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   Rómpete una pierna | viernes, julio 06, 2007
¿Cómo coño estoy haciendo para poder escribir desde un hospital público? ¿A quién le estoy robando la conexión inalámbrica? Sea quien sea, mil gracias. Una más de las cientos de personas a las que ahora tengo que agradecer*.

Romperse una pierna. Recuerdo, y quienes alguna vez hayan estado vinculados con el teatro lo recordarán conmigo, que una de las fórmulas para desear suerte a un actor o actriz a punto de salir a escena es esa. Ese deseo que yo hoy no le desearía a nadie (bueno, tal vez a más de un par de políticos mierdosos).

Me explico: es de pésima suerte decirle a un actor o actriz, antes de salir a escena: "buena suerte" o "que te vaya bien". Si lo haces, el actor te va a odiar por el resto de su carrera y, los más supersticiosos, podrían llegar a suspender la función. Así de grave. Las leyendas refieren grandes fracasos en los montajes, asesinatos, muertes subrepticias, incendios, accidentes, olvidos de parlamentos y hasta una inundación (la del Royal Opera House en Covent Garden, Londres) para justificar esta superstición.

Así que el gremio teatral se volvió infinitamente descortés, por cortesía. De hecho, uno de los más populares conceptos adolescentes en inglés "cruel to be kind", soy cruel por cortesía, es un concepto ligado al teatro desde hace varios siglos. Para no tener que desearte suerte, pero para dejarte saber que te desean lo mejor, los actores desarrollaron un código de frases que, al oído poco avesado, le podrían parecer hasta infames: "ojalá te mueras", "muérete", "que te olvides todo", "que se te caigan las diablas (las diablas son las luces rojas que penden sobre la escena)", "enrédate en las piernas (las piernas son juegos de telas que sirven para crear planos en la escena)" y el más popular de todos: rómpete una pierna.

Bueno, creo que a partir de hoy (y a esta decisión apuntaba toda la disquisición chacharera que acabo de hacer), nunca volveré a desearle a nadie que se rompa una pierna. No por una generosidad basada en la experiencia sino, simplemente, porque es la experiencia más inútil, dolorosa y aburrida que uno puede tener. No da ni para masturbarse, al menos no en los primeros días. Ya informaré.

Como decía, yo sólo se lo desearía a un par de políticos. Esa clase de persona se lo merecería sin duda.

* Gracias, gracias: Solchi, Vero, Pasto, Señora que me recogió, Nash, compas de la ambulancia de protección civil, compas del hospital general de Amecameca, Aleida, Laura, Clemencia, Claudi, Juergen, madre, padre, hermana y hermano, David, Miguel (aún sin tu sangre, carnal, la intención es lo que cuenta), Chofis, a los chavos de urgencias del Rubén Leñero, a los chicos que gritaban por las curaciones en esa noche demencial en urgencias (ojalá ya estén mejor), a la banda de la Oficina de AMARC México,a la banda de la Voladora, a todos los que han llamado y mandado mensajes (ya no lo intenten, porque anoche me robaron mi celular... sí, en el hospital), gracias a mi hija, Eva, que mandó una cartita de su puño y letra... si olvido a alguien, es que esto aún no acaba, ni remotamente.

Joder, soy un fardo. Lamento provocar tantas molestias, pero aprecio en todo el hecho de tener a mi alrededor a tanta gente que me quiere. De veras. Y esto sólo se puede decir en inglés: It's the must humbling experience I ever had. De veras, no hay equivalente en español, que yo sepa.

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   Para que siempre | miércoles, junio 20, 2007
Aquí, en silencio, me quedo.
Bajo un pie con ademanes de niño.
Me apeo de mi miedo, de
mi delirio de ti.
No deslizo sino la estela
El boleto que queda en
viaje pendiente.
El rastro en la pendiente
de la savia que se incuba.

Aquí, silente, me pregunto
¿Por qué nadie me mata?
¿Por qué nadie me mete
una bala por la espalda?
¿Por qué no un cuchillo
que refleje la noche?
¿Por qué no una baja
de la lista de electores?
¿Por qué no?
¿Por que nadie me odia
tanto como eso?

Aquí, callado, espero.
Para apearme en ti.
Para encontrar.
Para que tú lo hagas.
Para que sí.
Para que siempre.

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   última verdad | lunes, junio 18, 2007
He visto cosas que ustedes los humanos no creerían... Naves de ataque en llamas sobre el hombro de Orión. He visto rayos de mar centelleando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

Hora de morir.

Roy Batty en Blade Runner

escribo sobre todo, pero más sobre el tiempo. escribo sobre todo y sobre nada, con la particularidad de las hojas que caen del árbol de un ahorcado ante el pasmo de la muerte. escribo sobre el tiempo porque el tiempo es una plancha de morgue sobre la cual escribir. me apoyo en las horas mías, en mis años, en mi silencio. me apoyo en la espalda de un dios al que me cojo al mismo tiempo (dios verga, dios culo, dios verdadero de dios verdadero, sodomizado por mi afán, cogido y recogido por su infinita mala suerte). miro las salientes tímidas de esta historia: retirado a mi cama vacía, soy delicado y brutal. soy solo y sigo siendo solo. solamente incauto de delicias y naufragios. esperando el frío y la noche, esperando, esperando. deliciosamente artero, fijo la mirada en un punto del techo y aspiro a la delectación. vibro como un hombre viejo. destilo tiempo como un hombre viejo. muero, como un hombre viejo. no aspiro al perdón de ninguno de mis años. no he de coronar leyes ni descaros con la realeza de mi tiempo. diminuto como un par de lesbianas enredadas en un beso, mi barco hace agua y mi corazón se astilla.

- ¿dices que te provoca, qué? -pregunta ella, mirándome espantada desde la pared en la que yace su par de ojos.

- me sofoca, me provoca asfixia -afirmo yo, y me doy la vuelta sobre la cama, dispuesto a discernir los colores ufanos de la colcha, acercado mis ojos cerrados hasta abrirlos en perspectiva infinitecimal. nada se puede ver a esta distancia, pero nada se puede ver a distancia alguna.

me incorporo de toda esta pulsión de muerte. solo, solo y solamente. apabullado por un cuerpo que ya no es mío, delatado por lo que conservo de mis años. abrazado a mi pobre dios jodido, dios de culo abierto, dios de reticencias y parcialidades. viajero frecuente de la muerte, que es suya y de nadie.

- está de no-seas-mamón -dice ella, y escucho su voz como desde lejos, como desde otra ciudad, desde las lejanías de un encuentro que no se da, de una rutina febril entre lo que se dice y lo que se interpreta. hermenéutica del culo de dios, en un loco francés.

- ¿el qué?

- tus fotos de la piel.

si pudiera llenar un hueco con una foto de la piel. si pudiera dejar de comer porque he comido, si pudiera dejar de vivir porque he vivido. si pudiera dejar de cumplir años y rituales y promesas y prosapias. validando al tiempo como un reposo, validándolo como a una respuesta correcta en el examen de la historia y su ruptura.

he visto cosas que ustedes los humanos no creerían. un par de lesbianas masturbándose frente a mí, mientras me debato en los atajos de una erección dolorosa. un adicto que era mi amigo y que se murió de un accidente, como hay quienes se mueren de amor o de modorra. cuerpos desnudos que corren tras un placer evanescente, escurridizo. una mujer de barrio bajo que me contaba cómo veía personas colgadas en los postes de su colonia cuando tenía 6 años, méxico-siglo-veinte. he visto a la ninfa sin verla, a la maga sin verla, a la muerte sin verla. he visto la milagrosa sonrisa de mi hija, intacta, como si el tiempo mío relevara al suyo.

y en esta carrera de relevos, no te he visto a ti. eres lo único que no he visto, lo único ignorado, lo único por descubrir. la única magia que aún se me reserva. la única muerte que deseo. la única persona que me hace preguntar paraderos: ¿dónde estás?

la única verdad. silente, vacía. relojes contando tiempo, la última verdad, la única, en este día de tequila y pastillas para dormir.

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pleased to meet you, i hope you guess my name...

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   Ningún nombre | miércoles, mayo 30, 2007
vampiro. edvard munch

Comes love, nothing can be done...
Billie Holiday



vuelve a mí como un espasmo. cada lejanía con una lentitud intrínseca. cada punto en el mapa como una notación de guerra y diluvio. distante, la invasión de un terreno destinado a la muerte, un territorio destinado al gesto iluso, a la palabra vacía, a la figuración de un desdibujo. la historia se calibra como la manifestación de un delirio: el delirio de todos.

en cada vuelta, en cada esquina, el absurdo de que la vida no sea sino eso. el absurdo de que el mundo no sepa quién eres: tiene la obligación de saberlo. tiene la obligación de levantarte cien monumentos por aguantar esta náusea. cada calle, tu nombre. cada aeropuerto, tu nombre. cada mercado y cada escuela. cada estación de bomberos. que se nombre el mundo con cada nombre y con el nombre único de su inefable estupidez. que cada mundo reconozca que no tiene héroes y que cada sombra es heroica en su desafío al sol. que ningún nombre merece la pena de ser recordado. que ninguna persona ha sabido morir, y que vivir no implica saber sino ignorar.

la muerte es el vampiro de la muerte. no hay eternidad posible en su afición al tiempo. la muerte es el vampiro de la muerte. es el delirio de los que buscan su nombre en el directorio telefónico. es el delirio de los que aman los horarios del tren. es el delirio de los que miran con nostalgia las vías del metro. es el delirio de los que cuentan balas en lugar de deshojar margaritas. la muerte es el vampiro de la muerte. que no sea la sombra que debo ser, es el vampiro de la muerte.

vuelve a mí como un estruendo de dios. vuelve a mí como el absurdo, como el darme cuenta. vuelve a mí como la placenta vuelve convertida en tumba. vuelve a mí como el significado, como un siglo. vuelve a mí como oficio y como coartada. vuelve a mí como una canción de Billie Holiday. distinta, distinguida, delirante, intrínseca, vil y rauda. vuelve a mí.

vuelve a mí.

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   hasta esto | miércoles, mayo 23, 2007
supongo que uno escoge un espacio vacío. el eco no responde porque uno no escoge vivir, sino apenas un espacio de muerte donde puedan reverberar las muchas muertes de las que somos capaces. los muchos rostros que no vemos cotidianamente o, peor aún, ese rostro único que vivimos para ver. supongo que de eso se trata no estar muerto y estar condenado a estarlo en virtud de la decencia.

indecente, me coloco de espaldas a mi muerte para encarar la vida. su vacuidad y su vileza. sé lo que es estar en ambos y sé que me odio vivo, con el vivo resentimiento de los que tienen nada cuando lo han tenido todo. o no; más bien con el resentimiento ufano de los que tienen todo cuando saben que viven para tener nada.

pero me pregunto, ¿es mérito no saber esperar, o esperar siempre sin saber hacerlo, o calibrar ciertos pesos, cierto fiel de la balanza que no se mueve porque no hay nada que, comparativamente con el peso de una ausencia, mueva esa posibilidad, esa única posibilidad? asumo que lo que tiene de extraño extrañar a alguien es que nunca lo he hecho realmente. que nunca he esperado a nadie y que la espero a ella como se espera la muerte: con una carga de certeza y de vislumbre, de efecto deseado, de calidez de lo que se ausenta.

todo es frío aquí, mientras espero. todo es esta vida que pasa sin huella y sin delirio. todo es reírme de nada y de todo y de no poder reírme en absoluto.

que harto de sí este estado de la materia. que harto se mira cuando mira sin mirar lo que mira sin mirar. qué harto de sí este no saber nada, este conocimiento de no saber nada y de saber que la estadía no se posterga.

no quiero extrañar lo que de extraño hay en mí. esta virulencia del verbo, esta canción sin remate, esta religión sin dios.

eres todo. eres hasta esto.

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   Todo | miércoles, mayo 09, 2007
todo. absoluto. todo como la sangre disolviéndose en un río. absoluto. todo como el sonido intacto de una tormenta. todo. absoluto. todo como un domingo sin dios.

como el paso del tiempo en un reloj sin manecillas.

absolutamente todo.

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   | domingo, abril 29, 2007
días de odio. el desespero de los idiotas. todos los que quieren matarme. cada muerte deseada en mí. cada fijación en mi espalda, cada espada en mi destierro. abrazo el anhelo de perecer en todo este odio. abrazo la esperanza de caminar en círculos alrededor de un plazo ineludible. me desencanto en la poca eficacia de todos aquellos que me desean la muerte, que me vaticinan el ridículo, que me quieren en desgracia.

¿es pregunta afín a la muerte si tengo el derecho a pedirles más efectividad, menos retruécano, menos encono y más mano firme? ¿es derecho del odiado -yo- pedir que no se queden en anhelo sus anhelos?

supongo que a cada odio se traduce la muerte. a cada par de ojos se traduce una mirada. a cada delirio se traduce el sentido. supongo que no es virtud de un muerto desear la muerte. ni reclamarla como propia.

Supongo que a cada entierro le corresponde su cadáver.

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   vidrios rotos y un animal muerto. | miércoles, abril 25, 2007

Sir Geoffrey Howe
Originally uploaded by Nad.
como el amor tiende a la muerte. como la sentencia tiende a la injusticia. como lo absoluto tiende al error. como el agua tiende al gozo y la lluvia. como la estridencia tiende al silencio. como el estío tiende al invierno. como las despedidas tienden a sucederse en un mar de laberintos. como los ojos tiende a la ceguera. como los barcos tienden a la tormenta. como un caballo desbocado tiende al desfiladero. como las mariposas tienden al color no resuelto. como los autos tienden a la estupidez. como las monjas tienden al diablo. como la maraña de la historia tiende a explicarse y no explicarse. como dios tiende a la nada. como estas sombras tienden a la luz.

como la muerte tiende a elucubrarse.

yo, tiendo a ti.

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   Clepsidra | lunes, marzo 19, 2007

para ti. a un año.



Te encontré en el viaje
antes de que la muerte
intentara su lenguaje.
Vacilante en la luna
atrapada sin reflejo
en una pausa imposible.
Intactos, ambos, y sin relato,
pero con tus ojos
hablando cada historia.
Con tus manos flacas
derribando en mi piel
cada tramo de mi tiempo
en el mundo.
Con tu muerte afianzada
a piel y dientes
en la marea difusa.
Con tu firmeza nómade
que atrapa sueños
y se atreve a parar
para no sólo seguir
siguendo.
Con tu desierto
anidado en mi cuello
y tu sombra infame
anidada en mi vida.
Me tomaste de la mano,
mi mano inútil,
y en el oído me dijiste
que cada rostro
en su voz se dilata.
Me dijiste que un suicida
hace más sombra ahorcado
entre más cerca
esté del sol.
Me dijiste que américa
y que el sur y que
la noche y su árbol
y que una vieja
que vive sola
tiene en sus hombros
la verdad indisoluble
de toda revuelta posible.
Que una mujer llena
de palomas en un lugar
que nadie conoce
puede ser el alma
y la clepsidra
de ese uno mismo
que uno mismo busca
con desespero.
Que cada voz
en silencio se nombra.
Que cada vida vale la pena
sólo porque tiende
a la muerte.
Que todo lo que sé
lo sé por ti.
Y me preguntaste
"¿no lo sientes?,
las calles están plenas.
Las voces son todas.
Las voces son ninguna.
El camino no es nada
sino la afirmación
del mundo sin arribo.
¿No lo sientes?
Las calles están plenas
de fantasmas."

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   Naufragio | miércoles, marzo 07, 2007


Ayer obtuve una marca con el "fortuna imperatrix mundi" de los cultos romanos, estrictamente ligado al culto al sol como regidor del destino.

La fórmula logró de hecho sobrevivir muchos años hasta llegar a la baja edad media; en esa época, durante los siglos XII y XIII, un indómito y sui-géneris grupo de monjes en Baviera (en el convento de Benedikbeuren) se dedicaron a escribir poemas dedicados a la fortuna, al sol, al azar, al vino y la embriaguez, a la fornicación y el amor. Este grupo de monjes se llamaba a sí mismo "Los Goliardos" y sus poemas constituirían luego un Canon muy difundido en su tiempo llamado "Carmina Burana". Este canon poético fue muy perseguido por la iglesia católica, sin muy buenos resultados.

El canon fue popularizado por el magistral Carl Orff, músico alemán cuyas dos principales obras (el Carmina Burana y el Catulli Carmina) están basados en los textos de esos monjes.
No soy en vela el que se pregunta por ti. No soy el que repara en tus ausencias, ni el que dice la numeralia de tu furia, ni el que repara el reloj de nuestra herrumbre. No soy en direcciones ni aspavientos. No tiendo a ti como corriente de agua y de vacío. No soy destino ni terminal de bus ni estación del año ni la corriente eléctrica de dios. No soy el que toma tu mano con ternura ni un apagón de media noche. No soy un bombardeo sobre Londres en 1943. No soy el vello tupido de la virgen ni tu pubis rasurado. No soy el que incordia desde la parte baja de un domingo y su nostalgia. No soy una casa un auto una cuenta de banco. No soy la voz que resuelve otra voz por casualidad. No soy el que te haría el aMor por derecho ni por inconstancia. No soy el que acapararía el velo de tus ojos para una hora de luto o de plaza pública. No soy el que delataría tus crímenes para adelantarme a tu derrota. No soy el que te pediría silencio para escribirte un verso en clave de Neruda. No soy el que dejaría de comerte el coño para dirigir una mirada de pureza a un dios muerto de envidia. No soy el que depararía para ti el paso del tiempo: ni siquiera el que gustoso contara tus horas para que te dieras cuenta. No soy el que abriría la puerta para que te fueras, ni el que borraría tu historia para que te quedaras. No soy la aurora, apenas la luna llena y un cuarto menguante.

Apenas un grito que te llama. Apenas nada y la aspiración de un todo evanescente. Apenas la claridad de un sí que invoca todos los noes que dicen no y mientras tanto. Apenas el adelanto de una muerte que es del todo tuya pero que también es del mundo. Apenas un barco hundido que muere sin buscar regresos del naufragio.

Si soy, soy apenas quien derrite una vela, aspirando a mirar mi sombra y descubrir que es la tuya. Soy, apenas, quien al mirarse en un espejo descubre

que soy tú.

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   | jueves, febrero 22, 2007
Y la escena absurda se hizo realidad.

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   El infinito mundo | domingo, febrero 18, 2007
La entrada a nunca jamás
Desde la nieve/caemos al infinito mundo/que te va a divertir.
Eva Meztli, improvisando una canción.

Y nadie. Nada. Todo se hace obvio, como cuando uno omite una palabra porque da por sentado que todo el mundo entiende exactamente lo que uno iba a decir. O como cuando uno no dice algo a los ojos porque hay tiempo, porque hay tiempo para decirlo o para omitirlo, da lo mismo. Y nadie. Nada. Avanzando en el perfil, la definición de la ausencia.

Dice mi hija que caemos al infinito mundo. Y yo —que apenas ayer llegué a la conclusión de que el mundo tiene fin, que es plano y tiene orillas, que el mundo no se atiene a la definición rusa: "el amor verdadero se parece a un anillo, porque un anillo no tiene fin"— me digo que aceptaría cualquier definición del mundo que fuera mínimamente verificable en los hechos. El mundo tiene fin, hija, me digo. Pero ella avanza en su afán de definiciones y me advierte que, como siempre, me equivoco.

Hace tiempo que miro cómo los amantes se tocan. Cómo se sonrojan ante apenas la insinuación del beso, de la caricia, del vacío. Escucho sus voces susurradas diciéndose: "Amo tu olor". Y luego escucho cómo la réplica es un estático "yo también" que se repite y se repite, se invoca. Ese amor que hace llorar, que hace que el frío sea tan ardiente como el calor, que hace que los ojos se enciendan como los de un loco, una loca; ese amor que evita cualquier entendimiento, que ataca todo canon posible. Hace tiempo que miro desde este frío cómo se calientan. Cómo se atreven y se aventuran. Sus cuerpos aprendiendo a vivir trémulos en la ausencia, febriles en el frente a frente, asustados cuando se miran a los ojos y piensan que lo han visto todo, sin haber visto nada. Los escucho retraerse cuando dicen te amo, como apenados, como muertos comunicándose a través de la espesura del sepulcro, como dedos ateridos de frío que se comunicaran la buena nueva del estío. Como apenados, como asustados, como no creyéndolo, como aliviados, como sintiéndose afortunados, como cuando se miran a los ojos desde sus distancias y luego desvían la mirada por temor a desangrarse.

Ella dice: "somos el centro de muchas miradas".

Él dice: "soñaba con caminar así contigo".

Y nadie los mira y no caminan hacia ningún lado y, sin embargo, se adelantan en el tiempo, en una plaza principal cuya importancia apenas encierra una especie de conjura demencial: perros y bandas de guerra y viejos danzando y mujeres que se acercan cada cinco minutos para ofrecer la venta de algo.

Ella dice: "yo le compraría una broma".

Él dice: "supongo que yo también...", pero se calla abruptamente. Y al callarse, viene a su memoria el hecho incontrovertible de que ella achica los ojos en cada fotografía. Por qué, no lo sabe. Como tampoco sabe porqué piensa en eso justo ahora.

La plaza se reduce a cada metro que avanzan. Parece acabarse pero ellos dan vueltas extraviados, con el pretexto de buscar un restaurante argentino. Y la plaza comienza a agotarse, pero también a no tener fin. La plaza comienza a llamarse "nunca jamás". Cada paso es un avance del vacío, pero también es el avance de lo pleno. No hay curiosidad invicta en esta maniobra: cada cabello de ella es un avance del otoño, cada mirada de él derrite una palabra que significa invierno. Cada color en ellos es el final de una novela: el verde de los ojos de ella, el fuego de los tatuajes de él. Cada cosa que tocan se vuelve fría ante la certeza de que se aman: cada uno piensa que esto es un error. Un error en las cuentas de la muerte. Un pueblo sepultado por la lava. Un barco hundido en una calma chicha. Invitados del diablo, se piensan a salvo. Pero no.

Porque ella viaja hacia él. Y él, después de todo, la está esperando. Y eso es lo más vulnerable que he visto en mi vida.

PS: Me imagino una escena absurda: ella viaja hacia él. Él decide perseguirla. Ella nunca llega a él. Él nunca llega a ella. Demostrándole al mundo que "y sin embargo, se mueve".

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   Intacto | jueves, febrero 15, 2007
Deseado todo, acabar con nada (nadie puede tener nada: la noción de nada, ya es algo). Iniciada la revuelta, perderla (nadie puede perder todo, ni una revuelta, ni una guerra, ni la referencia de que la historia no pasa sin quedarse, no termina sin empezar de nuevo). La lejanía de dios como un pretexto para ser un fracaso de dios. Derribado en tu cama (derribado en la cama de nunca, en la cama de no te vayas, en la cama donde termina el mundo, plano como es), la marea de mis manos termina en tormenta, en péndulo, en signo de interrogación. No me eludo, no me destaco en este arte de argumentar la vida para evitar la muerte. Soy una sombra destinada a quedar impresa por el horror de mí mismo. Una sombra sin dueño, sin cuerpo que cuestione al sol.

Nada en mí se avoca a este destino: ayer me preguntaba si con mi próximo salario se pueden afrontar los gastos de un funeral. Uno tiene que pensar en esas cosas. Uno tiene que pensar si su cuerpo frente a la luz puede considerarse un eclipse. O considerar las consecuencias de que el futuro sea la persecución de un crepúsculo. O pensar en que ninguna idea de dios podría considerarse viable en un mundo de autopistas y almas férreas (alma: gracia que se inflige a los escritores de tiras cómicas). La historia entera recula ante la sonrisa de una mujer: nadie sobrevive a un sobresalto y, mucho menos, a la indiferencia del sobresalto. ¿Cómo decir que da lo mismo un sábado por la noche que la sonrisa de un niño?

Asumo que, como cada sombra, muero al morir el sol. Asumo que la historia del mundo no es la historia de un mundo que me incluya. Que no soy alguien y no soy la totalidad del mundo de nadie. Asumo la cortedad de este cuerpo de brazos mutilados, la asunción de la virgen maría, la eternidad de la calle donde se ponen las putas. Asumo que tiene razón quien dice que no soy necesario. Asumo que tengo que entender el momento. Lejos de todo, afirmativo en todo caso, me permito pensar en un oficio futuro: carpintero (no, demasiado doloroso. Demasiado ligado. Demasiado referencial). Tal vez ayudante de carpintero. Me permito pensar en oficios como el de la salamandra. En el oficio del invierno. En el desmoronamiento oficioso de un oficinista.

Quedar intacto en un muro. Como la memoria de una escalera. Como su sombra. Como el fuego de una escopeta en la boca. Como las sombras de Hiroshima. Como la escalera de un abuelo.

Como el infierno. Intacto.

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   Los mares de gente | jueves, febrero 08, 2007
Sangre 01

Si fuiste su amigo, deja que ellos lo sepan. No podemos soportar quedarnos más aquí. No es el fin, así que por favor no lo veas así; tienes que pretender que no quieres que nos vayamos. Vende todas tus cosas, no vamos a necesitarlas. Cualquier cosa que lleváramos, sólo aumentaría nuestro peso.
Dirty On Purpose | Light Pollution


La ternura se define en sangre. La pasión, en todo lo que se puede transgredir. El amor es una sábana llena de sangre, una definición de los cuerpos que no están, una definición de lo que se cae, que no somos nosotros, sino el resto del mundo. Amar lo que tocas, pero amar a muerte lo que no puedes tocar. Amar lo que conoces, pero amar a muerte lo que pudiste conocer. Amar la referencia, pero amar a muerte el no tener referente alguno. Asumir que la ausencia es, precisamente, lo que llamas la muerte cuando no la llamas, lo que llamas la sangre cuando no la llamas, lo que constituye la más indigna de las salidas: la mancha en las sábanas que asumen su pureza mientras la sangre se esparce en ellas. Nadie ama como aman los muertos. Nadie ama con esas lágrimas, con esas ausencias, con ese eco de la historia. Nadie ama con ese frío, con esa sencillez, con ese filo de cuchillo en el cuello. Nadie ama como la luna a una montaña, como el sol a un mediterráneo. Si pudiera definirse una mancha en una sábana, su definición sería: date un tiro en la sien, y ama en definitiva. Ama como aprendiste a amar hace años, como sabes que se hace, como sabes que puede significar algo (hoy, que tan de moda está decir que no creemos en el amor, hoy que es tan posmo decir que no significa nada*). Si pudiera definirse la muerte inútil, la muerte rastrera, la muerte militar, la muerte de lado, la muerte de cajón, la muerte estúpida, la muerte de coraza y vuelo comercial, la muerte en un partido de fútbol, su definición sería: morir por Dios, sin creer en él.

* ¿Y qué podría significar? ¿Esta sensación de vacío y de muerte, de negación del mundo, de abandono de todo, de ansia suicida, de silencio? ¿Este no tener brazos, este tener que terminar todo porque todo terminó hace días, o hace años? ¿Este llegar tarde a la guerra que uno debe comandar? ¿Este morir a destiempo y de frío? ¿Este vivir en reversa, este mirar pasar el metro con alas en los pies, este aburrirse de todo, este odiar profundamente la ausencia que soy, este salar la comida para no tener que aceptar que nunca volverá a saber a nada, este calibrar fechas para llegar a la conclusión de que el mejor día para morir es siempre hoy?

Me arrojo a los mares de gente con la mirada clavada en el piso. Tantas personas y yo tan solo. Tantas razones para odiar y yo tan dócil. Tanta muerte y nosotros muriéndonos. Tengo en los ojos la mirada calma del asesino; la certeza de mi criminal inocencia. Guío mis pasos por la determinación de mi tristeza y con la certeza de que cada gota de mi sangre será necesariamente inútil. Frugalmente escasa. Odiosamente amada. Vendida en envases de tristeza para todos los que necesiten llorarme*. Anónimas, cada una de esas gotas, en esta corriente de muerte de los cientos de miles, andarán sobre su relato de muerte y permanecerán intactas y anónimas. Anónimas, aunque tengan nuestro nombre. Anónimas, aunque se impacten en el piso de la historia. La historia de nadie, la historia de Nada. Anónimas en su carencia de nombre, de estigma, de coartada. Vibrando en este oleaje de alguienes, distinguiéndose sólo por su estirpe de Nada.

* ¿Por qué llorarme? ¿Porque fui tu padre, tu hijo, tu espíritu santo? ¿Porque allané un pedazo de tu vida con la poca resolución de mis palabras, con la destreza infame de mi cuerpo, con la carencia de sonidos de mi alma? ¿Porque fui tu amante, tu compañero, tu saltimbanqui? ¿Porque alguna vez te salió de los labios el sinsentido de que me conoces, de que me refieres, de que me miras en tu mente como a un recuerdo de libro escolar? ¿Porque plagiaste el derecho a pensarme en tu vida, o a omitirme de tu vida? ¿Porque derrotaste en mí el vacío en los ojos, por un segundo, sólo para devolvérmelo perfeccionado y contrahecho y brillante como un astrolabio?

No necesito guías para navegar. No necesito mirar las estrellas para saber que estoy perdido. Hundido en estos mares, mirando el piso, sólo pienso en el naufragio. En la boca rota, en la sábana llena de sangre, en ser el muerto que soy. En la ternura absoluta y definitiva. En amar como se debe: sin deberes, sin deudas, sin la atadura de existir.

Naufragar en los mares de gente, como un barco de guerras que se pierden.

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   Radio-Diablo 19 - Y el diablo se conmueve | Adiós Vacilante | Silencio | viernes, febrero 02, 2007
Radio-Diablo 19

Está disponible la versión número 19 del Radio-Diablo. Nada. Bob Neuwirth, como una piedra rodante. Arseni Tarkovski y otras cosas que le conté a la muerte. Chávez contra el little gentleman y otras razones para la risa angustiada.

Puedes descargarla haciendo click aquí, o escucharla en línea en el podcast de la voladora radio.

Farewell Reel | Adiós Vacilante
Patti Smith | Traducción de Daniel Iván

Han sido tiempos duros
y cuando llueve
llueve sobre mí
el cielo se abre, simplemente,
y cuando llueve
se derrama

Camino en soledad
me sorprenden, parece,
estas lágrimas del cielo
y, amor, no puedo evitar
pensar que esas lágrimas son tuyas

Nuestro amor salvaje vino de arriba
y permanece salvaje
es el viento que aulla
como una voz que sabe que se acabó
porque, amor, moriste
y, claro, lloré,
pero voy a continuar
voy a saludar nuestro amor
y a mandarte una sonrisa
y a continuar

Así que adiós, amor
todo va a estar bien
y entonces todo va a estar bien
los niños van a crecer
fuertes y felices, te lo aseguro,
porque tu amor nos rodea
y el trigo sigue creciendo
y sólo Dios sabe
que seguimos dando
todo lo que nuestro corazón puede dar

Pero no sé por qué
cuando llueve
llueve sobre mí
el cielo se abre, simplemente,
y cuando llueve
se derrama

Pero cuando miro hacia arriba
aparece el arcoiris
como una sonrisa del cielo
y, amor, no puedo evitar
pensar que esa sonrisa
es tuya.
Silencio

Silencio. Como en una sinfonía de mudos. Silencio. Como el de los hombres buenos que trabajan en una fábrica de placebos; en un museo de aquelarres y sacrificios. Silencio. Como el de la carretera subrepticia que te lleva a ninguna parte. Silencio. Como el del preso inocente y el del asesino confeso. Silencio. Como el de un vampiro que desata nudos, como el de un cirujano inexperto, como el del cadáver de un bailarín. Silencio. Como el del parto de cien cocodrilos. Silencio. Como el de la guerra, calibrada para enviar sangre a cada rincón de la rosa de los vientos. Silencio. Como el de una radio encendida, como el de una muerte en los ojos, como el de una navidad en familia. Silencio. Como el de la salida del metro al medio día, como el de las niñas de secundaria que se hunden en el sol, como el de la vida desatada en una fila de ataúdes. Silencio. Como el de cien burócratas tecleando actas de defunción luego de un maremoto. Silencio. Como el de un suicida primerizo. Silencio. Como el de cien aviones en barrena, como el del cascarón de un mamífero. Silencio. Como el de las abuelas cuando caen muertas reclamando su premio en la lotería, como el de un niño de nueve años que piensa por primera vez que odia a su padre, como el de un hombre de cuarenta que descubre que nunca lo odió, que nunca importó, que nunca. Silencio. Como el de un imbécil que reconoce sus virtudes. Silencio. Como el de la risa a gritos o como el del llanto a gritos. Silencio. Como el del discurso de los políticos, el del arrebato de un suicida, el de la casa de un carpintero. Silencio. Como el de un lecho abandonado, el de un tendedero vacío, el de una cabaña en medio de una tormenta. Silencio. Como el de un concierto de punk rock. Silencio. Como el de dios, ese depravado indiferente. Silencio. Como el de una mano recorriendo una espalda que no es la suya. Silencio. Como el de una niña asustada en medio de un incendio. Silencio. Como el de la avenida Corrientes un día de función. Silencio. Como el de un pianista decapitado, como el de un policía de crucero, como el de cristo cuando decidió perdonar pecados. Silencio. Como el de una adolescente que se masturba pensando en su hermana. Silencio. Como el de una autopsia y como el de una biografía. Silencio. Como el de un relámpago, como el de un coro monumental, como el de un ejército en retirada, como el de una casa rodante. Silencio. Como el de un perro cuando mea, como el de una madre cuando reza, como el de un ladrón cuando saca el cuchillo. Silencio. Como el del peso de una mochila. Silencio. Como el de mi hija cuando abre los ojos y me miente. Silencio. Como el de una ambulancia, como el de una demolición, como el de una revuelta y como el de una comuna. Silencio. Como el de una calibre .22 contra la sien, como el de un auto fórmula uno, como el de un desfiladero. Silencio. Como el de los hombres buenos que trabajan en la policía secreta, en los mataderos, en las fábricas de ladrillos, en la conjunción de la historia y el horror. Silencio. Como el de los estudiantes amotinados. Silencio. Como el de los sacerdotes amotinados. Silencio. Como el de los amantes amotinados. Silencio. Como el de las putas amotinadas. Silencio. Como el de las estrellas de cine amotinadas. Silencio. Como el de las divagaciones amotinadas. Silencio. Como el de una suerte de belleza que se amotina.

Silencio. Como el de la muerte. Silencio. Como el que se guarda.

Silencio. Como el que guardo.

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   Diabulus in Musica* | lunes, enero 22, 2007
J'ai plus de souvenirs que si j'avais mille ans.
Charles Baudelaire


Ser devueltos a la fibra de la noche. Contemplando en el ensimismamiento de mis años (los mil años que me contemplan) toda rebeldía, todo fervor que en sí mismo se aferre a la revuelta. Que dios sufra al vernos con esta determinación a volver a la quintaesencia. Que nunca se nos escape una fórmula de amor por los labios; que si se escapa, signifique algo. Abrir los labios para recibir un beso porno y conmovido, un beso presto y diez años menor que uno. Adivinar bajo el suéter de ella un arrebato de infortunio; como si de pronto se diera cuenta de que importo, aunque no. Amar como sólo pueden amar los que van a morir. Amar como sólo pueden amar los que miran morir a su amor. Dedicarnos con oficio de generales a la dictadura del tiempo y de la tristeza. Dedicarle un no en carne viva al deseo de poseer, al deseo de que todo permanezca. Zanjar con un movimiento de mano todo coqueteo del tiempo. Un barril lleno de pólvora en nuestro corazón, un arma en nuestra mano, destinada sólo a arrebatarnos a nosotros el último deseo de permanencia. Un libro triste velándonos los ojos, ocultando a los vulgares la debacle de nuestro llanto. Abrir las manos para recibir la carretera, para abordar el viaje, para las mil leguas de invierno que esperan nuestro paso. Calcular en las manos del viento una posibilidad, o un mar de ellas. Hundir el barco en ese mar, urdir la tregua salvaje de masticar nuestro desencanto. Volar las campanas a muerto, las batallas a muerto, las conclusiones a muerto. Desencajar las pupilas de una virgen impaciente. Derribar las exclusas que detienen nuestra historia de inundaciones. Arribar al llanto como sólo arriban los que están a punto de partir.

Partir como niños dibujantes a una imagen de nosotros: partir hacia la bala, hacia la horca, hacia la guerra. Un puente. Un salto. Un Cuchillo. Un tajo.

Un hogar en llamas. Un diablo en la música.


*En la teoría musical antigua, particularmente durante el medievo, se aplicaba el nombre de "Diabulus in Musica" al tritono (el intervalo de la cuarta aumentada -por ejemplo: do-fa#- o de la quinta disminuida -por ejemplo: do-sol bemol). En esta época, se consideraba que este intervalo era especialmente disonante; era el intervalo prohibido, una violación a las matemáticas "perfectas" que dominaban el mundo.

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   Cosas que he perdido en el fuego | domingo, enero 21, 2007
un racimo de flores que decían adiós. una estela antigua, de millares de reflejos. un azadón y un almohadón de pluma (sin dimensiones monstruosas, sin adelanto de la muerte). una muñeca inflable, calcinada por la luz ciega de mi estadía. la inocencia de mis brazos, que han quedado marcados por la indecencia de mis años. un viaje a costa de un boleto post-mortem, a costa de una carretera en círculos. la flaqueza de mi talante audaz, que tan débil y cobarde se ha mostrado. un par de intentos de suicidio, míos, y una multitud de intentos de los miles de otros que todos los días mueren por mí. un arco tensado. una flecha que vuela y muere en la tierra. la oportunidad de confirmar que todo eco de la vida es la afirmación de la muerte. o su reafirmación. una multitud de hijos que se resumen en una hija a la que soñaré de muerto y de toda eternidad posible. una delicia propia que se cayó en algún lugar del medio oriente. un derrame de vino en una etapa de abstinencia. el deslumbre de todo lo que oscurece. la salida de todo arribo imaginable. una antiquísima compañera que estaba dispuesta a saltar conmigo, y su despedida, y su indiferencia. un destello de cordura y un destello de destellos que se niegan. un árbol que me vio crecer y el mismo árbol que me vio perder y el mismo árbol que desearía que mi cuello se quebrara por su impulso (árbol de mañana, de interés bursátil, de acabada delincuencia). un avión que no iba a volar a ninguna parte. un destierro sin fiebre, un destierro sin tierra, un destierro con toda la tierra posible. la posibilidad del amor. la posibilidad del desamor. la posibilidad de pensar que ni lo uno ni lo otro existen. un muro de hormigón que se conmovía cada vez que caía una bomba, o que una mujer apoyaba su cabeza contra él, o que mi hija corría a mi regazo como una certeza absoluta. una sombra que soy yo mismo, en mi indiferencia, en la mía, en la intransferible indiferencia que

nunca he perdido.

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   Perfección | viernes, enero 19, 2007

A veces me imagino el acto de morir justamente como esto. Como un instante único, definitivo, de violencia. Pero sólo un instante (todo se resuelve en un instante, todo en un levantar de hombros, todo en un dejo de desprecio, en las cejas que se enarcan, como si fuéramos la receta de todo infierno posible). Una variación en la caída del estío. La respuesta simple (mi pregunta es simple: ¿cómo no odiarme a mí mismo? ¿Cómo no odiarme con la convicción de un náufrago?). Alteración del frío y de la misma violencia cotidiana. Un total abandono, un caos de un segundo. El cuerpo aterido de miedo y un instante de dolor que se derrite. No me trago el cuento de ver "toda-mi-vida-en-un-segundo"; eso es pura mierda. No me interesa mi vida. ¿Para qué querría alguien su vida repetida en un segundo? Como una descompostura de electrodoméstico, como una depuración del disco duro, como un atragantarse con un pan insípido. No quiero mi vida. No; violencia. Una última negación de lo cotidiano. Una negación de la vida, como cuando uno entrecierra los ojos en un auto a toda velocidad y mira pasar la vida reducida a líneas sin forma que se despiden rabiosamente. La vida como una carretera que te lleva al vacío.

La perfección de la muerte.

Acepto un instante así. Con la convicción de un chofer suicida.

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   Mártir | martes, enero 16, 2007

Bereavement
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¿Y cómo evitar que la muerte te mueva? ¿Cómo evitar el deseo irrefrenable de saltar del puente? Después, en otra noche que tú no sabes, caminé por la orilla que debió ser nuestra y me asomé a la balaustra que debió ser nuestra. Caminé por lo nuestro ausente, por lo nuestro figurado. Recordé que tus ojos no pensaron en el mismo puente (no podrían, no deberían, porque puentes hay tantos como impulsos, y hay siempre un puente lejano esperándonos al otro lado del mundo, esperándonos para recordarnos la destreza, la determinación del salto, del fibroso vacío), ni en la misma calle abajo, ni en los mismos autos delirantes que garantizarían nuestra muerte. Miré pasar esos autos únicos con su encanto de frío y retorno. No evité la necesidad ni la militancia. No evité la sonrisa nebulosa, la fiebre intacta, la sal en la comisura de los labios. Aún tenía tu olor entre las manos y rastros de tu cabello entre los dientes. Aún me supe frágil y silente e indefenso. Aún nombraba con tu nombre la parte baja de tu espalda. La trampa de sueños. Vacilaba en explicarme todo lo que pasó y lo que debería haber pasado, como un niño que no se explica cómo su cometa se enredó en un árbol marchito. Vacilaba en saber que uno vive toda la vida para un momento así, para un resfrío, para una foto movida, para una despedida en medio del frío, si las hay. Si no es que todas las despedidas son en el frío polar de un arrebato. Si no es que todo se trata de saber que la libertad es saber que existes, o de imaginarte diciéndolo en la lucidez pura de tu boca a las tres de la mañana. Nada de nada en medio del todo marchito que soy, guerreando en mi nombre, peleándome con él y con la estela de tus ojos, busqué el parpadeo que en mí significara un segundo de decisión. Un mandarlo todo a la mierda y sumirme en mi deseo. Como abrazarte sin hacerlo y lanzarme al vacío. Como saber que hacerlo contigo en los brazos o hacerlo con la cabeza enternecida de la nada apoyada en el pecho es en la práctica lo mismo. Como renegar de la ternura entre muertos, de la solidaridad entre los muertos, de la pureza entre los muertos. La idea del viento contra mi cabello envilecido era apenas un respiro en una idea más grande: que lo que me pertenece ahora es apenas la certeza de haberlo encontrado,

y haberlo dejado ir. Como se supone que debe ser. Como si fuera un mártir de mí mismo.

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   Free Falling | jueves, enero 11, 2007
Sigo cayendo y es la libertad misma.
M.g.

Es como si nos despidiéramos, dice mi cuerpo, pero apenas lo dice el cuerpo se siente ausente, cadavérico, desnudo hasta el imposible. Importa, se dice, que los sueños pueden caber en una mochila. Importa, se dice, que mis sueños no caben en ninguna parte. Importa irse, se dice, y elucubra en su mente (la mente que yo le presto) acerca de ventanas rotas y besos como enredaderas. Ella, sentada en mi regazo, o en la multitud de espacios vacíos de mi mente, me habló de un hotel tomado por una enredadera; y me imagino que mil enredaderas no bastarían para morir diciéndole adiós. La vida no tiende a marchitarse; es una enredadera insidiosa que se empeña con nuestros huesos. Hace de nuestros huesos su oficio; su hotel abandonado. Será por eso que mi cuerpo se asume el de ella en cada abrazo, terco en decirme que puedo ser indiferente; será por eso que mi cuerpo se despide.

No entiendo tu miedo, me dicen mis manos. La has tocado de ausente, de primate, de cuerpo y mente la has tocado, de remanso y de costado y de no tocarla la has tocado. Te has visto en ella como ardiente, como sombra luz, como recordatorio. ¿Es que acaso no importa que se te deshaga en las manos, que sus huesos diminutos, que sus huesos que se le deshacen a ella misma entre los dedos, se te evadan en minutos y en horas de oficina? ¿No te importa que no sea frágil y virginal y táctil, que no lo sea nunca, que no lo sea para ti, en todo caso? No entiendo tu miedo, me dicen mis manos mientras le piensan la espalda, mientras le rememoran la nuca, mientras se afanan en reconstruir su barbilla, mientras retienen la forma distante de sus nalgas en una botella de cuarto de litro. Mis manos se cierran sobre el vacío que su salto me deja, como si supieran que no hay a qué aferrarse cuando todo es caída: será por eso que mis manos no entienden mi miedo.

Mis hombros se adelantan con su afán de sostén y picaporte; responden una pregunta sin respuesta y dicen "no, no importa". Lo que importa es mantenerse cayendo; nunca a salvo, siempre a tiempo con la muerte. Pero ella no te salva, ni te retrasa con la muerte. Sólo te cae, te cae, se cae, aprende a caerse contigo. Lo que importa es nunca importarse; pero ella no te importa, no te importa siempre. Siempre, esa palabra. Siempre significa lo mismo que luna y que paleolítico. Siempre significa lo mismo que mañana y que nunca. Mis hombros entonces recuerdan el sabor de las derrotas, que en su peso les han dado forma, infortunio, la semántica de su dureza. ¿Qué más da que esta sea otra derrota, cuando las derrotas están siempre anticipadas? Boxeador inútil, me retraigo en lo que a mi cuerpo le duele de esta ausencia total de cuerpo; será por eso que mis hombros se adelantan.

¿Por qué no siento mi cuerpo? ¿Porque voy cayendo? Lo que importa es que caigo. Caigo adelantándome a mi odio, a mi velocidad, a mi cuerpo, a mis manos, a mi amor, a mi enemigo, a mis hombros, a mi encierro, a mi lejanía, a mi ella misma. Caigo como nunca había caído, con una maestría de ángeles.

¿Podré dejar de caer algún día? ¿Bastará con que su cuerpo se ausente de este vacío? Caer como caen las resacas, como caen las horas, como se derrumban los medios días, como caen las luces en los semáforos, como caen los orgasmos, como nos cae encima la indiferencia, como se vienen abajo las notas de un blues.

Caer así es también un arte. Como casi todo.

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   El esqueleto en el closet | sábado, enero 06, 2007



Vesalius - esqueleto
Fotografía de una página de la anatomía de Vesalius.

Andreas Vesalius fue un importante anatomista del siglo XVI (1514-1564), nacido en Bruselas, Bélgica, cuando estos territorios formaban aún parte del Sacro Imperio Romano.

Las anatomías, panfletos y publicaciones varias de Vesalius ayudaron a aclarar innumerables malentendidos anatómicos atávicos que, sin su intervención diseccionante, tal vez nunca se habrían aclarado (o por lo menos, no antes de la invención de los rayos x).




yo nací con la luna de plata
y nací con alma de pirata.
"Veracruz". Canción Popular Mexicana

No es del tipo que uno mira a los ojos. O si la mira, una la mira como si mirara toda la ternura, con esa sensación de empalague mortuorio, de rosario mal rezado, de fibra de vidrio por todo el cuerpo, porque los ojos son altivos y parecen grandes y verdes como la bilis de cien imperios. No, no es del tipo que uno mira de frente. Uno quisiera no mirarla pero arrancarse la ropa y viajar por su cuerpo pequeño sin mirarla, arrancarle marcas a sus tetas sin mirarla, sostener su culo intacto, culo a peso pluma, culo de viaje ligero, culo de tersa alma y mil historias, sostener su culo intacto sin mirarla. Y cuando lo haces, cuando arrancas marcas a sus tetas y viajas por su cuerpo pequeño y sostienes su culo intacto, cuando lo haces como haces ciencia o como haces la tarea o como haces tiempo, cuando lo haces, quisieras no haberla visto nunca. Cuando atestiguas su aliento medio amargo y medio dulce, como el mate que toma, cuando la dejas apalearte de pura honestidad brutal, como Andrés Calamaro lo hubiera hecho, cuando la dejas que se ría de ti o que anticipe que se va a reír de ti (cuando te convierta en un lugar común de su relato), quisieras nunca haberla visto. Ni oído. Ni tocado. No haber metido nunca tu lengua entre sus labios ni tu dedo en su entrepierna ni tu lengua por su culo. Pero sobre todo, quisieras no haberla mirado nunca, como uno nunca mira a Dios, como uno nunca mira el "making of" de las películas que realmente le gustan, como uno nunca mira a su madre masturbándose, como uno nunca se mira las propias nalgas como no sea con un espejo angulado, como uno nunca mira de frente al sol si no quiere quedarse ciego.

No, y lo dije: no es del tipo que uno mire a los ojos. Es del tipo que uno no mira pero

si lo hiciste

mirando lo que no debes mirar (por angustia, por el debate entre el deber y la necesidad, base febril de toda adolescencia)

es extraño, como morir de a poco. Como mirar tu propio esqueleto.


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   Ahora estamos en Daniel Iván . COM | jueves, enero 04, 2007
Por una cuestión económica -y no, claro, por contribuir a la delirante carrera de los puntoscom- he decidido cambiar el dominio de este blog de marras del inabarcable .TK (a cuya historia, como sea, me siento orgulloso de haber contribuido, historia muy noble hasta que intervino una compañía gringa en el asunto) al más bien lugarcomunesco .COM.

Les pido de favor -y ustedes dirán "para favores estamos, idiota"- que actualicen sus favoritos, bookmarks, marcadores, o como les quieran decir. Igual, les agradeceremos actualizar cualquier link o referencia que hubieren tenido a bien hacernos el favor de incluir en sus respectivos detritos webones.

Igualmente, les informo que algunas funcionalidades del sitio, simplemente, van a desaparecer. La primera que se va es la sección de fotografías. Ahora, si les interesa ver algo de las fotitos que tomo, tendrán que darse una vuelta por mi perfil de Flickr. Intentaré alimentar este perfil con las fotos de los años previos. Pero claro, eso siempre depende de lo que sea que dependa.

En algunos días, más cambios, ya que cambiar en clave shakespeariana no cuesta -o no debería costar- nada.

Merci.

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   how dark the car | lunes, diciembre 11, 2006

how dark the car, foto original de radio-diablo.

"Muévete, cabrón".

A veces uno siente que alguien le habla. Pero no es nadie. Sólo se aposenta el sentimiento de que te hablan. Nada más. Es un sentimiento peregrino, prescindible. A veces sientes que estás violando a alguien, pero ni siquiera lo has tocado. Que te asomaste a la ventana en el momento indicado, cuando las bragas caían a los pies de la niña a la que nunca nadie le había visto el culo. Sientes que le estás robando la inocencia a alguien, que estás desvirgando al mundo de alguna manera. Pero es sólo un sentimiento. Y los sentimientos no sirven cuando estás acostumbrado a no sentir nada.

Basta con alzar los hombros y moverte, cabrón.

PS: estoy escuchando la voladora (mera costumbre) y en el programa del blues acaban de pasar una rola de Chris Whitley. Bravo.

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   Un par | domingo, septiembre 24, 2006
like a small child, muted, raped. the sounds of the battle arriving like shadows, blinking like stars in heat.

como la fidelidad de las monjas a dios, como el erotismo enfermo de un autista, como la vibra callada de un homosexual tímido sentado en la habitación de un hotel de cinco estrellas. como una carne a caballo, como un guiso del infierno. como un puño en el culo y como el sonidista enano de una película porno.

escucho gemir a un par en mitad de la medianoche. no hay ventanas que se escapen ni cortinas que oculten el vaivén indigno, la mancha en las sábanas, la voz que nos traiciona cada vez que gemimos de orgasmo y rosas rojas. y se divierte una parte de las cosas, se estremecen los materiales, se dejan aletargar por esa maledicencia. se meten sus putos instantes de placer por el culo, y le brindan una sonrisa a las batallas venideras.

- dile a esos amigos tuyos, pinches rufianes de mierda, que no voy a tolerar ni una sola intromisión en mis asuntos.

como un niño pequeño, enmudecido, violado. los sonidos de la batalla arribando como sombras, parpadeando como estrellas excitadas.


Robert Mapplethorpe - Marty and Veronica - 1982

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   La peor | martes, agosto 01, 2006
¿Qué hay en una guerra? La espera que destaca, la afición por el preludio, la claridad de la luz. Cientos de asesinos que tienen el alma pintada obscenamente en el rostro. La clave que se hace estúpidamente obvia. Dicen que nos preocupamos por el futuro improbable, por nuestro destino final en un camino que no sabemos si conduce o reduce o aspira o descarta, por este viaje en caravana hacia el absurdo. Dicen que nos preocupa que la muerte pierda su inocencia. Que las banderas subrrayen sus motivos. Dicen que nos preocupa no atender a la premura y que pierda en sangre su sentido. Dicen que nos preocupa que una bomba más o una menos no dejen que la vida pase a la historia.

Pero no hay historia. No hay consecusión de los hechos. No hay fuente que se vierta en memoria alguna o en señal alguna. Da la vuelta el escombro de nuestros años. Nuestros muertos nos sobreviven. Somos la peor cosa que le ha pasado a nuestra historia.

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   vivos | domingo, junio 18, 2006
deslizando la furia como si, de favor, pudiéramos pedir que nos alegren la mañana. deslizar la mortaja fuera de nuestro lecho, afiebrando cuanto vemos con nuestra proclividad por la dulzura.

no me amenaces con amaneceres azules. no me amenaces con ser feliz de lado, con sonreír de soslayo, con cuchillos enterrados en mi espalda, con sombreros o con tintas de impresora. no me indiques. no me apreses en el devenir de días ni en el devenir de otros.

dime, en cambio, de que color la nota, de que textura el cielo. dime de qué dimensiones el culo del dios al que le rezas. dime de que vergüenza tus muletas. dime de qué fealdad tu risa, de qué ridículo tu mundo, de que represión tu desparpajo.

arribamos a la playa armonicana de noche, en medio de intensa lluvia y de olas como infiernos redimidos. vaciamos la carga en la orilla, intensa y húmeda, perlándose de sal a cada caricia del agua. podía ver la humedad porque la carga la comentaba a la luz de la luna. la decía en cada brillo. se deslizaba la noche húmeda en cada joya, en cada caja de vinos, en cada tela preciosa.

las vigas del barco resoplaban con el dolor de un año hechos a la mar; las velas ajadas se bamboleaban como descansando de otras tensiones, de otros vientos. la verga se curveaba contra el viento, como si de pronto se pusiera débil, como si no mereciera admiración alguna. los hombres besaban la arena con las lágrimas inexplicables de su llanto de hombres, con el entusiasmo de sentir la tierra bajo sus pies. nadie podía creerlo: dios había hecho un milagro. cualquier dios. cualquier milagro.

podíamos afirmar que estábamos vivos.

no me amenaces con milagros. no me amenaces con salvarme la vida.

dime, en cambio, el color de la muerte. dime que salgo sobrando, que no ataco de costado, que mis ejércitos están vencidos. dime el final. dime sus colores.

hunde el barco. con un sonido rabioso.

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   vendrás sin duda | lunes, junio 12, 2006
Qué dice tu corazón
en un cartel de la otra.

todo lo que necesitarás para mirarme será un eclipse. un par de gafas que nieguen la salida. sombras para aterir la luz. todo lo que necesitarás para verme será el retazo de algún sueño, la bajada críptica de una mamada rápida en la autopista. fabricarás motivos y vendrás a verme. de lejos y de cerca, la coraza carcomida, el herraje oxidado de la última batalla. saldrás a verme y me verás adentro. entrarás a verme y me habré ido, sin hache y sin irme. verterás en tus paredes el candor de mi nombre y mi impostur