Amago de sombra, toda ciencia se fundamenta en la lujuria, en una evocación deliberada de melodías limítrofes. Debería ser un deber de la realidad el poseer una válvula de escape, un instructivo para su manipulación benéfica, una sala para ensayos. Su naturaleza abrupta y artera debería poder destilarse con procesos matemáticos o con alguna forma de oración frívola o dialéctica. Ausente de equilibrio, debería tener inserta una garantía y un teléfono de quejas. El derecho a devolverla y el derecho a abstenerse de permitirle cualquier influencia en nuestra vida. Debería ser opcional y cambiar por temporadas, como lo hacen ciertas cosas estúpidas como la moda, las mermeladas o los viajes a la luna.

No sabemos nada de la constitución anímica del mundo, no sabemos nada de la línea narrativa que diluye la muerte en su discurso. No sabemos nada de la ruina de sus horas ni del uso asesino que le da a las altas concentraciones de humedad. Ignoramos por completo la verdadera función mística, mecánica y venérea de las tijeras.

Aún en esta sombra pretendemos la sabiduría, como los enamorados pretenden la ternura aún en la vileza de su empeño. En la más compleja oscuridad pretendemos haber sido creados por dios, cuando la prueba del accidente que somos está en el nombre que nos da el relato de nuestra propia historia:

Catástrofe. Desatino. Virtud incendiaria del espíritu, como un volcán que inscribe el desastre en el inventario del tiempo, de la anatomía y de la espuma. No hay estado febril que no se cierna amenazante sobre la frágil razón que nos envanece. No hay forma del horror, de la merienda, del asesinato o del disfraz que no hayamos cometido. Somos el escaparate de una tienda del ridículo.

Seres espirituales que se rinden a la sombra; vastos en mierda, cálculo lineal y prospectiva. Llamamos ciencia a la comprobación milimétrica de la muerte y el vacío. Llamamos atributo a la ausencia atribuible, a la abstracción atribuible, a la inflación atribuible, al rito que nos brota del aliento amargo de la vida que corre.

Soñamos con vibrar con el impulso pero apenas lo logramos con las campanadas a muerto. Somos el eco de la espera milenaria por una respuesta que llevamos dentro, sabida de la misma forma en la que enarbolamos nuestro nombre, nuestro peso, nuestros harapos y nuestros prontuarios médicos. Además de eso, lo ignoramos todo.

Silencio en la brida, se ha ausentado de nuestro camino toda forma de guía o de concierto, toda poética industrial y toda mesura o talento. Debatimos sobre la naturaleza ausente del dinero y sobre la vasta circunferencia del intelecto y de los hornos para pan. Nos dejamos guiar por la sublime promesa de una zanahoria atada al extremo de un discurso.

Formas de la bruma. Somos proyecciones de lo que ocurre en la distancia insaciable de un sueño que se muere. Progresamos en vileza y nos aplaudimos el esfuerzo. Decanos de la guerra, decanos del abandono, autoridades en dejar de lado el candor intacto del sentido que está en las cosas a pesar nuestro, a pesar de los ciegos que la ignoran como ignoran a las nubes.

Era una prueba melódica para nuestros ojos al nacer. Era la cadencia de las cosas que caen, era la firmeza de las manos. Era nuestra en el estallido de un berrinche; en la sombra provocada por el cuerpo, máquina ufana que proveía calor y alimento. Era la experiencia del fuego y de las ondas, de las señales y los símbolos, de los escritos antiguos y del silencio contemporáneo a casi todos. Era el descubrimiento de la morada de lo cierto, que cambia coordenadas cada vez que se le encuentra.

Era dios, era la forma de un cadalso. Era la roja simetría de la sangre y de los rastros de los seres que se deslizan por el mundo. Eran el sacrificio y la mudanza, ambas una maquinaria de átomos y de distancias que se diluyen.

Era dios y preferimos ignorarlo porque, justo entonces, pasaba un tren.

 

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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