Las mujeres desnudas se bambolean como relojes de muerte. Me gusta que las mujeres tengan esa tendencia irrefrenable a parecer cadáveres cuando se intuyen desnudas (es difícil decir que las mujeres se saben desnudas, porque su cuerpo es como algo que se sugiere, o que se omite).

Ayer, la dama me inundó el correo electrónico con una foto roja. Me encantó su carácter obsceno, sobre todo porque la dama es una de esas mujeres que sólo se aparecen en mi vida para tener un dejo obsceno y luego vuelve a desaparecer, promisoria, en su otra vida de actriz semi adolescente. Es encantadora y tatuada. Se asume a sí misma como un peter pan que cuenta cuentos en la cabecera del diablo. Alguna vez le llamamos así: peter pan. El andrógino. Me encantaba coger con ella particularmente por esa razón. Había algo increíblemente gay e indefinido en el hecho de que ella me gustara tanto. Desnudándola podía desnudar a un muchachito: sus huesos firmes pero pequeños, sus tetas leves como un paro cardíaco, el cabello corto revuelto por un viento que insinuaba la tormenta en su cabeza. La dama no contenía sus ganas por nada. Animaba muchos actos de terror con sus caderitas diminutas. La dama asumía que el mundo estaba hecho sólo para contemplarla. Llegué a la conclusión, con su foto roja como testigo, de que lo sigue pensando.

Ella y yo asumimos que éramos iguales. Que nunca dejaríamos de mirarnos desnudos. Asumo que esta provocación de su foto en mi buzón no es sino un recordatorio de esas otras promesas que yo, inopinadamente, preferí olvidar. Tal vez porque, como lo comprobé al ver la foto, soy perfectamente incapaz de reconocer nada de ella en esta fotografía difusa como la muerte.

Pero, la dama lo sabe, el mensaje central no es ni ella, ni la foto, ni yo que la miro. El mensaje central es esa mujer, allí, cualquiera, que toma una cámara y se retrata a sí misma desnuda. Eso es lo que vale cien guerras y otras tantas revoluciones sexuales. Ese acto mínimo de reconocimiento. Esa afortunada obscenidad. Hay tantas hoy. hay tantas anónimas damas rosadas que se retratan para calentar a incautos como yo. No importa si nunca lo sabemos. Si ella y yo asumimos que nunca nos conocimos. Importa que se retrata desnuda, que se deja ver, andante y masturbatoria. Que desquebraja su cuerpo en un millón de fotografías digitales que, al final del día, siempre son idénticas.

Gracias, dama. Extraño esas copas que tú recuerdas con afán de borracha adolescente y las charlas contigo y tu padre. Extraño tu adolescencia, que ya no era la mía. Extraño tu cuerpo, que solía ser la luna.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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