For he lives twice who can at once employ, The present well, and e’en the past enjoy.
Alexander Pope

Mi mano se desliza por el lomo de cuero del ejemplar. Palpita como si el horror interactuara con la vida; como si el horror pudiera cobrar vida en cualquier momento. Y me digo que han pasado demasiados años desde que vi este volumen por primera vez; demasiadas guerras, demasiados horrores que, de una u otra manera, me dicen que el volumen no ha estado en paz. Que ha hecho lo suyo de una u otra manera. Por lo menos, desde la última vez que me encontré con él.

Escucho sus pasos apresurados resonando en las paredes llenas de libros. De pronto me da la impresión de que esos pasos no tendrían que sonar de esa impúdica manera en un lugar como este, en una biblioteca ahíta de palabras, papel, memoria catalogada. Suenan como si estuvieran ocurriendo en un lugar vacío y no es un maldito cuarto lleno de libros. Pero tal vez, me explico, sea porque las palabras y el papel y la memoria no significan nada, sino vacío. El vacío aterrador de la humanidad que somos.

La miro virar hacia el pasillo donde me encuentro, el volumen transpirando en mis manos como si fuera un pene delirante.

Viste con su inocencia de siempre, con el desparpajo de una niña, como si acabara de levantarse. Siempre parece que acaba de levantarse, salvo cuando acaba de levantarse. Lo cierto es que nunca la he visto levantarse, porque nunca me he acostado con ella. El pene-libro se agita ante la idea, triste.

Al verme, sonríe.

— ¿Estás cien por ciento seguro que es el bueno? –me pregunta, mirando mi mano llena de libro con esa curiosidad enferma que demostró desde que le hablé de él.

— Muy seguro. No hace falta más que ver el encuadernado para saberlo.

Arroja sus manos sobre el libro pero antes de tocarlo se detiene, como recordando las historias que le he contado y, si éstas son ciertas, el material del cual está fabricado el forro del libro. Luego de un segundo de dudas, toma el volumen con la reverencia que su mente le dicta para el caso y le da la vuelta para mirar la portada.

— Increíble –musita; y no acierto a decir si lo dice conmovida, asqueada, horrorizada o excitada sexualmente–. Sencillamente inverosímil.

— Lo sé. Como puedes ver, la piel parece tratada con algún tipo de proceso químico que le permite conservar cierta lozanía. Casi como cualquier otra encuadernación en cuero, sólo que esta, dadas las particularidades del material, debería estar mucho más ajada.

Ella voltea a mis ojos y me escruta con atención.

— Déjate de estupideces y dime: ¿es realmente el mismo? ¿Cómo puedes saberlo? Podría haber cientos de ejemplares exactamente iguales a este, tal vez miles, y podrías no saberlo.

Me sonrío. Su carencia de rigor es realmente hilarante, particularmente porque es una persona brillante. A veces cuesta trabajo imaginarse a una persona brillante y no rigurosa. Como sea, alcanzo el libro y, sin quitarlo de sus manos (un poco por el horror palpitante que me da tocarlo, pero otro poco porque es un gesto muy de “maestro paciente”), le doy la vuelta.

— Es poco probable lo de “miles de ejemplares”. Imagínate: si hubieran hecho miles de ejemplares, tendría que haber algún registro que diera cuenta del hecho; no podrían haberlo hecho sin que nadie notara nada. Además, casi por regla general, cuando se tiran miles de ejemplares se necesita tener algún tipo de control, particularmente en este tipo de libro hecho “ex-profeso”. Sin duda, tendría alguna forma de control de tiraje y bibliográfico, además de algún tipo de registro de distribución. Y, como observarás, ni siquiera tiene colofón. Si asumimos como cierta la antigüedad de este libro, debemos recordar que en la época experimental de la imprenta nadie se imaginaba que el colofón sería necesario. Esa es una putada de la producción en masa. Además, está el hecho de que este libro está marcado -agrego, señalando en la cuarta de forros, casi con placer, la marca a la que me refiero.

Ella parpadea y deja caer, obscenamente, un dedo sobre la marca. Cuenta “uno, dos, tres” como una adolescente que contara a sus novios. Saborea el tacto de aquello en sus manos, y me pregunto si no será capaz de sentir el pulso que aquel libro despide, el ritmo de un corazón muerto hace siglos, el espanto de ser lo que es.

— Dios santo –balbucea, y se cala los lentes en la nariz con el dedo–. Esto es absolutamente inaudito. Tres lunares.

De pronto, su rostro palidece. Parece que en segundos todas mis referencias al libro, las cosas que le he contado, han cobrado la calidad de “real” en su cabeza. Se percata –pienso, como una adolescente que descubre que el sida existe frente a la visión de su sarcoma en el espejo–, de que las cosas que le he dicho que hace ese libro son ciertas y posibles para ella. Recuerdo con una sonrisa a medias que la primera vez que llegué (debería decir “regresé”) a Europa y bajé del avión lo primero que pensé fue: bueno, esta mierda existe y no es nada del otro mundo. Como si algún día, en mi largo pasado y en un afán de Santo Tomás, hubiera decidido no creer en nada que no fuera pisado por mis pies. Y como si mi mente, de vez en vez, quisiera negar el profundo y antiguo conocimiento que tengo sobre Europa.

— Hijo de puta –escucho que murmura–. Hijo de puta, hijo de puta –. Su mano dubitativa se atreve a abrir el libro, cualquier página parece ser suficiente. Los ojos se desvían de un lado a otro, y sé que los va a reconocer, porque mi mente reconoce que ella sabe de eso mucho más que yo (aún cuando “eso” esté tan íntimamente ligado con mi persona). Y porque además, para cualquier ojo educado sería obvio.

Su rostro se ilumina en una mezcla de horror definitivo y de placer en duda.

— Hijo de puta, no jodas, estos son caracteres Gutemberg.

Siento el brutal repique de las campanas de una iglesia cercana. Rompiendo el silencio de la biblioteca, amenazando con su absurdo llamado el momento perfecto que ella, yo y el libro hemos construido. Pero no ocurre. Sus oídos parecen ahora completamente ajenos e indiferentes a cualquier llamado de Dios. Mejor así. Los dedos de ella comienzan una caricia mas decidida sobre el volumen, le dan la vuelta, recuentan los lunares en la cuarta y luego, decididos, se dan el lujo de volver a la portada y de acariciar los pezones, el breve y asqueroso vello que aún queda en el pecho, se deslizan temerarios sobre el pedazo de estómago como si se dirigieran al ombligo ausente, o más abajo. La miro y pienso que sus ojos tienen algo de expectante, algo de lúbrico, y descubro en mi mente el recuerdo de esa misma sensación, la primera vez que estuve a solas con el libro terminado y pude corroborar con el tacto la brutal realidad de su manufactura: esa mezcla inaudita de un asco profundo, de una sensación de miedo absoluto, y su danzarina mezcla con un erotismo primitivo. Supongo que cuando fui capaz de sentir ese gozo subrepticio debí saber también que estaba perfectamente dispuesto a sucumbir a las promesas de ese libro. Y a su costo.

Estaba dispuesto casi a olvidar que mis manos tenían una relación íntima con ese libro. Con su material. Fui capaz, digamos, de verlo como la obra de otro.

— Me cago en la puta –larga ella, cuando termina de acariciar el libro con su reverencia lúbrica, si eso es posible–. Tienes razón; miles de ejemplares habrían significado una matanza de la que habría registro. Si hubiera más, claro, cada ejemplar sería único. Sería extraordinario, por ejemplo, si hubiera un ejemplar fabricado con el pecho de una mujer. Eso sí que sería cachondo.

Me distraigo mirando los brillos de su cabello contra la escasa luz que penetra por los altos ventanales de la biblioteca. Sus ojos comienzan a parecer demasiado brillantes, demasiado desubicados, demasiado llenos de preguntas. Me reconozco en esos ojos y reconozco los primeros efectos del libro en su mirada, en la tez que comienza a palidecer, como si la enfermedad comenzara a coquetear en sus mejillas.

— Bueno, recordemos que el único ejemplar, por lo menos el único ejemplar público, de la biblia Gutemberg, el de la biblioteca pública de Nueva York, demuestra que cada espécimen mostraba no sólo modificaciones menores en la tipia, sino grandes modificaciones en el diseño de…

— No, espera –acota ella–, está otro ejemplar en la colección de la biblioteca pública de Burgos.

— Sí, pero ese está hecho con los 290 tipos que Gutemberg mandó hacer posteriores a la primera impresión. Los caracteres unidos -le respondo, señalando con un dedo frío el interior del volumen.

— Tienes razón, hijo de puta –respinga ella, abriendo brevemente el libro y observando con ojos vidriosos otra página cualquiera–. Estaba a punto de decirte que este podría ser una edición de Fust y Schöffer –me muevo incómodo, como si me hubieran clavado una aguja en el pie; pero ella no lo nota–, o incluso posterior; pero este libro tiene que haber sido hecho con los caracteres originales, los del ejemplar de Nueva York de la otra biblia. No están unidos y son mucho mas rudimentarios.

Claro, pienso ante su mención de “la otra biblia”; imagínate que pudieras comprobar que el primer libro impreso en el mundo, por el padre mismo de la imprenta, no fue la estúpida biblia. Imagínate demostrar que la primera biblia impresa en el mundo –el primer libro, además– no fue la biblia de dios sino la biblia del diablo.

Pero luego me pregunto si vale la pena demostrar nada. Si vale la pena reescribir la historia y demostrar que ésta no es la historia de dios, sino la del caos. Como si alguien pudiera hoy no saberlo. Como si el hecho mismo de que este libro aparezca de vez en vez en mi vida (en la vida de cualquiera) para permitirme inducir al error a alguien (una estudiante pedorra en una biblioteca de Madrid, o un obrero en México, o un quien sea en el lugar que sea), como si esa persecución no fuera, decía, una prueba de que la historia no importa si no le permitimos afectar el presente, jugar con él, amenazarlo de alguna manera.

Entonces, recuerdo mi propia carga de amenaza.

— Y bueno, ¿qué piensas?

Largo la pregunta como si fuera casual, pero en mi mente se cierne la promesa, por llamarla de alguna forma, que tengo que cumplir. El voto que garantiza mi permanencia en el mundo. Inducir a error, le llama él, con una elegancia monacal que honestamente siempre me ha parecido fuera de lugar. Pero vale, pienso; inducir a error. Para él ni siquiera es necesario que el rito se complete. Ni siquiera le interesa tener un ejército de seres como yo, inductores del error. Le basta con una simple frase y me perdona la vida. Le basta con que se complete la seducción, el error, la idea de que es posible. Le basta con esa mirada perdida que veo en ella ahora, con ese sudor en la frente, con ese momento culminante al que ella está a punto de llegar, cuando toda noción de bien y de rectitud se desvanecen ante la promesa de que ese libro, esa biblia del diablo, ese libro impreso por el mismísimo Gutemberg –que tal vez, además, sea el primer libro impreso en el mundo–, te puede hacer capaz de infringir todo orden natural, toda ley de dios. Con eso basta. Con que esa persona, en nombre de la humanidad toda, reconozca que el orden divino es una carga y que, ante la posibilidad, la humanidad es capaz de aceptar otro orden sustituto.

— Pienso –dice ella, muy bajo, con voz de niña, de niña seducida–, que lo voy a usar.

Y sí, con eso basta. Lo siento en todo el cuerpo. En todo el antiguo, el antiquísimo cuerpo que soy. Ese cuerpo que inventó la imprenta, que la perdió por deudas (esos hijos de puta de Fust y Schöffer), pero que ganó su pretensión de inmortalidad gracias a un libro que parecía una broma y que le pidieron encuadernar con la piel del pecho de un desgraciado al que nunca le vio el rostro. Este yo que soy, este cuerpo viejo y que pervive al tiempo que le aniquila, que pretende olvidar que nació en Europa y que Europa existe. Ese cuerpo que sabe que esa biblia del diablo es realmente el primer libro que se imprimió en el mundo.

Pero tanto da. Tengo tiempo. A veces quisiera no haber dejado atrás hace tanto mi oficio de impresor. A veces quisiera no haber aceptado este pacto que me hace un inductor al error.

Pero tengo tiempo. Tiempo para seguir siendo la bestia que soy.

Codex Gigas

Codex Gigas (Kungl. biblioteket)

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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