Al parecer, la policía noruega ha recuperado los dos ingentes cuadros de Edvard Munch que habían sido robados del Museo Munch en Oslo: “el grito” y “la madonna”. No fue ninguna aventura digna de ninguna película gringa o de algún capítulo de CSI, sino más bien una coincidencia tendiente a lo vulgar: la policía agarró a un ladrón de bancos y éste, para que le dieran menos años en la cárcel, les dijo que sabía dónde estaban las obras.

Los polis noruegos están “convencidos” (ojalá no con la misma convicción con la que buscaron las piezas) de que las pinturas encontradas luego del espectacular operativo -en el que, además, no arrestaron a nadie- son las originales. Una de ellas (no han dicho cuál) presenta un rasgón menor y la otra un pequeño deterioro de uno de sus extramos bajos, ya que los ladrones les quitaron el ostentoso marco.

Como sea, en lo personal espero que sean las originales. Todo este tinglado de personas con el suficiente poder y dinero para organizar el robo de piezas de arte, quitando así la posibilidad de que el resto de los mortales podamos verlas de frente, en vivo (como yo lo pude hacer con “el grito”, hace ya varios años, en la ya mítica exposición organizada por la Fundación Cultural Televisa -perdón por los ruidos, si los oyeron; es que fui a vomitar), todo este tinglado, decía, me parece una de las expresiones más acabadas del capitalismo salvaje, que no sólo es capaz de robarse elecciones, patrimonios culturales e históricos, tierras de propiedad milenaria, leyes, recursos naturales y un larguísimo etcétera, sino que también aspira a robar para sí el gozo y la belleza.

En un razonamiento esencial, eso es precisamente el fin último del capitalismo: privarnos de toda noción de belleza en aras de una absoluta, dictatorial, noción de utilidad.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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