Go fuck yourself with your atom bomb…
Allen Ginsberg/America

No se mueve, como si su inmovilidad fuera la línea sangrienta que subraya la sinrazón. Pienso luego que sinrazón es un término que suena demasiado cantarín si lo uso para referirime a la nímia cosa a la que pretendo referirme: salgo del palacio de bellas artes luego de haber visto una exposición anódina de un tipo que piensa que es tan talentoso que tiene el elevado deber de dejárselo saber al mundo. Salen conmigo a la noche frugal de la ciudad de México un ejército de modelos vistiendo ropa para modelos que fueron a exhibir su sensibilidad en la expo de marras (y bueno, yo estoy allí por mero accidente, más por un afán de amor que por un afán de espíritu sensible… y me pregunto si no serán lo mismo). Y de pronto, como salidos de la nada de su mente, dos grupos de muchachos se aposentan en la explanada de mármol, ataviados ofensivamente con las playeras de sus respectivos equipos de fútbol. Si no fueran las diez de la noche en este lado del mundo sería hasta gracioso; pero cobijados en la penumbra les cae encima un carácter siniestro que anticipa su estupidez. Ambos grupos comienzan a imprecarse por la improbable razón de que unos le van a las chivas y otros a las águilas. Me imagino que en el zoológico de nuestra historia esa no es más que otra guerra de consecuencia incuestionable. De pronto, con su afán subrepticio, comienza la violencia. Se gritan cosas sobre sus madres, sobre sus hijos, sobre toda progenie habida y venidera. Se retan tocándose las entrepiernas como si se retaran a coger sin contemplaciones. Los golpes, la sangre, hacen retroceder a los sensibles y se toman la molestia vulgar de empujarse de regreso al palacio, déjando un álito de perfume caro y miedo ramplón. En el espacio que se abre, veo que un grupo de quince o así está pateando en el piso a un crío que no pasa de los dieciséis; me pregunto si la relación numérica es una metáfora o un desatinado símbolo consecuencia de su cercanía con el estúpido palacio. Lo brutalizan con saña, le quitan los zapatos, le roban una pequeña bolsa de tela que cuelga de su cintura, aspirando en su odio a que en la bolsa vayan envueltos todos sus recuerdos, las monedas que le llevarían a casa, la foto de su novia de la secundaria y un poema borroneado que habla de su equipo de fútbol. En el otro extremo de la escena, los modelos se atiborran contra la puerta y voltean sin querer voltear, se quejan de la inseguridad de la ciudad, se alarman inmóviles. Los quince dejan al chico y corren; miro que pasan frente a un carro de la policía que, impasible, parece obstinado en evitar que los dos policías gordos que se encuentran dentro de él se bajen y hagan algo. Y entonces, en la quietud, el cuerpo tendido del niño comienza a cantar largas notas de silencio e inmovilidad.

No se mueve. Nada en él se mueve. Ni siquiera el color amarillo de su pecho, que tan caro le ha cobrado hoy su devoción.

Tres o cuatro almas sensibles se acercan y le miran sin tocarlo. Se horrorizan ante su estático dolor. Se corre la voz en palacio: el chico ha muerto. Alcanza para que una chica rubia de bellísimos ojos azules se siente derrotada en los escalones y se queje inarticulada y llorosamente de la inmovilidad de todos, de la indiferencia, de las carencias estructurales del país, de su propio horror, de la llegada del hombre a la luna. Su cabello lacio se arremolina en su cara como en homenaje a su beatitud. La chica invoca a dios y pienso sí, dios es esto, este chico tirado en la calle, hipotéticamente muerto, con una playera de su equipo de fútbol favorito.

Dios responde. El chico comienza a moverse y estira un brazo frente a su cara, como protegiéndose aún del horror. Algunos de su grupo regresan y comienzan a levantarlo. Nadie grita anunciando el milagro. El chico se abraza a sus amigos y comienza un intento infructuoso para mover las piernas. Los minutos pasan y logra articular un paso, luego otro, y se va caminando como un mártir del fútbol rumbo al partido, que es mañana, supongo.

Y me pregunto dónde está la gracia. Me pregunto en qué consiste el milagro. ¿En la chica rubia y su plegaria, en el viento del norte que agitaba sus cabellos, en el impasible espanto de lxs modelxs, en sus nalgas perfectas y sus sonrisas sin sexo oral, en la caída de dios sobre las porras deportivas, en que el chico podrá ir al clásico de clásicos?

A veces me imagino que, en su estupidez, la historia del mundo es como una bomba atómica explotando todo el tiempo. La vibra infalible de la muerte en cada uno de los que aspiramos a vivir.

Y hoy, más que nunca, odio el fútbol.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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