Este post forma parte de la serie Guerras Semánticas

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  4. El Estado como Narrativa
  5. Épica: La Maquinaria de la Persuasión

Futuro y cultura análoga II. (Guerras semánticas, construcción del logos y territorialidad del internet, octava parte)

Este artículo fue publicado originalmente en la revista mexicana “etcétera” en octubre de 2015.

Mirándolo de una manera esquemática, podríamos afirmar que los seres humanos necesitamos para nosotros mismos –como una especie de garantía de coherencia más o menos disponible en los peores o más confusos momentos de nuestra vida– una escala emotiva. La filosofía tanto como la psicología, la superación personal, la sociología, el yoga y la repostería, amén de otras importantes disciplinas del pensamiento humano, echan mano continuamente de la idea de la escala axiológica –o escala de valores, si es usted cristiano practicante– como marco principal de la construcción del ethos, es decir, del carácter y de la conducta (individual o colectiva); induciendo la idea de que un marco referencial de conceptos y valores que guíen (y en el peor de los casos justifiquen) nuestras acciones es suficiente para entender lo que esas acciones derivan y provocan en la realidad objetiva.

Lo cierto es que desde una perspectiva estrictamente semántica esa realidad objetiva nunca cuaja en verdad, nunca termina de ser, carece de un carácter absoluto, y se compone en todo caso únicamente de un intercambio interminable, siempre inacabado, de signos e interpretaciones, de ideas e interpelaciones, de subjetividades y mediaciones. Esta idea no es necesariamente moderna o privativa de la semiología como disciplina contemporánea; ya Friedrich Nietzsche en su “Genealogía de la Moral” afirmaba de manera tajante que no existía terreno posible para una supremacía de juicios o para la conformación de juicios absolutos en tanto esta conformación dependía siempre de valores subjetivos, aún incluso en aquellos que pensábamos incorruptibles por la subjetividad –como las verdades científicas– o aquellos que considerábamos tan inmediatos y simplones que eran imposibles de permearse por la subjetividad, como las observaciones cotidianas. En todo caso, Nietzsche apuntaba a una caracterización de todos los valores como resultado de un proceso ex profeso; es decir, hecho a medida (no olvidemos la lapidaria noción nietzscheana de que los “buenos” acuñaron el término “bueno” no como resultado de sus acciones sino como mediación para sus acciones) y para servir específicamente a los intereses de quienes los articulan.

Recordemos que el problema de la axiología no es privativo del análisis moral o ético de la realidad sino, en la práctica, un problema de comunicación y de la comunicación. No únicamente en la noción ampliamente aceptada de la investigación como esencia del periodismo (la tensión entre quienes afirman la existencia de una aproximación “objetiva” y científica a lo que se investiga y quienes afirman la existencia de una aproximación subjetiva e interpretativa y casi interaccionista como única posibilidad real de investigación) sino de una manera amplia y definitoria en la conformación de los lindes de la realidad objetiva; noción particularmente cierta en una sociedad donde los medios de comunicación funcionan de manera omnímoda y a veces sin la mediación de ninguna circunstancia de construcción del logos a nivel experimental. Es decir, una sociedad en la que la mayor parte de la información se traduce en el consumo de medios y no en la experiencia tangible de lo que esos medios encapsulan como información. No olvidemos que, de cualquier manera, no podríamos caracterizar como “medios de comunicación” únicamente a la concatenación de generadores de contenidos (empresas de comunicación, profesionales independientes, el estado, la iglesia, los partidos políticos, los bloggers, vloggers y otras formas de esa aberración que hoy se llama “influencers”, etc) y aparatos receptores de contenidos (radios, televisores, computadoras o dispositivos móviles) sino en general a toda aquella infraestructura destinada a verter contenidos de información encapsulada; cosa que también hacen, por ejemplo, las escuelas, los púlpitos y otras infraestructuras con menos glamour e incluso bastante venidas a menos. En todo caso, lo que importa aquí no es necesariamente la naturaleza del ejercicio comunicacional per se, sino sus resultados verificables y sus implicaciones en el diseño de las narrativas predominantes.

No sería aventurado decir que vivimos en una época donde el más bajo común denominador de la comunicación se ha convertido, irónicamente, en el más efectivo de los instrumentos de persuasión. En el análisis comunicacional de la mitad del siglo XX (que dio al mundo perspectivas tan brillantes como las de McLuhan, Baudrillard y muchos otros, hasta llevarnos a los deliciosos y notables extremos de Rushkoff, Lipovetsky y sus secuaces) se aventuraba la necesidad de una sólida sofisticación del objeto comunicacional como herramienta de persuasión; particularmente porque la sagacidad de la mente humana podía, debía, darse cuenta fácilmente de cualquier engaño barato o poco elaborado y sería capaz de evitarlo e incluso de confrontarlo de ser necesario. Lo cierto es que esto no ocurre necesariamente así y, aunque ocurra, las herramientas y las formas de esa “reacción” frente al objeto comunicacional pasan necesariamente por el filtro de otras formas más sofisticadas, a veces incluso laberínticas a lo kafkiano, de control (la nada sutil ingenuidad de quienes creen en los defensores de las audiencias o en los ombudsman de la comunicación como caminos para esa confrontación es a veces angustiante, por decir lo menos). Es incluso sintomático de un cambio de paradigma frente al fenómeno comunicacional en sí: no es raro que las personas brinquen de la total credulidad frente al producto comunicacional a la descalificación generalizada de cualquier información recibida sin importar la circunstancia en la que sea reciba. En ese sentido, la comunicación y su principal contenedor semántico, la información, pasan por un estadio de crisis cuando no representan una crisis per se, permanente e inmanente a su naturaleza: una especie de nihilismo informativo donde no existe referente al que acudir para verificar el significado (que es más o menos para lo que existen los referentes y, también más o menos, para lo que existe la información). Un nihilismo informativo donde el mejor recurso que le queda a las audiencias es el de decantarse por un extremo, el de polarizarse, el de aplaudir los lugares comunes que ejemplifiquen mejor aquello con lo que puede estar de acuerdo; aquello con lo que le han enseñado a estar de acuerdo. Aquello que pretende hacer eco en las paredes de su escala axiológica y que le soba el lomo a su triste necesidad de tener la razón.

Es allí donde vuelve la noción básica de la construcción del logos y, por supuesto, la noción básica de que esa construcción se está llevando a cabo en medio de una guerra. Este conflicto (violento en su naturaleza, y no sólo a un nivel simbólico) nos incluye tanto como botín –captura y prisioneros–, como potenciales enemigos. Particularmente porque lo que se exige de nosotros en esa circunstancia es –más que una reacción– un nivel de aceptación y una respuesta emotiva ad hoc y dentro de los límites de lo razonable para esa aceptación. Pero, ¿existe realmente un esquema donde lo emotivo sea mensurable, previsible? ¿Es posible pues, una escala emotiva, una axiología de lo conmovedor, una axiología de la conmoción? Casi siempre, de hecho casi de manera atávica, lo emotivo suele ser entendido como carente de control, como visceral, como algo que rebasa los límites de lo socialmente aceptable; no es raro encontrarnos con la idea de “una reacción muy emotiva” para significar que los sentimientos rebasaron ciertos convencionalismos en una circunstancia dada y, por ejemplo, se lloró en público, se gritó en público, se tuvo una reacción exaltada en público o se agarró uno a las cachetadas (en público, claro). Por supuesto, subrayo el carácter público de la circunstancia porque en el ámbito privado uno no encuentra espacio para ese juicio: uno simplemente llora, grita o se exalta cuando está en la intimidad, y no tiene necesidad alguna de justificar la propia emotividad ni la propia conmoción de las emociones, a menos que uno tenga una patológica tendencia a la autocrítica. La demostración recurrente, obcecada y exagerada de nuestras emociones en público, por otro lado, tiende a generar desconfianza y distancia en las personas que nos rodean; aún cuando ahora, en la histeria de las redes sociales, ese despliegue de emotividad se piense casi como un deber del activismo “verdadero” (que se indigna, llora y se rasga las vestiduras a la menor provocación y tiene confianza en que ello constituye una solución para las más diversas iniquidades del mundo) y de las personas cabales y de buen corazón. Vale la pena preguntarse si esa reacción no es, en realidad, uno de los niveles de aceptación y de reacción emotiva que se esperan de nosotros; una decantación previsible y dentro de lo que el entorno social puede contener y controlar.

No es extraño pues que la elección de la palabra terror sea, probablemente, la más adecuada para nombrar a lo que la narrativa del capitalismo en su estadio actual vende como “información”. Si nos atuviéramos a una axiología emotiva, por ejemplo, ligada a las grandes narrativas del siglo XIX e incluso a muchas narrativas pre-románticas (y, para el caso, incluso pre-periodísticas), la palabra “terror” implicaría una reacción emotiva sin duda desbordada, de profundas repercusiones emocionales y discursivas, un choque semántico profundo; algo incluso fuera del orden natural de las cosas, si observamos por ejemplo la caracterización del terror que hizo la literatura gótica en sus momentos más remotos y particularmente aquella que no respondía a la pre-modernidad sino que se solazaba en la crítica o la confrontación frente al iluminismo o el cientificismo puros.

No es extraño tampoco que la elección de esa palabra, terror, sea tan chocante en medio de la inmovilidad que provoca en las sociedades actuales; en medio de la carencia de una verdadera reacción volitiva que parece caracterizarla y en medio del vacío semántico que parece, en todo caso, señalarla como el cadáver de una palabra, como la carcasa de un concepto vaciado de sentido de manera intencional y, al mismo tiempo, como el accidente desafortunado de un estado que se quedó sin discurso y sin una relación patente con el significado.

Daniel Iván
www.danielivan.com

Die Heilgymnastik in der Gynaekologie: und die mechanische Behandlung von Erkrankungen des Uterus und seiner Adnexe nach Thure Brandt (1895).

Imagen: Die Heilgymnastik in der Gynaekologie: und die mechanische Behandlung von Erkrankungen des Uterus und seiner Adnexe nach Thure Brandt (1895)

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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