Este post forma parte de la serie La Memoria Análoga

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Futuro y cultura análoga I. (La memoria análoga, primera parte).

Este artículo fue publicado originalmente en la revista mexicana “etcétera” en diciembre de 2014.

Al intentar definir las implicaciones semióticas de la aplicación imaginaria y factual de una web semántica es imposible no caracterizar, más como un reconocimiento resignado que como una sorpresa maravillada, la universalidad de la experiencia digital. Si nos detuviéramos un segundo a realizar una lista personal de las experiencias sensoriales, cognitivas, de comunicación, de documentación, comerciales y demás que pasan hoy por la digitalia antes de llegar a nosotros –las nuestras, las que nosotros seamos capaces de ver en nosotros mismos; no corramos como siempre hacemos a convertirnos en estadística–, nos daríamos cuenta que es de hecho muy difícil excluir un estadio de existencia en “unos y ceros” de prácticamente cualquier objeto, mensaje o significante que, en este momento, tenga contacto con nosotros. Esta realidad no es exclusiva del objeto comunicante (sabemos que cada mensaje que recibimos “tuvo que pasar por una computadora”, como no sean los poemas en servilleta que nos escriben nuestros enamorados adolescentes), sino incluso para prácticamente cualquier bien objetual que podamos imaginarnos: diseño de bienes y servicios, avances científicos y tecnológicos (perdón, estimado lector, por usar un lugar tan común como poner esas dos palabras juntas, pero uno siempre es víctima de su cultura mediática), entretenimiento, libros, muñecas inflables y hasta esa humilde manta diseñada en photoshop con la que el politiquillo de marras nos quiere convencer de no se sabe muy bien qué cosa.

Es obvio que no todo ocurre en el ámbito digital, por el momento: aún hay elotes (no demasiados) que no están modificados genéticamente mediante algoritmos resueltos en computadora, y aún hay sillas que no presumen de ser “de diseñador” sino que son, humildemente, hechas de buena madera y con buenos clavos y tornillos. Aún hay dibujantes que no escanean sus obras para volverlas “arte digital” y depauperados trovadores que siguen prefiriendo el blues a la música electrónica. Todo eso, como remanente de una cultura análoga que antes lo abarcaba todo, viene a representar para algunos el último bastión de resistencia ante una conspiración cultural de alcances universales o, para los menos dados a las teorías conspiratorias a destiempo, como una memoria del hecho análogo que, en la digitalia, debería tener un lugar preponderante. O esa es mi opinión.

Sin pretender eximirme de darle continuidad al hilo de ideas anterior, quisiera detenerme en una pregunta que ronda por mi cabeza desde hace algún tiempo y que, en primera instancia, me pareció una ocurrencia desafortunada pero que, al no poder sacármela de la cabeza, sólo puedo darle resolución articulándola en público:

¿Existe una memoria de la experiencia análoga y, en todo caso, es posible que la experiencia digital pueda conformarse como la única experiencia posible, la memoria de todo, la forma más acabada y perfecta de la memoria? La memoria humana se parece mucho al sueño: tiene una tendencia casi inherente a la exageración, a sobre-romantizar, a decirnos cosas que no fueron o a decirnos lo que fue como se quisiera que fuera ahora; es decir, a delimitar su importancia en la pérdida y no en lo que evoca per se. No se le puede culpar, porque lo que evoca es lo que no está; en esa contradicción radica su angustiosa naturaleza. Por supuesto, la memoria nos caracteriza en el tiempo: aún sin saber nada sobre usted, estimado lector, le garantizo que llegará un momento en la vida en el que las charlas con sus amigos pasen casi irremediablemente del análisis de la actualidad a la reminiscencia encantadora de un momento ido; incluso le pasará que sin importar la antipatía que sienta por las opiniones de, digamos, ese amigo suyo que es tan de derechas, no podrá dejar de sentir una profunda cercanía con él cuando recuerden juntos ciertas marcas de ropa, ciertas bandas de música, ciertos dibujos animados, ciertos hechos históricos; cierto flujo cultural que ya no está. A eso, le aviso, se le llama ser un adulto contemporáneo. O se le llamaba en los noventa.

La memoria en sí misma carece de tensiones entre lo análogo y lo digital: usted no duda en ponerse rockero aunque ahora lo tenga que hacer compartiendo en su red social un video de Led Zeppelin “jalado” desde Youtube. Para usted, curiosamente, mirar a Plant y Page tocando “Whole Lotta Love” debería ser experiencia suficiente para embelesarse, tanto como cuando nos embelesábamos al verlos en aquella selección musical tan transformadora que solía hacer Jaime Almeida en Estudio 54. La tensión tal vez venga cuando, gracias a las más básicas formas de la web semántica, junto al video de los sagrados Zep nos aparezca un video de no se sabe bien qué degenerado que afirma que el 85% de las canciones de Led Zeppelin fueron, en realidad, plagiadas de las más diversas fuentes de la escena del blues e incluso de artistas contemporáneos a la banda a los cuáles nunca se molestaron en darles crédito. Pero en el caso de esa vicisitud la tensión no es entre lo análogo y lo digital, sino entre relevancias culturales; y esas, sería imposible negarlo, nacieron para vivir en tensión.

Por mi parte vengo de una generación, la caracterizada como “Generación X”, que tuvo un privilegio –o un conjunto de privilegios– la mar de extraños. A mi generación le tocó no sólo nacer entre los años 60 y 90 del siglo pasado, sino vivir la cúspide del mundo digital, por decirlo de alguna manera: por un lado, la cultura de medios se convirtió en los países más desarrollados en un universo global y extrañamente incluyente, y eso nos salvó en gran medida del analfabetismo degradante impulsado desde los medios mexicanos: atestiguamos las más variopintas formas de la contracultura, ya fuera por los mejores años del MTV o por los escasos, siempre postreros años que nos duró Rock 101 (y luego su imitación ad nauseam, Radioactivo). Asistimos por referencia (a veces incluso por referencia terciada) a los mejores años del cine independiente, fuera porque la curiosidad nos hacía asistir a las inverosímiles madrugadas de “tiempo de filmoteca”, o porque nuestros pasos se dirigían fervientemente al cineclub de ciencias o a la siempre malograda pero siempre pertinente Cineteca Nacional. Asistimos al desencanto por la política y a la caída de muros que, al parecer, eran irrelevantes y no tardarían en volver a ponerse de moda. Nos vendieron la idea de que el capitalismo estaba evolucionando a una forma híperdesarrollada de sí mismo, a la que le pusieron el nombre de Neoliberalismo y a la que le permitieron seguir siendo el mismo capitalismo de mierda de siempre, pero ahora bien y atrozmente documentado. Y sobre todo, asistimos a la fiesta de la portabilidad: de pronto todo era portable, desde la música hasta los teléfonos, desde la tele hasta los glucómetros, gracias al triunfo de algo que entonces llamábamos “Micro-Chips” y que, vinimos a darnos cuenta luego, no era solamente una banda de niños que tocaban un rockito inofensivo inventada por Televisa.

Mi generación también fue la primera en usar computadoras de escritorio. Y la primera en usar servicios peer to peer y mensajería instantánea. Vio adelgazar los teléfonos celulares de “tabique” hasta tamaños ridículamente pequeños para luego, por no se sabe qué idea retorcida del avance tecnológico, volver a crecer hasta convertirse en el Iphone 6. Mi generación se ultradigitalizó en apenas una década, cuando no en menos: al inicio de la primera década del siglo XXI el paradigma comunicacional del Internet no era solamente moneda corriente sino, para algunos como yo, lo que nos daba de comer. Nuestro trabajo. Hágame usted el favor.

Por supuesto, resumir la experiencia de una generación a través de lo que uno recuerda de su paso por el mundo es apenas un desatino. La memoria y todas sus formas tienden a declinar, porque la mente tiende también al declive: no es una cuestión de degradación, de edad ni de descuido. Es sólo que el entendimiento de las cosas –y la memoria es una de las pocas formas fehacientes del entendimiento – se aviene a las formas de una ética obligada: sólo puede darse de lejos, tímidamente, en el distanciamiento.

Si llamáramos a la memoria humana “la única memoria análoga posible” no estaríamos mintiendo. En el mundo análogo nunca surgió un aparato capaz de abrir ventanas en el tiempo ni de evocar fehacientemente la experiencia humana en toda su complejidad; esto, contradiciendo la idea de Andrei Tarkovsky, quien afirmaba que el cinematógrafo era de hecho esa máquina y que hacer cine era, básicamente, “esculpir en la materia del tiempo”. Por supuesto, la memoria digital tampoco es capaz de abrir ventanas en el tiempo pero tiene una ventaja pragmática frente a la memoria humana/análoga: su capacidad de repetición y de reproducción idéntica –ya no fehaciente, sino idéntica– que, en no demasiado tiempo, será capaz de abarcar aspectos cada vez más complejos de la experiencia humana.

¿Cuál es el futuro, entonces, de la memoria análoga? ¿Decantarse en la digital para dejar de ser?

Daniel Iván
www.danielivan.com

Group of people greeting one of the first Norwegian airplanes that came to Norway from England in May 1945. Unattributed.

Group of people greeting one of the first Norwegian airplanes that came to Norway from England in May 1945. Unattributed.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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