Sigo cayendo y es la libertad misma.
M.g.

Es como si nos despidiéramos, dice mi cuerpo, pero apenas lo dice el cuerpo se siente ausente, cadavérico, desnudo hasta el imposible. Importa, se dice, que los sueños pueden caber en una mochila. Importa, se dice, que mis sueños no caben en ninguna parte. Importa irse, se dice, y elucubra en su mente (la mente que yo le presto) acerca de ventanas rotas y besos como enredaderas. Ella, sentada en mi regazo, o en la multitud de espacios vacíos de mi mente, me habló de un hotel tomado por una enredadera; y me imagino que mil enredaderas no bastarían para morir diciéndole adiós. La vida no tiende a marchitarse; es una enredadera insidiosa que se empeña con nuestros huesos. Hace de nuestros huesos su oficio; su hotel abandonado. Será por eso que mi cuerpo se asume el de ella en cada abrazo, terco en decirme que puedo ser indiferente; será por eso que mi cuerpo se despide.

No entiendo tu miedo, me dicen mis manos. La has tocado de ausente, de primate, de cuerpo y mente la has tocado, de remanso y de costado y de no tocarla la has tocado. Te has visto en ella como ardiente, como sombra luz, como recordatorio. ¿Es que acaso no importa que se te deshaga en las manos, que sus huesos diminutos, que sus huesos que se le deshacen a ella misma entre los dedos, se te evadan en minutos y en horas de oficina? ¿No te importa que no sea frágil y virginal y táctil, que no lo sea nunca, que no lo sea para ti, en todo caso? No entiendo tu miedo, me dicen mis manos mientras le piensan la espalda, mientras le rememoran la nuca, mientras se afanan en reconstruir su barbilla, mientras retienen la forma distante de sus nalgas en una botella de cuarto de litro. Mis manos se cierran sobre el vacío que su salto me deja, como si supieran que no hay a qué aferrarse cuando todo es caída: será por eso que mis manos no entienden mi miedo.

Mis hombros se adelantan con su afán de sostén y picaporte; responden una pregunta sin respuesta y dicen “no, no importa”. Lo que importa es mantenerse cayendo; nunca a salvo, siempre a tiempo con la muerte. Pero ella no te salva, ni te retrasa con la muerte. Sólo te cae, te cae, se cae, aprende a caerse contigo. Lo que importa es nunca importarse; pero ella no te importa, no te importa siempre. Siempre, esa palabra. Siempre significa lo mismo que luna y que paleolítico. Siempre significa lo mismo que mañana y que nunca. Mis hombros entonces recuerdan el sabor de las derrotas, que en su peso les han dado forma, infortunio, la semántica de su dureza. ¿Qué más da que esta sea otra derrota, cuando las derrotas están siempre anticipadas? Boxeador inútil, me retraigo en lo que a mi cuerpo le duele de esta ausencia total de cuerpo; será por eso que mis hombros se adelantan.

¿Por qué no siento mi cuerpo? ¿Porque voy cayendo? Lo que importa es que caigo. Caigo adelantándome a mi odio, a mi velocidad, a mi cuerpo, a mis manos, a mi amor, a mi enemigo, a mis hombros, a mi encierro, a mi lejanía, a mi ella misma. Caigo como nunca había caído, con una maestría de ángeles.

¿Podré dejar de caer algún día? ¿Bastará con que su cuerpo se ausente de este vacío? Caer como caen las resacas, como caen las horas, como se derrumban los medios días, como caen las luces en los semáforos, como caen los orgasmos, como nos cae encima la indiferencia, como se vienen abajo las notas de un blues.

Caer así es también un arte. Como casi todo.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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