by Daniel Iván

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Si hay algo que pueda gustarme, es la evidente falacia del mundo como dualidad preconcebida. Me gusta como engaño, si es posible gustar de uno. Hace poco, La Maga y yo platicábamos -platicando, como hacemos, para brincar a viscerales conclusiones- acerca del mundo como un escenario de polaridades. Desde la polaridad química básica (aplicada a la electricidad de las moléculas, en la cual creemos con la certeza de la ciencia) hasta la polaridad conceptual de la división de ideales abstractos como el bien y el mal. Cada religión -y particularmente, las religiones masificadas de oriente y occidente- tiene su versión, llámese como se llame. Pero también la tiene cada ciencia, una vasta mayoria de las artes y hasta los manuales para aprender a manejar.

Radicalmente opuesta al extremo -ya que estamos hablando de dualidades- de la disolución del Yo propuesta por una parte notable de los pensamientos religiosos de oriente, una gran mayoría de los de occidente (insisto y aclaro, de los masificados) han optado por un paradigma aún más inquietante: el de la personificación del bien y del mal. Es decir, el del reconocimiento de que el bien -y su imperfectible mejor ejemplo, dios- se da el lujo de cometer el error táctico de permitir la existencia del mal (e incluso el de utilizarlo como un camino a la trascendencia en lo que le da sentido a su existencia: en enfrentarse a él) y de permitir la existencia de seres -poderosos en su naturaleza inmaterial- que procuran ese mal; que lo hacen su razón de ser.

En el pensamiento católico (y en todas las religiones judeo-cristianas que lo retoman), esta explicación de la existencia del mal adquiere un carácter soberbio y, claro, de cruzada: el mejor ejemplo es, sin duda, el ritual del exorcismo. Si hay algo que confirme “en la práctica” la existencia de dios es la derrota en la realidad objetiva de aquellos que se le oponen. Y si la derrota es pública, mucho mejor.

Un exorcismo no es algo que se tome a la ligera, por lo menos no en la Iglesia Católica actual. Para poder realizarlo hay toda una maquinaria burocrática que debe ponerse en marcha para, finalmente, mandar a un cruzado a enfrentarse con El Enemigo (se pone en mayúsculas porque no es cualquier enemigo). A dicho soldado de dios se le envía sin más nada que los artilugios propios de todos los sacramentos -que incluyen, claro, la mayor cantidad posible de elementos de importancia simbólica del rito cotidiano; para que al utilizarlos se demuestre su poder- y con un libro (el Rituale Romanum, que incluye la doxa de la totalidad de los rituales que un sacerdote que se precie de serlo debe saber) que asienta los pormenores de oraciones, exhortaciones y pases mágicos que se deben utilizar en el ritual del exorcismo. Claro, jerarquizados según contra quién se vaya a echar la bronca.

Esta foto presenta la carátula de dos de los capítulos del titular XII del Rituale Romanum dedicados al rito del exorcismo: el capítulo I (que indica los pormenores de la burocracia que hay que echar a andar para hacer uno), y el capítulo III, que indica la artillería pesada que hay que utilizar si el exorcismo va contra Satanás o cualquier otro de los ángeles apostáticos (es decir, los rebeldes de inicio, los que negaron primero a dios).

No sólo una envidiable puesta en escena -mise en escène, es más apropiado- sino un ejemplo de lo cercano a lo totalitario, a lo falto de sentido, a lo irracional, que es un mundo con dualidades preconcebidas e innegables. Es decir, un mundo sin matices. Es decir, un mundo polarizado.

Aún así, como engaño me gusta. Si es posible gustar de uno.

Rituale Romanum, Imprimatur del 14 de septiembre de 1954, impreso en Italia en Octubre de 1954. Pp. 676-677 y 702-703 (hubiera estado buenísimo que empezara en la página 666, para ambientar; pero le fallaron por diez).

Texto y fotografía: Daniel Iván.

@flickr.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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