Ventanas abiertas a la manera inerte de las heridas, se abaten
al impulso y al tiempo, solitarias, en espera de mejores días
o de augurios milimétricos o de la morada propicia para sus olvidos.

Obsecadas, virulentas, parturientas y llenas hasta la espuma
de adjetivos y coartadas, deslizantes, agonizantes, paralizantes
y con una síncopa que recuerda cierta ardiente levedad.

Se les adivina dispuestas al calor acumulativo de la carne,
tanto como al frío burgeois de la astronomía o el matadero,
solidarias como son ante el inabarcable sufrimiento propio.

Es sólo una etapa, les condena así la fascinante opinión pública,
que no se cansa de publicar edictos y homilías ni de parir brillos
que justifiquen para el mundo a los suicidas y a los impuestos.

Es tal la necedad de las nubes, es tal la precisión de los cirujanos.
Ante la perfección matemática de los errores no queda más
que la perfecta mansedad de la épica o del aplauso. Un otoño de la voz.

Brota así la flor del silencio y la trepidación, la genealogía del fuego,
la forma negra y angular de una idea colectiva del paraíso y, a tiempo,
las formas exactas del mundo como debería pensarse en plenitud.

Marciales y provinciales y utópicos, anárquicos y ferozmente autoritarios,
desgranan una forma del conocimiento que alude sólo a su necesidad
de aplauso y homenaje y frotación; a su forma sepulcral de la alegría.

Se evitan así la vergüenza de cometer anatemas y adulterios,
de abrir ventanas a la duda o a la praxis, de exponerse a la verdad o al sol,
enterados como están de la naturaleza traidora y triangular de la vida y sus parajes.

Superfluos y navegantes, hojas llenas de líneas de astrolabio,
muestran al mundo una capacidad irreductible para la parábola,
para el mecanismo dentado y para el tornillo como dios.

No se ahogan ni de broma, no naufragan ni ante una flota hundida.
Una bandera se agita en sus manos, que se asumen sin bandera.
Hacen antorchas del árbol caído tanto como hacen proyectiles del aire que pasa.

Hay algo cómico entonces en todo lo que niegan, en todo lo que expanden,
sacerdotes supremos de una religión de tenedores, sirvientes de la ruina;
algo de ruina en sus saludos, algo de razón inerte en sus plegarias.

Aposentos a medida de todo lo que odian, recintos para la calma criminal,
como en el regazo de un violador se aposenta usualmente un moralista.
Se les talla en la roca la forma galante de las erosiones que los hace eternos.

Aristocráticos para lo burocrático, pierna suelta para el sueño y el insomnio;
buscan perlas abismales a la luz opaca de lo único seguro en ellos: sombra,
atenuada por el fulgor de consignas aprendidas con académica memoria.

Y corremos así al reproche, ingenuos: una forma verborrágica
de lo insignificante. A la luz de lo que se deja ver, dubitativo y estertor,
a lo que haya para decir habría que callarlo de antemano.

Inacabados, motivos de lo inacabado, parcialmente angélicos y elocuentes.
Fibra de un tejido tan nuevo que envejece al contacto con la luz.

Forma de ser o forma de morir, alegato cadavérico: tropiezo en general.
espuma del idilio que al matarnos nos contiene y acelera. Velocidad.

Trago amargo de esta elocuencia. Ámbar de día gris y subrepticio

O tal vez es sólo la delicada rapidez de este derrumbe.

Anotaciones de un hombre ciego 04, por Daniel Iván

Anotaciones de un hombre ciego 04, por Daniel Iván

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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