Este post forma parte de la serie Guerras Semánticas

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  2. El Mundo Estalla en Opiniones
  3. El Internet como Territorio (el que estás leyendo)

Futuro y cultura análoga II. (Guerras semánticas, construcción del logos y territorialidad del internet, décimo segunda parte)

Este artículo fue publicado originalmente en la revista mexicana “etcétera” en abril de 2016.

Cuando Kevin Ashton (1) acuñó en 1999 el término “Internet de las Cosas” (Internet of Things o IoT, como se le conoce en el mundo geek), estaba enunciando no únicamente las posibilidades de desarrollo tecnológico ligadas a la consolidación de la industria del microchip (en ese entonces febrilmente ligada al desarrollo de tecnologías más eficientes de almacenamiento y procesamiento de datos, así como a la “gadgetización (2)” de las comunicaciones humanas y de una buena parte de la economía), sino que delimitaba por primera vez en el lenguaje tecnológico una tensión semántica y un territorio en disputa: el de la realidad interconectada a través de relaciones verificables en el mundo físico y en el mundo digital simultánea y consistentemente.

La idea básica era sencilla y, en todo caso, casi salida de una mente cyberpunk: la posibilidad de dotar a los objetos del mundo con un identificador que los conectara a la red de manera digital y les permitiera informar sobre su estado y circunstancia. Es decir, que les dotara de identidad.

Si bien esta idea no era necesariamente nueva (en 1982 algunos ociosos de la Carnegie Mellon University conectaron una máquina de Coca-Cola por primera vez a la internet para permitirle informar al mundo si tenía suficiente inventario y si las bebidas que le recargaban ya estaban suficientemente frías), lo que esta idea comienza actualmente a delinear de nuestra realidad no deja de ser al mismo tiempo inquietante e innegable: una internet que nos conecta a través de una red –al mismo tiempo virtual e infraestructural– con la que no únicamente nos relacionamos como usuarios en el plano digital, sino como “poseedores” en el plano físico de objetos que no sólo generan y nos permiten generar (dos cosas completamente distintas) datos acerca de nosotros mismos y nuestro entorno, sino con los que nos relacionamos personalmente en diversos grados de utilidad y dependencia. Por supuesto, la presencia actualmente cuasi universal de móviles y otros artefactos conectados al internet nos induce a pensar que Ashton tenía razón; pero el problema que él plateaba era mucho más complejo y en todo caso, delineaba no solamente una tendencia tecnológica ya visible en ese momento sino que apuraba una prospectiva de afectación de la realidad y de concreción en la realidad. Esta realidad (una red digital, virtual, sostenida en objetos y sirviéndose de objetos) no se detiene en la telefonía transformada en conectividad multimedia: actualmente la gadgetización está virando de manera decisiva hacia el microcomputing, cuya más clara representación son los bio-chips: implantes electrónicos que permiten compilar diversos datos acerca del estado del cuerpo vivo en diversas circunstancias (en este momento, principalmente en el deporte, en el control de mascotas y en el tratamiento de diversas enfermedades crónicas, como el cáncer o la diabetes). No resulta difícil extrapolar esta tendencia y comenzar a verificar que desde los autos, las cámaras fotográficas, las consolas de video juegos, los televisores hasta los refrigeradores o los microondas y cualquier otro adminículo con el que nos facilitamos o complicamos la existencia (según nuestra suerte), está siendo conectado al internet y está comenzando a convencernos de que esa conexión es tan necesaria como inevitable.

La IoT plantea además dos paradigmas territoriales iniciales como sus posibles consecuencias: la “Smart Grid” (o cuadrícula inteligente) (3) y la “Smart City” (o ciudad inteligente). Esta consecuencia enuncia no solamente una conectividad generalizada en términos infraestructurales (cosa que ya comienza a ocurrir en algunas ciudades aunque aún a un nivel muy pedestre) sino que incluye la característica sine qua non de niveles superiores de automatización, control y eficiencia. Lo que a grosso modo quiere decir que la máquina de Coca-Cola no sólo nos dirá si las bebidas están frías, sino que nos ayudará a consumirlas de manera más ordenada, eficiente y “feliz”.

Más allá de las ironías o la paranoia que esta realidad le inyecte a nuestra vida, lo cierto es que el proceso avanza y lo está haciendo de una manera la mar de eficaz. De las paupérrimas aplicaciones que el estado o la iniciativa privada están implementando del e-gobierno o el e-comercio a las complejidades tecnológicas que el futuro más inmediato depara para los seres humanos no hay más que un paso. Mi suegra se queja amargamente de que ya no hay forma en que las facturas le lleguen en papel a casa, mientras que el comercio electrónico sigue teniendo que lidiar con la ineficacia de los servicios postales o de mensajería –cosa de la que, extrañamente, se queja también. La creación de un nuevo paradigma de inclusión, de catalogación, de organización y de automatización en la vida tecnológica de las personas está ya no sólo en proceso de desarrollo sino en franca consolidación (si no, basta con mirar la forma en la que las generaciones más recientes se relacionan con la tecnología, encontrando “inconcebible” un mundo donde no exista conexión inalámbrica a internet o donde ciertos bienes y objetos culturales no sean “digitales por naturaleza”).

Los procesos de comunicación son, probablemente, los que mayor afectación estén sufriendo en este proceso; recordemos que aún la teoría de los procesos complejos prevé cierta dosis de coherencia al pensar en campos semánticos unificados para los resultados y la comprensión de esos procesos. La comunicación, sin embargo, está comenzando a moverse en dos esferas semánticas al mismo tiempo, lo cual no tiene punto de comparación en la historia de la humanidad: la esfera semántica proveniente del intercambio de información máquina-máquina, sin intervención humana de por medio, y la del intercambio de comunicación humano-humano con la estricta mediación de una máquina. Ambos son, sin duda, procesos todavía verificables y cognoscibles en la mayor parte de sus estadios; pero la idea de una automatización y eficacia cada vez mayores prevé que por lo menos uno de ellos, la comunicación máquina-máquina, quede pronto fuera de cualquier nivel de comprensión humana posible, no únicamente por la cantidad de datos y procesos que requiere sino porque las máquinas comenzarán, simplemente, a generar a partir de sus propias premisas unidades semánticas que estén más allá de nuestra esfera y/o capacidad de comprensión. Por lo menos de nuestra capacidad de comprensión inmediata, que es la que ligamos irremediablemente a la idea de “utilidad” de la información.

Este territorio incognoscible es sombrío y desconcertante, aterrador dirían algunos; pero podría argumentarse que no inherentemente malo o peligroso. Los posibles beneficios de una automatización general, de una “conectividad universal” (o, como la comienzan a llamar los entusiastas, de una Internet de Todo –Internet of Everything o IoE) y de una comunicación universal entre las cosas son al mismo tiempo sobrecogedores y estimulantes. Por supuesto, el lado flaco del asunto se intuye casi de inmediato: ¿cómo se protege al usuario de las innumerables complejidades a las que están ya expuestos sus datos y sus decisiones cotidianas? ¿Cómo se evita que esta gran “cuadrícula inteligente” se convierta en el perfecto tablero de ajedrez del control totalitario y la exclusión sistemática?

Como en toda guerra, el avance tiende a ser estratégico y, en la práctica, sigiloso y artero. El TPP (Trans-Pacific Partnership) (4) como primera movida para avanzar en legislaciones cada vez más restrictivas en cuanto al uso y la accesibilidad “indiscriminadas” en el mundo digital pretende pavimentar los privilegios de los estados y las corporaciones frente a la expansión inminente del territorio digital, particularmente en lo que se refiere a dos temas clave: defensa del copyright y modificación y apropiación de tecnologías.

Terribles preguntas se le antojan a la mente humana, acostumbrada como está a creer sólo en el universo verificable. Nosotros, frágiles en nuestra constitución de carne y hueso, de mente y vísceras, comenzamos ya a abrirnos paso entre la maleza de un mundo digital que comienza a abarcarlo todo. Que quiere abarcarlo todo.

¿Tendremos, en todo caso, la capacidad de sobrevivir en él?

Daniel Iván
www.danielivan.com

(1) Nacido en 1968 en Inglaterra, Ashton cofundó el Centro Auto-ID en el MIT (Massachusetts Institute of Technology), donde desarrolló los microchips RFID (Radio Frequency Identification) que son la base fundacional del IoT.
(2) Utilizo el anglicismo “gadget” en un sentido estricto y ante la ausencia de un término equivalente en español: “aparato de dimensiones cada vez más reducidas que se distingue por su novedad o por la novedad de las necesidades a las que atiende”.
(3) “Grid” suele referirse en inglés a la red infraestructural de las ciudades (pública y privada), particularmente a los servicios como agua, luz, teléfono, gas, etc.
(4) El TPP fue signado el 4 de febrero del 2016, con un altísimo nivel de secrecía, por 12 países: USA, Canadá, México, Chile, Perú, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Malasia, Vietnam, Singapur y Brunéi.

THE ANEMOMETER GALIERATIHG ARM. "A new thermo-electric fluid-meter and hot-wire anemometer" (1920).

THE ANEMOMETER GALIERATIHG ARM. “A new thermo-electric fluid-meter and hot-wire anemometer” (1920).

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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