La entrada a nunca jamás

Desde la nieve/caemos al infinito mundo/que te va a divertir.
Eva Meztli, improvisando una canción.

Y nadie. Nada. Todo se hace obvio, como cuando uno omite una palabra porque da por sentado que todo el mundo entiende exactamente lo que uno iba a decir. O como cuando uno no dice algo a los ojos porque hay tiempo, porque hay tiempo para decirlo o para omitirlo, da lo mismo. Y nadie. Nada. Avanzando en el perfil, la definición de la ausencia.

Dice mi hija que caemos al infinito mundo. Y yo —que apenas ayer llegué a la conclusión de que el mundo tiene fin, que es plano y tiene orillas, que el mundo no se atiene a la definición rusa: “el amor verdadero se parece a un anillo, porque un anillo no tiene fin”— me digo que aceptaría cualquier definición del mundo que fuera mínimamente verificable en los hechos. El mundo tiene fin, hija, me digo. Pero ella avanza en su afán de definiciones y me advierte que, como siempre, me equivoco.

Hace tiempo que miro cómo los amantes se tocan. Cómo se sonrojan ante apenas la insinuación del beso, de la caricia, del vacío. Escucho sus voces susurradas diciéndose: “Amo tu olor”. Y luego escucho cómo la réplica es un estático “yo también” que se repite y se repite, se invoca. Ese amor que hace llorar, que hace que el frío sea tan ardiente como el calor, que hace que los ojos se enciendan como los de un loco, una loca; ese amor que evita cualquier entendimiento, que ataca todo canon posible. Hace tiempo que miro desde este frío cómo se calientan. Cómo se atreven y se aventuran. Sus cuerpos aprendiendo a vivir trémulos en la ausencia, febriles en el frente a frente, asustados cuando se miran a los ojos y piensan que lo han visto todo, sin haber visto nada. Los escucho retraerse cuando dicen te amo, como apenados, como muertos comunicándose a través de la espesura del sepulcro, como dedos ateridos de frío que se comunicaran la buena nueva del estío. Como apenados, como asustados, como no creyéndolo, como aliviados, como sintiéndose afortunados, como cuando se miran a los ojos desde sus distancias y luego desvían la mirada por temor a desangrarse.

Ella dice: “somos el centro de muchas miradas”.

Él dice: “soñaba con caminar así contigo”.

Y nadie los mira y no caminan hacia ningún lado y, sin embargo, se adelantan en el tiempo, en una plaza principal cuya importancia apenas encierra una especie de conjura demencial: perros y bandas de guerra y viejos danzando y mujeres que se acercan cada cinco minutos para ofrecer la venta de algo.

Ella dice: “yo le compraría una broma”.

Él dice: “supongo que yo también…”, pero se calla abruptamente. Y al callarse, viene a su memoria el hecho incontrovertible de que ella achica los ojos en cada fotografía. Por qué, no lo sabe. Como tampoco sabe porqué piensa en eso justo ahora.

La plaza se reduce a cada metro que avanzan. Parece acabarse pero ellos dan vueltas extraviados, con el pretexto de buscar un restaurante argentino. Y la plaza comienza a agotarse, pero también a no tener fin. La plaza comienza a llamarse “nunca jamás”. Cada paso es un avance del vacío, pero también es el avance de lo pleno. No hay curiosidad invicta en esta maniobra: cada cabello de ella es un avance del otoño, cada mirada de él derrite una palabra que significa invierno. Cada color en ellos es el final de una novela: el verde de los ojos de ella, el fuego de los tatuajes de él. Cada cosa que tocan se vuelve fría ante la certeza de que se aman: cada uno piensa que esto es un error. Un error en las cuentas de la muerte. Un pueblo sepultado por la lava. Un barco hundido en una calma chicha. Invitados del diablo, se piensan a salvo. Pero no.

Porque ella viaja hacia él. Y él, después de todo, la está esperando. Y eso es lo más vulnerable que he visto en mi vida.

PS: Me imagino una escena absurda: ella viaja hacia él. Él decide perseguirla. Ella nunca llega a él. Él nunca llega a ella. Demostrándole al mundo que “y sin embargo, se mueve”.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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