No lloro ante el fracaso; el fracaso llora ante mí. Mi pecado es la omisión.

Me hace feliz saber lo que debía saber. El requisito no cumplido, el gesto que se esperaba y que yo, torpe por naturaleza, omití. A veces, me da gusto planear lo impensable y pensar en el reproche de los cientos que se enamoren de la idea. Me complace el discurso deconstruido, la sábana manchada de lo que nunca dije o, mejor, de lo que nunca debí decir. De mis múltiples bocas salen blasfemias como en serie, como en masa, como en larga peregrinación de un sinsentido que me invade por completo.

A veces, hasta me complace ver el monitor en negros y el mensaje amenazante que dice que se ha caído el sistema.

Al final, sé que el sistema no cae; cada intento por provocar su caída no es más que esa pequeña anomalía que, mañana y más pronto que tarde, será asimilada por el sistema. Ductil, con una capacidad de adaptación milagrosa, el sistema puede hacer productos aceptables de cada rebeldía, de cada inadaptación, y al final se cumple el ciclo de no saber para quién se trabaja, o de saberlo trágicamente. Pero incluso en ese fracaso inherente a la rebeldía hay un atractivo: la idea misma del fracaso. El sistema no fracasa; gana. El sistema no busca asimilar el fracaso; quiere revoluciones triunfantes, quiere estatuas del Che. En el momento en el que deja de concebirse a sí mismo como un sistema en funciones, con un sentido, se cae. Se cae realmente, porque el fracaso no representa nunca un asidero. Tal vez la única idea auténticamente revolucionaria en este momento sea la de perder. Perder siempre. En un mundo que gana por sistema y que quiere que ganemos por sistema, perder es casi un idea de guerrilla.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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