Tal vez encuentres terrible y grotesco lo que voy a decir. Para hablar con la verdad, yo también lo encuentro así: injustificable. Pero en realidad deseaba que se muriera. Todo mi ser, cada parte de mi entendimiento, cada segundo de insomnio a las cuatro de la mañana deseaban que se muriera de una puta vez. No puedo decir que no me conmoviera; precisamente era esa conmoción, esa sensación de frágil entendimiento que me unía con él, lo que hacía que le deseara intensamente la muerte. Además, no era difícil desearle la muerte cuando lo único que el hombre lograba articular en palabras era precisamente su deseo de morir. Y a veces ese fragor de batalla que le surgía de la boca cuando llamaba a “Elena”. Pero eso era más bien raro; todos asumíamos que Elena era una especie de alucinación, un recurso cinematográfico de su mente adolorida. Elena podía muy bien ser la muerte, personificada en un nombre al azar; “Elena, ¿porqué me dejas aquí?”, decía. Luego tosía con infinito dolor, y repetía su cantinela: “mátenme ya; ¿por qué no me matan?”.

Eso mismo nos preguntábamos los que lo escuchábamos a lo lejos.

Nos separaban de él más de 20 metros, o así. Estaba nuestra sala, destinada a los que habíamos corrido con la suerte de sólo fracturarnos un hueso, o dos, o diez. La otra, veinte metros más allá, pasillo de pormedio, albergaba a los menos afortunados: los que sabían que algo faltaba. La sala de lo que se extraña, la comencé a llamar. La sala de los amputados.

No parecía ser el resultado de una separación metódica, sino algo más bien arbitrario. Alguien -un doctor, una enfermera, uno de esos fracturados afortunados que solían pasear caminando su superioridad frente a mi cama- me dijo que la casualidad había dictado una bonanza de amputaciones y que todos habían llegado, con esa cadencia de bastardilla que tiene lo fortuito, a esa sala veinte metros más allá. Alguno incluso me dijo que había tenido suerte: por un error en la inclinación de la tierra yo había iniciado la separación la noche que había entrado al hospital. Suerte envidiable, la mía.

Deseo de muerte. Asumo que, de haber estado en la misma sala con él, habría encontrado alguna manera de ignorar los gritos. Pero a veinte metros, a las 2 de la mañana, agobiado por el dolor propio, escucharlo pedir la muerte era como la muerte misma. El grito desarticulado era tal vez el peor: largos ayes de una agonía parasitaria, evolutivamente injustificable. Los deshuesados nos movíamos lo poco que podíamos; frotábamos los cuellos desesperados contra la blancura artificial de nuestro lecho, intentando conciliar ya no el sueño, sino la idea. “Que lo maten de una puta vez” decía a cada tanto uno de nosotros, y los demás nos hacíamos los dormidos por no asentir o acordar. La memoria de Elena se mostraba en la forma de una enfermera que venía por nuestros orines. Y el alba despuntaba, avisándonos que una vez más no habíamos dormido sino lo posible. O lo imposible.

De día -ya que en el día sus gritos se devanecían por arte del horror propio de un hospital, por arte de esa cabalgata metálica de remedio y tortura- el médico gordo y beatífico que curaba mis propias heridas (y que por una extraña desavenencia entre su asco y su afecto me llamaba “hermanito” cada que me torturaba) me acortó la ignorancia.

Dormido, indigente, el hombre que gritaba había quedado bajo las ruedas de un automóvil, máquina obtusa que luego de estrellarse contra otra de su especie, había rebotado providencialmente y se había depositado sobre su cuerpo dormido. Al parecer, ni siquiera se habría enterado si la máquina le hubiera triturado la cabeza en vez de las piernas. Mala suerte, una de ellas había quedado “inutilizable”. Lo que en la jerga de un médico implica cortarla, por no dejar cosas “inutilizables” a la vista del mundo, que es inutilizable de por sí. Y ahora, cuando le oía gritar en su desespero, mientras imaginaba a Elena no acudir, me cabía el pensamiento de lo inhumano: una evocación de lo que nunca debería ocurrirle a un ser humano; esa sapiencia del dolor que, sin importarme lo que Mann o Heidegger pudieran opinar, me sigue pareciendo aún hoy perfectamente prescindible. Un error en las matemáticas de nuestra experiencia.

En un grito, sabía lo que se iba. Sabía de lo que el hombre se libraba: todo pudor queda olvidado cuando algo falta, cuando te quitaron algo. Elena se desvanecía en lo que pudiera significar, porque era un amputado el que la evocaba. Un tajo, y la culpa se vuelve relativa. Había algo de culpa en todos los que nos postrábamos en ese piso del hospital: la culpa del que se encuentra en la línea de influencia de lo fortuito asesino.

Una noche, calló. Las cabezas se asomaban furtivas entre las sábanas, en una noche acostumbrada al grito insomne. Ominoso, ese silencio de amputaciones e ilíadas nos imprecaba con un horror más pesado, más angélico. Pesado. Angélico. Vacío. Los ojos de nuestras fracturas se encontraban, preguntándose sin palabras dónde habría quedado Elena, dónde la pierna amputada, dónde el mátenme ya, dónde el por qué me dejan aquí. No dormimos, supongo. Yo no lo hice, preguntándome cómo un horror de puro oído puede extrañarse así. Cómo eso, esa parodia de un mantra, puede extrañarse así. Preguntándome cómo puede vaciarse la noche de gritos.

Como si supiera -ella, que no podía saber nada- una enfermera de noche pasó veloz y de reojo nos dijo: “ya murió”.

Deseo de muerte. En el silencio que no dejaba dormir, me sentí por primera vez orgulloso de desearle la muerte a alguien. Acto pío cuya impiedad sólo cabría en una mente atolondrada.

De mañana, mis ojos se encontraron con los de mi propia Elena. La abracé lo mejor que pude, agobiado por lo mío ausente. Por todo lo que me he cortado, lo que me han vuelto a poner. Complicado como un rompecabezas, inseguro en mi beso, supe que Elena había acudido después de todo.

Y de noche, en contadas ocasiones, le murmuro a la muerte; sabedor de que a veces, si uno insiste, se presenta.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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