Casi como por casualidad, pienso en la palabra “boobs”, que ha sido retomada en un anglicismo -supongo que no aceptado- de amplia difusión en los países de habla hispana, particularmente identificado con las clases medias: “boobies” en inglés, su equivalente “bubis” en el lenguaje de las adolescentes que se “autodescubren”.

Tetillas, chichitas, tetitas, lo que sea que sea sinónimo de esta aberración, parece no tener el grado de “caché” que es requerido por las adolescentes de clase media en América Latina para referirse a sus tetas. Así pues, cuando están refiriéndose a sus masturbaciones no pueden, por ejemplo, decir “me toqué las tetas” sino que tienen que sustituirlo por el incomprensible “me toqué las bubis”. Peor aún cuando están en pleno acto fornicatorio; ahí, en pleno jadeo y sudor, no pueden pedirle a su afortunada pareja sexual “¡chúpame las tetas!” -que, asumo, es una verdadera vulgaridad en su imaginario- sino que tienen que recurrir al elegante “¡chúpame las bubis!”.

El afán eufemístico de la clase media no tiene parangón. Ha evolucionado -aunque para mi gusto no representa ninguna evolución, sino un primitivismo conceptual de lo más chabacano- de la pedestre caracterización numérica de las heces fecales (¿quién no recuerda en sus propios labios infantiles la insustituible, histórica frase “voy a hacer del uno” o “acabo de hacer del dos”?), pasando por una etapa de revaloración apurada de los intercambios enunciativos de lo “políticamente correcto” (afroamericanos, afrocolombianos o afro-el-gentilicio-que-sea por negros, trabajadoras sexuales por putas, personas de la tercera edad por viejos, personas con facultades diferentes por discapacitados, etc.), para terminar en el momento presente con la caracterización del estatus a través del hecho de que lo que nombremos (las bubis, por ejemplo) tenga un dejo exotista y, por supuesto, deje de tener un carácter vulgar o aterrador (pienso en este último caso, por supuesto, en el uso de la figura eufémica “balcanización” que como corolario encierra un profundo afán reduccionista, generalizante, además de un profundo desprecio por las personas que sufren la violencia fraticida).

Como quiera que sea, parto de las bubis para decir que hace falta una revaloración de lo vulgar como fuente de una comunicación directa, de primera mano; una comunicación que no tiene que arrastrarse por el fango de complicadas lecturas o de interpretaciones y reinterpretaciones. Una exégesis más directa de lo que se dice parte casi siempre de lo vulgar o, si se quiere ser eufémico, de lo directo. En todo caso, hay ya una relación directa e inmediata entre lo vulgar y lo placentero, particularmente ligada al hecho de la “pérdida del pudor” que se supone es uno de los principios elementales para involucrarse en cualquier actividad placentera.

Imaginémonos entonces a una pareja de amantes involucrados en lo suyo.

– Amada mía -diría él- tengo enormes ganas de introducir mi pene erecto en tu vagina lubricada.
– Y yo -diría ella- deseo que con firmes movimientos de tu pubis y tus caderas me lleves al orgasmo.

¿Alguien puede imaginarse algo menos estimulante que esto? ¿Qué escritora o escritor de novelas eróticas se atrevería a referir un diálogo como el anterior sin llegar de inmediato al más terrible de los ridículos? Ahora mismo recuerdo la astronómica vergüenza ajena que experimenté cuando leí en alguna novela de Isabel Allende (si no mal recuerdo De Amor y de Sombra) la hórrida frase “la inundó con sus aguas felices.” ¡¿Aguas felices?! ¿No es mil veces más bella, erótica, la frase “la inundó con su semen”? ¿Qué carajo son las aguas felices? Como metáfora no vale tres pesos felices, así que asumo que es un afán eufémico y nada más.

by Daniel Ivan

“Eufemismo (Si esto no es un buen par de tetas, entonces ¿qué es?)” por Daniel Iván.

Sin duda, las cosas que se dicen los amantes están llenas de referencias vulgares. No faltan las palabras que, con todo color, definen a las partes del cuerpo en una relación utilitaria con el placer. Verga, culo, mamar, chupar, meter, sacar, duro, tetas, rico, pinga, cola, lengua, etc. Todas ellas referencias que además, si saben leerse, son partes de un mapa inequívoco (las personas cuando están desnudas, juntas y teniendo sexo van ennumerando –en realidad– una lista de compras). Y por mucho que le moleste a la clase media (sobre todo a la políticamente correcta), la búsqueda del placer sigue siendo, y nunca dejará de ser, la más egoísta de las experiencias y la que, a dios gracias, más convierte al cuerpo propio y al ajeno en un objeto, en algo útil (digamos, señorita, que sus bubis no me sirven de nada; pero con sus tetas podría hacer maravillas).

Por supuesto, esta comunicación no es solamente comprobable en la cama y desnudos. Las personas en la calle crean sus códigos, los asumen, los transforman, y les dan una importancia esperanzadora. Hace un par de días conocí a un hombre negro de la costa caribe en Bogotá, Colombia. Y él me dijo una de las cosas más vulgares que he escuchado últimamente. Tocándose repetidas veces el pecho con el puño cerrado me dijo “en este negro tienes un hermano”. Luego, me dijo que ese signo del puño en el pecho lo puede uno ver en las calles de Bogotá y otras ciudades como una señal de hermandad entre los negros y las negras en Colombia. Y finalmente, me refirió que su hijo de tres años ya repite este gesto cada vez que mira a una persona negra en la calle.

Si este no es uno de los más bellos ejemplos del increíble valor de los códigos del conocimiento vulgar en la construcción de una comunicación directa, no me imagino qué otra cosa podría ser. La omisión de la palabra “afro-colombiano” en ese gesto, aclaro, debió ser deliberada. Lo crean o no.

Imagen de portada: Paths that cross, por Daniel Iván

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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