Se acerca a mí con la parsimonia de una niña, con la mirada lánguida de una muerta. Me dice que la derrota es mía como las horas que paso contemplando mi derrota. Sus manos son todo dedos y todo anillos de compromiso. Esta es una mala jugada, una perrada de no sé qué narrador omnisciente que me pretende como personaje. Esta es una habitación en el centro de cualquier lado, o mejor, en el centro de ninguno. Ojalá fuera la tuya, le digo a alguien en mi mente, y sus labios que chasquean me devuelven a mi mundo.

Observo sus manos, desnudas como el resto de su cuerpo. Las uñas son como largas comisuras de labios chorreando sangre o semen o exceso o velamen. Chorreando la vocación de noche de los vampiros. Hay algo en todo esto que me hace sentir como muerto, o como con ganas de estarlo, como con ese impulso que lo niega todo, que lo desdice todo, que cuestiona hasta el suicidio, hasta el hartazgo.

Suicida me rindo a su mirada. Sus ojos se asoman desde el fondo de una calavera que no es la suya; sus ojos me recuerdan que hace unos segundos le miré las tetas y me vino a la mente la idea de que eran estrábicas. Los pezones apuntando para lados distintos, como enloquecidos por el tedio de colgar en espera de un orgasmo que los sacuda. Y nada, me imagino, nada que llega. Los orgamos son como flores cortadas para un ramo que se muere.

Muérete de una puta vez, me digo. Ríndete al miedo.

No soporto ser todo lo feo que soy. Cuando me miro en su mirada quisiera no verme o verme sin saber que soy yo mismo lo que veo. Quisiera no tener esa compleja certeza del “yo mismo”. Quisiera no retratar como retrato, en sus ojos o en los de cualquiera. Soy esa clase de monstruo que mira sus álbumes de fotos sólo para avergonzarse. Me avergüenzo de mis ojos de loco y de mi cabello mundano y de mis brazos largos y tediosos y de mi torso de niño y de mis piernas imposibles y de mi trasero inexistente y de mis labios de rumbera y de mi sonrisa que nunca se concreta.

Ella me cobija como a un niño. Ella es la única que sabe, o que intuye, lo frágil que es mi pensamiento. Ella sabe que me odio y me proteje al demostrarme que puede odiarme más.

Sus manos hacen que me dé cuenta de que la única imagen que tengo de mí mismo es la de un crucificado. La de una tortura inmensa. La de un dolor inconcebible.

¿Es esta la vocación de los cobardes?, le pregunto. Ella sólo retuerce su torso conta el mío, tetas bizcas contra mi corazón borroso, y hace ruidos que invocan la ternura.

Te amo, le digo. Desde el primer instante en que te ví.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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